Viernes, 20 de mayo de 2011

Jes?s nos muestra lo que es genuinamente humano. Su figura debi? tener algo radiante que atra?a irresistiblemente a toda persona.
Autor: P. Enrique Cases | Fuente: Catholic.net


?C?mo era Jes?s?

?Cual debi? ser su aspecto exterior? No se distingui? en su aspecto de los jud?os y rabinos de su ?poca "era como cualquier hombre y tambi?n sus gestos"(Fil), no vest?a llamativa y pobremente como el bautista, que, seg?n la costumbre de los profetas iba ce?ido con una t?nica de pelos de camello. Como la mayor?a de los hombres de aquel momento, llevar?a ordinariamente en vestido de lana con un cintur?n que serv?a de bolsa al tiempo, un manto y sandalias. En la Pasi?n llevaba una t?nica sin costura y toda tejida de arriba a abajo. Seg?n las prescripciones de la ley, en ocasiones cuatro borlas de lana azules adornaban la parte superior de la cabeza. Y, siguiendo la costumbre de su tiempo, llevar?a para la oraci?n matutina filacterias atadas al brazo y alrededor de la frente. No censurar?a su uso a los fariseos, sino la motivaci?n de falsa piedad y de ensancharlas. En sus largas caminatas se guardar?a de los ardientes rayos del sol mediante un sudario blanco que envolv?a cabeza y cuello. Por lo dem?s Jes?s desde?aba la "preocupaci?n" por el vestido, lo que no quiere decir descuido y dejadez que son falta de virtud. Llev? la barba usual y los cabellos cuidados recogidos en la nuca, a diferencia de los nazarenos que se dejaban hirsutas y largas guedejas. El cuidado del cuerpo lo recomienda superando la vanidad. As? en ?pocas de ayuno dice que se debe ungir la cabeza y lavar el rostro.

Luz
Su figura corporal debi? ser atractiva e incluso fascinadora. No poseemos ninguna descripci?n de su tiempo, ?nicamente que durante su infancia iba creciendo en sabidur?a y gracia ante Dios y los hombres. Esto es trasladable lo que dec?a sobre la luz interior que se transparenta en lo externo "tu ojo es la luz de tu cuerpo y si aquel est? sano, todo tu cuerpo estar? iluminado". Su luz interior se transparenta en su cuerpo y su rostro.

Su figura debi? tener algo radiante que atra?a irresistiblemente a toda persona de sentimientos sensibles. La exclamaci?n admirativa que un d?a brot? de una mujer del pueblo es muy significativa: "bienaventurado el vientre que te llev? y los pechos que te amamantaron" (Lc).

La mirada
Tendr?a lo que hoy se llama carisma, o irradiaci?n afectiva, seg?n se advierte constantemente en los evangelios. De modo particular debi? impresionar su mirada, capaz de inflamar las almas y de hacer sentir los reproches m?s emocionantes. En sus ojos hab?a algo dominante y arrollador.

Salud y energ?a
A este aspecto se a?ade el de su salud y energ?a; en suma, un equilibrio perfecto: capacidad emprendedora, resistencia a la fatiga. El contraste con algunos genios religiosos enfermos y de un sistema nervioso en desequilibrio o ps?quicamente deshechos y agotados es notable. En Jes?s no hay ni la menor alusi?n a enfermedad alguna.

Su cuerpo parece especialmente resistente a la fatiga. Ora muy de ma?ana y hasta la madrugada; y muchas noches las pasa en vela en oraci?n. Incluso, ante la naturaleza su salud se manifiesta en la radiante alegr?a -especialmente- ante montes y lagos. Con sus caminatas recorre toda Judea, Samaria, Galilea; a?n hasta la regi?n de Tiro y Sid?n. El hambre y la sed debieron ser frecuentemente compa?eros de viaje, a tenor de lo que recomienda a los suyos: "no llev?is nada para el viaje, ni bast?n ni alforjas y tampoco pan y dinero". Su ?ltima subida de Jeric? a Jerusalen debi? ser una proeza. Bajo un sol ardiente, por caminos sin sombra y atravesando montes rocosos y solitarios, realiz? el viaje en seis horas, debiendo superar una altura de m?s de mil metros. Es asombroso que a su llegada no se sintiera fatigado. Aquella misma tarde cen? con L?zaro y sus hermanas (Jn).

Pas? la mayor parte de su vida al aire libre, en contacto con la naturaleza expuesto a la intemperie. Le son familiares los lirios del campo y las aves del cielo. Su vida errante, llena de trabajo y penurias, manifiesta un cuerpo robusto. En ocasiones, no ten?a tiempo ni para comer(Mc). Hasta muy entrada la noche acud?an a ?l los enfermos (Mc), y tambi?n los fariseos, saduceos y enemigos llenos de malicia. Deber? afrontar largas y penosas discusiones, luchas peligrosas en tensi?n continua. Las explicaciones a los disc?pulos eran prolijas, con la pesada carga que le impon?an aquellos esp?ritus poco despiertos y llenos de preocupaciones mezquinas. Un temperamento enfermo, o simplemente delicado, no hubiera podido resistir. Jam?s perdi? la serenidad. Continu? durmiendo tranquilamente durante la tempestad

Su car?cter
?Y su alma? Sus parientes no le entienden y se quedan perplejos ante El. Los fariseos y sus enemigos pensaban que un esp?ritu maligno obraba en ?l. Y es que la superioridad que se manifiesta en Jes?s no admite otra explicaci?n, si no se est? dispuesto a aceptar qui?n es en realidad.

Los evangelistas nos hablan con toda claridad. Les llam? la atenci?n en el modo de ser de Jes?s la lucidez extraordinaria de su juicio y la inquebrantable firmeza de su voluntad. Advierten un hombre de car?cter, apuntando inflexiblemente hacia su fin, para realizar la voluntad de su Padre, hasta el ?ltimo extremo, hasta derramar su sangre

Las repetidas expresiones "Yo he venido", "Yo no he venido" traducen perfectamente ese s? y ese no, consciente e inquebrantable. "Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra" (Mt). "No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores"(Mt). "El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida en rescate de muchos" (Mt; Mc). "No he venido a destruir la ley ni los profetas, sino a completarlos" (Mt) "Yo he venido a traer fuego a la tierra. ?y qu? quiero sino que arda?" (Lc).

Sabe lo que quiere desde el principio. A los doce a?os dice a sus padres que le encuentran en el Templo "?No sab?ais que debe emplearme en las cosas de mi Padre" (Lc) Las tres tentaciones del desierto son una victoria sobre la posibilidad ego?sta de utilizar su poder para la glorificaci?n personal y no cumplir la voluntad del Padre. Sus mismos disc?pulos intentan alejarle del cumplimiento de su misi?n. Primero sus parientes, luego su elegido, Pedro, que le ama, pero no le entiende; y despu?s de la multiplicaci?n de los panes "Muchos disc?pulos se separaron definitivamente de ?l en esta ocasi?n" (Jn). No por ello dej? Jes?s de seguir su camino, decidido a continuar su camino si fuese necesario, solo. "?Y vosotros, tambi?n quer?is iros?".

Jam?s se le ve vacilar, ni en sus palabras, ni en su obrar. Pide a sus disc?pulos una voluntad firme de ese calibre: (Lc). Est? tan lejos de ?l la precipitaci?n como la indecisi?n, las claudicaciones y las salidas de compromiso. Todo su ser es un s? o no. S?lo ?l puede afirmar con toda verdad que "vuestra palabra sea s?, s?, no, no. Lo dem?s es un mal" (Mt).

Todo su vida y su personalidad son unidad, firmeza, luz y pura verdad. Produc?a tal impresi?n de sinceridad y energ?a, que sus mismos enemigos no pod?an sustraerse a ella "Maestro, sabemos que eres veraz y no temes a nadie" (Mc). Todo lo contrario a la hipocres?a de sepulcros blanqueados que ?l denuncia a los fariseos. Su muerte, de hecho, es consecuencia de ese contraste entre su fidelidad al Padre y la doblez de sus enemigos.

Su car?cter es la encarnaci?n del hero?smo, por ello, el joven rico, que guarda los mandamientos, no puede, o no quiere, seguirle. El verdadero disc?pulo debe odiar a su padre madre, hermanos y a?n a su propia vida si quiere seguirle, y aunque odiar signifique poner en segundo t?rmino, la expresi?n entra?a mucha exigencia.

Firmeza
Tiene la fuerza del l?der y al decir a Sim?n y Andr?s que le sigan, dejan todas las cosas y a su padre, con los jornaleros. Arroja a los mercaderes del Templo sin que nadie pueda resistirle. Sus mismos disc?pulos a?n conviviendo con ?l y siendo llamados amigos tienen un respeto que marca la distancia que los separa de ?l, le segu?an con miedo y se espantaban (Mc). No era uno de tantos, ni como los dirigentes, doctores de la ley y fariseos o autoridades pol?ticas. Ten?a consigo todo el poder y esta impresi?n de superioridad, de omnipotencia, que dimana su persona era tal, que para explicarla, la multitud buscaba las comparaciones con el Bautista, El?as o Jerem?as o alguno de los profetas. Esto es as? aunque se manifestase de modo habitual, humilde y manso.

La oraci?n de Jes?s se realiza muchas veces ante todo el mundo, o ante los suyos, en voz alta, pero busca el silencio y el recogimiento, cosa que en su vida p?blica s?lo puede conseguir durante la noche, mientras los dem?s duermen. Se puede decir que necesita la oraci?n m?s que nosotros, no porque le sea preciso pedir algo que no est? a su alcance, sino porque busca el trato ?ntimo y sin distracciones con el Padre.

Su fuerza interior aparece, en ocasiones, de una manera evidente con el ardor de una pasi?n santa; as? dice a Satan?s en su tercera tentaci?n "?ret?rate de mi vista, Satan?s!" palabras similares a las que dice a Pedro, que intenta disuadirle de la Pasi?n (Mt). Esta fuerza refulge y retumba en la par?bola de la ciza?a. ?El Hijo del Hombre enviar? a sus ?ngeles, que reunir?n a todos los malvados y seductores del Reino y los echar?n al horno del fuego; all? ser? el llanto y el crujir de dientes? (Mt) An?logamente en la par?bola de la red: "los ?ngeles vendr?n y separar?n a los malos de los buenos y los echar?n al horno del fuego; all? ser? el llanto y el crujir de dientes" (Mt).

Asimismo, terminan airadamente las par?bolas de las diez v?rgenes, de los talentos, de las ovejas y de los cabritos (Mt). En la par?bola del siervo despiadado, el Se?or "lleno de c?lera" entrega a la justicia al siervo sin entra?as hasta que pague enteramente su deuda, igualmente en la par?bola del invitado no engalanado en el fest?n, ordena "atadlo de pies y manos, tomadle y echadle fuera. all? ser? el llanto y el crujir de dientes" (Mt). En la par?bola de dos administradores, llega inopinadamente el Se?or y manda descuartizar al siervo infiel y darle el merecido de los traidores (Lc).

En estas palabras hay una vida fuerte lejana a un cualquier sentimentalismo blando. Similares son las palabras dirigidas a los fariseos "?Ay de vosotros, escribas y fariseos hip?critas! porque exprim?s las casas de las viudas y, por pretexto, hac?is larga oraci?n; por eso llevar?is juicio m?s grave...Gu?as ciegos que col?is el mosquito y os trag?is el camello... ?Ay de vosotros, escribas y fariseos hip?critas, porque limpi?is lo que est? fuera de la copa y del plato, m?s interiormente est?is llenos de robo y de inmundicia" (Mt). No es posible figurarse a Jes?s en estas ocasiones m?s que con ojos llameantes y rostro encendido. Igual que cuando arroja a los mercaderes del Templo, o cuando maldice la higuera, s?mbolo del pueblo infiel a las llamadas divinas. La fuerza y la iras de Jes?s contrastan m?s a?n con la dulzura habitual y manifiestan un amor a la verdad y la justicia, por encima de cualquier debilidad humana. Es la ira de Dios que se demuestra tantas veces en el Antiguo Testamento; as? igual que llamar? a los fariseos "raza de v?boras", a Herodes le llama "zorro".

Cuando se trata de dar testimonio de la verdad, desconoce el miedo y la vacilaci?n. Un car?cter luchador que, en medio de la lucha, no pierde la serenidad.

Llama la atenci?n su clarividencia viril, su impresionante lealtad, su sinceridad austera y, en un palabra, el car?cter heroico de su personalidad.

Pureza interior
Esta fuerza y verdad es lo que atraen a los disc?pulos. Su pureza interior, su sinceridad se revelan en su palabra cuando dice "si tu ojo te escandaliza, arr?ncalo" (Mt) o "el que pierde su alma, la gana" (Mt) o "nadie puede servir a dos se?ores" (Lc).

?C?mo se condujo Jes?s con los hombres y las cosas de su tiempo? No se da en ?l ninguna tendencia ser so?ador, sino fuertemente racional, cosa que se hace patente en las discusiones con sus enemigos, que desbrozan objeciones y cuestiones dif?ciles. Sus respuestas son tan claras y contundentes que tienen que retirarse confundidos.

Desbroza la religi?n de los a?adidos humanos, llev?ndola hasta sus mismas ra?ces, que est?n en el interior del coraz?n humano.

Sus par?bolas hacen revivir ante nosotros a los labradores, a los pescadores, al traficante de perlas preciosas, al mayoral, al mercader, al jornalero, al constructor y al hortelano, abarcando desde la due?a de la casa y la pobre viuda hasta el juez, el general del ejercito y el mismo rey. Tienen sus par?bolas tal riqueza de matices al describir la vida ordinaria que llegan tanto al intelectual como al hombre iletrado.

Jes?s busca ilustrar las mentes de los que le escuchan, para renovarlos por dentro, apartando las tinieblas del error o de la ignorancia.

Junto a esto, destaca -en la teor?a y en la pr?ctica- el mandato nuevo que manifiesta en la Ultima Cena y en toda su vida: ?amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen? (Lc; Mt). Su amor a los hombres no le impide ver sus defectos; es m?s, los denuncia; pero ese amor le lleva a perdonar esos pecados. Es lo que llamamos comprensi?n. Conoce toda la fragilidad y toda la flaqueza y aplica los remedios de forma oportuna: suave o fuerte seg?n la necesidad.

Su compasi?n

La compasi?n es uno de sus rasgos m?s destacados; es, en su sentido m?s hondo, padecer con otro. No se contenta con examinar la miseria humana; la toma sobre s?, la hace suya; paga por las deudas de los dem?s.

Llama hermanos a los m?s insignificantes; se adapta a las costumbres de todos, mientras no ofendan a Dios. Su uni?n con los pobres y los oprimidos es patente. Demuestra con obras que no ha venido a ser servido, sino a servir. Quiere ser pobre con los pobres, despreciado con los despreciados, tentado con los tentados, crucificado con los que sufren y mueren.

Los evangelistas lo advierten continuamente: "Ten?a compasi?n de ellos porque eran ovejas sin pastor"(Mc). Hay ocasiones en que su coraz?n parece tan sensible y dulce como pueda serlo el de una madre con su hijo enfermo, por ejemplo en las par?bolas del hijo pr?digo, la moneda perdida, la del buen pastor y la del buen samaritano.

Le conmueve la desgracia de los enfermos y, sobre todo, la de los pecadores. No puede decir "no" cuando clama el dolor, ni cuando lo pide una mujer pagana, ni aunque parezca que no cumple el precepto del s?bado; ni por miedo a que se escandalicen los piadosos deja de estar con publicanos y pecadores. Ni siquiera las torturas de la agon?a le impiden decir al ladr?n arrepentido palabras del m?ximo consuelo: "hoy estar?s conmigo en el para?so" (Lc).

Amor
Su amor a los hombres no tolera excepci?n alguna, y no tiene el menor matiz de preferencia para una clase determinada.

Admite a los ricos, aunque les advierte que su situaci?n para alcanzar el Reino de los cielos es m?s dif?cil que la de los pobres, as? ocurre con Sim?n el fariseo, con Nicodemo, con Jos? de Arimatea, con Juana mujer de Cusa, Susana y otras muchas "que le serv?an de sus haciendas" (Lc). Los ap?stoles no parecen que pertenecieran a las clases m?s bajas, sino a la clase media, como el mismo Jes?s. La pobreza le conmueve por el sufrimiento que experimentan los que se encuentran en esa condici?n, y por el peligro de que pierdan la paciencia y se rebelen contra Dios. Peligro mayor en los ricos, que en la abundancia pueden olvidarse de Dios.

El amor a los desgraciados es una necesidad ?ntima, un irreprimible movimiento interior, es la manifestaci?n de la misericordia divina. El hecho de estar sumergido en las altas realidades divinas no le impide hacerse cargo de las necesidades peque?as y cotidianas.

?Y la alegr?a? Jes?s se abre al regocijo humano. Incluso le critican por su naturalidad, come en cualquier casa, va a la fiesta de bodas, no deja ayunar a los disc?pulos mientras el esposo est? con ellos. Manifiesta su amor de predilecci?n con uno de ellos, que en la ?ltima cena recuesta su cabeza sobre su pecho. Su amor a los ni?os es constante y puesto como ejemplo a todos.

Su contemplaci?n de la naturaleza es po?tica; evoca los lirios, los arbustos, la higuera, las vi?as, los p?jaros y raposas y la tempestad amenazadora.

Dos naturalezas

?Qui?n es este Jes?s? ?No podr?a parecer que su humanidad se mueve en direcciones opuestas, por una parte hacia lo alto lo celestial, y por otra, a lo de abajo, a lo humano?

La soluci?n no se encuentra s?lo en lo humano; se debe buscar en la uni?n de las dos naturalezas -humana y divina- en la persona ?nica. Igual a los hombres en los sentidos externos e internos, en las emociones, en los sentimientos, en la voluntad, en la inteligencia, pero perfecto; y unido a la divinidad de tal modo que sus acciones son acciones son humanas y divinas.

Este es Jes?s. Cada gesto expresa la plenitud de la divinidad corporalmente, pero tambi?n expresa lo que es un hombre sin deformaciones, sin taras, sin recortes.

Cuando los hombres decimos que algo es humano, con frecuencia indicamos acciones pecaminosas. Jes?s nos muestra lo que es genuinamente humano, sin faltas ni recortes.


Publicado por mario.web @ 21:48
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