Domingo, 15 de mayo de 2011
La renovaci?n de la vida religiosa no es un proceso cerrado en el tiempo, marcado por un principio y sellado con un final. Es el esfuerzo que se hace por vivir en sinton?a con el Fundador
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Despu?s del fundador(a), vienen las cofundadoras
Despu?s del fundador(a), vienen las cofundadoras
El proceso siempre continuo de la renovaci?n.


Hace 40 a?os, en octubre de 1965, el Concilio Vaticano II embarcaba a las Congregaciones religiosas y a los Institutos de vida consagrada en lo que ser?a una de las aventuras m?s ambiciosas de la historia de la Iglesia: la renovaci?n de la vida consagrada. Desde el Decreto Perfectae caritatis hasta la Instrucci?n Ripartire da Cristo, los Papas y los hombres de Iglesia han insistido por activa y por pasiva sobre la grande necesitada que tiene la vida consagrada de adecuarse para segur dando una respuesta en estos tiempos y en estos lugares. Entre otras cosas, se propone sobretodo el encuentro vivo y fecundo con el Fundador, con el fin sacar las fuerzas y el vigor necesario para hacer esas oportunas y debidas adaptaciones, y as? seguir respondiendo a las necesidades para las cuales fue fundada la Congregaci?n o el Instituto religioso. ?Precisamente en esta fidelidad a la inspiraci?n de los fundadores y fundadoras, don del Esp?ritu Santo, se descubren m?s f?cilmente y se reviven con m?s fervor los elementos esenciales de la vida consagrada.?

Y es realmente consolador y de ejemplar, el ver a numerosas Congregaciones hacer un sacrificio de todo tipo, econ?mico, material y de personal, con el fin de contar en forma lo m?s exacta posible, con el carisma del Fundador. Estudios hist?ricos hechos por peritos especiales, encuentros y jornadas de estudio y profundizaci?n del carisma, viajes a los lugares ?sagrados? para cada Congregaci?n, son tan s?lo algunas de las muchas iniciativas que se han hecho para conocer, asimilar y transmitir el carisma del Fundador.

El desarrollo teol?gico de la vida consagrada ha tomado tambi?n el carisma del Fundador como un punto de trabajo de investigaci?n y as? se han acu?ado t?rminos para circunscribir la experiencia del Fundador de la fundaci?n. Hablamos entonces de carisma del Fundador, carisma de fundaci?n, carisma del Instituto. Pero todos estos estudios, sin duda alguna de un gran valor hist?rico y teol?gico para la vida de la Iglesia e general y para cada una de las Congregaciones e Institutos en particular, carecer?n de valor real y personal si no vienen aplicados en el contexto de la vida diaria.

La renovaci?n de la vida religiosa no es un proceso cerrado en el tiempo, marcado por un principio y sellado con un final. Es el esfuerzo que se hace por vivir en sinton?a con el Fundador y as?, con ese mismo esp?ritu, encarar los desaf?os del momento actual. ?Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.?

Al buscar reproducir las cualidades que hicieron posible que el Fundador(a) pudiera llevar a cabo una experiencia de Fundaci?n, las mujeres consagradas contin?an a lo largo de la historia los motivos, los anhelos, los sufrimientos, los gozos y las alegr?as por vivir el evangelio, bajo una inspiraci?n especial y hacerlo vida en un estilo espec?fico, ?nico, carism?tico. Bien sabemos que este carisma no viene encapsulado en el tiempo, sino que es posible reproducirlo, siempre y en todo lugar, a condici?n de conocer y asimilar el esp?ritu, la metodolog?a apost?lica, las genuinas tradiciones, en una palabra, el patrimonio espiritual del Fundador.

Una de las formas privilegiadas para acercarse al esp?ritu del Fundador es el contacto vivo, real y apasionado con las fuentes del carisma de fundaci?n, es decir con sus escritos: las Constituciones, la regla de vida o directorio, el epistolario. Un contacto que deber? nutrirse siempre con la oraci?n.

No debemos olvidar que este carisma del fundador, adem?s de estar plasmado en los medios antes mencionados, se encuentra tambi?n encarnado en la vida de la comunidad por ?l fundada. Las primeras mujeres que se pusieron en marcha con generosidad son plasmadas, por utilizar una imagen fuerte pero v?lida, por el mismo hombre o mujer que las fund?. Estamos por tanto hablando de una paternidad o maternidad espiritual y por una docilidad de mente y voluntad que hace propio los valores del fundador. Es por tanto esta primera comunidad, el ejemplo primero de la vivencia y transmisi?n del carisma. Las cofundadoras se han hecho recept?culo de la iniciativa del Esp?ritu que ha tomado posesi?n en un hombre.

Conocemos muy bien el valor que tiene, ya sea el carisma, porque es inspirado por el Esp?ritu como regalo de la Iglesia, ya sea el Fundador(a) por ser el medio a trav?s del cual Dios se sirve para hacer llegar esta nueva visi?n y misi?n del Evangelio, para un momento muy particular del Historia. Sin embargo se ha olvidado, o no se ha tenido tiempo de estudiar a fondo en este tiempo, la labor que para la historia de un Instituto han tenido las mujeres que formaron parte de la primer comunidad fundada.

Podemos decir que el carisma del fundador no llega a convertirse en carisma de fundaci?n mientras no nazca la primera comunidad de mujeres consagradas . De ah? que pueda hablarse perfectamente de una maternidad o paternidad espiritual que une al Fundador(a) con las primeras mujeres consagradas. La forma de esta maternidad o paternidad espiritual estar? enmarcada por las cualidades del Fundador(a), pero tambi?n por las cualidades de las cofundadoras, ya que el proceso pedag?gico de inculcar un carisma no es un proceso unilateral, sino que viene condicionado, hasta cierto punto, por la receptividad de las mujeres que hacen de primer recept?culo al carisma.

Conviene establecer las l?neas de estudio de esta primera comunidad de cofundadoras, ya que su ejemplo puede servir para quienes, investidos de autoridad en el gobierno o en la formaci?n, deben llevar a cabo la ardua tarea de la fidelidad din?mica al carisma originario. Estas mujeres fueron capaces de conocer, asimilar y transmitir un carisma novedoso para su tiempo. Las mujeres que son sus herederas espirituales pueden recurrir a ellas para reproducir el mismo celo y la misma pasi?n que llevaron a las cofundadoras a vivir con radicalidad este nuevo tipo de consagraci?n. ?Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.? Estableceremos como l?nea fundamental de estudio el car?cter pedag?gico del Fundador, de tal manera que al conocer los medios y las formas por ?l utilizadas en la fundaci?n, las mujeres que son las herederas de este estilo pedag?gico, puedan reproducirlo en el tiempo actual, con las debidas adaptaciones.


?Ante todo se pide la fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual de cada Instituto.? (Vita consecrata, 36).

El patrimonio espiritual de cada Instituto est? formado por la vivencia particular que cada generaci?n ha hecho del carisma y que lo ha transmitido a las generaciones siguientes a trav?s de las sanas tradiciones, la vivencia pr?ctica y actual de las Constituciones, la regla, el directorio, los comunicados capitulares. Si el esqueleto principal de un Instituto viene configurado por el carisma, podemos decir, en lenguaje figurado, que el patrimonio espiritual viene a dar vida y forma al carisma. Si el carisma puede concentrarse en letra escrita, el patrimonio espiritual ser? la letra viva del carisma. Aquello que se ve y se toca, pero que no es tan f?cil ponerlo por escrito.

Parte del patrimonio espiritual de un Instituto lo es la manera en que las formadoras conducen a las mujeres a ellas encargadas en la formaci?n. Cada una de estas formadoras, si bien no renuncia a su personalidad, se hace depositaria no s?lo del carisma, sino de la forma en que se ha venido transmitiendo el carisma. Establecemos por tanto que una l?nea pedag?gica de estudio ser? la del carisma mismo como veh?culo para formar a una mujer consagrada. Otra l?nea pedag?gica ser? la forma institucional de transmitir el carisma. Y una tercera l?nea vendr? dada por la personalidad o el carisma propio de cada formadora. Hablaremos brevemente de cada uno de ellos, con el fin de que las formadoras de cada Instituto puedan establecer m?s claramente el estudio de cada uno de estos aspectos.

Necesitamos dar una justa definici?n a la palabra carisma para iniciar el estudio del carisma como veh?culo para formar a una mujer consagrada. Tomaremos dos definiciones del Magisterio de la Iglesia para comentarlas brevemente. Dice el documento Mutuae relationes: ?El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Esp?ritu (Evang. nunt. 11), transmitida a los propios disc?pulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sinton?a con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso la Iglesia defiende y sostiene la ?ndole propia de los diversos Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33; 35, 1, 2, etc.). La ?ndole propia lleva adem?s consigo, un estilo particular de santificaci?n y apostolado que va creando una tradici?n t?pica cuyos elementos objetivos pueden ser f?cilmente individuados.? Y la ya antes citada Vita consecrata contempla: ?En efecto, esta triple relaci?n (del Padre, del Hijo y del Esp?ritu Santo) emerge siempre, a pesar de las caracter?sticas espec?ficas de los diversos modelos de vida, en cada carisma de fundaci?n, por el hecho mismo de que en ellos domina ? una profunda preocupaci?n por configurarse con Cristo testimoniando alguno de los aspectos de su misterio ?,aspecto espec?fico llamado a encarnarse y desarrollarse en la tradici?n m?s genuina de cada Instituto, seg?n las Reglas, Constituciones o Estatutos.?

Ambas definiciones de carisma nos hablan de una experiencia del Esp?ritu para vivir un estilo de vida particular que siempre llevar? al alma consagrada a buscar la configuraci?n m?s cercana con Cristo. Establecemos por tanto que toda la acci?n pedag?gica de la formadora no tiene otra finalidad que la de configurar la vida de la mujer consagrada con la vida de Cristo. ?La formaci?n de los candidatos, que tiene por fin inmediato iniciarles en la vida religiosa y hacerles tomar conciencia de su especificidad en la Iglesia, tender? sobre todo, mediante la armoniosa fusi?n de sus elementos espiritual, apost?lico, doctrinal y pr?ctico, a ayudar a religiosas y religiosos a realizar su unidad de vida en Cristo por el Esp?ritu.? La formadora deber? por tanto ayudar a que la mujer consagrada configure toda su vida con la vida de Cristo. Toda su vida significa todos los elementos que configuran a la persona: ?La formaci?n integral de la persona comprende una dimensi?n f?sica, moral, intelectual y espiritual.? Desde el punto de vista antropol?gico ser?n el configurar con Cristo sus facultades superiores (intelecto y voluntad), as? como sus sentimientos, de forma que la persona consagrada pueda ?tener los mismos sentimientos de Cristo? y no pensar ni actuar sino con el pensamiento y la voluntad de Cristo. Si bien ninguno de estos puntos puede ser descuidado, deber? darse la prioridad a la parte espiritual: ?A pesar de la insistencia que pone el presente documento en la dimensi?n cultural e intelectual de la formaci?n, la dimensi?n espiritual sigue siendo prioritaria. La formaci?n religiosa, en sus diferentes fases, inicial y permanente, tiene como objetivo principal el sumergir a los religiosos en la experiencia de Dios y ayudarles a perfeccionarla progresivamente en su propia vida.?
Haciendo un estudio de los elementos que conforman el carisma, la formadora podr? encontrar pautas seguras para formar integralmente a una mujer consagrada, ya que no se trata de formar a una mujer consagrada tipo, sino a una mujer consagrada encarnada en un carisma, con una espiritualidad muy particular. Son precisamente estas caracter?sticas particulares las que pueden buscarse en el carisma y las que deben aplicarse en la formaci?n. As? por ejemplo, la mujer consagrada en la vida espiritual deber? hacer una experiencia de Dios, pero no la podr? hacer de cualquier manera, sino de la manera en que el carisma lo ha venido viviendo desde el momento de la fundaci?n. Podemos decir que el carisma indica la ruta en la formaci?n.

La forma institucional de transmitir el carisma debe remontar a la formadora a los or?genes de la Congregaci?n, justo cuando el Fundador o la Fundadora luchaban por establecer la primera comunidad, ya que ah? se dan los primeros pasos de una pedagog?a muy precisa que vendr? despu?s a ser copiada y reproducida por las cofundadoras. ?Fundador no es un concepto a se stante, es un concepto correlativo a la realidad que ?l ha fundado. A estos conceptos correlativos que de definen mutuamente pertenecen el de padre-madre e hijo. Uno es padre con relaci?n a un hijo y uno es hijo con relaci?n al padre; la relaci?n mutua realiza la paternidad y la filiaci?n. Lo mismo sucede con el fundador y la fundaci?n, se definen correlativamente. El fundador persiste en la medida en que persiste la relaci?n con la fundaci?n.? Esta relaci?n padre-hijo, que podemos extender a la de fundador-cofundadoras, queda marcada por unas caracter?sticas pedag?gicas claras y esenciales. Si bien todos los fundadores tuvieron que v?rselas con un grupo de mujeres a las que quer?an transmitir un carisma, esto es, un estilo de vida, cada uno lo hizo con un estilo propio, caracterizado por su psicolog?a, por las circunstancias del tiempo y de lugar. Pero lo hizo con un cierto comportamiento, una cierta actitud, un cierto amor que pueden ser copiadas por las formadoras. Es decir, la formadora est? llamada a reproducir en este caso la creatividad con la que el fundador(a) form? la primera comunidad religiosa de la congregaci?n.

Cabe hacer la aclaraci?n que no se trata de reproducir elementos personales del Fundador que son irrepetibles, precisamente por el car?cter individual de dichos elementos. Se trata m?s bien de estudiar la escuela pedag?gica por ?l fundada en la transmisi?n del carisma y reproducir los elementos pedag?gicos esenciales en el momento de transmitir el carisma. Si el carisma en el discurso pedag?gico viene a representar la materia, el fondo de la formaci?n, el estilo pedag?gico vendr? a ser la forma de la formaci?n. Estudiar la forma en que el Fundador transmiti? el mensaje y reproducir los elementos caracter?sticos de esta forma.

Por ?ltimo, para cerrar nuestro estudio nos queda hablar de la personalidad o carisma propio de cada formadora. El carisma no anula la personalidad, al contrario la enriquece, pero as? como no encontramos dos personas iguales en a consagraci?n, nos damos cuenta que han sido troqueladas por el mismo carisma. Diferentes pero iguales. La formadora puede estudiarse a s? misma para analizar cu?les son los puntos de su personalidad que m?s van de acuerdo con este carisma de transmisi?n y potenciarlos y cu?les son aquellos puntos en los que conviene llevar a cabo una labor de purificaci?n. De esta forma brillar? mejor este carisma de transmisi?n.

La labor de la formadora consistir?, entre otras cosas en profundizar en la pedagog?a que utiliz? el Fundador y que fue absorbida y transmitida despu?s por las confundidoras. No es de despreciar la serie de motivaciones, que utiliz? el Fundador o la Fundadora, si bien circunscritas al estilo de la ?poca, para lograr plasmar en las primeras j?venes el carisma, la espiritualidad y las primeras obras apost?licas. Un estudio profundo, sereno y despasionado le ayudar? a ver las constantes pedag?gicas que utiliz? el Fundador/a y que con las debidas adaptaciones a los tiempos, deber? hacerlas suyas en su labor formativa.

Por ?ltimo, debemos mencionar que la formadora no deber? enfocarse tanto en el carisma de transmisi?n, que forma parte del carisma de la fundaci?n, sino en el carisma que vivi? el fundador con las primeras cofundadoras, que es el carisma de la Congregaci?n o carisma del Fundador, y transmitirlo con fidelidad a las siguientes generaciones, es decir, a sus formanda


Bibliograf?a

Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
Ib?dem.
La Teolog?a de la vida consagrada ha desarrollado a lo largo de estos a?os una serie de t?rminos que han querido profundizar en el fen?meno espiritual. Se habla as? del carisma de fundador, del carisma del fundador, carisma del Instituto (o Congregaci?n) y de carisma fundacional. El carisma de fundador es aquel don del Esp?ritu que permite poner en pie una obra, una instituci?n, junto con su espiritualidad y su idiosincrasia muy particular. Son precisamente esta espiritualidad, esta idiosincrasia particular, las que junto con una vivencia del evangelio en forma espec?fica y ?nica conforman lo que bien podr?a llamarse el carisma del fundador. Pueden darse caso que exista el carisma del fundador, pero que no se d?, en la misma persona el carisma de fundador. As? vemos en la historia casos de hombres o mujeres que reciben de Dios la inspiraci?n de una espiritualidad, pero no la de poner en pie una obra, un Instituto religioso o una Congregaci?n. Se habla en ese caso del carisma del fundador, pero no del carisma de fundador. Es necesario que se de el carisma de fundador y el carisma fundacional, pues la recepci?n del carisma est? supeditado, en cierta manera, a la recepci?n por un grupo de personas. Puede darse el carisma de fundador, pero si no encuentra respuesta en un grupo de hombres o mujeres, no se dar? el carisma fundacional. Por ?ltimo debe anotarse que el carisma del Instituto llega a identificarse con el carisma del fundador.
Antonio Romano, The Charism of the Founders, St. Pauls, UK, 1994, pp. 129-161.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
Sagrada congregaci?n para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n, 11.
Juan Pablo II, Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 36.
Congregaci?n para los Institutos de vida consagrada y las Sociedad de vida apost?lica, Orientaciones sobre la formaci?n en los Institutos Religiosos, 2.2.1990, n. 1
Ibidem. n. 34.
Ibidem.n. 35.
Jos? C. R. Garc?a Paredes, Teolog?a de la vida religiosa, BAC, Madrid, 2002, p. 205.

Publicado por mario.web @ 1:47
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