Viernes, 20 de mayo de 2011
Bajo la tranquilidad pol?tica interna que preside hoy felizmente la existencia de los Estados democr?ticos de derecho, late una profunda inquietud social, que casi nunca aflora, precisamente porque la causa principal de tal desaz?n estriba en...
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El hombre, ante la sociedad de la informaci?n
El hombre, ante la sociedad de la informaci?n


Bajo la tranquilidad pol?tica interna que preside hoy felizmente la existencia de los Estados democr?ticos de derecho, late una profunda inquietud social, que casi nunca aflora, precisamente porque la causa principal de tal desaz?n estriba en las dificultades que la tecnoestructura pol?tica y econ?mica pone a las libres iniciativas civiles de los ciudadanos comunes y corrientes, para los que cada vez resulta m?s arduo, no ya s?lo llevar a la pr?ctica sus proyectos institucionales de tipo social o cultural, sino simplemente hacerse o?r.



La versi?n de un optimismo oficial, cuya aceptaci?n es obligatoria, consiste en dar por obvio y sentado que los canales de expresi?n p?blica est?n ampliamente abiertos a todos los ciudadanos; y que esta porosidad social ha alcanzado su punto ?lgido cuando hemos cruzado felizmente las puertas de la llamada sociedad de la informaci?n.

Cuando lo que en realidad acontece es m?s bien lo contrario: la proliferaci?n de mensajes, con la fascinaci?n ca?tica que generan; la opacidad de la propiedad y orientaci?n de las fuentes de informaci?n; el deslizamiento de la funci?n propiamente informativa hacia el campo de lo que hoy se llama entretenimiento; la trivializaci?n de los aspectos culturales y te?ricos; el sensacionalismo y la falta de objetividad que suele padecer el tratamiento de los temas religiosos; el entreveramiento doctrinal de los medios, convertidos en plataformas ideol?gicas de amplio espectro, mas no por ello libremente pluralistas; todos estos inquietantes fen?menos nos han alejado todav?a m?s a los ciudadanos de a pie, y a las iniciativas c?vicas aut?nomas, de los centros tecnoestructurales vinculados al Estado y al mercado, desde los que se sigue intentando orientar unilateralmente la opini?n p?blica y la gesti?n de los asuntos de inter?s general.

Y, sin embargo, son muchos los indicios que nos permiten afirmar que este esquema a?n dominante, basado en un dinamismo de descendente colonizaci?n, comienza ya a mostrarse agotado; que de hoy en adelante dar? cada vez menos de s?, porque se basa en una antropolog?a falaz, en una ?tica manipulada, y en una filosof?a pol?tica que est? siendo desbordada en todas las direcciones.

El estudio de este cambio de paradigma, que recoge las aspiraciones de miles de ciudadanos insatisfechos, ser?a largo y trabajoso si pretendi?ramos abordarlo con minucioso rigor. Voy a rogar que su amabilidad me permita simplificar su presentaci?n hasta el punto de remitirla inicialmente a una sola variante, en la que las sombras a las que alude el t?tulo de esta conferencia responden a una concepci?n tecnocr?tica, individualista y pragm?tica de la llamada sociedad de la informaci?n; mientras que las luces que se comienzan a vislumbrar anuncian el tr?nsito a una sociedad del conocimiento de signo humanista y solidario.

La evidencia circunstancial m?s cercana de que hemos llegado a un punto de saturaci?n improseguible, que clama por un giro en?rgico, se puede detectar hoy, a mi juicio, en la mutua conexi?n de dos fen?menos de envergadura internacional que nos han mostrado hasta qu? punto son fr?giles los pilares de la sociedad como espect?culo que habitamos. Me refiero a las explosiones de ira ?que en modo alguno pretendo justificar? manifestadas en las protestas contra los fen?menos de globalizaci?n, por una parte, y a algunas reacciones frente a los terribles atentados del terrorismo internacional, por otra.

Poder, pero no autoridad
Adem?s de otras coincidencias entre ambos eventos, hay una que me parece muy reveladora: la amplia aceptaci?n internacional de interpretaciones con muy escaso fundamento que, sin embargo, han llegado a calar en la opini?n p?blica de un modo asombroso, lo cual es una manifestaci?n de poder, pero no un signo de autoridad.

En el caso de las protestas anti-globalizaci?n contra las cumbres mundiales de los pa?ses ricos, se ha repetido una y otra vez que estas reacciones quedar?n en nada, como sucedi? con las protestas estudiantiles de mayo del 68, a las que se parecer?an en la com?n heterogeneidad y en la falta de proyectos; cuando lo cierto es que la revoluci?n estudiantil en torno a 1968, con todas sus implicaciones y consecuencias, constituye uno de los fen?menos ideol?gicos m?s importantes del siglo XX.

En el caso de los atentados terroristas de Nueva York y Washington, se ha convertido en algo relativamente com?n atribuir su origen al fundamentalismo y a la religi?n, como si ambos t?rminos vinieran a designar lo mismo, cuando m?s bien habr?a que pensar que el propio fundamentalismo es antit?tico de la aut?ntica religi?n: es otro tipo de manifestaci?n del secularismo que afecta a la mayor parte de las sociedades contempor?neas, ya que tanto el materialismo pr?ctico occidental como el fanatismo que fulgura en algunos pa?ses de oriente proceden de una com?n crisis religiosa y ?tica muy profunda, que constituye la ra?z nunca mencionada del terrorismo. Alguien tan poco sospechoso como J?rgen Habermas ha podido decir que, ?a pesar de su lenguaje religioso, el fundamentalismo es exclusivamente un fen?meno moderno.

En lo que respecta a los autores isl?micos de los atentados del 11 de septiembre, destaca de inmediato la falta de contemporaneidad entre los motivos y los medios. Se refleja en ello una asimetr?a entre cultura y sociedad, existente en sus pa?ses de origen, que tiene como causa principal una acelerada modernizaci?n, profundamente desarraigadora?. Y Habermas a?ade que la sociedad actual no ha encontrado un sustitutivo secular para la religi?n.

Ni lo encontrar? ?a?ado por mi cuenta?, porque, como dec?a T. S. Eliot, en este mundo nada sustituye a nada. Pero lo menos sustituible de todo es Dios, el no necesitante del que nosotros tenemos necesidad. Como ha dicho el periodista alem?n Christian Geyer, en los muros de la Paulskriche, donde Habermas pronunci? su discurso en la recepci?n del Premio de la Paz concedido por los libreros de Frankfurt, figuraba con grandes letras invisibles la frase de Horkheimer: ?Es vano intentar salvar un sentido incondicionado sin Dios?.

Informaci?n y conocimiento
Pasar, como propongo y anuncio, de la sociedad de la informaci?n a la sociedad del saber implica, desde luego, disolver la presunta identificaci?n entre transmitir informaci?n y generar conocimiento. Lo que hoy entendemos por informaci?n es s?lo un aspecto, y no el decisivo, del saber humano.

La informaci?n es algo externo y t?cnicamente articulado, que se halla a nuestra disposici?n a trav?s de los medios de comunicaci?n colectiva. El conocimiento, en cambio, es una actividad vital, un crecimiento interno, un avance hacia nosotros mismos, un enriquecimiento de nuestro ser pr?ctico, una potenciaci?n de nuestra capacidad operativa. La informaci?n s?lo tiene valor para el que sabe qu? hacer con ella: d?nde buscarla, c?mo seleccionarla, qu? valor tiene la que se ha obtenido y ?por ?ltimo? c?mo procede utilizarla.

Por el contrario, el conocimiento es un fin en s? mismo, que de suyo no est? ordenado a lograr algo ?til, sino a colmar el af?n de saber que los seres humanos abrigamos de manera natural.

Por su propia naturaleza, la informaci?n es homog?nea, transmisible, encapsulable, standard. En cambio, el conocimiento es originario, cr?tico, personalizado, dial?gico, emergente. No se trata, como es obvio, de dos dimensiones contrapuestas, porque la informaci?n implica adquisici?n de conocimientos y el conocimiento no puede florecer sin una alta dosis de informaci?n.

Se trata, m?s bien, de actitudes antropol?gicas y sociales diferentes, en cuyo contexto al conocimiento le corresponde el enclave humano irreductible y radical, en el que ?al mismo tiempo que el sujeto humano se alimenta de informaci?n y la procesa? tambi?n la limita, la enjuicia y la genera. A diferencia de la informaci?n, que est? estrechamente relacionada con los aspectos pragm?ticos o ret?ricos del lenguaje, en el conocimiento predomina el aspecto sem?ntico, que confronta derechamente al lenguaje con lo que constituye su finalidad y su perfecci?n, es decir, con la verdad. Y esto ?ltimo es lo que, sobre todo, me interesa subrayar.

En la medida en que el ciudadano se mueva en el mundo original del conocimiento, no ser? un consumidor d?cil, acr?tico y pasivo de informaci?n. Y tender? a comparecer ?l mismo activamente en un mundo informativo en el cual y del cual tiene algo ?quiz? mucho? qu? decir. Y, sin necesidad de revestirse de arrogancia alguna, le importar? m?s ese aspecto activo y personal de su propio saber que los ?dolos del foro p?blico y an?nimo.

En otras palabras, relativizar? la informaci?n y sus medios dominantes, respecto a los cuales se comportar? con plena libertad, cierta distancia y una moderada indiferencia. Ser? un usuario culto de los canales de la opini?n p?blica, respecto a los que transitar? gradualmente de la actitud de consumidor a la de actor o agente responsable.

Anorexia cultural
Llegados a este punto, me atrevo a decir que es esta actitud culta, activa, no resignada y relativamente esc?ptica la que, por regla general, los cat?licos espa?oles no acabamos de acertar a adoptar respecto a los medios de informaci?n y otros aspectos no carentes de contenido intelectual en la vida p?blica de nuestro pa?s.

Si alguna debilidad notoria acusa el catolicismo espa?ol de las ?ltimas d?cadas es precisamente su anorexia cultural, su escasa sensibilidad para las cuestiones ideol?gicas, la superficial formaci?n doctrinal de no pocos de sus miembros y, en consecuencia, su menguada agilidad para participar en la vida filos?fica, cient?fica, art?stica y literaria de nuestro pa?s, con la consiguiente automarginaci?n respecto a los debates en los que se ventila p?blicamente la orientaci?n ?tica y pol?tica de nuestra vida com?n.


Tal retraimiento se inscribe, aparentemente, en el marco m?s amplio de la separaci?n entre moral privada y moral p?blica que caracteriza al panorama social espa?ol, a diferencia de lo que acontece en otros pa?ses pol?tica y culturalmente m?s maduros.

Entre nosotros se da por firme y establecido el modelo pol?tico de la llamada rep?blica procedimental, seg?n el cual el Estado ?y, en general, las Administraciones p?blicas? se habr?an de ocupar exclusivamente de lo funcionalmente correcto, de lo jur?dicamente legal, mientras que lo bueno y lo malo ser?an cuestiones individualmente discutibles y problem?ticas, como les suceder?a a los asuntos religiosos y de ?tica personal, que se tendr?an que relegar al ?mbito estrictamente privado.

Este paradigma de la rep?blica procedimental, seg?n resulta notorio, es el oficial y el te?ricamente reconocido, pero en modo alguno se respeta en la realidad. Desde luego, las Administraciones p?blicas llevan a?os interviniendo abusivamente en terrenos que afectan de lleno a cuestiones de moral personal y no se retraen en absoluto de imponer un permisivismo que choca con la conciencia cristiana de muchos espa?oles, cuya actividad religiosa ?especialmente por lo que afecta a la escuela y a la familia? no se ve en modo alguno al reparo de incursiones pol?ticas marcadas, no pocas veces, por el signo de la arbitrariedad.

?Y qu? decir de los medios de comunicaci?n colectiva? Exceptuando unos pocos, no hay en los restantes cuesti?n, por ?ntima que sea, de moral personal o de ?ndole religiosa ?especialmente si va acompa?ada de alg?n ribete escandaloso, m?s o menos imaginario? que no encuentre acogida en los miles de p?ginas de papel cuch? y en los cientos de minutos de programaci?n televisiva y radiof?nica que cada semana se dedican a airear asuntos pintorescos y escabrosos.

A mi juicio no hay que perder ni un par de segundos en lamentarse de estos subproductos de la sociedad de la informaci?n, aunque ocupen tambi?n m?s de la mitad de las horas de emisi?n y de audiencia en la Red por excelencia, en Internet, convertida mayoritariamente hasta ahora en un medio mundializado de entretenimiento. Ante este tipo de cuestiones, incluidas las injerencias de las Administraciones p?blicas donde no les corresponde, procede comportarse ?seg?n recomienda el periodista estadounidense Tom Wolfe? como los contrabandistas tradicionales respecto a los carabineros y a la polic?a de fronteras: evitarlos, sin malgastar un instante en enfrentarse con ellos.

Libertad sin permiso ni disculpas
Lo interesante es romper el modelo imaginario de la rep?blica procedimental desde la base social, desde la iniciativa c?vica, asumiendo la responsabilidad pol?tica, moral y cultural que a todo ciudadano corresponde. No esperemos que graciosamente se nos concedan unas libertades que son inherentes a la ciudadan?a democr?tica. La libertad de intervenir en la realidad p?blica ?y en este caso de promover nuevos medios de informaci?n y participar activamente en los existentes? hay que adoptarla, de una vez por todas, sin pedir permiso ni disculpas a nadie, porque en definitiva no hay m?s libertades que las que uno se toma.

Y esta necesidad de traspasar la l?nea de censura que algunos pretenden seguir estableciendo, interesadamente, entre el ?mbito p?blico y el privado se ha hecho evidente, justo, con el advenimiento de la sociedad del conocimiento. La separaci?n oficial entre lo p?blico y lo privado ha saltado por los aires especialmente en el ?mbito del saber. Porque lo decisivo en la nueva sociedad no es el c?mulo de informaci?n de que se dispone, sino la capacidad de llegar a saber m?s, que no es patrimonio ni del Estado ni del mercado, sino que est? en manos de aquellos que se empe?an en pensar con denuedo, en ejercer la man?a de discurrir, considerada todav?a como nefasta por los guardianes ?mentalmente rancios? de la burocracia y del mercantilismo.

Nada m?s arriesgado que buscar decididamente la verdad y, cuando proceda, declararla. Lo que todav?a en la sociedad de la informaci?n se sigue estimando como eminentemente subversivo es la capacidad de pensar por cuenta propia y de atreverse a decir lo que uno piensa. Tal es el resorte que impulsa la promoci?n y la participaci?n en los medios que difunden las noticias y las ideas, as? como el l?mite eficaz a la manipulaci?n de las mentalidades.

Aqu? se encuentra la divisoria entre los dos modelos ?el descendente de la colonizaci?n y el ascendente de la emergencia? a los que antes me refer?a. Y es justo en este terreno donde la capacidad de iniciativa de los cat?licos espa?oles deber?a experimentar un impulso de revitalizaci?n, que nos alejara del letargo de la pasividad y del conformismo tan patente hasta ahora.

El advenimiento de la sociedad del saber facilita poner un punto final a cierta fascinaci?n del catolicismo espa?ol ante la pol?tica como actividad preferencial, explicable tal vez por las vicisitudes hist?ricas de los dos ?ltimos siglos. Sea cual fuere la explicaci?n que se d? a tal fen?meno de supravaloraci?n de la pol?tica, y el juicio que sobre ?l se emita, es preciso percatarse de que el actual sentido de la responsabilidad social, centrado en lo que hace un par de a?os llam? nueva ciudadan?a, se ha desplazado de la articulaci?n entre pol?tica y econom?a, t?pica de la sociedad industrial, y ha adquirido otros matices en la nueva galaxia de la sociedad del saber y de la mentalidad postmoderna.

Nos guste o no, el Estado ha dejado de ser el centro y el v?rtice de la vida social. Lo que tenemos en la actual sociedad compleja es una realidad multic?ntrica y relacional, en cuya comprensi?n no se puede avanzar si se adopta una perspectiva unilateral o simplista, como es la que aportan los ejes p?blico/privado, Estado/individuo y Estado/mercado.

El Estado ya no es, por supuesto, el Absoluto objetivado de los idealistas rom?nticos. Pero es que ni siquiera constituye el interlocutor ?nico de todos los actores sociales, como entienden a?n las ideolog?as de cu?o liberal o socialista. En t?rminos sist?micos, tomados de la sociolog?a de Niklas Luhmann, habr?a que decir que el Estado es hoy una especie de subsistema organizador y orientador. Mientras que, en los t?rminos humanistas que yo prefiero emplear, el Estado tiene una funci?n arquitect?nica y de salvaguarda supletoria respecto a las iniciativas o subjetividades sociales.

M?s a?n: la propia pol?tica ya no es ?si es que alguna vez lo fue? la funci?n social decisiva, ni en s? misma, ni en sus relaciones mutuas con la econom?a. Desde luego, las innovaciones m?s interesantes del llamado siglo breve (1914-1989) no han surgido precisamente del ?mbito pol?tico. Lo que la ciudadan?a postmoderna ?en su mejor sentido? ha captado con notable agudeza es que el par?metro clave para la comprensi?n actual de la propia ciudadan?a es la cultura. S?lo desde esta dimensi?n b?sica ?la ?tica y cultural? se puede entender el papel decisivo que a la nueva ciudadan?a le compete en la sociedad del conocimiento, y c?mo la religi?n ?seg?n puso de relieve Pannenberg? constituye un aspecto b?sico de las grandes articulaciones antropol?gicas.


Publicado por mario.web @ 2:29
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