Jueves, 19 de mayo de 2011


Fuente: Religi?n en Libertad
Autor: Manuel Morillo

Como recuerda Alonso Di?guez, Derecho es un adjetivo, que se ha sustantivado, aplicable a la conducta humana. Quiere decir lo recto: lo que va por donde debe ir, por el camino recto.

Esta idea pertenece a la tradici?n cristiana, en tanto la palabra pagana correspondiente - ius -, que tiene tambi?n un originario sentido adjetival, se refiere, m?s que a la "rectitud", a la conveniencia social, y se dice de aquellos actos particulares que la sociedad, a trav?s de sus jueces, considera ajustados a las conveniencias de la vida colectiva.

Derecho ha desplazado a ius; pero de la antigua palabra derivan otros t?rminos corrientes que se refieren al derecho, como justo o justicia, o los ya m?s cultos de jur?dico, jurista, jurisprudencia, iusnaturalismo, iusprivatismo, iuspublicismo,...?tc.

A diferencia de lo sucedido en el ?mbito gramatical en el campo sem?ntico, en las cuestiones de fondo si se quiere, ha sucedido lo contrario.

El Derecho se define hoy no como la plasmaci?n concreta de una idea de justicia, sino como una mera convenci?n social.

No se busca con las normas que se promulgan tanto hacer justicia como satisfacer una conveniencia social.

Puede parecer lo mismo, pero no lo es. La justicia es, seg?n la f?rmula cl?sica de Cicer?n, "constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuere".

La conveniencia social no equivale al bien com?n, sino a la "volont? generale" del liberalismo, cosa muy diferente.

No pretendemos negar que en un r?gimen totalitario liberal exista pol?tica de reforma social plasmada en medidas correctoras de situaciones injustas.

Lo que pretendemos poner de manifiesto es que al apelar a una abstracci?n enga?osa como instancia suprema e inapelable la ley queda reducida a un acto de ordenaci?n social.

Hablamos de abstracci?n enga?osa porque una cosa es que los ciudadanos de una Naci?n tengan la leg?tima facultad de elegir sus representantes para que defiendan sus derechos e intereses leg?timos ante las distintas instancias del poder p?blico y otra, muy diferente, que una serie de grupos de presi?n monopolicen la representaci?n pol?tica mediante privilegios jur?dicos y econ?micos que enervan el principio democr?tico y configuran el sistema pol?tico, en la pr?ctica, como una oligarqu?a que se renueva peri?dicamente por cooptaci?n.

El desarrollo hist?rico del r?gimen liberal condujo, en muchos casos, al triunfo de la demagogia, de la corrupci?n y la venalidad de la clase pol?tica, y al gobierno de individuos que carec?an de la m?nima honradez social ganada con su trabajo.

Con el tiempo, los partidos pol?ticos pasaron a reclutar para sus aparatos directivos no a conspiradores de gabinete, sino a personas de reconocida competencia que aportaran solvencia a sus propuestas program?ticas.

La evoluci?n de esta postura lleg? al extremo, incluso, de afirmar el primado absoluto de la t?cnica y negar el valor real de la prudencia pol?tica. El ?ltimo hito de este proceso viene dado por el contubernio t?cito entre la tecnocracia y el sistema de partidos.

Los partidos pol?ticos instrumentalizan el prestigio profesional de los t?cnicos para imponer como m?s racionales sus ofertas ideol?gicas o para justificar sus virajes ideol?gicos.

Un efecto tangible de todas estas premisas lo tenemos en el fen?meno de las privatizaciones. Con frecuencia los puestos de supervisi?n de procesos delicad?simos, tanto por la necesidad de garantizar los derechos de los consumidores como por la igualmente necesaria vigencia de la competencia efectiva en el sector liberalizado, se ponen en manos de t?cnicos, pero t?cnicos designados por los partidos pol?ticos, ampar?ndose en una presunta implicaci?n del principio democr?tico.

El resultado es, como afirm?, en la quiz? m?s paradigm?tica de las privatizaciones, el expresidente Aznar, que "una cosa es la Compa??a Telef?nica y otra el se?or Vilallonga".

Estos puestos, de extraordinaria importancia, se convierten en la pr?ctica en un medio de promoci?n profesional o de enriquecimiento econ?mico para los t?cnicos (que jam?s tendr?an una oportunidad similar en el sector privado ), y simult?neamente sirven para que los partidos pol?ticos ubiquen a hombres de su confianza en los puestos claves de los grupos econ?micos y medi?ticos, asegur?ndose un amplio control social.

Otra manifestaci?n de la perversi?n del Derecho viene dada por el fen?meno calificado por el jurista alem?n Carl Schmitt como "legislaci?n motorizada". Un Estado no puede pretender ser de Derecho, en un sentido profundo y sustantivo, para terminar afirmando que la ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento.

La inseguridad jur?dica ha culminado en la figura de las denominadas "leyes de acompa?amiento", que modifican sustancialmente el ordenamiento vigente mediante un parcheo indiscriminado. ?Puede pretenderse que tales t?cnicas responden a la intenci?n de asegurar un orden permanente de justicia?

En consecuencia, el problema del Derecho se resume en la cuesti?n permanente de la legitimidad.

En la doctrina liberal cl?sica y com?nmente aceptada este problema trata de obviarse mediante el recurso alternativo a la legalidad, es decir, la legitimaci?n basada en la pura adecuaci?n formal de las normas jur?dicas a las normas superiores m?s generales y abstractas, conforme al modelo kelseniano.

La legitimidad se basa, en cambio, en el reconocimiento del car?cter trascendente del esp?ritu del hombre que se manifiesta en el v?nculo necesario de las normas jur?dicas a los principios de la verdad moral revelada por Dios e inscrita en la naturaleza humana.

Hay s?ntomas del fracaso de una ?tica no-confesional y una insatisfacci?n profunda por los resultados del individualismo jur?dico y del positivismo legalista, as? como una cierta alarma ante la locura de la inmoralidad capitalista.

Pero no sabemos c?mo estos fen?menos de agotamiento general acabar?n por cristalizar en una nueva forma que permita hablar a los hombres del futuro de una nueva ?poca hist?rica.


Publicado por mario.web @ 1:52
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