Lunes, 16 de mayo de 2011
Lo primero que debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de contemplaci?n y de asombro y as? vivir m?s de cara a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos para la contemplaci?n y la oraci?n
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Jesucristo se hace hombre por mi
Jesucristo se hace hombre por mi
El plan de Dios para la humanidad. La ?terrible novedad? de la Encarnaci?n.
La vida religiosa no est? exenta de sufrir las mismas enfermedades que el mundo. Si bien los consagrados debemos ser personas que nos encontramos en el mundo, pero que no somos del mundo, siguiendo el lenguaje jo?nico, - ?no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.? (Jn. 17, 15 ? 16)-, somos muchas veces tambi?n recept?culo propicio para el cultivo de ciertos males o vicios del mundo, aunque en magnitud distinta.

Uno de los males del mundo es haber perdido la capacidad del asombro. La t?cnica y el mundo urbano han tenido que ver con esta capacidad perdida. Antes, cuando el hombre viv?a pendiente de la naturaleza, cuando sab?a que su ruina o su bienestar depend?an de la sequ?a o de una buena estaci?n de lluvia, el hombre estaba siempre escrutando el horizonte para presagiar el futuro a trav?s de los signos que lograba leer en la misma naturaleza. Un amanecer rojo podr?a significar la inminente llegada de una tormenta. Un atardecer arrebolado y lleno de nubes podr?an presagiar un ma?ana tranquila id?nea para depositar las semillas de la pr?xima cosecha. Hay cultura incluso, como la china, que a?n hoy en d?a rigen la agricultura por las fases lunares. Este contacto con la naturaleza y la continua capacidad de observaci?n permit?an al hombre asombrarse de todo cuanto lo rodeaba. El hombre era por tanto un poeta por naturaleza y por la misma naturaleza que lo rodeaba. Su capacidad de observaci?n le permit?a tener una gran capacidad de asombro. Y dicha capacidad la reflejaba no s?lo en los fen?menos f?sicos, sino en la cotidianidad de la vida. Se asombraba por el nacimiento de un ni?o, por los d?as de fiesta, por los d?as de luto, por los acontecimientos m?s sencillos que reg?an la vida diaria.

Junto con esta forma de vida muy unida a la naturaleza, jugaba a favor del asombro una vida menos tecnificada o, por decirlo en t?rminos m?s adecuados, una vida ?tecnificada? de acuerdo a la naturaleza humana. Era la naturaleza la que impon?a el ritmo a la t?cnica y no viceversa, como sucede ahora. Las novedades t?cnicas, siempre buenas porque favorecen el desarrollo del hombre y su dominio sobre la naturaleza, ten?an el suficiente tiempo para que el hombre pudiera asimilarlas a la vida diaria y as? las hac?a parte de la cultura, las integraba a su escala de valores. Basta pensar que, seg?n algunos soci?logos, el tiempo que se daba entra cada invenci?n que supon?a un cambio cultural y que a su vez deb?a ser asimilada por cada cultura, en tiempos de los egipcios y los chinos era de 250 a?os. Para la llegada de la Revoluci?n industrial este tiempo se hab?a reducido en 25 a?os y ahora, en la as? llamada ?poca post-moderna o digital, el tiempo de asimilaci?n de las novedades t?cnicas que influyen en el comportamiento y en la cultura humana, a veces no supera ni siquiera los 25? segundos.

Como consecuencia podemos concluir l?gicamente que el hombre de nuestro tiempo ha perdido la capacidad de observar y la capacidad de asombrarse. El mundo va tan deprisa que no hay tiempo para pensar, para reflexionar, para observar. Es un desgaste terrible que ocasiona la p?rdida de la observaci?n y del asombro. Ya nada es capaz de generar una ilusi?n, un deseo, una inc?gnita en el mundo. Todo parece ya alcanzado, ya descifrado que no hay espacio para la sorpresa, lo in?dito, lo trascendente. ?Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, ? aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente m?s libre y m?s unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras m?s profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusi?n ?.? 1

Y si este es el panorama del mundo, no menos cierto puede ser el que un panorama semejante se refleje en las comunidades religiosas femeninas. Las causas de dicha desilusi?n que genera falta de asombro pueden, a mi modo de ver, sintetizarse en haber dedicado mucho de las energ?as al trabajo apost?lico, bueno en cuanto tal, y haber descuidado la vida espiritual, principalmente la vida de oraci?n. Es cierto que en este aspecto ha jugado un papel muy importante la falta de vocaciones y que frente a la ineludible opci?n de cerrar obras de apostolado o mantenerlas abiertas por el bien que se puede seguir haciendo, se ha optado por mantenerlas abiertas, pero a un precio demasiado caro como el desgaste de muchas religiosas. Un desgaste no tanto f?sico cuanto espiritual. No es raro encontrarme con congregaciones y comunidades religiosas que han desterrado la oraci?n de la vida comunitaria, reduci?ndose al m?nimo, como el rezo de las horas lit?rgicas. Y a veces ni eso? Pero no se hable ya de tiempos dedicados a la reflexi?n, la meditaci?n personal, la contemplaci?n.

No menos importante ha sido el descuido que en muchas comunidades se ha dado del silencio. Silencio interno y silencio externo. Cada comunidad y cada congregaci?n conocen su historia propia al respecto. Anteriormente, hab?a momentos de silencio espec?fico en cada comunidad. Momentos de silencio que no se consagraban ?nicamente para favorecer la oraci?n comunitaria o personal, sino momentos que se daban a lo largo del d?a con el fin de favorecer la uni?n del alma con Dios. No era un silencio est?ril como los promotores de su abolici?n as? lo han considerado. Eran momentos muy buenos desde el punto de vista espiritual y humano. Espiritual porque el alma se encontraba consigo misma, con Dios y pod?a conocerse a s? misma, factor important?simo para el progreso espiritual de cada alma. Y pod?a tambi?n mediante ese silencio tranquilizarse a nivel humano, ver hacia el futuro, programarse. Hoy en d?a vivimos quiz?s en el mundo consagrado la herej?a de actuar, en d?nde m?s cuenta lo que se hace que lo que se es. El alma pod?a de esa manera asombrase del paso de Dios en su vida y del paso de s? misma por este mundo.

Unido a la falta del silencio y casi como consecuencia directa se da el descuido de la oraci?n personal. Este tiempo que debe dedicarse a hablar personalmente con Dios. El mismo magisterio de la Iglesia ha constatado esta falla cuando escribe: ?La autoridad est? llamada a garantizar a su comunidad el tiempo y la calidad de la oraci?n, velando sobre la fidelidad cotidiana a la misma, consciente de que se avanza hacia Dios con el paso, sencillo y constante, de cada d?a y de cada miembro, y sabiendo que las personas consagradas pueden ser ?tiles a los dem?s en la medida en que est?n unidas a Dios.? 2

Puede muchas veces aducirse la falta de tiempo para guardar el silencio o dedicarse a la oraci?n personal la gran carga de trabajo. Sin embargo es triste constatar que en muchas comunidades que reclaman esta falta de tiempo, dedican una buena cantidad del mismo a la televisi?n o a otros medios de comunicaci?n, con el pretexto casi siempre de tener un tiempo leg?timo de descanso.

A la persona consagrada que le falta el tiempo para orar y para estar en silencio consigo misma y con Dios, le ser? muy dif?cil asombrarse de las realidades que circundan su vida, especialmente las realidades sobrenaturales. No es un aspecto el mucho trabajo que deben realizar las religiosas. Vivimos tiempos dif?ciles y debemos afrontar la realidad como es. Hay religiosas admirables que deber?an estar ya en la casa de reposo y que dedican con abnegado celo sus ya menguadas fuerzas al trabajo encomendado, por la falta de personal. El problema no es por tanto el mucho trabajo, sino el poco tiempo que se dedica a la oraci?n, a la reflexi?n personal, al silencio con Dios y consigo mismo. Muchas veces criticamos a los j?venes de hoy en d?a porque desde que se levantan hasta que se acuestan lo hacen siempre conectado a un aparato de m?sica como el i-pod. Las personas consagradas si bien no se alzan en la ma?ana y se conectan al i-pod, apenas pasados los actos de piedad de la ma?ana como el rezo del laudes y la santa misa, se desconectan de Dios y se conectan al trabajo. La capacidad de observaci?n y la capacidad de maravillarse de las cosas m?s sencillas, se ha perdido paulatinamente.


Consecuencias naturales y espirituales de la p?rdida del asombro.
Esta p?rdida de la capacidad de contemplaci?n y de asombro tiene desgraciadamente consecuencias funestas en la vida consagrada. Es como un virus que lentamente se apodera de las almas consagradas, anestesiando en ellas la vida espiritual.

Durante el per?odo del postconcilio, debido a una mala recepci?n e interpretaci?n del Concilio ,3 las personas consagradas se han ido alejando cada vez m?s de lo que deber?a haber sido el centro de su consagraci?n, es decir, una identificaci?n m?s plena, m?s consciente y m?s gozosa con la persona de Jesucristo. As? lo sugiri? Juan Pablo II en la exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata: ?En efecto, mediante la profesi?n de los consejos evang?licos la persona consagrada no s?lo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en s? mismo, en cuanto es posible, ?aquella forma de vida que escogi? el Hijo de Dios al venir al mundo?.? 4

Esta identificaci?n cada d?a m?s plena y m?s cercana con la persona de Cristo, obliga en cierta manera a las personas consagradas a tener una profunda, vigorosa y fuerte vida espiritual. De esta forma, la persona consagrada aprovecha aquellos medios que Cristo le propone, a trav?s de la propia congregaci?n con el fin de que su vida vaya quedando informada y plasmada de los mismos sentimientos de Cristo, como suger?a San Pablo: ?Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en m?: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me am? y se entreg? por m?.? (Gal 2, 19 ? 20).

La vida espiritual es la que permite a la mujer consagrada el ir configurando su vida cada d?a m?s con la vida y con la persona de Cristo. Hay que recordar que la vida espiritual no es algo alejado del com?n de los mortales, ni reservado a los santos, ni tampoco reducido a los fen?menos m?sticos. La vida espiritual es la vida del esp?ritu. ?Dios, fuente de vida, comunica en la creaci?n (por la naturaleza) diversos niveles de vida, vegetativa, animal y humana. La vida humana integra las otras, y lo hace en una s?ntesis cualitativamente superior, caracterizada por la raz?n y el querer libre de la voluntad. Lo humano perfecciona lo animal y vegetativo, no lo destruye. Dios, fuente de vida, comunica en la redenci?n (por gracia) al hombre una nueva participaci?n en la vida divina, caracterizada por un nuevo conocimiento, la fe, y una nueva capacidad de amar, la caridad. Y esta vida ha de integrar los otros niveles de vida, perfeccion?ndolos, elev?ndolos, sin destruirlos.? 5

Esta nueva vida es la vida espiritual que debe animar toda la vida de la persona humana. Las personas consagradas son llamadas por vocaci?n a un cultivo m?s asiduo de esta vida espiritual, no como un lujo o una vanidad, sino como una necesidad, para poder responder con m?s plenitud a la llamada de Dios a configurar su vida con la vida de Cristo. La vida espiritual no es m?s que la vida de Cristo en cada una de las almas. La importancia de la vida espiritual para la vida consagrada la va inculcando el Concilio Vaticano II desde el decreto Perfectae caritatis6 hasta el ?ltimo documento del magisterio de la Iglesia para la vida consagrada El servicio de la autoridad y la obediencia7 .

La mujer consagrada, al perder la capacidad de contemplaci?n y asombro, pierde el centro de la vida espiritual, es decir, del encuentro con una persona, con Cristo, como dice Benedicto XVI. ?No se comienza a ser cristiano por una decisi?n ?tica o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientaci?n decisiva.? 8Si la mujer consagrada no se asombra todos los d?as de vivir el encuentro personal con Cristo, de la capacidad que tiene de vivir seg?n la gracia y no s?lo seg?n la naturaleza humana, pierde la posibilidad de comprender y de vivir lo que significan tantas realidades y tantos misterios espirituales que son el centro de la vida espiritual. Los d?as se consumen en una rutina enajenante, en un subseguirse de actividades inconexas que asfixian el alma. No es extra?o entonces asistir al triste espect?culo de almas consagradas e incluso comunidades que habiendo perdido el vigor y la frescura de su vida espiritual, se debaten en los tres grandes males de la vida consagrada que mencionaba Benedicto XVI: ?La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.? 9La vida se vive ya sin ilusi?n, sin ?nimo, sin ese santo af?n por llevar m?s almas a Cristo. Se vive s?lo en el plano natural, habiendo perdido la capacidad de vivir y de saborear lo sobrenatural.

La incapacidad no s?lo de comprender, sino de vivir de acuerdo a los misterios y a las realidades sobrenaturales se traduce en la vida de las personas consagradas y en las comunidades en una vida que se vive s?lo seg?n las realidades naturales. Personas de gobierno con dotes naturales extraordinarios como pueden ser el de la inteligencia, la prudencia, las buenas formas. Religiosas que viven su apostolado con una gran capacidad de abnegaci?n, volcadas en el trabajo sin pensar en ellas mismas, incluso con el riesgo de perder la salud. Ejemplos buenos y laudables, s?. Pero que se mueven siempre en el plano natural, dejando el plano sobrenatural a la devoci?n particular, a los momentos de oraci?n comunitario, a los ejercicios espirituales anuales y a poco m?s de momentos de oraci?n personal. Se ha perdido la capacidad de vivir de acuerdo a la vida espiritual y de gustar y regirse por los misterios sobrenaturales.


La ?terrible? novedad de la Encarnaci?n.
Uno de eso misterios, en el cual se cree y se celebra, pero que posiblemente no influye en la vida diaria de las mujeres consagradas es el misterio de la Encarnaci?n. Por haber perdido la capacidad de observaci?n y de asombro, las religiosas pueden perder de vista no s?lo la trascendencia de este misterio, sino la posibilidad de hacer girar la propia vida, toda la vida ?sobrenatural y natural-, en torno a dicho acontecimiento. Se piensa, cuando mucho al misterio de la Encarnaci?n como una fiesta piadosa, pero con poca o nula incidencia en la vida diaria.

El primer s?ntoma de que el virus ya ha infectado a la persona consagrada o a la comunidad es perder la capacidad de contemplar el misterio aplicado a la vida de cada persona. Se piensa al misterio como algo anecd?tico, hist?rico, como materia apta para ser estudiada por los te?logos, ense?ada en el catecismo y celebrado con una misa solemne en comunidad. Pero pensar al hecho de que el misterio pueda transformarme la vida, pueda invitarme a vivir una vida consagrada m?s de acuerdo al propio carisma, a las necesidades urgentes de la comunidad, a lo que me pide en esos momentos el Esp?ritu, es algo que rebasa los l?mites de la persona. Se vive demasiado en una dimensi?n horizontal y se ha perdido la l?nea vertical, se ha perdido la capacidad de vivir humanamente el modo de vida sobrenatural.

Y uno de estos misterios, quiz?s el misterio central de nuestra vida cristiana es la Encarnaci?n, el misterio de todo un Dios que se hace hombre por m?. La primera manifestaci?n del virus es estar demasiado acostumbrado al misterio, por haber perdido la capacidad de contemplaci?n y la del asombro. Dicho evento ha perdido significado para la persona, porque quiz?s la persona vive demasiado ensimismada en sus problemas, en su quehacer apost?lico. Una situaci?n muy frecuente en la vida consagrada en Occidente, en d?nde por los factores que ya hemos mencionado como el envejecimiento de la congregaci?n, la falta de vocaciones, la imposibilidad de continuar algunas obras de apostolado y la reestructuraci?n de la congregaci?n han originado un volver constantemente sobre s? mismos, fijando el horizonte en el plano humano, habiendo perdido aquel horizonte espiritual que es el respiro del alma.

Lo primero que debe hacer la mujer consagrada para recuperar su capacidad de contemplaci?n y de asombro y as? vivir m?s de cara a lo espiritual que a lo natural, es darse tiempos para la contemplaci?n y la oraci?n. Contemplaci?n que no es una parte de la oraci?n reservada a almas predilectas de Dios, sino contemplaci?n desde el punto de vista humano y sobrenatural. Saber organizar la jornada con tiempos de silencio que permitan al alma recogerse en s? misma para pensar en las maravillas de Dios. Un momento de silencio antes de la comida, un momento de descanso personal paseando por el jard?n de la comunidad u observando simplemente las flores en el corredor de la casa. Recuperar el silencio para recuperar la contemplaci?n y la capacidad de asombro. Alguien ha dicho que se es joven mientras se tiene la capacidad de observar la belleza.

Recuperada la capacidad de la contemplaci?n y del asombro, podemos de puntillas acercarnos a este misterio que no se circunscribe al periodo natalicio. Es central para nuestra fe. Consideremos por un momento la vida del hombre sin el misterio de la Encarnaci?n. ?Qu? ser?a de este hombre?

Recuperada la capacidad de contemplaci?n y de asombro, bien podemos aventurarnos a hacer ciertas hip?tesis o ciertas preguntas que nos permitir?n sorprendernos de la maravilla de la Encarnaci?n. Quiz?s una de las fallas de la pastoral del periodo del postconcilio ha sido la de no haber adaptado adecuadamente los misterios y las realidades eternas al lenguaje y a la cultura de nuestra ?poca. Se habl? tanto de di?logo que quiz?s se termin? por vaciar de su sentido sobrenatural el mismo misterio . 10Por ello, bien vale la pena dejar correr la imaginaci?n, siempre con el prop?sito no de hacer disquisiciones mentales o lanzar formulaciones teol?gicas hipot?ticas, sino, siguiendo a Furioli 11, con el prop?sito de vivir realmente el misterio como parte de una oraci?n viva, es decir, como parte de un coloquio con Cristo, con Dios. De esta forma podremos seguir abri?ndonos a la dimensi?n de contemplaci?n y de asombro.

Otra consideraci?n que debemos tomar en cuenta antes de seguir con nuestra exposici?n, es la de ponernos en primera persona frente a estas consideraciones de la vida sobrenatural, frente al misterio. Como occidentales, corremos el riesgo de racionalizarlo todo , de querer pasar todo por la cerniera del intelecto. El cogito ergo sum de Descarte parece que tambi?n se ha filtrado en nuestra vida espiritual y tal parece, todo lo que no logro comprender, o no es real o merece de parte nuestra un poco de sospecha. Es cierto, no se debe caer en el opuesto y reducir los misterios de la fe a un mero sentimiento, algo sensible que me hace sentir bien, como se da actualmente en el super-mercado de las religiones ?fai-da-te? (hazlas por ti mismo) de tipo New Age. En este sentido cu?nto debemos aprender de nuestros hermanos Oriente Medio que no han perdido la capacidad de contemplar y asombrarse frente al misterio, sin tanta cavilaci?n ni queri?ndolo comprender todo. Ellos viven el misterio y eso les basta.

Habiendo puesto como tres premisas el retomar la capacidad de contemplaci?n y de asombro, el formularnos preguntas para mejor vivir el misterio y el ponernos a nosotros como sujeto de nuestras consideraciones, podemos por fin sumergirnos en la consideraci?n del misterio de la Encarnaci?n. Nuestra pregunta inicial, ?qu? ser?a del hombre sin el misterio de la Encarnaci?n?, puede ayudarnos a considerar nuestra vida sin este misterio . 12

Sin el misterio de la Encarnaci?n ser?amos todav?a presa del pecado original. No hay que olvidar que el misterio de la Encarnaci?n o es solamente la celebraci?n del momento en que el Verbo por iniciativa del padre toma carne en el seno de la Virgen mar?a. Es sobretodo el inicio de nuestra salvaci?n. No en vano en el pasado, muchos pueblos se reg?an precisamente por este evento, teniendo el d?a 25 de marzo, d?a de la Anunciaci?n, como el primer d?a del a?o. Muestras de ello se encuentran en diversos monumentos y catedrales, como la torre de Pisa y en la catedral de Florencia. Comienza ah? la historia de nuestra redenci?n. No de la redenci?n en general, sino de mi redenci?n. Si Cristo no se hubiera engendrado, mi alma seguir?a presa a?n del pecado original. Hay que distinguir entre las consecuencias del pecado original y las huellas que dicho pecado original ha dejado en nuestras almas.

Por el pecado original el balance con el que Dios hab?a creado al hombre se rompe. El equilibrio establecido por Dios para el hombre en forma tal que ?ste fuera siempre una criatura dotada de los dones preternaturales, es decir el don de la integridad con los privilegios de la ciencia infusa, del dominio de las pasiones y de la inmortalidad corp?rea, se hab?a roto y perdido. Se introduce por tanto en el hombre la p?rdida del don de la integridad, ocasionando una grande herida en nuestras facultades. El hombre pierde la capacidad de conocer la verdad, se deja guiar por sus pasiones y es sujeto del dolor y de la muerte.

El misterio de la Encarnaci?n, y aqu? debe comenzar nuestra capacidad de contemplaci?n y asombro, introduce el equilibrio. Si bien el hombre no vuelve a adquirir el don de la integridad con sus privilegios de la ciencia infusa, del dominio de las pasiones y de la inmortalidad corp?rea, puede sin embargo alcanzar progresivamente este don. Tenemos ahora la fuerza, que se llaman gracias, para poder conocer la verdad y guiarnos por ella, fortalecer nuestra voluntad para seguir dicha verdad con determinaci?n y la capacidad, mediante el ejercicio de las virtudes, de someter nuestras pasiones.

Se ha vuelto sino al estado originario del hombre, a un estado que algunos te?logos consideran a?n superior, ya que nos permiti? tener un tal Redentor, capaz de pagar por el da?o hecho y rescatarnos, con creces, del castigo justamente merecido. ?En efecto, si por la falta de uno solo rein? la muerte, con mucha m?s raz?n, vivir?n y reinar?n por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquellos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia. Por consiguiente, as? como la falta de uno solo caus? la condenaci?n de todos, tambi?n el acto de justicia de uno solo producir? para todos los hombres la justificaci?n que conduce a la Vida. Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores, tambi?n por la obediencia de uno solo, todos se convertir?n en justos. Es verdad que la Ley entr? para que se multiplicaran las transgresiones, pero donde abund? el pecado, sobreabund? la gracia. Porque as? como el pecado rein? produciendo la muerte, tambi?n la gracia reinar? por medio de la justicia para la Vida eterna, por Jesucristo, nuestro Se?or.? (Rom, 5, 17 ? 21).

El misterio de la Encarnaci?n nos permite, entre otras cosas, alcanzar el Cielo que Cristo repetidamente nos ha prometido. ?En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera as?, se lo habr?a dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volver? otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo est?, est?n tambi?n ustedes.? (Jn 14, 2 ? 3). Podemos tambi?n merecer ese Cielo a trav?s de nuestras obras. Cada acto que nosotros realizamos en estado de gracia, es meritorio frente a los ojos de Dios. No se pierde nada.

Podemos decir, como resumen de la Encarnaci?n, que yo puedo ser divinizado, es decir, que yo puede ser como Dios, porque puedo vivir su misma obra. ?Jes?s les respondi?: ??No est? escrito en la Ley: "Yo dije: Ustedes son dioses"? Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigi? su Palabra ?y la Escritura no puede ser anulada? ?C?mo dicen: "T? blasfemas", a quien el Padre santific? y envi? al mundo, porque dijo: "Yo soy Hijo de Dios"? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a m?. As? reconocer?n y sabr?n que el Padre est? en m? y yo en el Padre?.? (Jn 10, 34 ? 38). Yo puedo vivir la misma vida de dios, gracias a que Dios mismo se ha hecho hombre como yo. Aqu? radica la esencia del misterio de la Encarnaci?n. Todas las consideraciones teol?gicas pueden llegar a ser est?riles si yo no me convenzo y vivo la realidad del misterio de la Encarnaci?n. Dios que toma carne humana en la persona de Cristo para que yo, s?, precisamente yo, pueda alcanzar la misma vida de Dios. Y esto no es en un sentido escatol?gico. Podemos comenzar a vivir la misma vida de Dios desde ahora. Desde el momento en que somos conscientes de la gracia que hemos recibido por el misterio de la Encarnaci?n, nuestra vida cobra un nuevo sentido, su verdadero sentido, es decir, el llegar a ser como Dios.

No en vano dice la escritura que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. ?Dios dijo: ?Hagamos al hombre a nuestra imagen, seg?n nuestra semejanza; y que le est?n sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo?. Y Dios cre? al hombre a su imagen; lo cre? a imagen de Dios, los cre? var?n y mujer.? (Gn 1, 26 ? 27). La imagen de Dios permanece a lo largo de la vida del hombre, desde que inicia su vida en el momento de la concepci?n. El hombre, gracias a la Encarnaci?n se hace semejante a Dios. Despu?s del pecado de Ad?n, el hombre hab?a perdido la capacidad de hacerse semejante a Dios. La imagen permanec?a, pero el proceso evolutivo del crecimiento sobrenatural se hab?a detenido por causa del pecado.
Ahora yo, con la ayuda de la gracia que me es dada por la Encarnaci?n, tengo la capacidad de hacerme cada d?a m?s semejante a Dios. Mi libertad, que me permite realizar actos humanos, es decir, con conciencia de saber lo que estoy haciendo, unida a la gracia de Dios, va modelando en m? un hombre o una mujer nueva, el hombre o la mujer sobrenatural, esto es, el hombre o la mujer deiforme, con la forma de Dios. Mis actos no son ya actos simplemente humanos, sino que me elevan a Dios y me hacen como Dios.

Par terminar con este peque?o inciso, habr?a que preguntarnos el motivo de la Encarnaci?n, es decir, que fue lo que motiv? a Dios a encarnarse en un hombre, semejante en todo a nosotros menos en el pecado. El hombre hab?a pecado, siendo por tanto el castigo l?gica consecuencia de la desobediencia. Dios hab?a seguido toda justicia y no habr?a nada que ?recriminarle?. Pero Dios va m?s all? de toda justicia. Y viendo como se perd?a el hombre, siente compasi?n por ?l y as? decide encarnarse. La culpa del hombre lo hab?a desviado de su fin originario: ?En efecto, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias como corresponde. Por el contrario, se extraviaron en vanos razonamientos y su mente insensata qued? en la oscuridad. Haciendo alarde de sabios se convirtieron en necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por im?genes que representan a hombres corruptibles, aves, cuadr?pedos y reptiles. Por eso, dej?ndolos abandonados a los deseos de su coraz?n, Dios los entreg? a una impureza que deshonraba sus propios cuerpos, ya que han sustituido la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a las criaturas en lugar del Creador, que es bendito eternamente. Am?n. Por eso, Dios los entreg? tambi?n a pasiones vergonzosas: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza. Del mismo modo, los hombres dejando la relaci?n natural con la mujer, ardieron en deseos los unos por los otros, teniendo relaciones deshonestas entre ellos y recibiendo en s? mismos la retribuci?n merecida por su extrav?o. Y como no se preocuparon por reconocer a Dios, ?l los entreg? a su mente depravada para que hicieran lo que no se debe. Est?n llenos de toda clase de injusticia, iniquidad, ambici?n y maldad; colmados de envidia, cr?menes, peleas, enga?os, depravaci?n, difamaciones. Son detractores, enemigos de Dios, insolentes, arrogantes, vanidosos, h?biles para el mal, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Y a pesar de que conocen el decreto de Dios, que declara dignos de muerte a los que hacen estas cosas, no s?lo las practican, sino que tambi?n aprueban a los que las hacen.? (Rom 1, 21 ? 32)

Por ello, frente a este triste espect?culo, que muy bien puede ser nuestro propio espect?culo, Dios se compadece y env?a a su Hijo. Es por tanto el amor el motivo de la Encarnaci?n. Dios que siente tristeza al ver la criatura salida de su esp?ritu divino desviada en tan grave forma. Es Dios quien quiere volver a tener junto a s? la criatura a la que di? la vida. Es el amor la ?nica respuesta al porqu? de la Encarnaci?n, revel?ndonos una de las grandes cualidades de Dios. ?Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en ?l? (1 Jn 4, 16). ? (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra s? mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haci?ndose hombre ?l mismo, lo acompa?a incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor.? 13


El misterio de la Encarnaci?n toma carne en m?.
No basta por tanto hacer las consideraciones teol?gicas sobre el misterio de la Encarnaci?n para que dicho misterio se haga presente en m?. Es necesario pasar de la mente al coraz?n, al actuar de cada d?a y esto s?lo puede hacerse en la oraci?n, que es una forma para estar siempre abiertos a la contemplaci?n y al asombro. La oraci?n da una visi?n siempre nueva y exacta sobre los acontecimientos de la propia vida, permite actuar la fe, dado que la fe trasciende la debilidad personal y permite contemplar la bondad de dos, as? como vivir en la humildad, siendo ?sta nos permite reconocer nuestra nada y saber esperar, dado que la hora de Dios siempre llega a nuestro coraz?n. Por ello, conviene que todas las consideraciones que digamos sobre la Encarnaci?n pasen de nuestra mente a nuestro coraz?n, pasen de nuestro entendimiento a un convencimiento. Alguien ha dicho que hay m?s distancia entre la mente y el coraz?n que entre la Tierra y la Luna. Y es cierto? No basta creer para poner en pr?ctica la fe. ?Cuando Jes?s termin? de hablar, una mujer levant? la voz en medio de la multitud y le dijo: ??Feliz el seno que te llev? y los pechos que te amamantaron!?. Jes?s le respondi?: ?Felices m?s bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican??. (Lc 11, 27 ? 28).

El hecho de que todo un Dios se haya hecho hombre, el misterio de la Encarnaci?n, debe a su vez encarnarse en m?. Si este misterio, como otros muchos, permanece ajeno a mi vida, no incide en mi vivir cotidiano, podemos afirmar que soy una persona que no ha hecho la experiencia del amor de Dios. Hemos dicho que Dios se ha encarnado por amor m?o. Habr?a bastado una sola alma para que el misterio de la Encarnaci?n hubiera tenido lugar. Y esa alma es la m?a. A veces las personas consagradas tendemos a pensar en los pecadores, en la situaci?n del mundo, cuando llegan a nuestros o?dos las palabras ?Y la Palabra se hizo carne y habit? entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo ?nico, lleno de gracia y de verdad.? (Jn 1, 14), tendemos a pensar siempre en los dem?s. Habr?a que a?adir, como sugiera San Ignacio, las palabras por m?, para llegar a comprender y vivir personalmente el misterio de la Encarnaci?n. El Verbo de Dios se hizo carne por m?, por mi amor? Y vino a habitar entre nosotros, por m?, por amor m?o. Basta repetir siempre las palabras del ap?stol san Pablo para suscitar en nosotros los afectos del alma que nos hacen experimentar personalmente el misterio de la Encarnaci?n. ?y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en m?: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me am? y se entreg? por m?.? (Gal 2, 20)

Cuando la persona consagrada pone delante de sus ojos la situaci?n de su alma, cuando aplica a s? mismo el pasaje ya antes descrito de Rom 1, 21 ? 32, esta en la situaci?n ideal para comenzar a vivir en primera persona el misterio de la Encarnaci?n. Dios viene a salvarte del pecado, de tus miserias, de tus flaquezas. Es cierto, debe contar contigo. La gracia sin la libertad y las disposiciones adecuadas de la persona puede obrar maravillas, pero el camino que ordinariamente sigue es contando con la cooperaci?n libre del hombre. La gracia supone la naturaleza y las gracias que se nos han dado con el misterio de la Encarnaci?n, especialmente la gracia de poder compartir la vida divina, la vida de Cristo, supone en m? la libertad. Gracia y libertad no se oponen, sino que se complementan mutuamente.

Con el misterio de la Encarnaci?n Dios permite que las almas se santifiquen, es decir, que puedan vivir su misma vida divina y producir actos divinos. Este misterio yo lo debo aplicar a mi propia vida. He sido creada como una persona a imagen y semejanza de Dios y cada una de mis obras, de mis pensamientos, me alejan o me acercan m?s a Dios. Mi vida y mi actuar no son indiferentes para que yo pueda encarnar la vida divina, la vida de Dios en m?.

Y es as? como descubrimos que el misterio de la Encarnaci?n, Dios hecho hombre, se encarna en m?. No es un acto que pertenece al pasado. Se hace presente en la medida en que la persona se esfuerza por vivir la misma vida de Cristo, por hacerlo presente en su vida, por vivir sus misma virtudes, hasta poder llegar a decir con san Pablo: ?y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en m?: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios? (Gal 2, 20)

Y aqu? se nos descubre la realidad m?s asombrosa, para quien todav?a tiene la capacidad de asombrarse. Las personas consagradas, por el hecho mismo de su consagraci?n, han querido responder a la llamada de Cristo para seguirlo m?s de cerca y as? continuar su vida de pobreza, castidad y obediencia que ?l quiso compartir con sus d?sc?pulos. ?El fundamento evang?lico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relaci?n que Jes?s, en su vida terrena, estableci? con algunos de sus disc?pulos, invit?ndoles no s?lo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.?14 La aceptaci?n y la vivencia del misterio de la Encarnaci?n cobra a?n m?s fuerza para una persona consagrada, si podemos utilizar este lenguaje, en la medida en que incorpora a su propia vida, la misma vida de Cristo.

No se trata por tanto de una consideraci?n hipot?tica, sino de un hecho real. La persona consagrada al recibir la invitaci?n de Cristo a seguirlo m?s de cerca, ?Los dos disc?pulos, al o?rlo hablar as?, siguieron a Jes?s. El se dio vuelta y, viendo que lo segu?an, les pregunt?: ??Qu? quieren??. Ellos le respondieron: ?Rabb? ?que traducido significa Maestro? ?d?nde vives??. ?Vengan y lo ver?n?, les dijo. Fueron, vieron d?nde viv?a y se quedaron con ?l ese d?a. Era alrededor de las cuatro de la tarde.? (Jun 1, 37 ? 39), deciden seguir la misma vida de Cristo. No se trata tan s?lo de seguir sus ejemplos, de imitar sus acciones o sus virtudes. Se trata de incorporar en la misma vida de la persona consagrada, la misma vida de Cristo. Varios te?logos han tratado de utilizar algunas figuras para dar a entender esta realidad. Traigamos ahora colaci?n la bella figura de Adolf Tanquerey 15 en la que utiliza la imagen de la cera y el sella. Dice Tanquerey que la vida de Dios es como el sello puesto en un poco de cera caliente. El sello desaparece, pero su huella queda para siempre garbada en la cera, que ha tomado la forma del sello.

Es verdad que tendremos que hacer las debidas distinciones entre gracia habitual y gracia actual para mejor comprender este misterio de la Encarnaci?n en el alma de las personas consagradas. Por la gracia habitual Dios da a todos los hombres la posibilidad de hacernos semejantes a Dios y de unirnos estrechamente a ?l. ?Es autem haec deificatio, Deo quaedam, quoad fieri potest, assimilatio unioque.? 16

Esta tambi?n la gracia actual que es una ayuda sobrenatural y transitoria que Dios da para iluminar la inteligencia y fortificar la voluta en la producci?n de actos sobrenaturales. Es quiz?s este tipo de gracia la que la persona consagrada recibe, como ayuda de Dios, para poder imitar y seguir m?s de cerca de Cristo. Bien sabemos por la experiencia personal, que la fragilidad del hombre, sus muchas miserias y torpezas le impiden ver con claridad y seguir con fuerza la vida de Cristo. Es necesario recurrir por tanto a la ayuda de Dios para ver con claridad y seguir con determinaci?n el ejemplo de la vida de Cristo Y no s?lo, sino permitir que si vida, la vida divina, se haga cada d?a una realidad m?s fuerte en nuestra vida.

Por eso quiz?s podemos decir que la consagraci?n es una gracia actual que Dios da para que puedan cumplir no s?lo con sus deberes propios del estado de vida consagrada, sino para que puedan vivir la misma vida divina con el especial estilo de vida al que Cristo los ha invitado, esto es, para vivir la misma pobreza, castidad y obediencia que Cristo vivi? y comparti? con sus disc?pulos. ?En efecto, mediante la profesi?n de los consejos evang?licos la persona consagrada no s?lo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa de reproducir en s? mismo, en cuanto es posible, ? aquella forma de vida que escogi? el Hijo de Dios al venir al mundo ?.Abrazando la virginidad, hace suyo el amor virginal de Cristo y lo confiesa al mundo como Hijo unig?nito, uno con el Padre (cf. Jn 10, 30; 14, 11); imitando su pobreza, lo confiesa como Hijo que todo lo recibe del Padre y todo lo devuelve en el amor (cf. Jn 17, 7.10); adhiri?ndose, con el sacrificio de la propia libertad, al misterio de la obediencia filial, lo confiesa infinitamente amado y amante, como Aquel que se complace s?lo en la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34), al que est? perfectamente unido y del que depende en todo.? 17 De esta forma el misterio de la Encarnaci?n toma carne en cada persona consagrada.


La respuesta al regalo de la Encarnaci?n. Mi vida centrada en el carisma, por amor.
La respuesta del amor al Amor, la respuesta al don de la Encarnaci?n es en primer lugar hacer la experiencia de este amor. No se trata, como hemos dicho, de tener un conocimiento intelectual del amor de Dios que se hacer carne por m? en la persona de Jesucristo. Se trata m?s bien de experimentar en m? mismo ese amor de Dios que por m? y s?lo por m?, se hace carne en la persona de Jesucristo. Se trata por tanto de hacer la experiencia del amor de Dios, es decir la experiencia de la gracia, ya que el amor de Dios por m? manifestado en la encarnaci?n de la persona de Cristo es una gracia.

A este respecto muchos te?logos, a partir del Concilio de Trento, han visto con mucho recelo la posibilidad de hacer esta experiencia de la gracia de Dios. ?Es claro que no podemos tener una experiencia y un conocimiento directo de Dios que elimine la oscuridad y la problematicidad de la fe. Querer conocer a Dios como conocemos las cosas o personas del mundo que nos rodea significar?a reducirlo a una realidad intramundana. Pero de ah? no tiene que seguirse que debamos desterrar toda experiencia de lo sobrenatural del campo de nuestra conciencia; nuestro modo de entendernos y experimentarnos ha de reflejar lo que somos. En otro orden de cosas, el discernimiento de esp?ritus, en el que tanto han insistido los maestros espirituales y de tanta tradici?n en la Iglesia, no tendr?a sentido si no se partiera del presupuesto de la posibilidad de una cierta experiencia e Dios en nosotros.? 18 Sin embargo la dificultad de constatar esta experiencia de la gracia, no es obst?culo para poder realizarla. Se trata por tanto de un esfuerzo que debe hacer la mujer consagrada por vivir por amor esa vida que Dios por amor le ha regalado en el misterio de la Encarnaci?n. ?Expergiscere, homo: quia pro te Deus factus est homo, Despierta, hombre, pues por ti Dios se hizo hombre (san Agust?n, Discurso 185).?

Publicado por mario.web @ 18:30
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