Jueves, 19 de mayo de 2011
La libertad no es simplemente un privilegio que se otorga; es un h?bito que ha de adquirirse
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Sobre la libertad humana
Sobre la libertad humana
El presente art?culo consta de dos partes.

La primera, m?s te?rica y dif?cil, esboza los fundamentos de la libertad.


La segunda, mucho m?s pr?ctica, pretende conducir al lector desde una concepci?n de la libertad err?nea ?pero que domina en nuestra cultura?, hasta otra m?s certera y ajustada, capaz de conducirle con menos esfuerzo hacia la propia plenitud y felicidad.

Apunto tambi?n con esto que quienes se sientan m?s atra?dos por la vida vivida que por la teor?a pueden comenzar la lectura por la segunda secci?n? e incluso no atender para nada a la primera.


I. Caracter?sticas principales

Considerar? antes que nada aquellos elementos de la libertad que m?s influyen en el perfeccionamiento humano y que, por contraste, se encuentran m?s desatendidos en la civilizaci?n contempor?nea.

1. Libertad limitada, pero real

Y lo primero que pienso necesario asentar, a este respecto, es que cualquiera de nosotros, de nuestros amigos, alumnos o alumnas, de nuestros clientes o pacientes, de nuestros hijos o hijas es, en efecto, libre. Debe tener conciencia de ello, y asumir las posibilidades y los l?mites de esa propiedad. Hacerse responsable de su propia vida? porque est? capacitado para hacerlo[1].

Pues, en rigor, posee libertad. Finita, limitada, m?ltiplemente restringida y variamente amenazada, si se quiere. Pero libertad, al fin y al cabo. Existen al menos algunas acciones que est?n en manos del hombre y de la mujer. Y, como intentar? mostrar, el n?mero y la calidad de esas acciones pueden constantemente incrementarse, mediante el desarrollo de h?bitos operativos buenos, de lo que tradicionalmente se ha conocido como virtudes.

Agust?n de Hipona lo afirm? rotundamente al escribir que ?ninguna cosa est? tan en nuestro poder como la voluntad misma?. Pero no hace falta acudir a su patrocinio. Estamos ante un hecho de experiencia, incluso de una experiencia elemental y b?sica: aunque acotada, tenemos libertad, dominio relativo sobre buena parte de nuestros propios actos ?podemos, en definitiva y ?ltima instancia, realizarlos o no realizarlos? y, a trav?s de ellos, sobre nuestro ser.

Solo cuando perdemos de vista sus l?mites, cuando pretendemos una libertad infinita, no creada, afloran multitud de apor?as, que tienden a hacernos creer que el hombre no goza de esa libertad. Con otras palabras: ?nicamente la pretensi?n de una libertad absoluta, sobrehumana, nos conduce a sentir que no somos libres[2 ].

2. Debida a nuestra tensi?n universal a lo bueno

Lo segundo que conviene apuntar es que semejante libertad tiene como fundamento la relaci?n del ser humano al bien en cuanto bien, al bien advertido y querido como tal. O, si se prefiere, pues viene a ser lo mismo, que el cimiento de nuestra libertad no es una especie de indiferencia hacia lo bueno y lo malo, hacia una cosa u otra, una suerte de apat?a ab?lica; sino, en el extremo opuesto, una excedencia, la vigorosa tensi?n de nuestra voluntad, de toda nuestra persona, a lo bueno en s? y en universal: a todo cuanto tiene raz?n de bien y, en definitiva, al Bien sumo, a Dios.

Pues es esa apertura casi irrestricta al bien lo que hace que ninguna realidad finita concreta atraiga a la voluntad de manera irresistible, de suerte que no pudiera sino responder a sus atractivos. Al contrario, porque est? llamado a querer un bien superior ?en definitiva, infinito?, puede el hombre siempre dejar de querer cada uno de los bienes particulares y limitados que se le ofrecen en la experiencia cotidiana[3 ].

Surgen de aqu? dos consecuencias

2.1. Una, nuestra superioridad respecto a los animales, que se encuentran predeterminados a la consecuci?n de bienes muy tenues: no de lo bueno universal, ni mucho menos del bien supremo, sino del diminuto y privado bien que reclaman sus instintos. Solo eso los solicita? y eso los mueve necesariamente a conseguirlo.

Por el contrario, las tendencias ?instintivas? del hombre, por llamarlas de un modo bastante impropio, no determinan su conducta. Como acabo de sugerir, la voluntad, capaz de captar, ser atra?da y determinarse activamente hacia bienes diversos y superiores al de los instintos animales, ofrece al hombre la posibilidad de dominar sus pulsiones y realizar libremente ?sin verse coaccionado a ello, porque ning?n bien concreto la colma y, sobre todo, porque ella es due?a y se?ora de su propio ejercicio[4 ]? una multitud de bienes, no solo para s?, sino para sus semejantes y para Dios.

El hombre puede amar, querer el bien del otro en cuanto otro. Nuestros interlocutores deben saberlo, y nosotros contar con ello? a pesar de que la capacidad para el bien pueda en algunos casos verse bastante sofocada por los influjos ambientales o por los errores y contrahechuras de la propia biograf?a personal.

No obstante, frente a la opini?n tan com?n de que la confianza hay que gan?rsela, funciona con mucha frecuencia obrar en sentido opuesto: uno primero la otorga, y lo habitual es que quien se siente as? agasajado responda estando a la altura de lo que le hemos propuesto como modelo de s? mismo.

2.2. El siguiente corolario cabr?a expresarlo as?: en contra de una corriente tan difundida como superficial y falsa, puesto que la libertad del hombre se configura esencialmente como tendencia al bien formalmente aprehendido y querido como bien, esa libertad crece y se perfecciona a medida que de forma m?s intensa se va asentando en el bien, y en la proporci?n exacta en que se trate de un bien m?s alto.

2.2.1. De lo que resulta que el ser humano conquista su m?xima libertad cuando, de manera progresiva y cada vez m?s vigorosa, va fijando el querer voluntario en lo que es bueno y, en fin de cuentas, en el Bien sumo que es Dios; y que precisamente el incremento intensivo de la inclinaci?n hacia esa Bondad infinita lo torna m?s libre ?en un sentido real, nada metaf?rico? respecto a todos los bienes finitos: lo sit?a por encima de todos ellos.

Puede hablarse, por tanto, e incluso estimo que es un deber teor?tico ineludible, de una suerte de necesidad por exceso o conquistada, que en el hombre es el resultado de la maduraci?n progresiva de la libertad y el cumplimiento de la misma.

En ese contexto se movi? San Agust?n, como recuerda Cardona:

San Agust?n, a prop?sito de la verdadera libertad (diferente de la libertad de elecci?n entre lo relativo), dice que se da cuando el hombre, con una decisi?n plena, imprime a su acci?n una tal necesidad interior, hacia el Absoluto que es Dios, que excluye del todo y para siempre la consideraci?n de cualquier otra posibilidad. Toda reserva, actual o de futuro, es una p?rdida de libertad[5 ].

Y, de manera todav?a m?s neta:

San Agust?n afirma que lo caracter?stico del buen amor es imprimir al propio acto una tal necesidad, que lo haga irrevocable, eterno. Puede parecer parad?jico, pero no es contradictorio[6 ].

2.2.2. Por el contrario ?y es la otra gran posibilidad?, cuando el hombre se centra en los bienes menudos y ?cerrados? de sus tendencias inferiores, de sus ?instintos? y, m?s que nada, de la voluntad vuelta sobre s? misma, que hace del yo el bien sumo para ella, resulta absorbido por su peque?o bien, disminuye su vigor interior, se equipara en cierto modo a los animales, se petrifica y se resta libertad. En este sentido, es una gran verdad metaf?sica, y no una consolaci?n piadosa o un enga?o, que el ego?smo convierte a los hombres en esclavos, mientras que el amor altruista los libera.

Seg?n dice tambi?n Carlos Cardona,

? la capacidad infinita de querer que la libertad implica, se pone como tal libertad solo amando libremente el Bien infinito, de modo incondicionado; de lo contrario, se frustra como tal libertad[7 ].

3. El m?ximo don

A las dos propiedades anteriores hay que a?adir algo de capital inter?s: y es que la libertad, en el hombre, es una ganancia. Y que lo es, en fin de cuentas, porque gracias a ella el hombre puede autoconstruirse, prolongarse, completarse y terminarse, obteniendo por s? mismo un fin sublime.

Con palabras de Savonarola, glosadas a su modo por multitud de tratadistas, ?la verdadera libertad es m?s preciosa que el oro y que la plata?: es el privilegio por excelencia de la persona creada, en cuanto que gracias a su condici?n libre puede empinarse hasta su destino de plenitud en Dios.

Una ganancia, un beneficio? De esta manera lo entend?an los mejores de entre nuestros cl?sicos. Y, as?, Cervantes, en El Quijote, dej? escrito:

No hay en la tierra, conforme a mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.

O, de forma m?s aguda y completa, resumi? en estos consejos del Hidalgo a su escudero:

La libertad, Sancho, es uno de los m?s preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, as? como por la honra, se puede y debe aventurar la vida[8 ].


Sin embargo, no siempre se ha interpretado de esta suerte la libertad humana. Los existencialistas, por ejemplo, la consideraban una condena. Pon?an excesivamente la atenci?n en lo que el ejercicio de la libertad lleva consigo de penosa tarea ?y, en efecto, construirse libremente supone esfuerzo?, sin atender a los logros que de ese modo se alcanzan.

Esta equivocada y depauperante visi?n de la libertad se ha difundido enormemente en la actualidad. Por eso, es muy posible que las familias de nuestro entorno, que nuestros propios hijos o, en general, nuestros amigos, participen de ella: que no sepan ?o no quieran saber? que est?n en manos de su libertad; que lo que se les ha ofrecido, como don y como tarea ?y como obligaci?n que han de asumir libremente? es justo la capacidad de educarse, de llegar a ser personas cabales, plenas, con sacrificio, precisamente a golpes de libertad.

Ya que, como enunciara David Lloyd George,

? la libertad no es simplemente un privilegio que se otorga; es un h?bito que ha de adquirirse.

A lo que habr?a que a?adir, de la mano de Lammenais:

La libertad resplandecer? sobre vosotros una vez hay?is dicho en el fondo de vuestra alma: ?queremos ser libres?, y para lograrlo est?is prestos a sacrificarlo todo y a soportarlo todo.

4. Implica todo nuestro ser

En cuarto lugar, y como complemento de lo visto, es oportuno considerar que la libertad, entendida en su sentido m?s propio y hondo, nos pone completamente en juego. Lo que tambi?n puede afirmarse sosteniendo que su punto primordial de referencia es la totalidad de nuestra persona o, de manera correspondiente, nuestra relaci?n constitutiva con Dios.

Aunque no es posible siquiera comentarlas, conviene aqu? dejar constancia de las hermosas y profundas palabras con que Carlos Cardona resume esta idea:

Puesto el ser, creada la persona, la libertad se presenta en ?l como ?inicio? absoluto, como originalidad radical, como creatividad participada. En consecuencia, el hombre se hace, se pone a s? mismo como hombre, cuando en uso de su libertad ama a Dios sobre todas las cosas, cuando ama a Dios como Dios, cuando ama el Amor libre que le hace ser como amor, cuando libremente ama a Aquel que libremente le hace libre, capaz de amar, cuando intencionalmente se identifica con su fin porque quiere, y es as? lo que est? hecho para ser[9 ].

Cabr?a asegurar que todo lo importante, en la libertad del hombre, se escribe con may?sculas. Y, en efecto, la libertad humana no se juega en las elecciones intrascendentes en que muchas veces la hacemos residir: el rato de distracci?n, la bebida, el dinero para salir o entrar? Si toda la libertad la centramos en semejantes menudencias, ?sobra?, comienza a pesar y se torna insoportable: como una condena. La libertad es importante, seria ?y esto puede asustar a m?s de uno?, pero justamente porque con ella lo arriesgamos todo: para perderlo? ?o para ganarlo!

As? lo expresa Rafael Morales:

Y, amasando mis penas con mi llanto, / voy formando este hombre que ahora soy / y esta carne en que vengo y en que voy / por esta triste vida que ama tanto.

En efecto, est? en mis manos conducirme hasta un cuasi infinito de perfecci?n y de gozo ?cosa absolutamente vedada al m?s ?feliz? de los animales??, o destrozarme, autodisminuirme y convertir toda mi vida en una ruina.

Y no caben t?rminos medios; ya lo dej? claro San Agust?n: la libertad, o se utiliza para crecer, o forzosamente mengua y nos introduce en la miseria.

Como tambi?n explica Thibon,

? podemos abusar de nuestra vista o de nuestro o?do contemplando espect?culos degradantes o escuchando chismes: no por eso nos quedaremos ciegos o sordos. Mientras que el mal uso de la libertad conduce a suprimir la libertad, de manera que, en el l?mite, el hombre se convierte en una marioneta agitada por las influencias exteriores: Propaganda, publicidad, corrientes de opini?n, ?qu? s? yo?[10 ]

No es necesario comentar la relevancia de todo ello para enfocar correctamente cualquier labor de mejora de las personas.

5. Llamada a crecer

Por fin, y en parte como resumen de todo lo anterior, para conducir la propia vida y ayudar al despliegue de las de nuestros hijos o amigos conviene tener muy claro que la libertad no es algo est?tico, que se posee y basta, sino que, como energ?a primigenia y en tensi?n, est? llamada a crecer.

M?s a?n: toda la educaci?n puede entenderse como ese proceso de incremento de la libertad, que nos va permitiendo querer bien, cada vez mejor, el bien. Educarnos, crecer como personas, es aprender a ser m?s libres, aquilatar la categor?a de nuestra libertad, amar ??poder amar!? m?s y mejor y con mayor gozo subsiguiente.

Sugiere Mill?n-Puelles:

? cabe decir ahora que la actividad educativa tiene por fin hacer que el hombre acondicione su libertad de una manera recta y permanente. El status a que la educaci?n se encamina es una confirmaci?n de la libertad humana, o, si se prefiere, del hombre mismo en tanto que ser libre[11 ].

Y a?ade m?s tarde:

El amor es la forma interpersonal de la libertad [?] en el amor no se pierden ni la iniciativa ni la autonom?a personales, sino que ambas se solidarizan libremente con alguna otra persona? [12 ]

Educar a una persona, a cualquiera de los sujetos con quienes nos relacionamos, desde nosotros mismos y nuestro c?nyuge hasta, en su caso, nuestros hijos y disc?pulos, es, en definitiva, ayudarle a ser libre: a que acreciente y fortalezca su libertad, su capacidad de amar (nunca debi?ramos, por eso, tener miedo a la libertad, a condici?n de que efectivamente lo sea, y no una simple caricatura o una aberraci?n).

Y aqu? es donde hay que encuadrar toda la doctrina, important?sima para la formaci?n y el crecimiento personal, de los h?bitos buenos, de las virtudes, de esas ?hijas divinas de la libertad? a que apelaba Tiedge. Ya que, seg?n recuerda Bossuet, ?el buen uso de la libertad ?trocado en h?bito? se llama virtud?, y a ella est? enderezado el hombre. En efecto, el hombre se encuentra llamado siempre a m?s: solo aspirando a algo que est? por encima de ?l consigue ser feliz.

En este sentido, escrib?a L?pez Ibor:

El ser humano es extraordinariamente complejo y lo que resulta m?s patente, m?s real, es su incapacidad de vivir su vida montada simplemente en el plano biol?gico, como satisfacci?n de sus necesidades. Y parece precisamente que el hombre contempor?neo trate de reducir su vida a este esquema. Lo ?nico que ha hecho es aumentar el ?rea de lo que considera necesario a la posesi?n de algunos artefactos t?cnicos. Pero indudablemente la vida humana, que es m?s que vida, seg?n la f?rmula de Simmel, queda, con este esquema, radicalmente insatisfecha. El hiato que rodea la vida montada sobre un esquema biol?gico de necesidad-satisfacci?n se halla determinado por la presencia en el hombre de un esp?ritu que apetece siempre algo m?s [el subrayado es del autor]. La necesidad de trascender es tan inherente y constitutiva de la personalidad humana como el instinto sexual o el instinto de conservaci?n[13 ].

Pues bien, justamente lo que le permite trascender, no detenerse, es el incremento de su persona en el ?mbito operativo constituido por los h?bitos. Conviene desechar, por corta y un tanto miope, la exclusiva y unilateral conexi?n que se tiende a establecer entre h?bito bueno o virtud y repetici?n de actos.

Eso es solo una parte del asunto, no la m?s enjundiosa, y que puede amenazar con el fantasma del aburrimiento o degenerar en la rutina. Lo realmente entusiasmante es que con las virtudes somos m?s hombre (var?n o mujer), crecemos, nos elevamos, tenemos m?s vigor, m?s capacidad, m?s libertad: podemos dirigirnos hacia un fin m?s alto. Cosa que se ve empinada hasta l?mites que dan v?rtigo cuando entran en juego los h?bitos buenos sobrenaturales: la fe, la esperanza, la caridad, y todo el resto de virtudes infusas.

Seg?n expone Leonardo Polo, la virtud

? pertenece al alma. Es aquello que permite al alma estar de acuerdo consigo, cobrarse y alcanzarse a s? misma, es decir, no desperdigarse en la b?squeda de los prestigios externos, en el agrado que proporcionan los bienes exteriores que el hombre puede adquirir, pero que no lo perfeccionan por dentro; son bienes no intr?nsecamente asimilados; son medios.

La virtud es esa cualidad intim?sima que acrisola la categor?a rec?ndita de un individuo y le permite actuar con m?s garbo y eficacia en orden a su fin ?ltimo? fij?ndolo gozosamente en el bien, como antes suger?.

Por eso, nunca nos agradecer? lo suficiente un alumno, un hijo, un amigo, el que le hayamos hecho comprender, con hondura y atractiva claridad, que lo que constituye el fundamento de su perfecci?n, de la dignidad que le compete desarrollar como persona y, en fin de cuentas, de su felicidad, es la consecuci?n y el crecimiento de la libertad, que cristaliza como un conjunto arm?nico de virtudes.

II. Comprender la propia condici?n libre

Seg?n anunci?, con el fin de ?aterrizar? lo expuesto hasta el momento ?como dicen mis amigos mexicanos?, enumero en esta segunda secci?n los pasos que requiere dar el com?n de nuestros contempor?neos para concebir y utilizar adecuadamente su libertad.

Digo ?concebir y utilizar?, pues solo quien tiene clara la naturaleza de la libertad podr? hacer un uso adecuado de ella. Y hablo de ?pasos? porque, normalmente, sobre todo entre los m?s j?venes, el punto de partida de lo que se entiende como libre se encuentra bastante alejado de la aut?ntica naturaleza de ese sublime atributo.

1. ?Poder hacer?

De ordinario, las primeras reivindicaciones de libertad que realizan nuestros chicos, y no tan chicos, manifiestan que, en efecto, distan mucho de ser libres. En tales requerimientos, el lugar de privilegio suele estar ocupado por un que me dejen hacer esto o lo otro, frecuentar o no determinado lugar, vagar por donde desee a determinadas horas de la noche, disponer mi f?sico o mi vestimenta como me venga en gana?

Pues bien, ese que me dejen trasluce, como dec?a, que tales personas conciben todav?a la libertad como algo que depende radicalmente de otros[14 ] y no como una prerrogativa interna e irrenunciable que acompa?a al hombre desde su misma concepci?n y que a cada uno corresponde desarrollar? justo ?a golpes de libertad?, que dir?a Ortega.

Publicado por mario.web @ 0:02
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