Viernes, 20 de mayo de 2011
Alfonso Aguil? Pastrana (Conoze.com) habla sobre la necesidad de Dios en el hombre y el atractivo del bien
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Psicologismo y vida interior
Psicologismo y vida interior
La necesidad de Dios
Todos experimentamos que hay muchas cosas -quiz? la mayor?a- que escapan a nuestro control. Tenemos cierta capacidad de orientar lo que nos sucede mediante nuestras decisiones libres, pero muchas veces lo que nos sucede viene dado en gran parte por las coyunturas en que nos vemos envueltos, por las decisiones de otras personas o por condicionantes naturales a los que no nos queda m?s remedio que someternos.

Esa evidencia, junto al hecho tambi?n manifiesto de la presencia del mal en el mundo, y en particular el mal en nuestro propio interior y en el de los dem?s, son realidades innegables que nos empujan a comprender la necesidad del volver la mirada hacia Dios, a buscar su ayuda y su consuelo, a agradecer todo lo que nos ha sido dado y a pedirle perd?n por tantas veces que no hemos sabido corresponder a su gracia y le hemos ofendido.

Esa necesidad de la ayuda de Dios, de su gracia, es patente y notoria para el hombre. A su vez, es necesario el esfuerzo personal. La s?ntesis entre ambos elementos es esencial para el acierto en el modo de plantear la vida interior de cualquier persona. No debe caerse en el extremo de un abandono c?modo o fatalista, como si nada dependiera del esfuerzo personal, pero tampoco el otro extremo de un voluntarismo o un psicologismo ajeno a las realidades sobrenaturales.

La vida interior es la realizaci?n personal de la vida sobrenatural. No puede, por tanto, ser reducida a simple psicolog?a. La presencia de Dios, la filiaci?n divina, la responsabilidad, el pecado, etc., son realidades objetivas (Dios est? presente, soy hijo de Dios, soy responsable de mis actos, puedo caer en el pecado, etc.), y no pueden confundirse con vivencias psicol?gicas subjetivas, aunque l?gicamente siempre van asociadas unas a otras.

Todos sabemos, por ejemplo, que se puede ser culpable de algo y no tener un claro sentimiento de culpabilidad. Y tambi?n es posible lo contrario: se pueden tener sentimientos patol?gicos de culpa sin un fundamento objetivo. Y sabemos tambi?n que se puede llevar una vida recta y cercana a Dios y, al tiempo, pasar por etapas de aridez interior o de desencanto. No siempre hay una relaci?n directa entre hacer el bien y sentirse bien, pues a veces hacer el bien puede suponer un esfuerzo y un cansancio importantes, y en cambio hacer el mal puede traer un sentimiento pasajero de alivio o de liberaci?n, aunque sea m?s o menos fugaz y a la larga desemboque siempre en una inevitable decepci?n.

Igual que en la salud del cuerpo no hay una relaci?n directa entre la satisfacci?n con la que se come y el bien que ese alimento reporta al cuerpo (hay cosas que nos apetecen y no nos convienen, y al rev?s), en la vida interior tampoco se puede pretender establecer una relaci?n directa entre la satisfacci?n psicol?gica inmediata y el bien de nuestra alma. Habr? ocasiones, por ejemplo, en que la oraci?n no produzca apenas fervor o entusiasmo, pero no por eso deja de ser recomendable. Y habr? momentos de aridez en que Dios estar? muy cerca de nosotros aunque parezca lejano. No quiere esto decir que esos contrastes deban ser lo normal, pues lo normal es que hacer el bien produzca satisfacci?n, y viceversa. De hecho, la buena educaci?n de los sentimientos ha de buscar que el coraz?n aprenda a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal, que aprenda a querer lo que merece ser querido, es decir, a unir -en lo posible- el querer y el deber.

Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacci?n cuando es sincera, eso sin duda le ayudar?. Igual que si se siente molesta cuando es desleal, o ego?sta, o perezosa, o injusta, porque eso le alejar? de esos errores, y a veces con bastante m?s fuerza que muchos argumentos. Quiero con esto decir que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo m?s posible a la vida moral, pero sabiendo siempre que los sentimientos no son una gu?a moral segura.

Vida interior y psicolog?a sana

Se puede tener mucha vida interior a pesar de sufrir problemas psicol?gicos, pero la vida interior bien llevada y entendida debe contribuir a mejorar la propia psicolog?a, puesto que proporciona equilibrio interior, facilita una mayor rectitud de vida, fortalece los resortes ?ticos, etc. En este sentido, hay numerosos estudios psicol?gicos que coinciden en se?alar la influencia psicol?gica positiva que produce el hecho de tener un mayor sentido trascendente para la vida.

Durante las ?ltimas d?cadas, hemos asistido en bastantes ambientes a un ascenso del individualismo y a un cierto declive de las creencias religiosas y del soporte moral proporcionado por la familia y la sociedad, y eso ha supuesto la p?rdida de toda una serie de recursos ?tiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida en que uno cuente con una perspectiva m?s amplia -como la creencia en Dios o en la vida despu?s de la muerte-, los fracasos quedan inscritos en un contexto distinto, mucho m?s resistente al abatimiento y la desesperanza.

Psicologismo as?ptico

Muchas personas est?n preocupadas por sus propios defectos, que no logran superar. O por la educaci?n moral de sus hijos, o de sus alumnos, o de los ciudadanos en general, pues ven que bastantes de esos problemas tienen la ra?z en unas deficientes o insuficientes convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero muchas de esas personas, aun consider?ndose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educarse o educar, y reducen todo a un psicologismo as?ptico, lo cual me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y tambi?n es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y se pueden encontrar doctrinas ?ticas respetables que excluyen la fe. Pero ninguna de esas razones hace aconsejable que una persona creyente aborde la lucha contra sus defectos o eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religi?n en la educaci?n moral de cualquier persona (incluido uno mismo).

De entrada, una ?tica sin Dios, sin un ser superior, basada s?lo en el consenso social o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garant?as ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve -y la historia parece empe?ada en demostrarlo- no s?lo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino tambi?n para mover a las personas a observarlas. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios est? presente -sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende-, ser? m?s f?cil que se observen esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es f?cil que el hombre se desv?e hasta convertirse en la ?nica instancia que decide lo que es bueno o malo, en funci?n de sus propios intereses. ?Por qu? ayudar a una persona que dif?cilmente me podr? corresponder? ?Por qu? perdonar? ?Por qu? ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan f?cil no serlo? ?Por qu? no aceptar esa peque?a ganancia f?cil? ?Por qu? arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error?

Quien no tiene conciencia suficiente de que hay alguien superior a ?l que juzga sus acciones, se encuentra mucho m?s indefenso ante la tentaci?n de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se enga?e nunca; pero al menos no est? solo. Est? menos expuesto a enga?arse a s? mismo dici?ndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que, en determinado momento, le advertir?: basta, no sigas por ah?.

Sin religi?n es m?s f?cil dudar si vale la pena ser fiel a la ?tica. Sin religi?n es m?s f?cil no ver claro por qu? se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Cuando se niega que hay un juicio y una vida despu?s de la muerte, es bastante f?cil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada m?s, porque no se cree en el m?s all?, el sentido de ?ltima responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora m?s f?cilmente.

La realidad sobrenatural, adem?s de ser objetiva, influye positivamente en la vida personal (proporcionando, por ejemplo, motivos eficaces para obrar bien), aunque est? claro que la existencia de Dios no se reduce a una mera garant?a para el valor de la moral.

Motivos humanos y motivos sobrenaturales

Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones -y no son pocas- en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la raz?n que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formaci?n religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

?Y qu? decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le dir?a que buscar a Dios es un paso importante y que, casi siempre, supone tener ya algo de fe. Si la b?squeda es sincera, tarde o temprano lo encontrar?. Yo recomendar?a a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qu? est? bien y qu? est? mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo est? pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

Los santos, grandes conocedores del hombre

"En las vicisitudes de la historia -explicaba Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en 2005-, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales est? siempre en peligro de precipitar, y la han iluminado siempre de nuevo". La historia muestra que los grandes evangelizadores, los que han protagonizado las grandes reformas en la Iglesia, los que han logrado mejoras notables en las costumbres en un pa?s, los que han revitalizado instituciones... han sido los santos.

Personas que han ofrecido un testimonio de vida, un ejemplo personal que remueve las inercias de la historia y de la debilidad personal.

Los grandes cambios en una colectividad humana suelen promoverlos las personas m?s santas, no las m?s sabias ni las m?s poderosas. Y, de manera semejante, podr?a decirse que los grandes cambios en una persona singular, los grandes avances en su mejora interior, vienen dados por su avance -aun incluso no advertido o no planteado a nivel consciente- en el camino de la santidad.

Transmitir el progreso cient?fico o econ?mico es relativamente f?cil, pero transmitir los progresos morales siempre ser? dif?cil, pues requieren su asimilaci?n personal y su empleo pr?ctico. No basta con saber lo que es bueno, es necesario conducirse hacia el bien, habituarse a hacer el bien. De lo contrario, no hay mejora personal, sino un simple ilustrarse acerca de c?mo se alcanza el bien. Es imprescindible, por tanto, el esfuerzo personal por adquirir esos h?bitos que nos encaminan hacia el bien. Y eso resultar? costoso siempre, en cualquier lugar o ?poca, y necesitar? del liderazgo de la santidad, del desarrollo de la vida de la gracia en el alma, de la iniciativa divina para despertar grandes ideales en el hombre.

Los santos, como grandes expertos en esas luchas interiores y como grandes comunicadores del evangelio, han sido de modo habitual grandes conocedores de lo que hay en el coraz?n del hombre. Quiz? apenas hayan estudiado psicolog?a pero son grandes psic?logos, conocedores de lo que conviene a las almas, pues el conocimiento de Dios arroja una luz insustituible para el conocimiento del hombre.

El atractivo del bien

A muchos les inquieta la falta de sentimiento en su relaci?n con Dios. Ven que los enamorados esperan su encuentro con ilusi?n, y en cambio los hombres no siempre anhelan de esa manera tratar a Dios o hacer el bien.

En el caso de los enamorados, la pasi?n cobra en esos momentos mucha fuerza, y les hace muy f?cil sentirse atra?dos por el bien deseado. Tambi?n hay que decir que la pasi?n no es siempre una garant?a ante la erosi?n del tiempo, y que incluso puede resultar peligrosa si no est? bien gobernada por la inteligencia, pues no hay que olvidar que las pasiones tambi?n han producido muchos desatinos.

Pero es cierto que no siempre se anhela apasionadamente el bien. Muchas veces, simplemente porque no alcanzamos a ver la leg?tima recompensa asociada a ese bien. Pongamos un caso pr?ctico de la vida diaria. Est? claro, por ejemplo, que solo quienes alcanzan un buen nivel de formaci?n y conocimientos, tras a?os de esfuerzo, pueden gozar de los bienes asociados a la cultura y la sabidur?a. Cuando en el colegio un chico o una chica empiezan a estudiar unos datos de historia o de geograf?a, o unas leyes f?sicas o matem?ticas, o ha de realizar cualquier otro esfuerzo propio de la vida escolar, esos chicos no siempre acertar?n a vislumbrar de modo permanente la utilidad y los bienes asociados a esos estudios. O, por lo menos, no siempre los ver?n con tanta pasi?n como la del enamorado que espera ilusionadamente al objeto de sus amores. Algunos de esos chicos estudiar?n con ilusi?n, y tendr?n presente ese lejano bien que conf?an alcanzar. Pero muchos otros lo har?n fundamentalmente por sacar buenas notas, agradar a sus padres, eludir un castigo o cosas semejantes.

Son motivos que no parecen muy elevados. Y es cierto que hay que descubrirles bienes o fines m?s altos, pero no conviene ser ut?picos. Ya ir?n descubriendo poco a poco la raz?n de esos estudios, y llegar? un d?a en que comprender?n claramente su necesidad, y se alegrar?n de haber aprovechado la oportunidad de no ser unos analfabetos. Nadie podr? indicar el d?a y la hora en que terminar? una visi?n y comenzar? la otra.

Sin embargo, el cambio va teniendo lugar conforme se acerca a la posesi?n de la recompensa, que entonces ya desear?n y agradecer?n por s? misma.
Y algo parecido sucede con la llamada natural del hombre hacia el bien y hacia Dios. El anhelo de alcanzarlo est? en nuestra naturaleza, aunque quiz? no lo hayamos descubierto en muchos de sus aspectos, y nos falte motivaci?n o conocimiento. Puede que haya momentos en que no veamos claras las ventajas de hacer el bien, o de tratar a Dios, que quiz? se nos antoje vago y lejano, frente a las concretas y cercanas ventajas del mal. No es mala cosa en esos momentos pensar en el premio prometido. El acierto de nuestra vida depende radicalmente de nuestra capacidad de descubrir el bien y de decidirnos por ?l.

Por naturaleza, todo hombre busca el bien. El innato deseo humano de felicidad nos lleva hacia ?l. El mal en s? es algo negativo, y no puede, por tanto, ejercer atracci?n ninguna sobre el hombre. Lo que sucede es que el mal no suele presentarse qu?micamente puro, sino mezclado con cosas buenas, y nos atrae por los destellos de bien que lo recubren. Pero tambi?n en esto se demuestra la inteligencia, pues, al fin y al cabo, la manera m?s inteligente de utilizar la inteligencia es ser ?ticamente bueno.

Tenemos el mal pegado al cuerpo, y la lucha contra ?l no es nada sencilla. Por eso no debemos menospreciar ninguna ayuda. Y la de Dios es importante.

Publicado por mario.web @ 2:27
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