S?bado, 14 de mayo de 2011
Carta del Card. Joseph Ratzinger en la que analiza la concepci?n antropol?gica de la persona humana para profundizar en la recta comprensi?n de la colaboraci?n activa de las mujeres y los hombres con la Iglesia.
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Carta a los obispos de la Iglesia cat?lica sobre la colaboraci?n del hombre y la mujer en la Iglesia
Carta a los obispos de la Iglesia cat?lica sobre la colaboraci?n del hombre y la mujer en la Iglesia


INTRODUCCI?N


1.Experta en humanidad, la Iglesia ha estado siempre interesada en todo lo que se refiere al hombre y a la mujer. En estos ?ltimos tiempos se ha reflexionado mucho acerca de la dignidad de la mujer, sus derechos y deberes en los diversos sectores de la comunidad civil y eclesial. Habiendo contribuido a la profundizaci?n de esta tem?tica fundamental, particularmente con la ense?anza de Juan Pablo II,1 la Iglesia se siente ahora interpelada por algunas corrientes de pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con la finalidad genuina de la promoci?n de la mujer.

Este documento, despu?s de una breve presentaci?n y valoraci?n cr?tica de algunas concepciones antropol?gicas actuales, desea proponer reflexiones inspiradas en los datos doctrinales de la antropolog?a b?blica, que son indispensables para salvaguardar la identidad de la persona humana. Se trata de presupuestos para una recta comprensi?n de la colaboraci?n activa del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, en el reconocimiento de su propia diferencia. Las presentes reflexiones se proponen, adem?s, como punto de partida de profundizaci?n dentro de la Iglesia, y para instaurar un di?logo con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en la b?squeda sincera de la verdad y el compromiso com?n de desarrollar relaciones siempre m?s aut?nticas.

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I. EL PROBLEMA


2.En los ?ltimos a?os se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuesti?n femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condici?n de subordinaci?n de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestaci?n. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de b?squeda del poder. Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro, teniendo como consecuencia la introducci?n en la antropolog?a de una confusi?n delet?rea, que tiene su implicaci?n m?s inmediata y nefasta en la estructura de la familia.

Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremac?a de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento hist?rico-cultural. En esta nivelaci?n, la diferencia corp?rea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensi?n estrictamente cultural, llamada g?nero, queda subrayada al m?ximo y considerada primaria. El obscurecerse de la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden. Esta antropolog?a, que pretend?a favorecer perspectivas igualitarias para la mujer, liber?ndola de todo determinismo biol?gico, ha inspirado de hecho ideolog?as que promueven, por ejemplo, el cuestionamiento de la familia a causa de su ?ndole natural bi-parental, esto es, compuesta de padre y madre, la equiparaci?n de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa.

3. Aunque la ra?z inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de la cuesti?n femenina, su m?s profunda motivaci?n debe buscarse en el tentativo de la persona humana de liberarse de sus condicionamientos biol?gicos.2 Seg?n esta perspectiva antropol?gica, la naturaleza humana no lleva en s? misma caracter?sticas que se impondr?an de manera absoluta: toda persona podr?a o deber?a configurarse seg?n sus propios deseos, ya que ser?a libre de toda predeterminaci?n vinculada a su constituci?n esencial.

Esta perspectiva tiene m?ltiples consecuencias. Ante todo, se refuerza la idea de que la liberaci?n de la mujer exige una cr?tica a las Sagradas Escrituras, que transmitir?an una concepci?n patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista. En segundo lugar, tal tendencia considerar?a sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina.

4. Ante estas corrientes de pensamiento, la Iglesia, iluminada por la fe en Jesucristo, habla en cambio de colaboraci?n activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma.

Para comprender mejor el fundamento, sentido y consecuencias de esta respuesta, conviene volver, aunque sea brevemente, a las Sagradas Escrituras, ?ricas tambi?n en sabidur?a humana? en las que la misma se ha manifestado progresivamente, gracias a la intervenci?n de Dios en favor de la humanidad.3

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II. LOS DATOS FUNDAMENTALES
DE LA ANTROPOLOG?A B?BLICA


5.Una primera serie de textos b?blicos a examinar est? constituida por los primeros tres cap?tulos del G?nesis. Ellos nos colocan ?en el contexto de aquel ??principio?? b?blico seg?n el cual la verdad revelada sobre el hombre como ??imagen y semejanza de Dios?? constituye la base inmutable de toda la antropolog?a cristiana?.4

En el primer texto (Gn 1,1-2,4), se describe la potencia creadora de la Palabra de Dios, que obra realizando distinciones en el caos primigenio. Aparecen as? la luz y las tinieblas, el mar y la tierra firme, el d?a y la noche, las hierbas y los ?rboles, los peces y los p?jaros, todos ?seg?n su especie?. Surge un mundo ordenado a partir de diferencias, que, por otro lado, son otras tantas promesas de relaciones. He aqu?, pues, bosquejado el cuadro general en el que se coloca la creaci?n de la humanidad. ?Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra... Cre?, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le cre?, hombre y mujer los cre? (Gn 1,26-27). La humanidad es descrita aqu? como articulada, desde su primer origen, en la relaci?n de lo masculino con lo femenino. Es esta humanidad sexuada la que se declara expl?citamente ?imagen de Dios?.

6.La segunda narraci?n de la creaci?n (Gn 2,4-25) confirma de modo inequ?voco la importancia de la diferencia sexual. Una vez plasmado por Dios y situado en el jard?n del que recibe la gesti?n, aquel que es designado ?todav?a de manera gen?rica? como Ad?n experimenta una soledad, que la presencia de los animales no logra llenar. Necesita una ayuda que le sea adecuada. El t?rmino designa aqu? no un papel de subalterno sino una ayuda vital.5 El objetivo es, en efecto, permitir que la vida de Ad?n no se convierta en un enfrentarse est?ril, y al cabo mortal, solamente consigo mismo. Es necesario que entre en relaci?n con otro ser que se halle a su nivel. Solamente la mujer, creada de su misma ?carne? y envuelta por su mismo misterio, ofrece a la vida del hombre un porvenir. Esto se verifica a nivel ontol?gico, en el sentido de que la creaci?n de la mujer por parte de Dios caracteriza a la humanidad como realidad relacional. En este encuentro emerge tambi?n la palabra que por primera vez abre la boca del hombre, en una expresi?n de maravilla: ?Esta vez s? que es hueso de mis huesos y carne de mi carne? (Gn 2,23).

En referencia a este texto genes?aco, el Santo Padre ha escrito: ?La mujer es otro ??yo?? en la humanidad com?n. Desde el principio aparecen [el hombre y la mujer] como ??unidad de los dos??, y esto significa la superaci?n de la soledad original, en la que el hombre no encontraba ??una ayuda que fuese semejante a ?l?? (Gn 2,20). ?Se trata aqu? solamente de la ??ayuda?? en orden a la acci?n, a ??someter la tierra?? (cf Gn 1,28)? Ciertamente se trata de la compa?era de la vida con la que el hombre se puede unir, como esposa, llegando a ser con ella ??una sola carne?? y abandonando por esto a ??su padre y a su madre?? (cf Gn 2,24)?.6

La diferencia vital est? orientada a la comuni?n, y es vivida serenamente tal como expresa el tema de la desnudez: ?Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro? (Gn 2, 25).

De este modo, el cuerpo humano, marcado por el sello de la masculinidad o la femineidad, ?desde ??el principio?? tiene un car?cter nupcial, lo que quiere decir que es capaz de expresar el amor con que el hombre-persona se hace don, verificando as? el profundo sentido del propio ser y del propio existir?.7 Comentando estos vers?culos del G?nesis, el Santo Padre contin?a: ?En esta peculiaridad suya, el cuerpo es la expresi?n del esp?ritu y est? llamado, en el misterio mismo de la creaci?n, a existir en la comuni?n de las personas ??a imagen de Dios???.8

En la misma perspectiva esponsal se comprende en qu? sentido la antigua narraci?n del G?nesis deja entender c?mo la mujer, en su ser m?s profundo y originario, existe ?por raz?n del hombre? (cf 1Co 11,9): es una afirmaci?n que, lejos de evocar alienaci?n, expresa un aspecto fundamental de la semejanza con la Sant?sima Trinidad, cuyas Personas, con la venida de Cristo, revelan la comuni?n de amor que existe entre ellas. ?En la ??unidad de los dos?? el hombre y la mujer son llamados desde su origen no s?lo a existir ??uno al lado del otro??, o simplemente ??juntos??, sino que son llamados tambi?n a existir rec?procamente, ??el uno para el otro... El texto del G?nesis 2,18-25 indica que el matrimonio es la dimensi?n primera y, en cierto sentido, fundamental de esta llamada. Pero no es la ?nica. Toda la historia del hombre sobre la tierra se realiza en el ?mbito de esta llamada. Bas?ndose en el principio del ser rec?proco ??para?? el otro en la ??comuni?n?? interpersonal, se desarrolla en esta historia la integraci?n en la humanidad misma, querida por Dios, de lo ??masculino?? y de lo ??femenino???.9

La visi?n serena de la desnudez con la que concluye la segunda narraci?n de la creaci?n evoca aquel ?muy bueno? que cerraba la creaci?n de la primera pareja humana en la precedente narraci?n. Tenemos aqu? el centro del dise?o originario de Dios y la verdad m?s profunda del hombre y la mujer, tal como Dios los ha querido y creado. Por m?s transtornadas y obscurecidas que est?n por el pecado, estas disposiciones originarias del Creador no podr?n ser nunca anuladas.

7.El pecado original altera el modo con el que el hombre y la mujer acogen y viven la Palabra de Dios y su relaci?n con el Creador. Inmediatamente despu?s de haberles donado el jard?n, Dios les da un mandamiento positivo (cf Gn 2,16) seguido por otro negativo (cf Gn 2,17), con el cual se afirma impl?citamente la diferencia esencial entre Dios y la humanidad. En virtud de la seducci?n de la Serpiente, tal diferencia es rechazada de hecho por el hombre y la mujer. Como consecuencia se tergiversa tambi?n el modo de vivir su diferenciaci?n sexual. La narraci?n del G?nesis establece as? una relaci?n de causa y efecto entre las dos diferencias: en cuando la humanidad considera a Dios como su enemigo se pervierte la relaci?n misma entre el hombre y la mujer. Asimismo, cuando esta ?ltima relaci?n se deteriora, existe el riesgo de que quede comprometido tambi?n el acceso al rostro de Dios.

En las palabras que Dios dirige a la mujer despu?s del pecado se expresa, de modo lapidario e impresionante, la naturaleza de las relaciones que se establecer?n a partir de entonces entre el hombre y la mujer: ?Hacia tu marido ir? tu apetencia, y ?l te dominar? (Gn 3,16). Ser? una relaci?n en la que a menudo el amor quedar? reducido a pura b?squeda de s? mismo, en una relaci?n que ignora y destruye el amor, reemplaz?ndolo con el yugo de la dominaci?n de un sexo sobre el otro. La historia de la humanidad reproduce, de hecho, estas situaciones en las que se expresa abiertamente la triple concupiscencia que recuerda San Juan, cuando habla de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). En esta tr?gica situaci?n se pierden la igualdad, el respeto y el amor que, seg?n el dise?o originario de Dios, exige la relaci?n del hombre y la mujer.

8. Recorrer estos textos fundamentales permite reafirmar algunos datos capitales de la antropolog?a b?blica.

Ante todo, hace falta subrayar el car?cter personal del ser humano. ?De la reflexi?n b?blica emerge la verdad sobre el car?cter personal del ser humano. El hombre ?ya sea hombre o mujer? es persona igualmente; en efecto, ambos, han sido creados a imagen y semejanza del Dios personal?.10 La igual dignidad de las personas se realiza como complementariedad f?sica, psicol?gica y ontol?gica, dando lugar a una arm?nica ?unidualidad? relacional, que s?lo el pecado y las ??estructuras de pecado?? inscritas en la cultura han hecho potencialmente conflictivas. La antropolog?a b?blica sugiere afrontar desde un punto de vista relacional, no competitivo ni de revancha, los problemas que a nivel p?blico o privado suponen la diferencia de sexos.

Adem?s, hay que hacer notar la importancia y el sentido de la diferencia de los sexos como realidad inscrita profundamente en el hombre y la mujer. ?La sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no s?lo en el plano f?sico, sino tambi?n en el psicol?gico y espiritual con su impronta consiguiente en todas sus manifestaciones?.11 ?sta no puede ser reducida a un puro e insignificante dato biol?gico, sino que ?es un elemento b?sico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano?.12 Esta capacidad de amar, reflejo e imagen de Dios Amor, halla una de sus expresiones en el car?cter esponsal del cuerpo, en el que se inscribe la masculinidad y femineidad de la persona.

Se trata de la dimensi?n antropol?gica de la sexualidad, inseparable de la teol?gica. La criatura humana, en su unidad de alma y cuerpo, est?, desde el principio, cualificada por la relaci?n con el otro. Esta relaci?n se presenta siempre a la vez como buena y alterada. Es buena por su bondad originaria, declarada por Dios desde el primer momento de la creaci?n; es tambi?n alterada por la desarmon?a entre Dios y la humanidad, surgida con el pecado. Tal alteraci?n no corresponde, sin embargo, ni al proyecto inicial de Dios sobre el hombre y la mujer, ni a la verdad sobre la relaci?n de los sexos. De esto se deduce, por lo tanto, que esta relaci?n, buena pero herida, necesita ser sanada.

?Cu?les pueden ser las v?as para esta curaci?n? Considerar y analizar los problemas inherentes a la relaci?n de los sexos s?lo a partir de una situaci?n marcada por el pecado llevar?a necesariamente a recaer en los errores anteriormente mencionados. Hace falta romper, pues, esta l?gica del pecado y buscar una salida, que permita eliminarla del coraz?n del hombre pecador. Una orientaci?n clara en tal sentido se nos ofrece con la promesa divina de un Salvador, en la que est?n involucradas la ?mujer? y su ?estirpe? (cf Gn 3,15), promesa que, antes de realizarse, tendr? una larga preparaci?n hist?rica.

9.Una primera victoria sobre el mal est? representada por la historia de No?, hombre justo que, conducido por Dios, se salva del diluvio con su familia y las distintas especies de animales (cf Gn 6-9). Pero la esperanza de salvaci?n se confirma, sobre todo, en la elecci?n divina de Abraham y su descendencia (cf Gn 12,1ss). Dios empieza as? a desvelar su rostro para que, por medio del pueblo elegido, la humanidad aprenda el camino de la semejanza divina, es decir de la santidad, y por lo tanto del cambio del coraz?n. Entre los muchos modos con que Dios se revela a su pueblo (cf Hb 1,1), seg?n una larga y paciente pedagog?a, se encuentra tambi?n la repetida referencia al tema de la alianza entre el hombre y la mujer. Se trata de algo parad?jico si se considera el drama recordado por el G?nesis y su reiteraci?n concreta en tiempos de los profetas, as? como la mezcla entre sacralidad y sexualidad, presente en las religiones que circundaban a Israel. Y sin embargo, este simbolismo parece indispensable para comprender el modo en que Dios ama a su pueblo: Dios se hace conocer como el Esposo que ama a Israel, su Esposa.

Si en esta relaci?n Dios es descrito como ?Dios celoso? (cf Ex 20,5; Na 1,2) e Israel denunciado como esposa ?ad?ltera? o ?prostituta? (cf Os 2,4-15; Ez16,15-34), el motivo es que la esperanza que se fortalece por la palabra de los profetas consiste precisamente en ver c?mo Jerusal?n se convierte en la esposa perfecta: ?Porque como se casa joven con doncella, se casar? contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozar? por ti tu Dios? (Is62,5). Recreada ?en justicia y en derecho, en amor y en compasi?n? (Os 2,21), aquella que se alej? para buscar la vida y la felicidad en los dioses falsos retornar?, y a Aquel que le hablar? a su coraz?n, ?ella responder? all? como en los d?as de su juventud? (Os 2,17), y le oir? decir: ?tu esposo es tu Hacedor? (Is54,5). En sustancia es el mismo dato que se afirma cuando, paralelamente al misterio de la obra que Dios realiza por la figura masculina del Siervo, el libro de Isa?as evoca la figura femenina de Si?n, adornada con una trascendencia y una santidad que prefiguran el don de la salvaci?n destinada a Israel.

El Cantar de los cantares representa sin duda un momento privilegiado en el empleo de esta modalidad de revelaci?n. Con palabras de un amor profundamente humano, que celebra la belleza de los cuerpos y la felicidad de la b?squeda rec?proca, se expresa igualmente el amor divino por su pueblo. La Iglesia no se ha enga?ado pues al reconocer el misterio de su relaci?n con Cristo, en su audacia de unir, mediante las mismas expresiones, aquello que hay de m?s humano con aquello que hay de m?s divino.

A lo largo de todo el Antiguo Testamento se configura una historia de salvaci?n, que pone simult?neamente en juego la participaci?n de lo masculino y lo femenino. Los t?rminos esposo y esposa, o tambi?n alianza, con los que se caracteriza la din?mica de la salvaci?n, aun teniendo una evidente dimensi?n metaf?rica, representan aqu? mucho m?s que simples met?foras. Este vocabulario nupcial toca la naturaleza misma de la relaci?n que Dios establece con su pueblo, aunque tal relaci?n es m?s amplia de lo que se puede captar en la experiencia nupcial humana. Igualmente, est?n en juego las mismas condiciones concretas de la redenci?n, en el modo con el que or?culos como los de Isa?as asocian papeles masculinos y femeninos en el anuncio y la prefiguraci?n de la obra de la salvaci?n que Dios est? a punto de cumplir. Dicha salvaci?n orienta al lector sea hacia la figura masculina del Siervo sufriente que hacia aquella femenina de Si?n. Los or?culos de Isa?as alternan de hecho esta figura con la del Siervo de Dios, antes de culminar, al final del libro, con la visi?n misteriosa de Jerusal?n, que da a luz un pueblo en un solo d?a (cf Is 66,7-14), profec?a de la gran novedad que Dios est? a punto de realizar (cf Is 48,6-8).

10.Todas estas prefiguraciones se cumplen en el Nuevo Testamento. Por una parte Mar?a, como la hija elegida de Si?n, recapitula y transfigura en su femineidad la condici?n de Israel/Esposa, a la espera del d?a de su salvaci?n. Por otra parte, la masculinidad del Hijo permite reconocer c?mo Jes?s asume en su persona todo lo que el simbolismo del Antiguo Testamento hab?a aplicado al amor de Dios por su pueblo, descrito como el amor de un esposo por su esposa. Las figuras de Jes?s y Mar?a, su Madre, no s?lo aseguran la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, sino que superan aquel. Como dice San Ireneo, con el Se?or aparece ?toda novedad?.13

Este aspecto es puesto en particular evidencia por el Evangelio de Juan. En la escena de las bodas de Can?, por ejemplo, Mar?a, a la que su Hijo llama ?mujer?, pide a Jes?s que ofrezca como se?al el vino nuevo de las bodas futuras con la humanidad. Estas bodas mesi?nicas se realizar?n en la cruz, d?nde, en presencia nuevamente de su madre, indicada tambi?n aqu? como ?mujer?, brotar? del coraz?n abierto del crucificado la sangre/vino de la Nueva Alianza (cf Jn 19,25-27.34).14 No hay pues nada de asombroso si Juan el Bautista, interrogado sobre su identidad, se presenta como ?el amigo del novio?, que se alegra cuando oye la voz del novio y tiene que eclipsarse a su llegada: ?El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegr?a, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que ?l crezca y que yo disminuya? (Jn 3,29-30).15

En su actividad apost?lica, Pablo desarrolla todo el sentido nupcial de la redenci?n concibiendo la vida cristiana como un misterio nupcial. Escribe a la Iglesia de Corinto por ?l fundada: ?Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo? (2 Cor 11,2).

En la carta a los Efesios la relaci?n esponsal entre Cristo y la Iglesia ser? retomada y profundizada con amplitud. En la Nueva Alianza la Esposa amada es la Iglesia, y ?como ense?a el Santo Padre en la Carta a las familias? ?esta esposa, de la que habla la carta a los Efesios, se hace presente en cada bautizado y es como una persona que se ofrece a la mirada de su esposo: ??Am? a la Iglesia y se entreg? a s? mismo por ella, para... present?rsela resplandeciente a s? mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada?? (Ef 5,25-27)?.16

Meditando, por lo tanto, en la uni?n del hombre y la mujer como es descrita al momento de la creaci?n del mundo (cf Gn 2,24), el ap?stol exclama: ?Gran misterio es ?ste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia? (Ef 5,32). El amor del hombre y la mujer, vivido con la fuerza de la gracia bautismal, se convierte ya en sacramento del amor de Cristo y la Iglesia, testimonio del misterio de fidelidad y unidad del que nace la ?nueva Eva?, y del que ?sta vive en su camino terrenal, en espera de la plenitud de las bodas eternas.

11.Injertados en el misterio pascual y convertidos en signos vivientes del amor de Cristo y la Iglesia, los esposos cristianos son renovados en su coraz?n y pueden as? huir de las relaciones marcadas por la concupiscencia y la tendencia a la sumisi?n, que la ruptura con Dios, a causa del pecado, hab?a introducido en la pareja primitiva. Para ellos, la bondad del amor, del cual la voluntad humana herida ha conservado la nostalgia, se revela con acentos y posibilidades nuevas. A la luz de esto, Jes?s, ante la pregunta sobre el divorcio (cf Mt 19,1-9), recuerda las exigencias de la alianza entre el hombre y la mujer en cuanto queridas por Dios al principio, o bien antes de la aparici?n del pecado, el cual hab?a justificado los sucesivos acomodos de la ley mosaica. Lejos del ser la imposici?n de un orden duro e intransigente, esta ense?anza de Jes?s sobre el divorcio es efectivamente el anuncio de una ?buena noticia?: que la fidelidad es m?s fuerte que el pecado. Con la fuerza de la resurrecci?n es posible la victoria de la fidelidad sobre las debilidades, sobre las heridas sufridas y sobre los pecados de la pareja. En la gracia de Cristo, que renueva su coraz?n, el hombre y la mujer se hacen capaces de librarse del pecado y de conocer la alegr?a del don rec?proco.

12.?Todos los bautizados en Cristo os hab?is revestido de Cristo: ya no hay... ni hombre ni mujer?, escribe S. Pablo a los G?latas (Ga 3,27-28). El Ap?stol no declara aqu? abolida la distinci?n hombre-mujer, que en otro lugar afirma pertenecer al proyecto de Dios. Lo que quiere decir es m?s bien esto: en Cristo, la rivalidad, la enemistad y la violencia, que desfiguraban la relaci?n entre el hombre y la mujer, son superables y superadas. En este sentido, la distinci?n entre el hombre y la mujer es m?s que nunca afirmada, y en cuanto tal acompa?a a la revelaci?n b?blica hasta el final. Al t?rmino de la historia presente, mientras se delinean en el Apocalipsis de Juan ?los cielos nuevos? y ?la tierra nueva? (Ap 21,1), se presenta en visi?n una Jerusal?n femenina ?engalanada como una novia ataviada para su esposo? (Ap 21,20). La revelaci?n misma se concluye con la palabra de la Esposa y del Esp?ritu, que suplican la llegada del Esposo: ?Ven Se?or Jes?s? (Ap 22,20).

Lo masculino y femenino son as? revelados como pertenecientes ontol?gicamente a la creaci?n, y destinados por tanto a perdurar m?s all? del tiempo presente, evidentemente en una forma transfigurada. De este modo caracterizan el amor que ?no acaba nunca? (1 Cor 13,8), no obstante haya caducado la expresi?n temporal y terrena de la sexualidad, ordenada a un r?gimen de vida marcado por la generaci?n y la muerte. El celibato por el Reino quiere ser profec?a de esta forma de existencia futura de lo masculino y lo femenino. Para los que viven el celibato, ?ste adelanta la realidad de una vida, que, no obstante continuar siendo aquella propia del hombre y la mujer, ya no estar? sometida a los l?mites presentes de la relaci?n conyugal (cf Mt 22,30). Para los que viven la vida conyugal, aquel estado se convierte adem?s en referencia y profec?a de la perfecci?n que su relaci?n alcanzar? en el encuentro cara a cara con Dios.

Distintos desde el principio de la creaci?n y permaneciendo as? en la eternidad, el hombre y la mujer, injertados en el misterio pascual de Cristo, ya no advierten, pues, sus diferencias como motivo de discordia que hay que superar con la negaci?n o la nivelaci?n, sino como una posibilidad de colaboraci?n que hay que cultivar con el respeto rec?proco de la distinci?n. A partir de aqu? se abren nuevas perspectivas para una comprensi?n m?s profunda de la dignidad de la mujer y de su papel en la sociedad humana y en la Iglesia.

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III. LA ACTUALIDAD DE LOS VALORES FEMENINOS EN LA VIDA DE LA SOCIEDAD


13.Entre los valores fundamentales que est?n vinculados a la vida concreta de la mujer se halla lo que se ha dado en llamar la ?capacidad de acogida del otro?. No obstante el hecho de que cierto discurso feminista reivindique las exigencias ?para s? misma?, la mujer conserva la profunda intuici?n de que lo mejor de su vida est? hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protecci?n.

Esta intuici?n est? unida a su capacidad f?sica de dar la vida. Sea o no puesta en acto, esta capacidad es una realidad que estructura profundamente la personalidad femenina. Le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que ?sta implica. Desarrolla en ella el sentido y el respeto por lo concreto, que se opone a abstracciones a menudo letales para la existencia de los individuos y la sociedad. En fin, es ella la que, a?n en las situaciones m?s desesperadas ?y la historia pasada y presente es testigo de ello? posee una capacidad ?nica de resistir en las adversidades, de hacer la vida todav?a posible incluso en situaciones extremas, de conservar un tenaz sentido del futuro y, por ?ltimo, de recordar con las l?grimas el precio de cada vida humana.

Aunque la maternidad es un elemento clave de la identidad femenina, ello no autoriza en absoluto a considerar a la mujer exclusivamente bajo el aspecto de la procreaci?n biol?gica. En este sentido, pueden existir graves exageraciones que exaltan la fecundidad biol?gica en t?rminos vitalistas, y que a menudo van acompa?adas de un peligroso desprecio por la mujer. La vocaci?n cristiana a la virginidad ?audaz con relaci?n a la tradici?n veterotestamentaria y a las exigencias de muchas sociedades humanas? tiene al respecto gran importancia.17 ?sta contradice radicalmente toda pretensi?n de encerrar a las mujeres en un destino que ser?a sencillamente biol?gico. As? como la maternidad f?sica le recuerda a la virginidad que no existe vocaci?n cristiana fuera de la donaci?n concreta de s? al otro, igualmente la virginidad le recuerda a la maternidad f?sica su dimensi?n fundamentalmente espiritual: no es conform?ndose con dar la vida f?sica como se genera realmente al otro. Eso significa que la maternidad tambi?n puede encontrar formas de plena realizaci?n all? donde no hay generaci?n f?sica.18

En tal perspectiva se entiende el papel insustituible de la mujer en los diversos aspectos de la vida familiar y social que implican las relaciones humanas y el cuidado del otro. Aqu? se manifiesta con claridad lo que el Santo Padre ha llamado el genio de la mujer.19 Ello implica, ante todo, que las mujeres est?n activamente presentes, incluso con firmeza, en la familia, ?sociedad primordial y, en cierto sentido, ??soberana???,20 pues es particularmente en ella donde se plasma el rostro de un pueblo y sus miembros adquieren las ense?anzas fundamentales. Ellos aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a las otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelaci?n de un padre y una madre llenos de atenciones. Cuando faltan estas experiencias fundamentales, es el conjunto de la sociedad el que sufre violencia y se vuelve, a su vez, generador de m?ltiples violencias. Esto implica, adem?s, que las mujeres est?n presentes en el mundo del trabajo y de la organizaci?n social, y que tengan acceso a puestos de responsabilidad que les ofrezcan la posibilidad de inspirar las pol?ticas de las naciones y de promover soluciones innovadoras para los problemas econ?micos y sociales.

Sin embargo no se puede olvidar que la combinaci?n de las dos actividades ?la familia y el trabajo? asume, en el caso de la mujer, caracter?sticas diferentes que en el del hombre. Se plantea por tanto el problema de armonizar la legislaci?n y la organizaci?n del trabajo con las exigencias de la misi?n de la mujer dentro de la familia. El problema no es solo jur?dico, econ?mico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita, en efecto, una justa valoraci?n del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. En tal modo, las mujeres que libremente lo deseen podr?n dedicar la totalidad de su tiempo al trabajo dom?stico, sin ser estigmatizadas socialmente y penalizadas econ?micamente. Por otra parte, las que deseen desarrollar tambi?n otros trabajos, podr?n hacerlo con horarios adecuados, sin verse obligadas a elegir entre la alternativa de perjudicar su vida familiar o de padecer una situaci?n habitual de tensi?n, que no facilita ni el equilibrio personal ni la armon?a familiar. Como ha escrito Juan Pablo II, ?ser? un honor para la sociedad hacer posible a la madre ?sin obstaculizar su libertad, sin discriminaci?n sicol?gica o pr?ctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compa?eras? dedicarse al cuidado y a la educaci?n de los hijos, seg?n las necesidades diferenciadas de la edad?.21

14.En todo caso es oportuno recordar que los valores femeninos apenas mencionados son ante todo valores humanos: la condici?n humana, del hombre y la mujer creados a imagen de Dios, es una e indivisible. S?lo porque las mujeres est?n m?s inmediatamente en sinton?a con estos valores pueden llamar la atenci?n sobre ellos y ser su signo privilegiado. Pero en ?ltima instancia cada ser humano, hombre o mujer, est? destinado a ser ?para el otro?. As? se ve que lo que se llama ?femineidad? es m?s que un simple atributo del sexo femenino. La palabra designa efectivamente la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro.

Por lo tanto la promoci?n de las mujeres dentro de la sociedad tiene que ser comprendida y buscada como una humanizaci?n, realizada gracias a los valores redescubiertos por las mujeres. Toda perspectiva que pretenda proponerse como lucha de sexos s?lo puede ser una ilusi?n y un peligro, destinados a acabar en situaciones de segregaci?n y competici?n entre hombres y mujeres, y a promover un solipsismo, que se nutre de una concepci?n falsa de la libertad.

Sin prejuzgar los esfuerzos por promover los derechos a los que las mujeres pueden aspirar en la sociedad y en la familia, estas observaciones quieren corregir la perspectiva que considera a los hombres como enemigos que hay que vencer. La relaci?n hombre-mujer no puede pretender encontrar su justa condici?n en una especie de contraposici?n desconfiada y a la defensiva. Es necesario que tal relaci?n sea vivida en la paz y felicidad del amor compartido.

En un nivel m?s concreto, las pol?ticas sociales ?educativas, familiares, laborales, de acceso a los servicios, de participaci?n c?vica? si bien por una parte tienen que combatir cualquier injusta discriminaci?n sexual, por otra deben saber escuchar las aspiraciones e individuar las necesidades de cada cual. La defensa y promoci?n de la id?ntica dignidad y de los valores personales comunes deben armonizarse con el cuidadoso reconocimiento de la diferencia y la reciprocidad, all? donde eso se requiera para la realizaci?n del propio ser masculino o femenino.


Publicado por mario.web @ 22:19
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