Mi?rcoles, 18 de mayo de 2011
Catequesis pronunciada durante la Audiencia General, celebrada en el Aula Pablo VI. Ciudad del Vaticano, 25 de noviembre de 2009.
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Hugo y Ricardo de San V?ctor, int?rpretes de la Escritura
Hugo y Ricardo de San V?ctor, int?rpretes de la Escritura
Queridos hermanos y hermanas,

en estas Audiencias del mi?rcoles estoy presentando algunas figuras ejemplares de creyentes que se han empe?ado en mostrar la concordia entre la religi?n y la fe y a testimoniar con su vida el anuncio del Evangelio.

Hoy quiero hablaros de Hugo y Ricardo de San V?ctor. Ambos est?n entre esos notables fil?sofos y te?logos conocidos con el nombre de Victorinos, porque vivieron en la abad?a de San V?ctor, en Par?s, fundada a principios del siglo XII por Guillermo de Champeaux.El mismo Guillermo fue un maestro renombrado, que consigui? dar a su abad?a una s?lida identidad cultural. En San V?ctor, de hecho, se inaugur? una escuela para la formaci?n de los monjes, abierta tambi?n a estudiantes externos, donde se realiz? una s?ntesis feliz entre las dos formas de hacer teolog?a, del que ya he hablado en catequesis anteriores: es decir, la teolog?a mon?stica, orientada mayormente a la contemplaci?n de los misterios de la fe en la Escritura, y de la teolog?a escol?stica, que utilizaba la raz?n para intentar escrutar estos misterios con m?todos innovadores, de crear un sistema teol?gico.

De la vida de Hugo de San V?ctor tenemos pocas noticias. Son inciertas la fecha y el lugar de su nacimiento: quiz?s en Sajonia o en Flandes. Se sabe que llegado a Par?s ?la capital europea de la cultura de la ?poca?, transcurri? el resto de sus a?os en la abad?a de San V?ctor, donde fue primero disc?pulo y despu?s maestro. Ya antes de su muerte, sucedida en 1141, alcanz? una gran notoriedad y estima, hasta el punto de ser llamado un ?segundo san Agust?n?: como Agust?n, de hecho, medit? mucho sobre la relaci?n entre fe y raz?n, entre ciencias profanas y teolog?a. Seg?n Hugo de San V?ctor, todas las ciencias, adem?s de ser ?tiles para la comprensi?n de las Escrituras, tienen un valor en s? mismas y deben ser cultivadas para engrandecer el saber del hombre, como tambi?n para corresponder a su anhelo de conocer la verdad. Esta sana curiosidad intelectual le indujo a recomendar a los estudiantes que no ahogaran nunca el deseo de aprender y en su tratado de metodolog?a del saber y de pedagog?a, titulado significativamente Didascalicon (sobre la ense?anza), recomendaba: ?Aprende gustoso de todos lo que no sabes. Ser? el m?s sabio de todos quien haya querido aprender algo de todos. Quien recibe algo de todos, acaba por convertirse en el m?s rico de todos? (Eruditiones Didascalicae, 3,14: PL 176,774).

La ciencia de la que se ocupan los fil?sofos y los te?logos de los Victorinos es de forma particular la teolog?a, que requiere ante todo el estudio amoroso de la Sagrada Escritura. Para conocer a Dios, de hecho, no se puede sino partir de lo que Dios mismo ha querido revelar de s? mismo a trav?s de las Escrituras. En este sentido, Hugo de San V?ctor es un t?pico representante de la teolog?a mon?stica, totalmente fundada sobre la ex?gesis b?blica. Para interpretar la Escritura, propone la tradicional articulaci?n patr?stico-medieval, es decir el sentido hist?rico-literal, ante todo, despu?s el aleg?rico y anal?gico, y finalmente el moral. Se trata de cuatro dimensiones del sentido de la Escritura, que tambi?n hoy se redescubren de nuevo, porque se ve que en el texto y en la narraci?n ofrecida se esconde una indicaci?n m?s profunda: el hilo de la fe, que nos conduce hacia lo alto y nos gu?a sobre esta tierra, ense??ndonos c?mo vivir. Con todo, aun respetando estas cuatro dimensiones del sentido de la Escritura, de modo original respecto a sus contempor?neos, insiste ? y esto es algo nuevo ? en la importancia del sentido hist?rico-literal. En otras palabras, antes de descubrir el valor simb?lico, las dimensiones m?s profundas del texto b?blico, es necesario conocer y profundizar el significado de la historia narrada en la Escritura: de lo contrario ? advierte con un ejemplo eficaz ? se corre el riesgo de ser como los estudiosos de gram?tica que ignoran el alfabeto. A quien conoce el sentido de la historia descrita en la Biblia, las circunstancias humanas parecen marcadas por la Providencia divina, seg?n un designio bien ordenado. As?, para Hugo de San V?ctor, la historia no es el resultado de un destino ciego o de un caso absurdo, como podr?a parecer. Al contrario, en la historia humana opera el Esp?ritu Santo, que suscita un maravilloso di?logo de los hombres con Dios, su amigo. Esta visi?n teol?gica de la historia pone en evidencia la intervenci?n sorprendente y salv?fica de Dios, que realmente entra y act?a en la historia, casi se hace parte de nuestra historia, pero siempre salvaguardando y respetando la libertad y la responsabilidad del hombre.

Para nuestro autor, el estudio de la Sagrada Escritura y de su significado hist?rico-literal hace posible la teolog?a verdadera y aut?ntica, es decir, la ilustraci?n sistem?tica de las verdades, conocer su estructura, la ilustraci?n de los dogmas de la fe, que representa en s?lida s?ntesis en el tratado De Sacramentis christianae fidei (Los sacramentos de la fe cristiana), donde se encuentra, entre otro, una definici?n de "sacramento" que, posteriormente perfeccionada por otros te?logos, contiene rasgos a?n hoy muy interesantes. ?El sacramento?, escribe, ?es un elemento corp?reo o material propuesto de forma extra?a y sensible, que representa con su parecido una gracia invisible y espiritual, la significa, porque con este fin ha sido instituido, y la contiene, porque es capaz de santificar? (9,2: PL 176,317). Por una parte la visibilidad en el s?mbolo, la ?corporeidad? del don de Dios, en el que con todo, por otra parte, se esconde la gracia divina que proviene de una historia: Jesucristo mismo ha creado los s?mbolos fundamentales. Tres son por tanto los elementos que concurren en la definici?n de un sacramento, seg?n Hugo de San V?ctor: la instituci?n por parte de Cristo, la comunicaci?n de la gracia, y la analog?a entre el elemento visible, el material y el elemento invisible, que son los dones divinos. Se trata de una visi?n muy cercana a la sensibilidad contempor?nea, porque los sacramentos son presentados con un lenguaje entretejido de s?mbolos y de im?genes capaces de hablar inmediatamente al coraz?n de los hombres. Es importante tambi?n hoy que los animadores lit?rgicos, y en particular los sacerdotes, valoren con sabidur?a pastoral los signos propios de los ritos sacramentales ? esta visibilidad y tangibilidad de la Gracia ? cuidando atentamente su catequesis, para que cada celebraci?n de los sacramentos sea vivida por todos los fieles con devoci?n, intensidad y alegr?a espiritual.

Un digno disc?pulo de Hugo de San V?ctor es Ricardo, procedente de Escocia. Fue prior de la abad?a de san V?ctor entre 1162 y 1173, a?o de su muerte. Tambi?n Ricardo, naturalmente, asigna un papel fundamental al estudio de la Bibia, pero a diferencia de su maestro, privilegia el sentido aleg?rico, el significado simb?lico de la Escritura con el que, por ejemplo, interpreta la figura veterotestamentaria de Benjam?n, hijo de Jacob, como s?mbolo de la contemplaci?n y cumbre de la vida espiritual. Ricardo trata este argumento en dos textos, Benjam?n menor y Benjam?n mayor, en los que propone a los fieles un camino espiritual que invita ante todo a ejercitar las diversas virtudes, aprendiendo a disciplinar y a ordenar con la raz?n los sentimientos y los movimientos interiores afectivos y emotivos. Solo cuando el hombre ha alcanzado el equilibrio y la madurez humana en este campo, est? preparado para acceder a la contemplaci?n, que Ricardo define como ?una mirada profunda y pura del alma dirigido a las maravillas de la sabidur?a, asociada a un sentido ext?tico de asombro y de admiraci?n? (Benjamin Maior 1,4: PL 196,67).

La contemplaci?n es por tanto el punto de llegada, el resultado de un arduo camino, que comporta el di?logo entre la fe y la raz?n, es decir ?una vez m?s? un discurso teol?gico. La teolog?a parte de las verdades que son objeto de la fe, pero intenta profundizar su conocimiento con el uso de la raz?n, apropi?ndose del don de la fe. Esta aplicaci?n del razonamiento a la comprensi?n de la fe se practica de modo convincente en la obra maestra de Ricardo, uno de los grandes libros de la historia, el De Trinitate (La Trinidad). En los seis libros que lo componen reflexiona con agudeza sobre el Misterio de Dios uno y trino. Seg?n nuestro autor, dado que Dios es amor, la ?nica sustancia divina comporta comunicaci?n, oblaci?n y dilecci?n entre dos Personas, el Padre y el Hijo, que se encuentran entre s? con un intercambio eterno de amor. Pero la perfecci?n de la felicidad y de la bondad no admite exclusivismos y cerrazones; al contrario, reclama la eterna presencia de una tercera Persona, el Esp?ritu Santo. El amor trinitario es participativo, concorde, y comporta sobreabundancia de delicia, goce de alegr?a incesante. Es decir, Ricardo supone que Dios es amor, analiza la esencia del amor, qu? es lo que est? implicado en la realidad del amor, llegando as? a la Trinidad de las Personas, que es realmente la expresi?n l?gica del hecho que Dios es amor.

Ricardo con todo es consciente de que el amor, si bien nos revela la esencia de Dios, nos hace ?comprender? el Misterio de la Trinidad, es sin embargo s?lo una analog?a para hablar de un Misterio que supera a la mente humana, y ? poeta y m?stico como es ? recurre tambi?n a otras im?genes. Compara por ejemplo la divinidad a un r?o, a una ola amorosa que brota del Padre, fluye y vuelve a fluir en el Hijo, para ser despu?s felizmente difundida en el Esp?ritu Santo.

Queridos amigos, autores como Hugo y Ricardo de San V?ctor elevan nuestra alma a la contemplaci?n de las realidades divinas. Al mismo tiempo, la inmensa alegr?a que nos procuran el pensamiento, la admiraci?n y la alabanza de la Sant?sima Trinidad, funda y sostiene el compromiso concreto de inspirarnos en ese modelo perfecto de comuni?n y de amor para construir nuestras relaciones humanas de cada d?a. ?La Trinidad es verdaderamente comuni?n perfecta! ?C?mo cambiar?a el mundo si en las familias, en las parroquias y en toda otra comunidad las relaciones se vivieran siguiendo siempre el ejemplo de las tres Personas divinas, en donde cada una vive no solo con la otra, sino para la otra y en la otra! Lo recordaba hace alg?n mes en el ?ngelus: ?S?lo el amor nos hace felices, porque vivimos en relaci?n, y vivimos para amar y para ser amados?(L?Oss. Rom., 8-9 junio 2009, p. 1). Es el amor el que realiza este incesante milagro: como en la vida de la Sant?sima Trinidad, la pluralidad se recompone de unidad, donde todo es complacencia y alegr?a. Con san Agust?n, tenido en gran honor por los Victorinos, podemos exclamar tambi?n nosotros: "Vides Trinitatem, si caritatem vides - contempla la Trinidad, si ves la caridad" (De Trinitate VIII, 8,12).

Publicado por mario.web @ 1:35
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