Lunes, 16 de mayo de 2011
Art?culo sobre el maestro por excelencia de los libros de aventuras
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La isla del tesoro
La isla del tesoro
Del Diario del capit?n Smollet, desembarcado de La Espa?ola, escrito en un reducto asediado por los piratas en la Isla llamada del Tesoro, en latitud y longitud desconocidas: ?Alejandro Smollet, capit?n; David Livesey, m?dico de a bordo; Abraham Gray, carpintero de la goleta, John Trelawney, propietario; John Hunter y Ricardo Joyce, criados del propietario, que no son marinos; estos son los que se conservan leales de toda la gente embarcada a bordo de La Espa?ola; tenemos v?veres para diez d?as a raciones cortas; hemos desembarcado hoy e izado la bandera inglesa en la estacada o reducto que hemos hallado en esta isla del tesoro...?.

Desde la aparici?n de La isla del tesoro en 1883 muchos lectores han acompa?ado en sus peripecias al grupo del capit?n Smollet y del ?paje de c?mara? y narrador de la mayor parte de la aventura, Jim Hawkins, y ninguna obra ha sido capaz de representar el g?nero de aventuras con mayor eficacia. Robert Louis Stevenson hab?a producido antes de morir a sus cuarenta y cuatro a?os unas cuantas obras maestras, entre ellas este cl?sico impar. Sus vecinos samoanos del archipi?lago de las islas del Navegante, donde Stevenson vivi? sus ?ltimos d?as, le llamaban Tusitala, el narrador de historias. Historias en las que las mismas imprecisiones est?n calculadas para mantener un admirable equilibrio entre la fantas?a y la concisi?n, en las que predomina, como en todo buen narrador, la trama de los hechos, el inter?s absorbente de las aventuras, de lo que pasa y lo que va a pasar... En una carta de febrero de 1880 escribe a John Meiklejohn: ?Queremos incidentes, inter?s, acci?n: al diablo con tu filosof?a?. De todo esto hay en sus grandes obras, que recorren varias modalidades, desde la novela hist?rica en La flecha negra, al relato fant?stico y aleg?rico de El extra?o caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde.

Un artista que fascina
La magia imperecedera de La isla del tesoro estriba en lo esencial de sus mitos aventureros. Pues eterna es la fascinaci?n de las islas para el hombre, de esos espacios maravillosos, suspendidos en remotos mares, fuera del tiempo, donde son posibles las utop?as y donde se guardan los tesoros so?ados. La aventura en su estado puro es siempre una b?squeda, un viaje, y una iniciaci?n. ?Qu? mejor aventura que el viaje a una isla en busca de un tesoro cuya conquista exige vencer numerosos peligros, ejercitar el valor y la fe, la lealtad y la agudeza? Con la gran sabidur?a del verdadero contador de cuentos, el narrador oculta la situaci?n de la isla: Jim nos va a dar todos los detalles, asegura, ?excepto la determinaci?n geogr?fica de la isla, y esto porque tengo por seguro que en ella existe todav?a un tesoro no descubierto?: ?no ser? el tesoro de la fantas?a que todo lector pone en marcha a trav?s de los mares del Sur de este relato y otros relatos como este?

Una historia divertida de piratas y so?adores que ayuda a descansar
Desde los sucesos en la posada del Almirante Benbow, con la visita de un siniestro marinero ciego que trae (como enviado de la muerte) la mota negra al ladr?n del mapa del tesoro, la acci?n se desarrolla sin pausa. Fletada por el caballero Trelawney, al mando del capit?n Smollet, la goleta La Espa?ola, en la que sirve Jim, se dirige hacia la isla donde esperan encontrar el tesoro escondido por el capit?n Flint.

Pero la tripulaci?n es una tropa de piratas dominados por John Silver, que con su pata de palo y su loro al hombro maniobra entre las turbulentas aguas de los caballeros de la fortuna y el riesgo sempiterno de la horca. Este Silver es uno de los personajes maravillosos de Stevenson: no puede evitar caer simp?tico al lector, aunque su catadura moral es la de un verdadero pirata sanguinario. Con Jim establece una relaci?n peculiar de mutua protecci?n y camarader?a, aunque nadie en su sano juicio se fiar?a de Silver si se interpone el oro. Y sin embargo, a?n m?s que el oro parece atraer a este caballero de la fortuna el mar sin l?mites, la libertad del sin ley: cuando lo conocemos en su taberna llevando una vida aburguesada en Bristol, paseando por la playa para respirar inquieto las brisas salobres del oc?ano, nos damos cuenta de que el filibustero no est? hecho para las tareas administrativas.

En una de las fabulillas de Stevenson (?Los personajes de la f?bula?) Silver dialoga con Smollet y se vanagloria: ?Si hay un autor, yo soy su personaje preferido. Es mucho m?s generoso conmigo que con usted, y se sinti? satisfecho al crearme. Siempre me deja en cubierta, con la muleta y todo, mientras que a usted le confina en la bodega?. Desde cubierta, con su pata de palo y su loro, otea el horizonte y tararea la canci?n de los piratas que cantaba Flint en su agon?a (?Quince marineros quieren el ba?l del muerto.

Quince, son, quince. Viva el ron?). La traves?a y la estancia en la isla es una org?a de aventuras piratescas, una f?rmula compuesta de ron y p?lvora, cicatrices, esqueletos, latitudes y longitudes, botes que naufragan y ataques, sables y banderas, ardides y haza?as, en un escenario presidido por el gigantesco ?rbol cuya sombra cae sobre el tesoro que, por cierto, ya no est? en su primitivo enterramiento. La valent?a imperturbable del doctor Livesey y el capit?n Smollet, pero sobre todo la inteligencia y el coraje de Jim conseguir?n el triunfo sobre los piratas, que cumplen rigurosamente su deber, emborrach?ndose y mat?ndose en peleas absurdas, cegados por la codicia. Solo podr? sobrevivir Silver, que sin duda busca algo m?s que el oro de Flint. En realidad la descripci?n del tesoro, una vez conseguido, nos pone sobre la pista: monedas francesas, inglesas, espa?olas, portuguesas, jorges y luises, doblones y dobles guineas, moidores y zequ?es, con los retratos de todos los soberanos de Europa, y extra?as piezas orientales marcadas con haces de cuerdas o trocitos de telara?as, piezas circulares y otras agujereadas como si hubieran sido llevadas al cuello a guisa de collar, casi todas las variedades de moneda conocida en n?mero tan incontable como las hojas que el oto?o esparce...

Intuimos que detr?s de cada moneda hay una historia, que este tesoro es un tesoro de cuentos, que los personajes no buscan sino el oro de los sue?os y persiguen esas islas de atracci?n irresistible que el mismo Stevenson evoca en su libro En los mares del Sur: ?Pocos son los hombres que abandonan las islas despu?s de haberlas conocido; dejan que su pelo se vuelva cano all? donde se establecieron; la sombra de las palmeras y los vientos alisios los airean hasta el d?a de su muerte, mientras quiz? acarician hasta el fin el deseo de volver a su pa?s natal, proyecto raramente realizado. Ning?n lugar del mundo ejerce una atracci?n tan poderosa sobre quien lo visita?.

Atrapado en esas islas, en la isla del tesoro (?latitud, longitud?) el lector que por un momento olvide su n?mero de la seguridad social y la matr?cula de su monovolumen, puede quedar para siempre mirando desde el islote del Esqueleto la goleta La Espa?ola, fondeada en el ancladero de sotavento, retratando su casco en el espejo de la bah?a desde la l?nea de flotaci?n hasta los topes de los m?stiles, en los que flamea, desafiante y condenada, la bandera de los piratas.

Publicado por mario.web @ 2:23
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