S?bado, 14 de mayo de 2011
Alfonso Aguil? Pastrana nos presente un interesante art?culo sobre la libertad y la dejadez
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Miedo a la intromisi?n
Miedo a la intromisi?n
?Aquel episodio ?pensaba para s? la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro? vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el ?nico momento en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

?Ella ?su hija? hab?a roto a llorar, me hab?a abrazado: en ese momento se hab?a abierto una grieta en su coraza, una hendidura m?nima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habr?a podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo m?s de espacio. Habr?a logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quiz? en un punto firme en su vida.

?Para hacerlo, deber?a haber tenido mano firme. Cuando ella dijo "es mejor que te marches", deber?a haberme quedado. Deber?a haberme negado a irme sin m?s, deber?a haber vuelto a llamar a su puerta cada d?a; insistir hasta transformar esa hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sent?a.

?No lo hice, en cambio: por cobard?a, pereza y falso sentido del pudor. A m? nunca me hab?a gustado la invasividad, quer?a ser diferente, respetar estrictamente la libertad de su existencia. Pero detr?s de la m?scara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse.

?Hay una frontera sutil?sima entre una cosa y otra; atravesarla o no atravesarla es asunto de un instante, de una decisi?n que se asume o se deja de asumir; y de su importancia a veces te das cuenta s?lo cuando el instante ya ha pasado. S?lo entonces te arrepientes, s?lo entonces comprendes que en aquel momento ped?a a gritos la intromisi?n, y me dec?a a m? misma: estabas presente, ten?as conciencia, de esa conciencia ten?a que nacer la obligaci?n de actuar.

?El amor no cuadra con los perezosos, y para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo hab?a disfrazado mi cobard?a y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.?

Esta reflexi?n de aquella mujer atormentada por sus recuerdos puede servirnos para recordar que el verdadero afecto necesita a veces de energ?a y de firmeza. Querer de verdad a alguien puede exigirnos estar dispuestos a hacernos una cierta violencia para superar ese miedo a la intromisi?n que sentimos la mayor?a de las personas.

Hay veces en que, efectivamente, la cobard?a y la indolencia se disfrazan con los nobles ropajes de la libertad. Y detr?s de esa m?scara se esconde la dejadez, el deseo de no implicarse. No siempre ser? asunto f?cil distinguir cu?ndo hay que intervenir y cu?ndo hay que respetar la intimidad y el aislamiento del otro, es verdad. Como bien dec?a aquella mujer, hay una frontera sutil?sima entre el error por un extremo y por el contrario.

Parece como si, en estos temas, el sendero del acierto discurriera oscura y tortuosamente entre otros muchos caminos que conducen al fracaso: unas personas tendr?n que esforzarse para no caer en la pusilanimidad y el acobardamiento; otras, por el contrario, habr?n de poner su esfuerzo en procurar mantenerse un poco m?s respetuosas del voluntario aislamiento de los dem?s.

La protagonista de nuestro ejemplo era una de esas personas que ?seg?n ella misma dec?a? se dejan llevar demasiado por una especie de deseo de no resultar impositivas, de no censurar nada, como si estuvieran repiti?ndose constantemente: "somos diferentes y tenemos que respetar nuestra diversidad". De esas personas que piensan que para ser amadas tienen que eludir cualquier apuro, cualquier conflicto, cualquier arista. Hay muchas veces ?otras no? en que todo eso una falta de identidad, un no sentirse seguro de casi nada.

Publicado por mario.web @ 21:28
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