Viernes, 20 de mayo de 2011
En el cielo, en el mundo de lo eterno, el amor permanece, como una estrella...
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El s? a Dios
El s? a Dios

Dar un s? sin condiciones no es algo f?cil ni frecuente. Dar un s? sin condiciones a Dios nos puede llenar de miedo o de sorpresas. Quiz? alguno piense que Dios sea un poco desp?tico, y por eso muchos prefieren conservar su libertad a cualquier precio, tener entre sus manos el polvo de su historia antes que abandonarse para que Dios los conduzca hacia lo desconocido.

Pero es m?s f?cil dar un s? incondicional a Dios si descubrimos que nos ama. La vida cristiana tiene dos momentos fundamentales. El segundo sin el primero est? cojo de partida. ?Cu?l es el primer momento? Consiste en hacer una experiencia profunda, cordial, del Amor de Dios. Amor que inici? con ese momento misterioso, inmenso, de nuestra concepci?n. Amor que continu? durante los meses de embarazo. Amor que nos ha mantenido hasta el d?a de hoy, a pesar de tantas enfermedades, accidentes, peligros, quiz? hambres o abandonos. Seguimos en pie simplemente porque nos quiere, porque le importamos, porque somos para El hijos, aunque a veces un poco rebeldes o caprichosos.

Ese Amor de Dios creci? de un modo misterioso y grande el d?a de nuestro bautismo. Tal vez sepamos por el catecismo que el bautismo es la puerta del cielo, que nos hace hijos de Dios, que nos permite ser parte de la Iglesia. Pero quiz? no nos damos cuenta de lo que significa entrar en la familia del Dios que cre? las monta?as y el sol, el viento y las hormigas, las nubes y los maizales, la frescura del amor y la grandeza de la fidelidad. De ese Dios que conoce cada rinc?n de nuestros pulmones, cada v?lvula de nuestro coraz?n, cada cabello de nuestra cabeza, cada pensamiento de nuestra imaginaci?n alocada. De ese Dios que escogi? a Israel y que quiso llevar su amor a todos los hombres, los del sur y los del norte, los ricos y los pobres, los grandes y los peque?os, los generosos y los mezquinos...

Hay que imbuirse en el amor de Dios. Hay que mirarse al espejo para descubrir, m?s all? de nuestros ojos, la sonrisa de un Dios que nos ama locamente. S?lo desde esta experiencia se comprende la vida de un Francisco de As?s, un Ignacio de Loyola, un Juan Diego, una Madre Teresa de Calcuta o un Juan Pablo II.

Una vez que comprendemos lo mucho que Dios nos ama, entonces s? resulta f?cil llegar al segundo momento de nuestra experiencia cristiana: dar un s? a Dios, entregar nuestros corazones a ese Cristo que nos quiere con locura. La vida cristiana empieza a ser verdaderamente cristiana cuando se imita el amor del Dios que nos perdona, que nos ama, que nos salva. Dios se nos da en Cristo, y en Cristo nos pide, simplemente, que amemos. No hay otra manera de ser cat?licos. No es posible ninguna entrega sin la experiencia del amor de Dios.

Por eso puede ser f?cil dar un s? total a Dios. Lo saben los esposos que se aman cristianamente. Su s? es parte de su fe, su amor crece y se alimenta a partir del amor que Dios les da. Lo saben los di?conos, los sacerdotes y los obispos, que reciben con alegr?a la llamada de Dios para darse completamente a los dem?s. Lo saben los consagrados, hombres y mujeres de tantas ?rdenes y congregaciones religiosas, que siguen una vocaci?n de amor en el coraz?n mismo de la Iglesia.

Una comunidad cristiana vive en plenitud su fe cuando en ella nacen entregas sin condiciones. Es hermoso ver c?mo en una parroquia, de un pueblo o de una ciudad, surgen vocaciones, chicos y chicas que deciden dar sus vidas a Dios. Son personas normales, que saben lo que dejan, que quiz? lloran por la incomprensi?n en la familia o entre los amigos, pero que miran con seguridad hacia adelante: si Dios llama, la ?nica respuesta v?lida y alegre que podemos dar es la del s? por amor.

El tercer milenio sigue su camino. Mientras algunos se esfuerzan por construir un mundo sin Dios, los cristianos miramos a Cristo, y descubrimos en su Cruz y en su Resurrecci?n el amor de Dios Padre. Nuestras vidas quieren ser una sinfon?a de generosidad, de donaci?n, sin l?mites. Querer guardar la vida es como querer atrapar vientos. S?lo vive en plenitud el que se da a Dios, como esposo o esposa, como sacerdote, como consagrado. Lo dem?s termina. En el cielo, en el mundo de lo eterno, el amor permanece, como una estrella que recoge su luz de la fuente inagotable del Dios que nos ama para siempre.


Publicado por mario.web @ 23:07
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