Mi?rcoles, 18 de mayo de 2011
Ofrecemos a continuaci?n el mensaje del Papa Benedicto XVI con motivo de la Jornada Mundial del Migrante, que ha sido dada a conocer hoy p?blicamente en rueda de prensa en la Santa Sede.
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Benedicto XVI: Salvaguardar los derechos del ni?o inmigrante
Benedicto XVI: Salvaguardar los derechos del ni?o inmigrante
CIUDAD DEL VATICANO, viernes 27 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).-
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Queridos hermanos y hermanas:
La celebraci?n de la Jornada Mundial del emigrante y del refugiado me ofrece nuevamente la ocasi?n para manifestar la solicitud constante de la Iglesia por los que viven, de distintas maneras, la experiencia de la emigraci?n. Se trata de un fen?meno que, como escrib? en la enc?clica Caritas in veritate, impresiona por el n?mero de personas implicadas, por las problem?ticas sociales, econ?micas, pol?ticas, culturales y religiosas que plantea, y por los desaf?os dram?ticos que supone para las comunidades nacionales y para la internacional. El emigrante es una persona humana con derechos fundamentales inalienables que todos deben respetar siempre (cf. n. 62). El tema de este a?o -"Los emigrantes y los refugiados menores de edad"- toca un aspecto al que los cristianos prestan gran atenci?n, recordando la advertencia de Cristo, que en el juicio final considerar? referido a ?l mismo todo lo que se ha hecho o dejado de hacer "con uno s?lo de estos m?s peque?os" (cf. Mt 25, 40-45). Y ?c?mo no considerar entre "los m?s peque?os" tambi?n a los emigrantes y los refugiados menores de edad? El propio Jes?s de peque?o vivi? la experiencia del emigrante porque, como narra el Evangelio, para huir de la amenaza de Herodes tuvo que refugiarse en Egipto junto con Jos? y Mar?a (cf. Mt 2, 14).


Si la Convenci?n de los Derechos del Ni?o afirma con claridad que hay que salvaguardar siempre el inter?s del menor (cf. art. 3), al cual hay que reconocer los derechos fundamentales de la persona de la misma manera que se reconocen al adulto, lamentablemente en la realidad esto no siempre sucede. Aunque en la opini?n p?blica crece la conciencia de la necesidad de una acci?n concreta e incisiva para la protecci?n de los menores de edad, de hecho, muchos de ellos son abandonados y, de varias maneras, corren el riesgo de ser explotados. De la dram?tica condici?n en la que se encuentran se hizo int?rprete mi venerado predecesor Juan Pablo II en el mensaje enviado el 22 de septiembre de 1990 al Secretario General de las Naciones Unidas con ocasi?n de la Cumbre Mundial para los Ni?os. "He sido testigo -escribi?- de la desgarradora tragedia de millones de ni?os en los distintos continentes. Ellos son los m?s vulnerables porque son los que menos pueden hacer o?r su voz" (L?Osservatore Romano, edici?n espa?ola, 14 de octubre de 1990, p. 11). Deseo de coraz?n que se dedique la debida atenci?n a los emigrantes menores de edad, que necesitan un ambiente social que permita y favorezca su desarrollo f?sico, cultural, espiritual y moral. Vivir en un pa?s extranjero sin puntos de referencia reales les genera innumerables trastornos y dificultades, a veces graves, especialmente a los que se ven privados del apoyo de su familia.
Un aspecto t?pico de la emigraci?n infantil es la situaci?n de los chicos nacidos en los pa?ses de acogida o la de los hijos que no viven con sus padres, que emigraron despu?s de su nacimiento, sino que se re?nen con ellos m?s tarde. Estos adolescentes forman parte de dos culturas, con las ventajas y las problem?ticas ligadas a su doble pertenencia, una condici?n que sin embargo puede ofrecer la oportunidad de experimentar la riqueza del encuentro entre diferentes tradiciones culturales. Es importante que se les d? la posibilidad de acudir con regularidad a la escuela y de acceder posteriormente al mundo del trabajo, y que se facilite su integraci?n social gracias a estructuras formativas y sociales oportunas. Nunca hay que olvidar que la adolescencia representa una etapa fundamental para la formaci?n del ser humano.

Una categor?a especial de menores es la de los refugiados que piden asilo, huyendo por varias razones de su pa?s, donde no reciben una protecci?n adecuada. Las estad?sticas revelan que su n?mero est? aumentando. Se trata, por tanto, de un fen?meno que hay que estudiar con atenci?n y afrontar con acciones coordinadas, con medidas de prevenci?n, protecci?n y acogida adecuadas, de acuerdo con lo previsto en la Convenci?n de los Derechos del Ni?o (cf. art. 22).

Me dirijo ahora especialmente a las parroquias y a las numerosas asociaciones cat?licas que, animadas por esp?ritu de fe y de caridad, realizan grandes esfuerzos para salir al encuentro de las necesidades de estos hermanos y hermanas nuestros.

A la vez que expreso mi gratitud por todo lo que se est? haciendo con gran generosidad, quiero invitar a todos los cristianos a tomar conciencia del desaf?o social y pastoral que plantea la condici?n de los menores emigrantes y refugiados. Resuenan en nuestro coraz?n las palabras de Jes?s: "Era forastero y me acogisteis" (Mt 25, 35); como tambi?n el mandamiento central que ?l nos dej?: amar a Dios con todo el coraz?n, con toda el alma y con toda la mente, pero unido al amor al pr?jimo (cf. Mt 22, 37-39). Esto nos lleva a considerar que cada intervenci?n concreta nuestra tiene que alimentarse ante todo de fe en la acci?n de la gracia y de la divina Providencia. De este modo, tambi?n la acogida y la solidaridad con el extranjero, especialmente si se trata de ni?os, se convierte en anuncio del Evangelio de la solidaridad. La Iglesia lo proclama cuando abre sus brazos y act?a para que se respeten los derechos de los emigrantes y los refugiados, estimulando a los responsables de las naciones, de los organismos y de las instituciones internacionales para que promuevan iniciativas oportunas en su apoyo. Que la Sant?sima Virgen Mar?a vele maternalmente sobre todos y nos ayude a comprender las dificultades de quienes est?n lejos de su patria. A cuantos tienen relaci?n con el vasto mundo de los emigrantes y refugiados les aseguro mi oraci?n e imparto de coraz?n la Bendici?n Apost?lica.

Vaticano, 16 de octubre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI

Publicado por mario.web @ 11:46
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