Mi?rcoles, 18 de mayo de 2011
La santidad del cristiano es un don del Esp?ritu Santo. Por lo tanto la santidad es posible adquirirla cuando se esta en escucha constante del Esp?ritu Santo y en la b?squeda del cumplimiento de los deberes de estado.
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Proyecto de vida y carisma
Proyecto de vida y carisma
?Se puede proyectar la vida?
El cristianismo es seguir a una persona. ?Hemos cre?do en el amor de Dios: as? puede expresar el cristiano la opci?n fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisi?n ?tica o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientaci?n decisiva.?1 La entusiasta invitaci?n que han recibido las personas consagradas para seguir a Jesucristo se convierte en todo un programa que debe cubrir toda la vida y todos los aspectos de la vida, ya que se es llamada a vivir la misma vida de Cristo en toda la profundidad de la existencia humana. As? la ha confirmado Juan Pablo II al expresar la identidad de la vida consagrada como un seguimiento de Cristo, a la manera de los ap?stoles: ?El fundamento evang?lico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relaci?n que Jes?s, en su vida terrena, estableci? con algunos de sus disc?pulos, invit?ndoles no s?lo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.?2

Esta forma de vida de Cristo es la que har? de perno en toda la vida de las personas consagradas y bien podemos afirmar que ser? el fundamento de su identidad, de tal forma que la persona consagrada lo es en la medida que su vida se asemeja cada vez m?s a la vida de Jesucristo, de forma que pueda llegar a expresar como San Pablo: ?Ya o soy yo quien vive, es Cristo quien vive en m?. De aqu? la importancia de conformar la vida con la vida de Cristo: ?El proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitaci?n humana, la persona consagrada no podr? jam?s suponer que ha completado la gestaci?n de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de s?, ni de poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo.?3

Este proceso de conversi?n o de formaci?n permanente requiere todo un camino. Es el proyecto de toda una vida que no se puede dejar al azar, al vaiv?n de las circunstancias o a la interpretaci?n del ?ltimo autor, confesor o expositor de moda. Requiere tener s?lidos fundamentos que le permitan alcanzar la meta deseada, esto es, la conformaci?n plena con la persona de Cristo.

Puede extra?arnos en un primer momento la necesidad de planear la vida consagrada. Hacemos hincapi? de que estamos hablando de planear todos los aspectos de la vida consagrada y no s?lo aquellos que ata?en a la vida espiritual, como f?cilmente podr?a considerarse. Si la persona consagrada es propiedad entera del Se?or, entonces no hay porque extra?arse que todos los aspectos inherentes a su existir deban pertenecerle al Se?or. Se es consagrada en forma ?ntegra, no en parcialidades. Quien estable cotos, l?mites e o cercos a su vida y no la entrega en plenitud al Se?or, no estar? viviendo en plenitud la consagraci?n a ?l prometida.

Esta consagraci?n al Se?or comporta una santidad de vida, entendida como la vivencia plena de las promesas bautismales. ?No obstante exista una absoluta trascendencia de la santidad del Padre y de Jes?s, se sigue que los cristianos pueden llegar a ser santos como Dios lo es porque el Esp?ritu los hace part?cipes de la santidad divina, sin ofender la trascendencia infinita del Padre, sino comparti?ndola. Si en la uni?n hipost?tica el Verbo asumi? la condici?n humana, en su santificaci?n el cristiano asume la condici?n divina. La santidad del cristiano es un don del Esp?ritu Santo.?4 Por lo tanto la santidad es posible adquirirla cuando se esta en escucha constante del Esp?ritu Santo y en la b?squeda del cumplimiento de los deberes de estado. Por la propia consagraci?n, estos deberes de estado se convierten para la persona consagrada en medios adecuados para su santificaci?n. No tiene que pensar en santificarse fuera de los mismos compromisos que le marca su consagraci?n, de tal forma que sus deberes espirituales, su vida fraterna en comunidad, sus deberes de apostolado se convierten en medios id?neos para configurarse con Cristo y as? alcanzar la santidad. La pregunta de la programaci?n queda a?n en el aire, ya que si estos medios llevan de por s? a la santidad, no habr?a poner tanto necesidad de programaci?n alguna. Bastar?a simplemente vivirlo con la mejor de las intenciones.

Sin embargo por experiencia propia sabemos que la persona consagrada, como cualquier persona del g?nero humano, a veces no logra distinguir con nitidez las cosas qu? debe hacer ni la forma en c?mo puede cumplirlas. Adem?s como criatura creada a imagen de dios, ca?da por le pecado original y redimida por Cristo, no est? exenta de sufrir las asechanzas del mundo, de sus propias pasiones. Es entonces cuando surge la necesidad de conocerse para programarse, para saber atajar al enemigo, ya sea el enemigo que se lleva dentro, o ya sea aqu?l que se disfraza a trav?s de las circunstancias o de factores externos. No debemos olvidar, dentro de estos elementos, el desarrollo psicol?gico de la persona que tambi?n dejar? su huella en la persona consagrada, llev?ndole a tomar medidas necesarias para seguir respondiendo con la misma frescura y lozan?a a Cristo, como cuando lo hizo el d?a que prometi? seguimiento al Se?or.

Por ello, la programaci?n no es la regulaci?n minuciosa y hasta man?aca de los detalles que debe cumplir la persona consagrada. Tal ser?a una actividad que pronto llevar?a a la esquizofrenia. Es m?s bien la fijaci?n de metas para alcanzar la santidad, el conocimiento que adquiere la persona de s? misma, las circunstancias que la rodean y que afectan las metas que se ha fijado para la santidad, los medios id?neos que utilizar? para aprovechar los aspectos positivos y contraponer los negativos, de forma que la vida no sea guiada al caso o al vaiv?n de las circunstancias externas o de las pasiones y sentimientos internos.

El ideal de la santidad es el ideal de todo cristiano5 . Pero dicha santidad no es ni f?cil ni dif?cil de alcanzar. Requiere simplemente la dosificaci?n, es decir el fijar por etapas las metas que se quieren alcanzar. Cuando una persona se entusiasma por Cristo y quiere seguirlo e imitarlo, no lo podr? lograr de la noche a la ma?ana. Es necesario que se fije metas claras, precisas, objetivas y de corto alcance para lograr el objetivo final, que es la santidad.

Por otra parte la persona cuenta o debe contar con un aliado que es su misma persona. Esta persona, de acuerdo a la antropolog?a cristiana, sabemos que est? constituida por inteligencia y voluntad. Es decir, la persona puede conocer y la persona puede querer. Es libre para elegir lo que m?s le convenga, de acuerdo a las metas que se ha fijado. Pero tambi?n, esta persona tiene pasiones, sentimientos, impulsos. Todos ellos, de no mediar una grave enfermedad psicol?gica o ps?quica, pueden ser encauzados de acuerdo a las metas que se ha fijado la persona. Por ello, debe conocerse, aceptarse y superarse, siguiendo las ense?azas de S. Agust?n: ?Con?cete, ac?ptate, sup?rate.?

Por ?ltimo, bien sabemos que la persona no vive enana esfera de cristal o en una isla. Act?a en una sociedad, en una comunidad. Y como una c?lula, no es impermeable a lo que sucede en su entorno. Deber? tomar en cuenta la forma en que las circunstancias externas le afectan para alcanzar la meta de la santidad, que previamente se ha fijado.

Por ello, a trav?s de un programa de vida que le permita fijarse metas claras, cortas, precisa y objetivas, un conocimiento de su persona que la ponga alerta de las fuerzas positivas y negativas con las que cuenta, y un sentido de la realidad para saber la forma en que el ambiente externo va a afectar su camino a la santidad, podr? fijarse medios id?neos para llegar a la santidad. As? lo afirmaba Juan Pablo II: ??Acaso se puede ? programar ? la santidad? ?Qu? puede significar esta palabra en la l?gica de un plan pastoral? En realidad, poner la programaci?n pastoral bajo el signo de la santidad es una opci?n llena de consecuencias. Significa expresar la convicci?n de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserci?n en Cristo y la inhabitaci?n de su Esp?ritu, ser?a un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida seg?n una ?tica minimalista y una religiosidad superficial. (?) Como el Concilio mismo explic?, este ideal de perfecci?n no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable s?lo por algunos ? genios ? de la santidad. Los caminos de la santidad son m?ltiples y adecuados a la vocaci?n de cada uno. Doy gracias al Se?or que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos a?os a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias m?s ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicci?n este ? alto grado ? de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta direcci?n. Pero tambi?n es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagog?a de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagog?a debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas m?s recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.?6


El proyecto de la vida consagrada.
Ahora bien, si como dice Juan Pablo II, los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagog?a de la santidad verdadera y propia, los distintos estados de vida requerir?n distintas pedagog?as de santidad, ya que, si bien la santidad es una sola, esto es, asemejarnos a Cristo y as? alcanzar la vida en Dios, los medios var?as de acuerdo a las circunstancias que rodean la vida de las personas. Si bien la santidad es la misma, no se alcanza de la misma manera por una madre de familia que por una mujer consagrada a la oraci?n, el sacrifico y la penitencia en la vida de un monasterio de clausura. Debemos fijar entonces la identidad de cada estilo de vida, de forma que podamos construir un proyecto claro y propio de santidad.

Para la vida consagrada debemos fijarnos ciertos aspectos comunes que nos permitan tener un esquema preciso de lo que las personas consagradas deben alcanzar en su vida y los medios con los que cuentan para ello. Ser?an muchas las fuentes a las que podr?amos acudir para establecer esta santidad com?n a la que deben tender todas las personas consagradas. Pero podr?amos aqu? se?alar que el magisterio de la Iglesia y el patrimonio espiritual de cada congregaci?n deber?an ser los ejes centrales en los cu?les fijar dicha santidad com?n.

? Gracias a Dios, despu?s del Concilio vaticano II se ha dado un gran impulso a la Teolog?a de la vida consagrada. Podr?amos aqu? recordar los t?tulos de los documentos emanados por la entonces Congregaci?n para los religiosos e institutos seculares o su actual sucesor, la Congregaci?n para los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apost?lica, que de alguna manera ayudaron a reflexionar sobre la identidad de la vida consagrada, de acuerdo a los lineamientos que marc? el Concilio vaticano II, especialmente en el decreto Perfectae caritatis y el motu proprio Ecclesiae sanctae II. Cada uno de estos documentos, ya desde el mismo t?tulo, es todo un programa para entender lso elemntos esenciales de la vida cnsagrada y por ende, tomarlso como medios id?neos para la santificaci?n en este estado de vida. Estos documentos son:

? La vida Fraterna en Comunidad (1994)

? Orientaciones sobre la Formaci?n (1990)

? Elementos esenciales de la Doctrina de la Iglesia sobre la Vida Religiosa (1983)

? La Dimensi?n Contemplativa de la Vida Religiosa (1980)

? Mutuae Relationes (1978)

? Religiosos y Promoci?n Humana (1978)

Todos estos documentos van a quedar reflejados y profundizados en la exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata (1996) de Juan Pablo II. En ella se establecen las l?neas fundamentales de la consagraci?n, que sucintamente podemos decir que es una vida ?de especial configuraci?n a Cristo, de especial comuni?n de amor con el Padre, de especial comuni?n con el Esp?ritu Santo, de especial seguimiento de Cristo, a la manera de los ap?stoles, de especial configuraci?n con la Virgen mar?a, una vida de profesi?n de los consejos evang?licos, una vida con una especial consagraci?n, de especial perfecci?n, de especial radicalismo evang?lico y de una peculiar espiritualidad.?7

No debemos olvidar tambi?n lo dicho por el C?digo de Derecho can?nico, que en canon 573 establece lo que es la vida consagrada. ?La vida consagrada por la profesi?n de los consejos evang?licos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo m?s de cerca a Cristo bajo la acci?n del Esp?ritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar t?tulo a su gloria, a la edificaci?n de la Iglesia y a la salvaci?n del mundo, consigan la perfecci?n de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.?8

Si bien este canon y toda la exhortaci?n Vita consecrata nos fijan los par?metros por los que ha de recorrerse la vida consagrada, no debemos olvidar que la vida consagrada se vive en forma particular, es decir, bajo un carisma espec?fico. No se es una persona consagrada en general y despu?s se viven los consejos evang?licos o la vida fraterna en comunidad en una forma especifica. M?s bien, los elementos esenciales de la vida consagrada se viven de acuerdo al carisma espec?fico.

Dicho carisma bien podr?amos entenderlo como ?la mente y prop?sitos de los fundadores, corroborados por la autoridad eclesi?stica competente, acerca de la naturaleza, fin, esp?ritu y car?cter de cada instituto, as? como tambi?n sus sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio del instituto.?9 Por lo tanto, el conocimiento del carisma fijar? de alguna manera ya en forma definitiva, la santidad espec?fica de los miembros de un determinado Instituto de vida consagrada.

Es necesario por tanto que los miembros de un instituto conozcan no someramente sino detalladamente el carisma de su instituto, de forma tal que todas las actividades que realizan, desde las m?s sencillas, hasta aquellas que a los ojos de los hombres pudieran parecer las m?s importantes, queden informadas por el carisma. De esta manera podr? alcanzarse sino con m?s facilidad, con m?s precisi?n. No como quien da ?palos al aire?, sino como quien ha fijado con precisi?n los ideales y los medios.


Algunas dificultades de nuestro tiempo.
Hemos visto que la programaci?n de la santidad en la vida consagrada requiere un proyecto de vida personal en d?nde se plasmen las caracter?sticas m?s espec?ficas de la Congregaci?n, de forma que la persona consagrada pueda tenerlas como metas claras y visibles. De ah? partir? una b?squeda confiada y serena por encontrar los mejores medios que se puedan aplicar a cada realidad personal y a cada circunstancia de vida.

Sin embargo, parece ser que este tipo de trabajo no encuentra respuestas favorables en el ambiente religioso de nuestros d?as. No hace mucho me escrib?a una religiosa: ??D?nde est?n las religiosas, que hacen en las comunidades, como est? su vida interior? Definitivamente se viven la vida muy light y no solo en la vida religiosa sino en el mundo entero.? Se ha dejado en el olvido, o pero a?n, no existe ya la costumbre de tener un programa de vida y a lo m?s, se contentan con el cumplimiento del deber.

Si bien es dif?cil establecer las causas de este enfriamiento en la virtud, intentar? esbozar algunos de ellos, sin pretender ni abarcarlos todos, ni profundizar en ellos.

Creo que el origen de este enfriamiento en la virtud por alcanzar la santidad y por ende, el no preocuparse por tener un programa de vida, se debe principalmente a la p?rdida de la identidad de la vida consagrada femenina. Debemos recordar que los a?os del post-concilio, los a?os de la renovaci?n de la vida consagrada deb?an estar dedicados a la aplicaci?n de las directrices del Concilio, cuyo objetivo para la vida consagrada no era otro que el adecuar toda la riqueza de la vida consagrada a los tiempos actuales. Se trataba por tanto de un proceso de adaptaci?n de la esencia de la vida consagrada. Sin embargo, muchos creyeron que se deb?a cambiar el concepto, la identidad de la vida consagrada para adaptarse a los tiempos actuales. En este proceso, que seg?n ellos respetaba el esp?ritu del Concilio, se cuestion? la identidad de la vida consagrada, creando no poca confusi?n en los ambientes religiosos femeninos. De esta manera la santidad, la vida fraterna en comunidad, los elementos esenciales de la vida consagrada, el apostolado, los votos, la autoridad, todo ven?a cuestionado, contestado. No debemos olvidar que estamos hablando de los a?os sesenta y especialmente del fen?meno del fen?meno del ?68 que quer?a fundar una nueva sociedad pero que ni ten?a las metas claras ni los medios adecuados. Eran los a?os de la contestaci?n y la vida consagrada femenina no se salv? de esta contestaci?n.

Este fen?meno ha llegado hasta nuestros d?as. Las heridas de esta p?rdida de la identidad de la vida consagrada, o por lo menos, de su no claridad ha dejado un vac?o enorme de casi dos generaciones de personas consagradas que se han dedicado a actividades ajenas o por lo menos superfluas, a la vida consagrada. As?, hay quien ha cre?do que la vida consagrada en la postmodernidad era trabajar por la ecolog?a o los derechos humanos. Hay quien ha hecho de su apostolado le herbolaria, la medicina alternativa, la concientizaci?n de las masas y hasta la rebeli?n armada.

Todo ello gener? un desprecio o por lo menos un olvido de conceptos como santidad, vida espiritual, vida de uni?n con Dios, vida de oraci?n . Qui?n no sab?a qui?n era, quien buscaba su identidad en el exterior y no el interior, hab?a perdido el gusto por Dios y por las cosas de Dios. Hablar de un programa de vida muchas veces puede sonar a lenguaje extra-terrestre, o se lo puede ver como alguna reliquia de los tiempos medievales.

Producto de esta p?rdida de identidad es el haber perdido de mira a Cristo. La figura de Cristo, si bien no desaparece del todo en la vida consagrada femenina, comienza a desvanecerse detr?s de grandes reflectores como son los apostolados de vanguardia, la preocupaci?n por encontrar caminos alternativos a la vida fraterna en comunidad, una interiorizaci?n o preocupaci?n excesiva por el bienestar espiritual personal, o cualquier otro elemento que se buscaba cambiar o darle una importancia mayor a la debida en el tiempo de la renovaci?n de la vida consagrada. No hay que olvidar tampoco muchas corrientes que se hicieron presente en la Iglesia en d?nde, seg?un ellos, se buscaba ?desmitificar? a Cristo, por lo que su persona ya no era un ideal para seguir, sino, en muchos casos, un personaje hist?rico comparable a Buda, Mahoma o el Dalai Lama. De esta manera Cristo deja de ser un ideal a alcanzar, un modelo sobre el cual se puede proyectar una vida y as? alcanzar la felicidad. Los programas espirituales comienzan por tanto a perder el vigor de una lucha por asemejarse a Cristo.

Otro problema que observamos en nuestro tiempo para forjar verdaderos proyectos de vida espiritual es la influencia que la Psicolog?a, o mejor dicho, el psicologismo ha tenido en las congregaciones y las comunidades religiosas femeninas. Al desaparecer los puntos firmes en la vida consagrada, cualquier alternativa que aparezca como punto de referencia es bien acogido. Y as? se sustituye muchas veces la oraci?n por una meditaci?n trascendental de corte oriental, la vida fraterna en comunidad depende de los estudios que se hagan del eneagrama, la autoridad se diluye en un pacto meramente humano. Es el momento en que irrumpe al psicolog?a humanista de Carl Rogers en d?nde cada persona se convierte en el due?o y se?or de su propia existencia. Como consecuencia, se da m?s importancia a un equilibrio psicol?gico que a una vida espiritual bien organizada. Hay religiosas que van al psicon?lisis y no pocas vocaciones entran en crisis despu?s de estos estudios.

Unido a estos factores encontramos un exacerbado individualismo, producto quiz?s de un esfuerzo que quer?a borrar del pasado de la vida religiosa femenina una tendencia que tend?a a olvidar a las personas. Que haya habido exageraciones en esto, puede ser cierto, pero no menos ciertas son las exageraciones que ahora se dan, en d?nde se da un valor desmesurado a las personas al gardo que quien ahora est? en crisis no es ya la persona individual, sino la autoridad, los reglamentos, los horarios, y todo aquello que pueda sonar a imposici?n para ?cortar cabezas? y hacer un est?ndar de personas. L?gicamente, la direcci?n espiritual, o la elaboraci?n de un programa de vida espiritual tiende a verse como demasiado estandarizante, limitando la libertad y la espontaneidad de las personas.


El carisma en ayuda del proyecto de vida.

El objetivo de elaborar un proyecto de vida es el de tratar de configurarse lo m?s posible a Cristo, tomando en cuenta las circunstancias personales, las circunstancias del propio estado de vida y las circunstancias externas que rodean a la persona.

Las dificultades que circundan a las personas consagradas hoy en d?a y que hemos analizado brevemente en este art?culo, requieren una exactitud en la figura del Cristo que se quiere imitar, al cu?l se quiere llegar. Debe ser un Cristo perfectamente bien delineado, con el fin de no perderse en el camino, ya sea por tantos vientos que soplan11 , ya sea por las dificultades externas o bien por las propias pasiones y sentimientos que durante la vida acompa?an a la persona consagrada y que a veces puedan hacerla dudar del camino emprendido.

Ahora nos preguntamos por este Cristo la persona consagrada. Sin duda alguna que la respuesta ser? el Cristo del Evangelio, es Cristo de una sana espiritualidad que responda a las necesidades de la persona, de la congregaci?n y de la Iglesia12 . De la contemplaci?n de este Cristo surgir? una espiritualidad, unos medios que la persona consagrada est? llamada a poner en pr?ctica si quiere en verdad conformar su vida con la persona de Cristo.

Este Cristo, utilizando un lenguaje figurado, se nos presenta bajo ?ngulos distintos en cada congregaci?n. Podemos decir que es el mismo Cristo pero visto desde distintas posiciones. Nuevamente hacemos uso del lenguaje figurado para expresar esta idea. ??Siempre cae (el agua) del mismo modo y de la misma forma, aunque son multiformes los efectos que produce: una ?nica fuente riega todo el huerto. Y una ?nica e id?ntica tormenta desciende sobre toda la tierra, pero se vuelve blanca en el lirio, roja en la rosa, de color p?rpura en las violetas y en los jacintos, y diversa y variada en los distintos g?neros de cosas. De una forma existe en la palma y de otra en la vid, pero est? toda ella en todas las cosas, pues (el agua) es siempre la misma y sin variaci?n. Y, aunque se mude en tormenta, no cambia su forma de ser, sino que se acomoda a la forma de sus recipientes convirti?ndose en lo que es necesario para cada uno de ellos. As? el Esp?ritu Santo, siendo uno y de un modo ?nico, y tambi?n indivisible, distribuye la gracia ?a cada uno en particular seg?n su voluntad? (cf. 1 Cor 12,11).?13

Para distinguir los aspectos espec?ficos de este Cristo, y por tanto la espiritualidad que de ?l emana, el carisma vendr? en nuestra ayuda . ?El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Esp?ritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios disc?pulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sinton?a con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne. Por eso la Iglesia defiende y sostiene la ?ndole propia de los diversos Institutos religiosos (LG 44; cfr. CD 33; 35, 1, 2, etc.). La ?ndole propia lleva adem?s consigo, un estilo particular de santificaci?n y apostolado que va creando una tradici?n t?pica cuyos elementos objetivos pueden ser f?cilmente individuados. Es necesario por lo mismo que en las actuales circunstancias de evoluci?n cultural y de renovaci?n eclesial, la identidad de cada Instituto sea asegurada de tal manera que pueda evitarse el peligro de la imprecisi?n con que los religiosos sin tener suficientemente en cuenta el modo de actuar propio de su ?ndole, se insertan en la vida de la Iglesia de manera vaga y ambigua.?15 La parte importante para descubrir el Cristo del fundador, y por ende, el Cristo de todos los hijos espirituales del fundador, es la experiencia del esp?ritu que hace el fundador de Cristo, de Dios, de las cosas divinas y que queda como camino indeleble para las futuras generaciones. Se presenta por tanto como labor prioritaria para conocer el Cristo del fundador, conocer la experiencia espiritual hecha por el fundador.

Esta experiencia espiritual no es una experiencia m?stica inalcanzable, sino una experiencia espiritual que es posible compartir, que es posible personalizar. En un primer momento Dios suscita en el fundador el deseo de solucionar una dificultad o de una necesidad apremiante en la Iglesia. Dios se valdr? de distintos acontecimientos, simples o espectaculares, para despertar en ?l la idea originaria de la fundaci?n. Lo que pudiera haber quedado en el marco de un mero acontecimiento, por especial inspiraci?n del Esp?ritu Santo, tiene un significado muy particular para el fundador. Observamos por tanto como ejemplos, que un sue?o en la vida de Francisco de As?s en el que Dios le ped?a reconstruir la Iglesia, o el que la beata Teresa de Calcuta observara a unos pobres hacinados en un vag?n de tren, bastaron para desencadenar en ellos deseos, sentimientos, pensamientos y acciones que los llevaron a poner en pie una Congregaci?n religiosa bajo un determinado carisma.

La mujer consagrada debe fijar su atenci?n en esta realidad que ha originado el carisma. Dios se ha valido de una necesidad con el fin de que el fundador pudiera hacer una experiencia del Esp?ritu. No ser? ya la necesidad en cuanto tal la que mueva al fundador durante toda su vida, sino lo que esa necesidad le lleva a experimentar en el Esp?ritu. El fundador hace una experiencia personal, una experiencia espiritual a partir de la necesidad. Esta experiencia del Esp?ritu va m?s all? de la simple necesidad pues le permite experimentar a Dios, siempre a trav?s de esa necesidad. Si bien la necesidad ha sido el veh?culo para experimentar a Dios, la necesidad en un determinado momento de la vida del fundador, pasa a un segundo t?rmino.

Si queremos explicar someramente la experiencia que el fundador tiene de Dios, podemos afirmar que es sobretodo una experiencia del amor de Dios. El fundador se siente llamado a amar a Dios con unas caracter?sticas muy espec?ficas y podemos decir que hasta novedosas, pues la misma novedad es caracter?stica esencial de un carisma. Esto se explica de la siguiente manera: la necesidad, hablando en un lenguaje figurado, fue el pretexto del que Dios se vali? para suscitar en el coraz?n del Fundador un amor muy especial. Un amor que no se reduce s?lo a un sentimiento o a un estado de ?nimo pasajero, sino que pasa primero al entendimiento y despu?s a la voluntad, de forma que el fundador queda polarizado por ese amor novedoso que Dios ha suscitado en su coraz?n, hipotecando su vida para la consecuci?n de ese amor. Surge la necesidad, pero Dios suscita en el fundador movimiento en su entendimiento y en su voluntad para dar una soluci?n a esa necesidad. Sin embargo, al profundizar en esos movimientos del entendimiento y de la voluntad, el Fundador capta que la verdadera y ?nica soluci?n se encuentra en Dios. Este punto es esencial al carisma. El carisma, como don de Dios para la Iglesia, no es una soluci?n pr?ctica (sociol?gica, psicol?gica, administrativa) a un problema humano, sino que es una manifestaci?n del amor de Dios por ayudar al hombre a acercase a ?l.

El fundador comienza por tanto a darse cuenta que s?lo el amor de Dios es capaz de dar un respiro, una soluci?n adecuada a la necesidad apremiante. De aqu? que la soluci?n se convierta en una soluci?n integral, que abarca aspectos humanos y espirituales del hombre. El fundador inicia entonces una profundizaci?n en su relaci?n con Dios, que lo llevar? despu?s a tener tambi?n una relaci?n especial con los hombres, especialmente con aquellos a los que est? llamado a ayudar. Las relaciones que el fundador tiene con Dios y las que desarrollo con los hombres dar?n origen a una espiritualidad y a un apostolado originales, muy espec?ficos, que ser?n materia de nuestro estudio, especialmente cuando analicemos el cap?tulo siguiente al estudiar las formas en que la mujer consagrada puede vivir el esp?ritu.

En esta primera etapa puede ilustrarse con las palabras de Benedicto XVI cuando habla del amor del hombre a Dios: ?El encuentro con las manifestaciones del amor de Dios puede suscitar en nosotros el sentimiento de alegr?a, que nace de la experiencia de ser amados. Pero dicho encuentro implica tambi?n nuestra voluntad y nuestro entendimiento. El reconocimiento del Dios viviente es una v?a hacia el amor, y el s? de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto ?nico del amor. No obstante, este es un proceso que siempre est? en camino: el amor nunca se da por <> y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a s? mismo. Idem velle, idem nolle, querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han reconocido como el aut?ntico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear com?n.?16

Aqu? aparecen ya los primeros indicios para el programa de vida: aprender el amor de Dios a trav?s del Fundador para conocer cu?l es el amor que cada persona consagrada debe desarrollar.

El amor a Dios que el Esp?ritu suscita al fundador no es un amor gen?rico. Si hemos dicho que este amor parte de una necesidad espec?fica y apremiante de la Iglesia, para regresar despu?s a los hombres, convertido dicho amor en iniciativas concretas que tienen como objetivo mitigar los problemas y las dificultades debidas a la necesidad apremiante, este amor a Dios se reviste de matices muy espec?ficos, configurados por la necesidad apremiante. El fundador aprende a amar a Dios en la forma en que la necesidad apremiante lo ha modelado. Si es en Dios en d?nde va a encontrar la inspiraci?n para subsanar la necesidad apremiante, no es en Dios en general, sino en un aspecto espec?fico de ?l que viene a satisfacer dicha necesidad. Buscar en Dios un aspecto caracter?stico, significa para el fundador dejarse guiar por el Esp?ritu y ver en Dios, en alguno de sus misterios o virtudes, un punto que le servir? de inspiraci?n para expresar su amor personal a Dios y para la soluci?n de la necesidad apremiante. Este misterio de Dios o virtud espec?fica se convierte en un punto clave, un icono de la Congregaci?n a Instituto religioso. En muchos casos el misterio de Dios ha sido la persona de Cristo o su evangelio, vistos siempre bajo un perfil o un ?ngulo de vista muy especial, una ?particular prospectiva unificante.?17 La persona consagrada debe aprender a poner como centro de su proyecto de vida este Cristo o misterio de Dios espec?fico que ha experimentado el Fundador.

Se da origen tambi?n a una forma espec?fica de espiritualidad,18 fundamentada en la experiencia personal del amor de Dios y en la comprensi?n espec?fica del misterio de Dios que hace el fundador. Estos dos aspectos, experiencia personal del amor de Dios y comprensi?n del misterio de Dios dejar?n huellas indelebles en el Instituto, llegando incluso a conformar su propia identidad. ?La consagraci?n religiosa se vive dentro de un determinado instituto, siguiendo unas Constituciones que la Iglesia, por su autoridad, acepta y aprueba. Esto significa que la consagraci?n se vive seg?n un esquema espec?fico que pone de manifiesto y profundiza la propia identidad. Esa identidad proviene de la acci?n del Esp?ritu Santo, que constituye el don fundacional del instituto y crea un tipo particular de espiritualidad, de vida, de apostolado y de tradici?n (Cf. MR 11). Cuando se contemplan las numerosas familias religiosas, queda uno asombrado ante la riqueza de dones fundacionales. El Concilio insiste en la necesidad de fomentarlos como dones que son de Dios (Cf. PC 2b). Ellos determinan la naturaleza, esp?ritu, fin y car?cter, que forman el patrimonio espiritual de cada instituto y constituyen el fundamento del sentido de identidad, que es un elemento clave en la fidelidad de cada religioso (Cf. ET 51).?19 Y no puede ser de otra manera, ya que el carisma, como don de Dios para la Iglesia, encuentra en la espiritualidad su manifestaci?n externa m?s palpable.

Si ?los carismas est?n ordenados a la edificaci?n de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo,?20 se sigue la necesidad de encontrar medios concretos en los que el carisma se materialice para edificar la Iglesia, para el bien de los hombres y para satisfacer las necesidades del mundo. Uno de estos medios es la espiritualidad que nace de la experiencia del Esp?ritu que el fundador a hecho del Amor de Dios y de la comprensi?n de su misterio, en alguna forma espec?fica. Esta espiritualidad conformar? el camino para llegar a Dios, a Cristo. La persona consagrada debe conocerlo y poner algunos de esos elementos como medios en su programa de vida personal.

La experiencia que el fundador hace del amor de Dios le permite dejar a sus disc?pulos una forma muy espec?fica de relacionarse con Dios. Estas relaciones crean la base para vivir el misterio de la fe en una forma peculiar. Si todos los hombres buscan una relaci?n personal e ?ntima con Dios, el disc?pulo de un carisma encuentra en la experiencia del Esp?ritu del fundador un modelo para seguir. Como toda experiencia espiritual, no podemos decir que el disc?pulo est? llamado a reproducirla, pues la experiencia espiritual de cada persona es irrepetible. Pero puede servir como marco de referencia, como gu?a sobre la que el disc?pulo puede apoyarse para hacer su propia experiencia personal espiritual de Dios. La base sobre la cu?l se apoyar? est? dada en la experiencia personal espiritual del fundador, que se identifica con la experiencia del Esp?ritu. Ser? necesario por tanto, que el disc?pulo conozca la experiencia personal espiritual del fundador para que sobre ella trace la suya propia21 .

Hemos mencionado que parte de la espiritualidad queda constituida tambi?n por la comprensi?n espec?fica del misterio de Dios que ha hecho el fundador. Nuevamente, el disc?pulo est? llamado a conocer estos rasgos caracter?sticos y espec?ficos que han permitido al fundador leer el evangelio bajo un nuevo ?ngulo, bajo una perspectiva diferente. Esta novedad, dec?amos, viene dada por la necesidad apremiante, pero s?lo como referencia. Como criatura espiritual, el carisma va m?s all? del aspecto temporal que la origin?, pues la necesidad apremiante se convierte s?lo en un pretexto. Pretexto hist?ricoque ser? importante reconocer y recordar porque ha sido el inicio, querido por Dios, para dar origen al carisma, y que de alguna manera permear? siempre la memoria de la Congregaci?n o Instituto religioso. Pero, adem?s de conocer este hecho hist?rico, temporal, el disc?pulo deber? conocer la forma en que el fundador ha le?do el evangelio o ha comprendido el misterio de Dios, bajo una forma espec?fica, con el fin de ordenar su vida a la adquisici?n de esta nueva visi?n sobrenatural. Decimos, nueva visi?n sobrenatural, porque la lectura del evangelio o del misterio de Dios le permitir? andar por la vida con un objetivo claro y definido. Las realidades terrenas podr?n ser le?das bajo el nuevo prisma de la contemplaci?n del evangelio o del misterio de Dios, que en forma espec?fica ha querido dotar Dios al fundador y a aquellos que lo seguir?n en el tiempo. Conviene por tanto, que el disc?pulo conozca con certeza y claramente cu?l es la lectura del Evangelio o la comprensi?n del misterio de Dios que el fundador ha experimentado bajo la experiencia del Esp?ritu.

Publicado por mario.web @ 12:08
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