Domingo, 15 de mayo de 2011
Es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisi?n a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jes?s
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Sal, luz y fermento: La tarea de los laicos en la misi?n de la Iglesia
Sal, luz y fermento: La tarea de los laicos en la misi?n de la Iglesia
Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jes?s y los Ap?stoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misi?n de informar con su fe todas las actividades que realizaban. Con palabras de Tertuliano: "lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo". San Josemar?a, como comenta en este art?culo Monse?or ?lvaro del Portillo, record? incansablemente en su predicaci?n que "es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisi?n a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jes?s".

El encargo que recibi? un pu?ado de hombres en el Monte de los Olivos, cercano a Jerusal?n, durante una ma?ana primaveral all? por el a?o 30 de nuestra era, ten?a todas las caracter?sticas de una "misi?n imposible". "Recibir?is el poder del Esp?ritu Santo que descender? sobre vosotros y ser?is mis testigos en Jerusal?n, en toda la Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra" (Act 1, 8). Las ?ltimas palabras pronunciadas por Cristo antes de la Ascensi?n parec?an una locura. Desde un rinc?n perdido del Imperio romano, unos hombres sencillos - ni ricos, ni sabios, ni influyentes - tendr?an que llevar a todo el mundo el mensaje de un ajusticiado.

Menos de trescientos a?os despu?s, una gran parte del mundo romano se hab?a convertido al cristianismo. La doctrina del crucificado hab?a vencido las persecuciones del poder, el desprecio de los sabios, la resistencia a unas exigencias morales que contrariaban las pasiones. Y, a pesar de los vaivenes de la historia, todav?a hoy el cristianismo sigue siendo la mayor fuerza espiritual de la humanidad. S?lo la gracia de Dios puede explicar esto. Pero la gracia ha actuado a trav?s de hombres que se sab?an investidos de una misi?n y la cumplieron.

Cristo no present? a sus disc?pulos esta tarea como una posibilidad, sino como un mandato imperativo. As? leemos en San Marcos: "Andad a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvar?; mas el que no crea, se condenar?" (Mc 16, 15-16). Y San Mateo recoge las siguientes palabras de Cristo: "Id y ense?ad a todas las gentes, bautiz?ndolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Esp?ritu Santo, ense??ndoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estar? con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20). Son palabras que traen a nuestra memoria las pronunciadas por Jes?s en la ?ltima Cena - "como T? me enviaste al mundo, as? los he enviado Yo al mundo" (Jn 17, 18) -, de las que el Concilio Vaticano II ha hecho el siguiente comentario: "Este mandato solemne de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo ha recibido de los Ap?stoles con el encargo de llevarlo hasta el fin de la tierra"(1).


Tarea de todos

Cuando se habla de la misi?n de la Iglesia, se corre el riesgo de pensar que es algo que corresponde a quienes hablan desde el altar. Pero la misi?n que Cristo encomienda a sus disc?pulos ha de ser llevada a cumplimiento por todos los que constituyen la Iglesia. Todos, cada uno seg?n su propia condici?n, han de cooperar de modo un?nime en la com?n tarea(2). "La vocaci?n cristiana - precisa el Concilio Vaticano II - es, por su misma naturaleza, vocaci?n al apostolado (...). Hay en la Iglesia diversidad de funciones, pero una ?nica misi?n. A los Ap?stoles y a sus sucesores les confiri? Cristo el ministerio de ense?ar, de santificar y de gobernar en su propio nombre y autoridad. Pero los laicos, al participar de la funci?n sacerdotal, prof?tica y real de Cristo, cumplen en el mundo su funci?n espec?fica dentro de la misi?n de todo el pueblo de Dios"(3). Todo cristiano es asimilado a Cristo por el Bautismo y participa de su misi?n redentora; es deber de todos y cada uno de los bautizados colaborar activamente en la transmisi?n a los hombres de todos los tiempos de la palabra predicada por Jes?s.

La dimensi?n apost?lica de la vocaci?n cristiana ha estado siempre presente en la vida de la Iglesia; pero ha habido una larga ?poca en la que la realizaci?n de su misi?n salvadora parec?a estar encomendada a unos pocos cristianos; el resto era tan s?lo sujeto pasivo de la misma. El Concilio Vaticano II ha supuesto en este campo un retorno a los principios, al poner repetidamente de manifiesto la universalidad de esa llamada al apostolado, que constituye no s?lo una posibilidad entre otras, sino un aut?ntico deber: "Les ha sido impuesta, por tanto, a todos los fieles la gloriosa tarea de esforzarse para que el mensaje divino de la salvaci?n sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra"(4).

Donde s?lo llegan los laicos

Pero ?corresponde a los laicos alguna parcela concreta dentro de esa misi?n? El Concilio Vaticano II hab?a dado ya algunas orientaciones precisas. Los fieles corrientes - se lee en la Constituci?n Lumen gentium - "son llamados por Dios para contribuir desde dentro, a modo de fermento, a la santificaci?n del mundo, mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el esp?ritu evang?lico, y as? manifiestan a Cristo ante los dem?s, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de su fe, esperanza y caridad"(5). Y m?s adelante: "Los laicos est?n particularmente llamados a hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y condiciones donde no puede ser sal de la tierra si no es a trav?s de ellos"(6). Es decir, en un hospital la Iglesia no est? s?lo presente por el capell?n: tambi?n act?a a trav?s de los fieles que, como m?dicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atenci?n humana a los pacientes. En un barrio, el templo ser? siempre un punto de referencia indispensable: pero el ?nico modo de llegar a los que no lo frecuentan ser? a trav?s de otras familias.

La Exhortaci?n Apost?lica Christifideles laici, recogiendo el trabajo realizado en el s?nodo de 1987, ha profundizado en esta doctrina. Refiri?ndose a la funci?n de los laicos, el Papa recordaba dos peligros que pod?an presentarse al intentar definirla: "la tentaci?n de reservar un inter?s tan fuerte a los servicios y tareas eclesiales, de llegar con frecuencia a un pr?ctico olvido de su espec?fica responsabilidad en el mundo profesional, social, econ?mico, cultural y pol?tico; y la tentaci?n de legitimar la indebida separaci?n entre la fe y la vida, entre la recepci?n del Evangelio y la acci?n concreta en las mas diversas realidades temporales y terrenas"(7).

Frente a estos dos extremos, el Papa advert?a que lo que distingue a los laicos es "la ?ndole secular", pues Dios les ha llamado a que "se santifiquen a s? mismos en el matrimonio o en el celibato, en la familia, en la profesi?n y en las varias actividades sociales"(8).

De este modo, el S?nodo trat? de evitar ese doble riesgo se?alado por el Papa: al estimular la tarea de los laicos en los asuntos temporales, soslaya la tentaci?n de un repliegue en las estructuras de la Iglesia, frente a una sociedad hostil o indiferente; y al pedir una fuerte coherencia entre fe y vida, quiere impedir una disoluci?n de la identidad cristiana. Pues, para ser sal de la tierra, hace falta estar en el mundo, pero tambi?n no volverse ins?pido.

La misi?n espec?fica de los laicos queda as? claramente descrita: se trata de llevar el mensaje de Cristo a todas las realidades terrenas - la familia, la profesi?n, las actividades sociales... - y, con la ayuda de la gracia, convertirlas en ocasiones de encuentro de Dios con los hombres.

Los primeros cristianos

Sin embargo, no responder?a a la realidad considerar todo lo hasta ahora expuesto como una novedad posterior al Concilio Vaticano II. Los cristianos de la primera hora, los que convivieron con Jes?s y los Ap?stoles o pertenecieron a las generaciones inmediatas, fueron muy conscientes de su misi?n. Su conversi?n les llevaba a un mayor empe?o por cumplir los deberes correspondientes a su posici?n en el mundo. Tertuliano, por ejemplo, escribe: "Vivimos como los dem?s hombres; no nos pasamos sin la plaza, la carnicer?a, los ba?os, las tabernas, los talleres, los mesones, las ferias y los dem?s comercios. Con vosotros tambi?n navegamos, con vosotros somos soldados, labramos el campo, comerciamos, entendemos de oficios y exponemos nuestras obras para vuestro uso"(9).

Y en un venerable documento de la antig?edad cristiana leemos: "Los cristianos no se distinguen de los dem?s hombres por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres: porque no habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extra?a, ni llevan un g?nero de vida distinto de los dem?s (...). Habitando ciudades griegas o b?rbaras, seg?n la suerte que a cada uno le cupo, y adapt?ndose en vestido, comida y dem?s g?nero de vida a los usos y costumbres del pa?s, dan muestra de un tenor peculiar de conducta que es admirable y, seg?n confesi?n de todos, sorprendente"(10). Lo que poco m?s adelante se escribe en el mismo documento, nos har? comprender que, permaneciendo en su sitio, los primeros cristianos hab?an cambiado notablemente de conducta. "Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no abandonan a los que nacen (...), est?n en la carne, pero no viven seg?n la carne, pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadan?a en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con su vida superan las leyes (...). Para decirlo brevemente, lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo"(11).

Como consecuencia de esa actitud y de su celosa actividad apost?lica, el cristianismo se extendi? en poco tiempo de una manera asombrosa: indudablemente, aquellos hermanos nuestros contaban con la gracia de Dios, pero, junto a eso, sabemos que su respuesta fue siempre heroica: no s?lo frente al tormento, sino tambi?n en todos los momentos de su vida. No extra?a por tanto que el mismo Tertuliano pudiera escribir: "Somos de ayer y ya hemos llenado el orbe y todas vuestras cosas: las ciudades, las islas, los poblados, las villas, las aldeas, el ej?rcito, el palacio, el senado, el foro. A vosotros os hemos dejado s?lo los templos"(12).

El esp?ritu del Opus Dei

Permitidme ahora una digresi?n que me parece de justicia. La llamada universal a la santidad y al apostolado, tan clara en los primeros cristianos y recordada por el ?ltimo Concilio(13), es una de las realidades que est?n en la base del esp?ritu de la Prelatura del Opus Dei. Desde 1928 su fundador, Josemar?a Escriv?, no ces? de repetir que la santidad y el apostolado eran derecho y deber de todo bautizado. As?, por ejemplo, escrib?a en 1934: "Tienes obligaci?n de santificarte. - T? tambi?n. - ?Qui?n piensa que ?sta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos? A todos, sin excepci?n, dijo el Se?or: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto""(14). Y, refiri?ndose al apostolado, escribe: "A?n resuena en el mundo aquel grito divino: "Fuego he venido a traer a la tierra, ?y qu? quiero sino que se encienda?" - Y ya ves: casi todo est? apagado... ?No te animas a propagar el incendio?"(15).

Justamente, pues, puede considerarse a Josemar?a Escriv? como un pionero de las ense?anzas del Concilio Vaticano II en este campo. Lo afirmaba claramente el Cardenal Poletti en el Decreto de Introducci?n de la Causa de beatificaci?n del fundador del Opus Dei con las siguientes palabras: "Por haber proclamado la vocaci?n universal a la santidad, desde que fund? el Opus Dei en 1928, mons. Josemar?a Escriv? ha sido un?nimemente reconocido como un precursor del Concilio, precisamente en lo que constituye el n?cleo fundamental de su magisterio, tan fecundo para la vida de la Iglesia"(16).

Con el ejemplo y la palabra

En un mundo cada vez m?s materializado, la labor del cristiano del siglo XX se asemeja a la que hubieron de realizar los primeros disc?pulos de Cristo. Como ellos, tendr? que transmitir la Buena Nueva con su ejemplo y con su palabra.

Nunca podremos conocer completamente en esta vida los efectos de nuestra actuaci?n - el buen ejemplo o el esc?ndalo causado - en las personas que han estado a nuestro alrededor. Hay una primera y esencial obligaci?n para cualquier cristiano: actuar de acuerdo con su fe, ser coherente con la doctrina que profesa. "Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una l?mpara para ponerla debajo del celem?n, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que hay en la casa. Brille as? vuestra luz ante los hombres, de manera que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que est? en los cielos" (Mt 5, 14-16).

Sin embargo, no basta con el ejemplo. "Este apostolado no consiste s?lo en el testimonio de vida. El verdadero ap?stol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, ya a los no creyentes, para llevarlos a la fe; ya a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a un mayor fervor de vida"(17).

Esto no es una cuesti?n de "especialistas". El Concilio Vaticano II ha recordado la obligaci?n que cada uno de los laicos tiene de hacer apostolado individualmente: "El apostolado que las personas singulares deben realizar, brotando abundantemente de la fuente de una verdadera vida cristiana, es la primera forma y la condici?n de todo apostolado de los laicos, incluso del asociado, y es insustituible. A tal apostolado, siempre y en todas partes fruct?fero, pero en ciertas circunstancias el ?nico adecuado y posible, son llamados y obligados todos los laicos de cualquier condici?n, incluso si les falta la ocasi?n o la posibilidad de colaborar en las asociaciones"(18).

Las ocasiones en que ese apostolado puede realizarse son innumerables: en realidad, toda la vida ha de ser un continuo apostolado. Me gustar?a sin embargo centrarme en dos de las circunstancias que constituyen los ejes en la vida de la mayor?a de las personas: el trabajo y la familia.

A trav?s del trabajo profesional

Entre los diversos motivos que hacen a los hombres tratarse, entablar una amistad, se encuentra sin lugar a dudas el ejercicio de la propia profesi?n. Podr?a parecer que el ?mbito de apostolado es reducido, pero no se debe olvidar que, normalmente, es ah? donde se establecer?n relaciones profundas de confianza, que - en muchas ocasiones - permiten ayudar de forma decisiva a las personas con las que uno se relaciona.

Algunos trabajos - pienso, por ejemplo, en los relacionados con la docencia o con los medios de comunicaci?n social - constituyen una oportunidad de transmitir ideas a centenares o millares de personas. Pero ser?a un error pensar que s?lo esas profesiones pueden ser ocasi?n de apostolado; en cualquier ocupaci?n, en cualquier circunstancia, el cristiano debe ayudar a que los dem?s den un sentido cristiano a su vida. Ordinariamente, no ser? necesario hacer grandes discursos, sino llevar a cabo lo que el fundador del Opus Dei llamaba "apostolado de amistad y confidencia" y que describ?a en los siguientes t?rminos: "Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el o?do del amigo que vacila; aquella conversaci?n orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreci?n, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es "apostolado de la confidencia""(19).

Este empe?o se convierte en inter?s real por cada persona y se encauza normalmente en la conversaci?n personal de dos amigos. "El apostolado cristiano - y me refiero ahora en concreto al de un cristiano corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno m?s entre sus iguales - es una gran catequesis, en la que, a trav?s del trato personal, de una amistad leal y aut?ntica, se despierta en los dem?s el hambre de Dios y se les ayuda a descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de la verdad divina"(20).

Un empe?o apost?lico que, a trav?s de la iniciativa libre y responsable de los cristianos, se manifestar? tambi?n en el esfuerzo por lograr que las estructuras sociales faciliten a los dem?s el acercamiento a Dios. Se realizar? de esa manera la animaci?n cristiana del orden temporal que, como hemos visto, el Concilio considera misi?n caracter?stica de los laicos. En este contexto, pueden entenderse las llamadas que en la Exhortaci?n Apost?lica Christifideles laici el Papa ha dirigido a los laicos empe?ados en la ciencia y la t?cnica, en la medicina, en la pol?tica, en la econom?a y en la cultura(21), para que no abdiquen de su responsabilidad en hacer un mundo m?s humano y, por tanto, m?s cristiano.

Para eso cuentan con las inspiraciones y principios que presenta la doctrina social de la Iglesia. Pero esa doctrina s?lo se har? vida a trav?s de los hombres y mujeres que, en Wall Street o en un peque?o comercio del barrio, conciban su trabajo como algo m?s que una fuente de ganancias o un medio de escalar puestos: a trav?s de ciudadanos que, en la alcald?a o en la asociaci?n de vecinos, se preocupen por hacer m?s acogedora lo sociedad; a trav?s de intelectuales que, en la Universidad y en la escuela, creen cultura con sentido cristiano.

Empezar por la familia

Junto a toda esa labor apost?lica en torno al trabajo - a la profesi?n de cada uno -, ocupa un lagar fundamental la que se realiza a trav?s de la familia. En el caso de los padres, es ?se su primer campo de apostolado, el lugar en que han sido puestos por Dios para realizar una tarea insustituible: la educaci?n de los hijos.

La familia es "la c?lula primera y vital de la sociedad"(22), y de su salud o enfermedad depender? la salud o enfermedad del entero cuerpo social. La sociedad ser? m?s fraterna, si los hombres aprenden en la familia a sacrificarse unos por otros. Habr? m?s tolerancia y respeto en las relaciones humanas, en la medida en que se comprendan los padres y los hijos. La lealtad ganar? terreno en la vida social, si se valora tambi?n la fidelidad entre los c?nyuges. Y el materialismo estar? en retirada, cuando el norte de la felicidad familiar no sea el creciente consumo.

En cuanto a la atenci?n de los propios hijos, importa recordar de nuevo el papel primordial del ejemplo. Juan Pablo II, en una de las contadas ocasiones en que ha hablado de s? mismo, comentaba refiri?ndose a su padre: "Mi padre fue una persona admirable y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia se refieren a ?l (...). El simple hecho de verle arrodillarse ha tenido una influencia decisiva en mis a?os de juventud. Era tan severo consigo mismo, que no necesitaba serlo con su hijo: bastaba su ejemplo para ense?ar la disciplina y el sentido del deber"(23).

Y el Card. Luciani - luego, Juan Pablo I - escrib?a: "El primer libro de religi?n que los hijos leen son sus padres. Es bueno que un padre le diga a su hijo: "Ahora hay en la iglesia un confesor; ?no crees que podr?as aprovechar la oportunidad?". Pero es mucho mejor si le habla de este modo: "Voy a la iglesia a confesarme, ?quieres venir conmigo?""(24). El ejemplo ofrecido en las m?s diversas facetas de la vida - de lealtad a los amigos, de laboriosidad, de sobriedad y templanza, de alegr?a ante las contrariedades, de preocupaci?n por los dem?s, de generosidad... - quedar? grabado de forma indeleble en las almas de los hijos.

Y, junto al ejemplo, la atenci?n generosa a su educaci?n. "El negocio que m?s hab?is de cuidar - sol?a decir el fundador del Opus Dei a los hombres de empresa - es la formaci?n de vuestros hijos". Una educaci?n que ser? eficaz si los padres saben hacerse amigos de sus hijos; si, desde que son peque?os, ?stos se acostumbran a confiar en ellos, a abrirles su coraz?n cuando tienen alguna dificultad. Escrib?a Santo Tom?s Moro: "Una vez vuelto a casa, hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser un extra?o en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compa?eros"(25).

El ritmo de la vida moderna parece no favorecer esta dedicaci?n. Cada vez tenemos m?s de todo, excepto tiempo. Y se corre el riesgo de que los padres queden absorbidos por el trabajo, aun con el noble deseo de asegurar lo mejor posible el porvenir de los hijos. Pero este porvenir depender? m?s del tiempo que se les ha dedicado personalmente que del confort que se les ha ofrecido. Y as?, cuando los hijos se quejan, no es por lo que sus padres no les han dado, sino porque no han sabido darse a s? mismos.

Familia abierta a los dem?s

Esto ya es mucho, pero no es todo. Un cristiano consciente de su misi?n de levadura en la masa, no puede conformarse con la atenci?n a los suyos. Ciertamente, en un mundo competitivo y duro, es normal el deseo de buscar en la propia familia el afecto y la seguridad que muchas veces falta fuera. Como tambi?n es comprensible que, ante los diversos tipos de familia que hoy existen en la sociedad, unos padres cristianos traten de proteger y cultivar el suyo. Pero la familia cristiana es una familia "abierta".

"La familia - dec?a Pablo VI -, al igual que la Iglesia, debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde ?ste se irradia (...). Una familia as? se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive"(26). El ejemplo de una familia cristiana que, con sus limitaciones y dificultades, intenta vivir su ideal, es siempre atractivo, incluso humanamente. Sobre todo si esa familia est? abierta a la amistad con otras - de parientes, de colegas, de vecinos, de los amigos de sus hijos -, animada con un esp?ritu apost?lico. De este modo, se har? realidad el ideal que se?alaba Juan Pablo II al decir que la "Iglesia dom?stica [la familia] est? llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los "alejados", para las familias que no creen todav?a y para las familias cristianas que no viven coherentemente con la fe recibida"(27).

Por otra parte, toda familia est? sujeta a las influencias exteriores, que provienen de las leyes, de la escuela o la opini?n p?blica. De ah? que, tanto para proteger la propia familia como para ayudar a los dem?s, un cristiano deba preocuparse por que en la sociedad exista un clima favorable a la instituci?n familiar.

"Las familias - se lee en la Exhortaci?n Apost?lica Familiaris consortio - deben ser las primeras en procurar que las leyes e instituciones del Estado no s?lo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia. En este sentido, las familias deben crecer en la conciencia de ser "protagonistas" de la llamada "pol?tica familiar", y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad"(28).

Ante una nueva evangelizaci?n

Los primeros cristianos supieron cambiar su sociedad, poniendo todo su esfuerzo al servicio del mandato de Cristo: "Entonces, ellos partieron y predicaron por todas partes, mientras el Se?or estaba con ellos y confirmaba la palabra con los prodigios que la acompa?aban" (Mc 16, 20).

A las puertas del tercer milenio, ante una sociedad que parece huir alocadamente de Dios, los cristianos de este siglo hemos sido llamados a realizar una nueva evangelizaci?n "en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quir?fano de un hospital, en el cuartel, en la c?tedra universitaria, en la f?brica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada d?a. Sabedlo bien: hay algo santo, divino, escondido en las situaciones m?s comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir"(29).

Y, con palabras de Juan Pablo II, "esto s?lo ser? posible si los fieles laicos saben superar en s? mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su cotidiana actividad en la familia, en el trabajo y en la sociedad la unidad de vida que encuentra en el Evangelio inspiraci?n y fuerza para realizarse en plenitud"(30). El mundo espera cristianos sin fisuras, cristianos de una pieza. Con fallos, con errores, pero con la firme voluntad de rectificar cuanta voces sea preciso y seguir adelante en el camino que, de la mano de la Virgen, nos lleva al Padre a trav?s de Cristo, Camino, Verdad y Vida.


Notas

1. Lumen gentium, 17.
2. Cfr. ibid., 30.
3. Apostolicam actuositatem, 2.
4. Ibid., 3
5. Lumen gentium, 31.
6. Ibid., 33.
7. Christifideles laici, 2.
8. Ibid., 15.
9. Tertuliano, Apolog?tico, 42.
10. Ep?stola a Diogneto, 5.
11. Ibid.
12. Tertuliano, Apolog?tico, 1.
13. Ha escrito Juan Pablo II: "Esta llamada universal a la santidad ha sido la consigna fundamental confiada a todos los hijos e hijas de la Iglesia, por un Concilio convocado para la renovaci?n evang?lica de la vida cristiana. Consigna que no es una simple exhortaci?n moral, sino una insuprimible exigencia del misterio de la Iglesia" (Christifideles laici, 16).
14. Josemar?a Escriv?, Camino, 291.
15. Ibid., 801.
16. Card. Ugo Poletti, Decreto di Introduzione della Causa di Beatificazione del Servo di Dio Josemar?a Escriv?.
17. Apostolicam actuositatem, 6.
18. Ibid., 16.
19. Josemar?a Escriv?, Camino, 973.
20. Josemar?a Escriv?, Es Cristo que pasa, 149.
21. Cfr. Christifideles laici, 38 y 42 a 44.
22. Apostolicam actuositatem, 11.
23. Andr? Frossard, Non abbiate pausa!, Rusconi, Milano, 1983, 19.
24. Card. Albino Luciani, Ilustr?simos se?ores, Bac, Madrid, 1979, 276.
25. Santo Tom?s Moro, Utop?a, Introducci?n.
26. Evangelii nuntiandi, 71.
27. Familiaris consortio, 54.
28. Ibid., 44.
29. Josemar?a Escriv?, Conversaciones, 114.
30. Christifideles laici, 34.


Revista Mundo Cristiano (Espa?a), abril de 1999

Publicado por mario.web @ 16:28
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