Jueves, 19 de mayo de 2011

El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte
Autor: P. Raniero Cantalamessa, OFM Cap | Fuente: www.cantalamessa.org
La conmemoraci?n de los fieles difuntos es la ocasi?n para una reflexi?n existencial sobre la muerte. En la Escritura leemos esta solemne declaraci?n: ?No fue Dios quien hizo la muerte ni se recrea en la destrucci?n de los vivientes... Dios cre? al hombre para la inmortalidad; le hizo imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del diablo entr? la muerte en el mundo? (Sb 1, 13-15. 2, 23-24). Comprendemos de ah? por qu? la muerte suscita en nosotros tanta repulsi?n. El motivo es que ?sta no nos es ?natural?; as? como la experimentamos en el presente orden de las cosas, hay algo ajeno a nuestra naturaleza, fruto de la ?envidia del diablo?. Por eso luchamos contra ella con todas nuestras fuerzas. Este insuprimible rechazo nuestro hacia la muerte es la mejor prueba de que no hemos sido hechos para ella y de que no puede tener la ?ltima palabra. Precisamente sobre esto nos aseguran las palabras de la primera lectura de la Misa: ?Las almas de los justos est?n en las manos de Dios y no les alcanzar? tormento alguno?.

El temor a la muerte es conflicto en lo m?s profundo de todo ser humano. Hay quien ha querido reconducir toda actividad humana al instinto sexual y explicar todo con ?l, tambi?n el arte y la religi?n. Pero m?s poderoso que el instinto sexual es el del rechazo a la muerte, del que la propia sexualidad no es sino una manifestaci?n. Si se pudiera o?r el grito silencioso que brota de la humanidad entera, se oir?a un bramido tremendo: ??No quiero morir!?.

?Por qu?, entonces, invitar a los hombres a pensar en la muerte, si ya est? tan presente? Es sencillo. Porque nosotros, los hombres, hemos elegido suprimir el pensamiento de la muerte. Fingir que no existe, o que existe s?lo para los dem?s, no para nosotros. Hacemos proyectos, corremos, nos exasperamos por nada, como si en cierto momento no tuvi?ramos que dejar todo y partir.

Pero el pensamiento de la muerte no se deja arrinconar o suprimir con estas peque?as tretas. As? que no queda m?s que reprimirlo o huir de su gravedad con paliativos. Los hombres nunca han dejado de buscar remedios a la muerte. Uno de estos se llama la prole: sobrevivir en los hijos. Otro es la fama. En nuestros d?as se va difundiendo un pseudo-remedio: la doctrina de la reencarnaci?n. La doctrina de la reencarnaci?n es incompatible con la fe cristiana, que en su lugar profesa la resurrecci?n de la muerte. ?Est? establecido que los hombres mueran una sola vez, y luego el juicio? (Hb 9,27). La forma en que se propone entre nosotros, en Occidente, la reencarnaci?n es fruto, entre otras cosas, de un gigantesco equ?voco. En su origen la reencarnaci?n no significa un suplemento de vida, sino de sufrimiento; no es motivo de consuelo, sino de terror. Con ella se viene a decir al hombre: ??Ten cuidado, que si haces el mal, tendr?s que renacer para expiarlo!?. Es como decir a un encarcelado, al final de su detenci?n, que su pena se ha prolongado y todo debe empezar de nuevo.

El cristianismo tiene algo bien distinto que ofrecer sobre el problema de la muerte. Anuncia que ?uno ha muerto por todos?, que la muerte ha sido vencida; ya no es un abismo que engulle todo, sino un puente que lleva a la otra vida, la de la eternidad. Y, con todo, reflexionar sobre la muerte hace bien tambi?n a los creyentes. Ayuda sobre todo a vivir mejor. ?Est?s angustiado por problemas, dificultades, conflictos? Ve hacia delante, contempla estas cosas como te parecer?n en el momento de la muerte y ver?s c?mo se redimensionan. No se cae en la resignaci?n ni en la inactividad; al contrario, se hacen m?s cosas y se hacen mejor, porque se est? m?s sereno y m?s desprendido. Contando nuestros d?as, dice un salmo, se llega ?a la sabidur?a del coraz?n? (Sal 89, 12).


Publicado por mario.web @ 1:22
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