S?bado, 21 de mayo de 2011
Es una de las contradicciones m?s desconcertantes que pueden sufrir los hombres de Dios
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II: La
II: La "contradicci?n de los buenos"
?Mala se?al!

La llamada "contradicci?n de los buenos" es una de las contradicciones m?s desconcertantes que pueden sufrir los hombres de Dios, porque proviene del interior de la propia Iglesia y la llevan a cabo personas de fe, convencidas habitualmente de la bondad de sus actuaciones.

Produce la confusi?n de personas bienintencionadas, con frecuencia miembros de la Jerarqu?a eclesi?stica. "Ellos no les parece que van contra Dios -escrib?a Santa Teresa- porque tienen de su parte los prelados"?.

Pero no por desconcertante esta contradicci?n deja de ser habitual, sobre todo en los comienzos de las instituciones eclesi?sticas, del tipo que sean.

Milcent recuerda que cuando Juana Jugan ten?a recogidas s?lo doce ancianas, "al lado de muchas simpat?as, tuvieron ya entonces algunas cr?ticas muy acerbas".

Esas cr?ticas proced?an habitualmente de personas piadosas. "Contradicci?n de buenos, hijas -comentaba san Enrique de Oss?-. ?Una obra sin contradicci?n, mala se?al!" Apuntaba el Fundador de la Compa??a de santa Teresa de Jes?s que la mayor?a de las instituciones de la Iglesia han padecido, de un modo u otro, esta contradicci?n. "Uno de los mayores trabajos era el que hab?a padecido que es contradicci?n de buenos", dec?a san Pedro de Alc?ntara de santa Teresa de Jes?s.

Un ejemplo de "contradicci?n de buenos" es el que protagoniz? Manuel Santaella, el buen sacerdote que tanto hizo sufrir a santa Mar?a Micaela, porque se crey? durante alg?n tiempo las numerosas falsedades que se contaban de la Santa.

"Se crey? las calumnias que se dijeron de m? -escrib?a la Santa-, me trat? muy mal en una ocasi?n y le perdon?. Cuando se desenga?? de que era falso lo que se dec?a de m?, sent?a no poder resarcirme los perjuicios y disgustos"

Santa Micaela alude en su Autobiograf?a a muchos de estos detractores, que con frecuencia se arrepent?an: "Fui a las arrepentidas a ver qu? me quer?a -escribe aludiendo a Sor Regis, una religiosa que la difam? duramente durante una ?poca-: pedirme perd?n, en la plaza p?blica para reparar tantas calumnias y perjuicios causados por ella; la dije que yo todo lo hab?a sufrido por Dios".


Pidiendo perd?n por tener raz?n

No le fue f?cil a santa Teresa, como recuerda en el Libro de la Vida y el Libro de las Fundaciones, llevar a cabo la reforma carmelitana. Le llovieron insultos, penalidades y contradicciones de todo tipo.

"Yo digo a vuestra reverencia -le escrib?a a la M. Mar?a de San Jos?, de Sevilla, el 22 de octubre de 1577- que pasa aqu? en la Encarnaci?n una cosa que creo que no se ha visto otra de la manera. Por orden del Tostado vino aqu? el provincial de los calzados a hacer la elecci?n, ha hoy quince d?as; y tra?a grandes censuras y descomuniones para las que me diesen a m? voto.

Y con todo esto a ellas no se les dio nada, sino como si no las dijeran cosa votaron por m? cincuenta y cinco monjas, y a cada voto que daban al provincial, las descomulgaba y maldec?a y con el pu?o machucaba los votos y les daba golpes y los quemaba. Y d?jolas descomulgadas ha hoy quince d?as y sin o?r misa ni entrar en el coro, aun cuando no se dice el oficio divino, y que no las hable nadie, ni los confesores ni sus mismos padres.

"Y lo que m?s cae en gracia es que otro d?a despu?s de esta elecci?n machucada volvi? el provincial a llamarlas que viniesen a hacer elecci?n, y ellas respondieron que no ten?an para qu? hacer m?s elecci?n, que ya la hab?an hecho. Y de que esto vio, torn?las a descomulgar y llam? a las que hab?an quedado, que eran cuarenta y cuatro, y sac? otra priora y envi? al Tostado por confirmaci?n.

"Ya la tienen confirmada y las dem?s est?n fuertes y dicen que no la quieren obedecer sino por vicaria. Los letrados dicen que no est?n descomulgadas y que los frailes van contra el concilio en hacer la priora que han hecho con menos votos. (...) No s? en que parar?" .

Aquello "par?" en una contradicci?n que alborot? a toda Castilla. "Son tantas las cosas -escrib?a la Santa- y las diligencias que ha habido para desacreditamos, en especial al Padre Graci?n y a m? (que es adonde dan los golpes) -le escrib?a a D. Teutonio de Braganza, Arzobispo de Evora- y digo a vuestra se?or?a que son tantos los testimonios quede este hombre se han dicho, y los memoriales que han dado al rey y tan pesados (y de estos monasterios de descalzas) que le espantar?a a vuestra se?or?a, si lo supiese, de c?mo se pudo inventar tanta malicia" .

El nuncio Sega la calific? de "f?mina inquieta y andariega, desobediente y contumaz" y dijo ?que los monasterios que he hecho -le comentaba la Santa al P. Hern?ndez- ha sido sin licencia del Papa ni del general, mire vuestra merced qu? mayor perdici?n ni mala cristiandad pod?a ser"?.

Era tal el clima de animadversi?n que cuando la Santa quiso fundar el convento de San Jos?, tanto el clero como otras ?rdenes religiosas comenzaron a atacarla violentamente: "sacerdotes, monjas y frailes -escribe Marcelle Auclair en su biograf?a de la Santa- se sent?an amenazados por este tipo de iniciativas, sobre todo en tiempos de necesidad y pobreza crecientes. ?No hab?a ya en ?vila conventos m?s que suficientes para tener que repartir las limosnas todav?a con otros?

En la iglesia de Santo Tom?s, un predicador la tom? con ella durante un serm?n y se puso a tronar contra ciertas monjas que `si sal?an de sus monasterios a fundar nuevas ?rdenes era para sus libertades?, a?adiendo otras palabras tan pesadas que do?a Juana (su hermana) estaba afrentada y haciendo prop?sitos de irse".

Y esto no fue m?s que una an?cdota en el conjunto de contradicciones -"cuchilladas? las llamaba la Santa-, y trabajos que acompa?aronla vida de Teresa de ?vila.

"La Madre ?escribe Auclair- observaba con sus calumniadores una l?nea de conducta digna y prudente; juzgaba que no conven?a dejarse atacar, salvo cuando era posible ignorar los insultos. Ocultaba, pues, a sus adversarios, siempre que pod?a, que conoc?a sus malas artes. Pero el Rector de la Compa??a hab?a arremetido directamente contra ella y no quiso sacrificar su dignidad de una hija de Nuestra Se?ora, aunque pidiendo perd?n humildemente por tener raz?n" .

"Jam?s creer? -escrib?a la Santa- que por cosas muy graves permitir? Su Majestad que su Compa??a vaya contra la Orden de su Madre, pues la tom? por medio para repararla y renovarla, cuanto m?s por cosa tan leve. (...) De este Rey somos todos vasallos"


Nueve meses de prisi?n

A ra?z de parecidas incomprensiones san Juan de la Cruz fue llevado, a mediados de diciembre de 1576, con los ojos vendados, hasta un convento toledano de los carmelitas calzados.

All? fue juzgado, declarado rebelde y contumaz por defender la reforma carmelitana y condenado primero a una c?rcel conventual y m?s tarde a una que se cre? especialmente para ?l: un antiguo retrete de seis pies de ancho y diez de largo, sin ventana, empotrado en la pared, que ten?a, por todo mobiliario, unas tablas y dos mantas viejas.

En ese lugar inhumano soport? los fr?os invernales de Toledo y los calores del verano. "Todos nueve meses -escribe santa Teresa- estuvo en una carcelilla que no cab?a bien, cuan chico es, y en todos ellos no se mud? la t?nica, con haber estado a la muerte." Y conclu?a la Santa: "tengo una envidia grand?sima" .

Las penalidades que envidiaba santa Teresa -con esa l?gica singular de las almas santas- eran aquellos padecimientos que sufri? su "medio fraile" -como le llamaba con humor, por su baja estatura-, durmiendo en el suelo, entre insultos, amenazas y castigos, sin higiene alguna, con un cubo pestilente para sus necesidades que le produc?a n?useas, enfermo, despreciado e insultado por todos.

Como fruto de aquella estancia, san Juan de la Cruz nos dej?, aparte de su perd?n para los que le encarcelaron, su C?ntico espiritual y las canciones de su Noche obscura, dos hitos de la l?rica universal.


Ninguna Cruz, ?qu? cruz!

Algunos santos manifestaron su desconcierto ?junto con su aceptaci?n rendida a la Voluntad de Dios- ante estas pruebas, provocadas precisamente por hombres de Iglesia. "?Es posible que se trate as? a un sacerdote en un seminario?", se preguntaba san Luis Mar?a Grignion de Monfort al recordar el trato que recibi? en Par?s por parte de algunos eclesi?sticos.

Esa exclamaci?n no era una queja, sino la sorpresa de un hombre de Dios, que no entend?a c?mo un sacerdote como ?l pod?a, haberle tratado de aquella manera.

Recordemos la historia. San Lu?s Mar?a hab?a llegado a Par?s, despu?s de un. fatigoso viaje a pie, pidiendo limosna, como era su costumbre, en el mes de julio de 1702, despu?s de que las calumnias lo hubieran expulsado, por segunda vez consecutiva, de un Hospital de Poitiers.

Las murmuraciones fueron m?s veloces que el Santo en llegar a la capital, donde "sus heroicidades -como comenta el bi?grafo- estaban consideradas como extravagancias". Apenas se present? ante M. Brenier, Superior del Seminario, ?ste, temeroso de que la presencia del Santo fuera a comprometer su reputaci?n, le despidi?, delante de todos, con cajas destempladas.

Se qued? en el m?s completo desamparo, sin dinero, sin vivienda y con los pies llagados. No sab?a d?nde ir. Fue a visitar a un viejo amigo suyo, Leschassier, que se encontraba en compa??a de otros eclesi?sticos. La acogida no fue m?s cordial. Leschassier le recibi? -escribe Blain,condisc?pulo del Santo- "con gesto helado y desde?oso, y le despidi? altaneramente, sin querer hablarle ni o?rle. Yo, que me hallaba presente, me sent? cortado y sufr? no poco ante la humillaci?n que estaba viendo. En cuanto a ?l, la recibi? con su dulzura y modestia acostumbrada".

Su segundo viaje a Par?s, en oto?o de 1703, no fue m?s halagador, como se deduce de una carta que escribi? a Mar?a Luisa Trichet, el 24 de octubre de 1703, en la que le ped?a oraciones: "Otra raz?n por la que insisto en que la alcanzar? (la divina Sabidur?a) -comentaba san Luis Mar?a- son las persecuciones de que he sido ya objeto y las que de continuo me llegan d?a y noche".

Las tribulaciones se sucedieron sin cesar a lo largo de su vida, y la mayor?a provinieron de eclesi?sticos. Algunos sacerdotes jansenistas le denunciaron al Obispo de Saint Mal?, tambi?n de tendencia jansenista, que le prohibi? que predicara en toda la di?cesis.

Tuvo que marcharse a la di?cesis de Nantes, donde ni siquiera sus logros apost?licos como misionero lograron detener la campa?a de bulos y patra?as contra su persona,. que el Santo juzgaba siempre desde una ?ptica sobrenatural: "?Que se me calumnie, que se me ridiculice, que se haga jirones mi reputaci?n, que se llegue a encarcelarme! ?Qu? preciosos dones!" .

Por esa raz?n, cuando en alguna misi?n apost?lica, como en la de Vertou, le faltaba la murmuraci?n, llegaba a inquietarse: "?Esto va demasiado bien! La misi?n no ser? fructuosa. Ninguna cruz, ?qu? gran cruz!".

Durante la misi?n de Ponteacheau no tendr?a ocasi?n de inquietarse. Hab?a emprendido la construcci?n de un gran Calvario. Era una obra gigantesca, en la que trabajaron quinientos obreros venidos de toda Europa: y ya se alzaba sobre el monte un gran cono sobre el que se pondr?a una gran Cruz y las estatuas de la Virgen, de San Juan y de la Magdalena. Al cabo de quince meses de duro trabajo la construcci?n estaba casi acabada.

Pero el d?a anterior a su inauguraci?n lleg? un aviso del Obispado en el que se negaba la bendici?n. Ante una actitud tan incomprensible fue a visitar al Prelado, que le explic? que unos antiguos enemigos suyos le hab?an denunciado ante el mariscal comandante de Breta?a, acus?ndole de que estaba levantando una especie de fortaleza en la que pod?an atrincherarse los ingleses en caso de desembarco.

El Obispo no le dijo lo m?s grave: que la acusaci?n hab?a llegado hasta el Rey Luis XIV, y ?ste hab?a dado la orden de demoler todo el conjunto. Adem?s, el Obispo le prohibi?ejercer su ministerio en toda la di?cesis. Poco tiempo despu?s el Santo se enter? de la noticia- de la demolici?n.

Ante esta situaci?n, el Santo se retir? a hacer unos Ejercicios espirituales con el Padre Prefontaine. ?ste recordaba, al cabo del tiempo, que su calma y su serenidad "y aun la alegr?a que se reflejaba en su rostro, a pesar deun golpe para ?l tan aplastante, me lo hicieron mirar entonces como a un santo". Pero no era ?sta la opini?n general. Incluso personas como Leschassier, que cambiaron de actitud, no llegaron a desterrar del todo sus prejuicios sobre el Santo: "El Sr. Grignion es muy humilde, muy pobre, muy mortificado, muy recogido -comentaba- y a pesar de todo, me cuesta creer que tenga buen esp?ritu".


Santa Mar?a Micaela. Con casi todo el clero madrile?o en contra

Hace dos siglos santa Micaela, la Fundadora de las Esclavas del Sant?simo Sacramento y de la Caridad, tuvo que enfrentarse con la hostilidad del clero madrile?o casi en su conjunto. Esto le produc?a un intenso desasosiego espiritual.

"Como el Clero, en general -escribe-, desaprobaba mi obra, y ?stos eran los de m?s fama por su piedad y posici?n, no s?lo me hac?a da?o con la gente de fuera, sino yo no sab?a qu? pensar y me her?a el coraz?n de un modo cruel a lo sumo; y en verdad me hac?a pasar las horas al pie del altar desecha en llanto: -Se?or, si no te sirvo a ti, ?a qui?n sirvo en una vida tan amarga y llena de continuos sacrificios? -?A m? s?, a m?!, sirves -sent?a yo en el fondo de mi alma como un b?lsamo que curaba mi dolor".

"La mayor parte del Clero de Madrid le era hostil -cuenta un testigo presencial- y los que menos la ofend?an la cre?an ilusa; otros, la calificaban de beata hip?crita" .

Esa hostilidad contra la Santa se manifest? de muchos modos y lleg? hasta la agresi?n f?sica: en una ocasi?n un sacerdote lleg? a abofetearla.

Esto sucedi? a primeros de agosto de 1849, como relata un testigo presencial, Juan Garc?a Rodr?guez. El bi?grafo Barrios Moneo -siguiendo la costumbre usual- no cita el nombre del ofensor, aunque en otras biograf?as ya aparece. Santa Micaela le insist?a para que confesara a una enferma, a lo que este sacerdote se neg?, dici?ndole, como consigna un relato redactado antes de su beatificaci?n:

"-Todo esto sucede porque no hay quien la domine.

-Dom?neme usted si quiere, le contest? la Venerable. Y entonces el sacerdote le dio una bofetada, recibida la cual dijo la Venerable de un manera suave:

-?Est? Vd. contento?

-S?, se?ora -contest? ?l.

-Pues yo, satisfecha; confi?seme usted la chica"

Durante a?os este mismo cl?rigo la insult? en p?blico compar?ndola con otras religiosas:

"-?A qui?n quer?is seguir -pregunt? a las colegialas de la Instituci?n que reg?a la Santa-: a estas religiosas, unas santas que se desviven por vosotras o a la Vizcondesa de Jorbal?n, que es un miembro podrido de la sociedad?".

Tiempo m?s tarde, la Fundadora tuvo una actuaci?n decisiva en la vida de este sacerdote: impidi? que huyese a Francia con una mujer y lo libr? de los tribunales eclesi?sticos.


Una mujer audaz

?De qu? acusaron a santa Micaela? De las cuestiones m?s peregrinas: dec?an que se iba por las noches a bailar de inc?gnito y que comulgaba ?todos los d?as! Y por si fuera poco, que rezaba arrodillada en la tarima del altar (!).

Otro sacerdote la difamaba -recuerda su primer bi?grafo, Vicente de la Fuente- "en lo relativo a su conducta y vida privada del modo m?s infame, suponiendo -?verg?enza da decirlo!- que traficaba con sus acogidas. Y no fue lo peor que se inventara tan grosera calumnia sino que se creyera por personas que debieran saber que se peca creyendo ligeramente tales calumnias".

Los pocos sacerdotes que la defend?an recib?an duras criticas: "culpaban al p?rroco -comenta De la Fuente- de ser demasiado condescendiente con aquella mujer de vida relajada".

Adem?s esos sacerdotes, como se apunta en la biograf?a Mujer Audaz, "la pondr?n en grav?simos apuros de conciencia, que torturar?n su coraz?n, impedir?n el desarrollo normal de su Obra apost?lica, retraer?n vocaciones, ahuyentar?n limosnas y avivar?n el rescoldo de muchas aviesas intenciones y calumnias. Todo, si no con malicia, s? con ligereza excesiva por seguir, a veces, el aire de nobles y piadosas se?oras, resquemadas en su orgullo y vanidad" .

Las calumnias tardaron en olvidarse, y el ambiente de animadversi?n que se cre? contra la Santa la acompa?? pr?cticamente a lo largo de toda su vida y se hizo presente incluso durante su Proceso de Beatificaci?n. Influy? hasta en el Papa Benedicto XV, que estuvo a punto de retirar su Causa, que fue muy controvertida, lo mismo que la del Padre Claret.


Revolucionario, loco, hereje

San Juan Bosco evoca en sus Memorias del Oratorio un elenco de contradicciones contra el Oratorio y su propia persona. Algunas proven?an de eclesi?sticos. "Unos calificaban a don Bosco -escribe el Santo en tercera personade revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje".

Un capell?n lo denunci? al municipio y lo dej? literalmente en la calle "con una turba de j?venes que segu?a mis pasos por donde quiera que fuese, y yo no contaba con un palmo de terreno donde poderlos reunir". Y la marquesa de Barolo, que tanto la hab?a ayudado, y que hab?a promovido un Refugio para necesitados, le puso en un grave dilema, como recordaba en sus Memorias del Oratorio:

"-En fin, o deja usted la obra de sus muchachos o la del Refugio. Pi?nselo y ya me responder?.

-Mi respuesta est? pensada. Usted tiene dinero y encontrar? f?cilmente cuantos sacerdotes quiera para sus obras. No ocurre lo mismo con mis pobres chicos. Si ahora yo me retiro todo se vendr? abajo; por lo tanto, seguir? haciendo lo que pueda en el Refugio, aunque cese oficialmente en el cargo, pero me dar? de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.

-?Y de qu? va a vivir usted?

-Dios me ayud? siempre y me ayudar? tambi?n en lo sucesivo.

-Pero usted no tiene salud, y su cabeza no le rige; se engolfar? en deudas, vendr? a m?, y yo le aseguro desde ahora que no le he de dar ni un c?ntimo para sus chicos".

Ante el dilema "acept? el despido -escribir?a el Santo- abandon?ndome a lo que Dios quisiera de m?. Entretanto se impon?a cada vez m?s el rumor de que don Bosco se hab?a vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; otros re?an, el Arzobispo dejaba hacer, don Cafasso me aconsejaba contemporizar, el te?logo Borel callaba. As? es que todos mis colaboradores me dejaron solo con mis cuatrocientos muchachos".


La respuesta de san Jos? Benito Cottolengo

Algo parecido le sucedi? a san Jos? Benito Cottolengo al que insultaban por la calle, llam?ndolo iluso, imprudente, incapaz y sacacuartos. "La Cruz acompa?a y distingue a las obras de Dios", escribe el bi?grafo. A Cottolengo, a?ade, "no le faltaron las m?s amargas pruebas. Fueron, ante todo, las desaprobaciones de sus superiores y de sus compa?eros de la Colegiata, impresionados por el desarrollo imprevisto de la Obra".

La autoridad eclesi?stica le clausur? la labor apost?lica que hab?a emprendido: y le obligaron a desalojar a los enfermos que cuidaba en el peque?o Hospital de Tur?n, en el que trabajaban las religiosas de la Congregaci?n que hab?a fundado.

San Jos? Benito acept? la decisi?n con la paz habitual en los hombres santos y respondi? tambi?n al modo de los santos. Cuando se cerni? la amenaza del c?lera sobre Tur?n, m?s que protestar o recordarles a todos lo injustos que hab?an sido con ?l en el pasado, se puso a su disposici?n, junto con sus religiosas, para ayudar a los atacados en los lazaretos de la ciudad...


Un pleito doloroso

San Enrique de Oss?, Fundador de la Compa??a de Santa Teresa, supo tambi?n de pleitos dolorosos con otras instituciones de la Iglesia, con motivo de la construcci?n en Tortosa de un noviciado de la Compa??a, cuando ?sta contaba s?lo con cinco a?os de existencia.

El 12 de octubre de 1879 -cuenta el Cardenal Gonz?lez Mart?n- tomaban oficialmente posesi?n del noviciado la M. Saturnina Jass? y un grupo de novicias venidas de Tarragona. El edificio estaba a?n a medio construir. Pues bien, al d?a siguiente, 13, unas religiosas presentaban en el provisorato de Tortosa un recurso en el que ped?an protecci?n y justicia por los graves perjuicios que, seg?n dec?an, les acarreaba la construcci?n del colegio-noviciado, muy pr?ximo a su convento y en solares que pertenec?an a ellas, por lo cual los reclamaban.

Pronto se supo que junto a esas religiosas "aparec?an, incomprensiblemente hostiles a D. Enrique, tres sacerdotes (...) que hab?an sido hasta entonces incondicionales amigos suyos y devotos del Fundador de la Compa??a"".

El provisor y Vicario General de Tortosa contest? al recurso reconociendo la buena fe del Santo, pero le mand? derribar a sus expensas el edificio antes de que pasaran tres a?os y devolverle el terreno a las Religiosas, tal y como estaba.

El Santo intent? llegar a un acuerdo amistoso, sin ?xito, y se vio forzado a comenzar un largo pleito que dur? quince a?os.

No disponemos de espacio para mencionar todos los extremos de ese pleito, en el que cada parte litigante cre?a contar con poderosas razones. Lo que interesa en nuestro caso, m?s que analizar posturas y dictaminar responsabilidades, es resaltar que durante ese per?odo el Fundador utiliz? todos los medios jur?dicos a su alcance, sin perder la serenidad, sin culpar ni desprestigiar a nadie.

Cuando march? a Roma, estaba preocupado de que durante esa estancia pudiesen despertarse entre sus hijas espirituales alguna aversi?n contra los que les causaban aquellas dificultades, y les escribi? diciendo: "Hijas, no quer?is ofender a Dios, nuestro Padre. Todos son unos santos. Todos queremos luchar sobre la verdad. La buena fe no se ha de perder".

A esas contradicciones se sum? el Entredicho en el que se puso el edificio en 1884, por el que se prohib?a celebrar la Santa Misa y tener a Jes?s Sacramentado en la capilla. "Para un instituto religioso que apenas ha empezado a vivir -comenta el bi?grafo- el golpe era equivalente a la explosi?n de una mina en sus cimientos".


El entredicho

Aquel entredicho da?? la imagen de toda la fundaci?n y la del propio Fundador. "La fama del Fundador -escribe el bi?grafo-, su dignidad sacerdotal, su propio honor humano, quedaban expuestos a los m?s peligrosos comentarios. ?Era un hombre de Dios o era sencillamente un ambicioso? Si lo primero, ?por qu? la autoridad eclesi?stica lanzaba contra ?l tan duro castigo? Si lo segundo, ?a qu? pensar en futuros proyectos de extensi?n y arraigo de la tan ponderada Compa??a? (...) ?Y qu? pensar?an de todo aquello las familias que hab?an entregado sus hijas a D. Enrique para aquella obra que ?l llamaba santa?".

Sin embargo, el Santo no se desalent?. Durante aquel per?odo las vocaciones vinieron, m?s numerosas todav?a, y poco a poco las relaciones y los equ?vocos se fueron aclarando. Al fin, el 22 de abril de 1885, el Tribunal metropolitano de Tarragona dict? sentencia favorable y declar? nulo y sin efecto el Decreto de Entredicho.


Olvidamos demasiado pronto...

Un jesuita, Jos? Antonio Ezcurdia, al comparar las tribulaciones de san Josemar?a Escriv? y san Ignacio, escrib?a en el Diario Vasco de San Sebasti?n, en mayo de 1992, que ni el uno ni el otro vivieron en tiempos f?ciles y "de ah? que las contradicciones, contestaciones y persecuciones jalonaran sus vidas y sus respectivas fundaciones, novedosas ambas para sus coet?neos.

Olvidamos demasiado pronto, porque se difuminan en la lejan?a de la Historia, los procesos sufridos por Ignacio en Alcal?, en Salamanca, en Par?s, en Venecia, en Roma... y el impacto que, sin duda, produjeron en sus desconcertados seguidores. Quien lo recuerde comprender? que el fen?meno se haya repetido con don Josemar?a y su quehacer" .


La lecci?n de Guadix

Un amigo de san Josemar?a, san Pedro Poveda, padeci? graves contradicciones. En la Cuaresma de 1902, cuando ten?a 28 a?os, hab?a predicado una misi?n en las cuevas que rodeaban la ciudad de Guadix, en la provincia de Granada, habitadas en su gran mayor?a por gitanos indigentes. Esas cuevas eran un lugar de abandono y miseria casi secular, donde los ni?os crec?an sin instrucci?n ni ense?anza de ning?n tipo.

Ante esa situaci?n, el Santo, sin abandonar otras actividades sacerdotales, comenz? a desarrollar all? una gran labor apost?lica y pastoral. En muy poco tiempo puso en marcha las Escuelas del Sagrado Coraz?n, a las que asist?an cuatrocientos ni?os, y a pesar de los escasos medios con los que contaba, se preocup? de que tuvieran los m?todos pedag?gicos m?s renovados; y fund? la Hermandad de Santa Teresa de Jes?s.

Logr? adem?s interesar de tal modo en aquel proyecto a las autoridades p?blicas y a los centros culturales, que, dos a?os m?s tarde, en 1904, fue nombrado hijo predilecto de la ciudad. El sentimiento general era de agradecimiento, de gratitud... y de envidia.

Se repiti? la historia. "Terminadas las obras y cuando m?s promet?a aquella fundaci?n del Sagrado Coraz?n de Jes?s, surgieron los disgustos que pudieron poner fin a mi vida. Jam?s pens? en salir de Guadix -contaba san Pedro Poveda en sus Notas autobiogr?ficas-. So?? siempre que se me enterraba bajo el altar de las Cuevas; pero no sucedi? as?. El nombramiento de hijo adoptivo predilecto, y el poner mi nombre a la calle de Zapater?as, fueron la explosi?n de un estado latente, que hac?a tiempo ven?a dominando... La serie completa de circunstancias que se dieron la mano para favorecer el plan de frailes, sacerdotes y seglares que, so pretexto de bien, obraron desprovistos de caridad, es imposible de referir. Hubo momentos en que todo se concert? contra m?.

?Mi salud se quebrant? para siempre; y el amargor de aquella vida rodeada de asechanzas, lo tengo a?n en el paladar. Padec? por espacio de unos cuatro a?os horribles escr?pulos. Sobre todo dos de ellos fueron para perder la cabeza. No obstante, yo miro con amor los a?os aquellos de desolaci?n... Sobre todo desde el 16 de julio de 1904, ya fue un perpetuo sufrimiento. No pas? d?a sin tener que lamentar algo.

?Mi decisi?n de partir fue tomada, despu?s de pensarlo mucho, y poniendo la mira en el bien de los dem?s y en el m?o propio. Propuse todo cuanto cre? ser lo mejor para librar al pr?jimo de inculpaciones, pero no se me hizo caso. Hab?a quiz? empe?o en destrozarme, y cuando vieron que march? y no pod?an saciar su odio, si era odio lo que ten?an, son? la explosi?n sin caridad ninguna.

?La lecci?n de Guadix debi? servirme m?s de lo que me sirvi?; pero no me ense?aron poco aquellos d?as de incomparables amarguras?.


Con el apoyo de la Santa Sede

No puede concluirse de los ejemplos anteriores que, por el hecho de que muchos santos hayan sido criticados dentro del seno de la propia Iglesia, sus figuras hayan sido como unos islotes de pureza dentro de una marea corrompida. Nada m?s falso. Hemos citado unos ejemplos concretos, espigados entre muchos, no para mostrar la falibilidad de determinados miembros de la Iglesia -que actuaron por lo general con buena voluntad, pensando que agradaban a Dios-, sino para resaltar la actitud de los santos frente a las incomprensiones de los propios miembros de la Iglesia.

Por otra parte, no hay que olvidar que tambi?n los propios santos, movidos por su buena voluntad y por su celo apost?lico, se equivocaron en ocasiones y conocieron las limitaciones propias de la condici?n humana.

Dios se sirvi? de todas esas debilidades humanas de unos y otros -confusiones, faltas de entendimiento fruto de una mala informaci?n de los hechos, etc.- para mostrar m?s claramente el car?cter sobrenatural de sus empe?os apost?licos.

Un breve repaso a la historia de la Iglesia nos muestra que los miembros de la Jerarqu?a han apoyado habitualmente las propuestas innovadoras de muchos santos que chocaban fuertemente con la mentalidad de la ?poca, y que lo hicieron en muchos casos con una sorprendente decisi?n y fortaleza.

Se podr?an citar numerosos ejemplos, como el aliento de Pablo V a san Jos? de Calasanz en la Fundaci?n de las Escuelas P?as 51, o las palabras acogedoras de P?o IX a san Juan Bosco en los comienzos de la Sociedad Salesiana. Pero bastar? a nuestro prop?sito recordar el decidido impulso que dio la Jerarqu?a al nacimiento de dos grandes instituciones de la Iglesia: los dominicos y los franciscanos.


Santo Domingo

La primera fundaci?n dominicana, como comunidad de derecho diocesana totalmente consagrada a la predicaci?n en los t?rminos de la di?cesis de Toulouse, data del a?o 1215. En ese mismo a?o santo Domingo acompa?? a su Obispo, Fulco, al IV Concilio de Letr?n, celebrado a fines de ese mismo a?o. All? present? su obra incipiente al Papa Inocencio III, que lo estimul?, desde el primer momento, a esa tarea. "De vuelta a Toulouse -escribe Garganta- recibi? la iglesia de San Rom?n, y su comunidad qued? constituida en casa de can?nigos regulares con la misi?n peculiar de predicadores diocesanos".

Al a?o siguiente, el 22 de diciembre de 1216, Honorio III confirm? la fundaci?n de San Rom?n. "Un r?pido proceso institucional -prosigue Garganta-, jalonado por una copiosa serie de Bulas papales, transform? la obra tolosana de San Rom?n, tan limitada, en una Orden religiosa de car?cter universal, de Derecho pontificio (...). Muy pronto esta nueva familia religiosa comenz? a llamarse oficialmente Orden de los frailes predicadores."

Dos a?os m?s tarde, santo Domingo obtuvo del Papa nuevas Bulas que alentaron la naciente instituci?n apost?lica, con el apoyo de ilustres eclesi?sticos de la Curia Romana, como el Cardenal Hugolino, el futuro Papa Gregorio IX. Y durante la expansi?n de la Orden el Papa Honorio III le dio un apoyo fervoroso y constante.

Una muestra de ello es que en 1220 escribi? a diversos monjes, pertenecientes a distintas instituciones de la Iglesia, indic?ndoles que se pusieran a las ?rdenes del Santo para llevar a cabo una gran campa?a de predicaci?n en la Italia Septentrional. Otro ejemplo pl?stico de ese aprecio papal fue la entrega de la iglesia de San Sixto en Roma a los dominicos y posteriormente de la de Santa Sabina, en el Aventino, que sigue siendo la sede del Maestro General de la Orden de Predicadores.

Santo Domingo falleci? el 6 de agosto de 1221, y fue canonizado por el Papa Gregorio IX trece a?os, m?s tarde, el 3 de julio de 1234.

El Cardenal Hugolino apoy? decididamente tambi?n a otra Orden naciente, la franciscana, que tuvo en sus comienzos un desarrollo rapid?simo. El mismo Papa, que tanto alentar?a a santo Domingo en su tarea predicadora, aprob? verbalmente en 1209 la "forma evang?lica de vida" franciscana, o Regla primera, cuando se la expuso el propio san Francisco, acompa?ado de los primeros doce disc?pulos. As? naci? la Orden de los Frailes o Hermanos menores.

Catorce a?os m?s tarde, el 29 de noviembre de 1223, el Papa aprobar?a la segunda Regla elaborada por san Francisco, en la que tanto intervino el propio Cardenal Hugolino, aunque sin violentar nunca la originalidad de la instituci?n. San Francisco falleci? el 3 de Octubre de 1226 y fue canonizado dos a?os m?s tarde, el 16 de julio de 1228.

Estos dos ejemplos, entre los numeros?sirnos que podr?amos citar, muestran el decidido y pronto apoyo de la Jerarqu?a, que supo descubrir desde los inicios el soplo del Esp?ritu que se manifestaba en esas nuevas iniciativas apost?licas.

La pronta canonizaci?n de los Fundadores de esos nuevos caminos de espiritualidad -en algunos casos llevadas a cabo en fechas muy cercanas a su muerte, como la de san Francisco- muestra, adem?s del reconocimiento de la santidad de esos hombres y mujeres por parte de toda la comunidad cristiana, el respaldo hacia sus apostolados por parte de la Jerarqu?a. El ejemplo reciente de la beatificaci?n de la Madre Teresa no hace sino confirmarlo.

"Sus respectivas canonizaciones -escribe Illanes, refiri?ndose a san Francisco y santo Tom?s- no implicaron ciertamente, ni una sanci?n a la totalidad de sus acciones ni la atribuci?n de un car?cter absolutamente normativo a sus figuras -se puede ser cristiano sin inspirarse en San Francisco de As?s o sin comprometerse con la teolog?a de Tom?s de Aquino-, pero s? mostraron que el temple del alma que manifestaron y el camino que trazaron eran un temple y un camino que un cristiano pod?a, con segura conciencia, hacer suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su irradiaci?n, como documenta ampliamente la historia, en los casos antes citados, y en otros muchos m?s".

Esta actitud de comprensi?n y aliento de la Jerarqu?a y de los miembros de la Iglesia define el marco en el que hay que encuadrar los sucesos de incomprensi?n a los que nos hemos referido con anterioridad -que son excepciones dentro de una conducta general-, y definen tambi?n el contexto en el que hay que situar las contradicciones a las que nos referiremos en cap?tulos sucesivos.


Muchos detractores rectificaron

Muchos de sus detractores rectificaron en su actitud frente a los santos, con el paso del tiempo, ya mejor informados.


Vicente de la Fuente, que tanto hizo sufrir a santa Micaela, quiso escribir tras su muerte la vida de la Fundadora "en reparaci?n de las ofensas propaladas contra la misma". "Yo mismo que esto escribo -confesaba en su biograf?a- o? estas difamaciones y lo que es peor, les di cr?dito, siendo Secretario de la Congregaci?n de la Doctrina cristiana en

Otros detractores fueron reconociendo la santidad de los que criticaban anteriormente de un modo gradual, como el Padre Leschassier, que tan duramente hab?a tratado a san Luis Mar?a Grignion de Montfort. Empez? admitiendo sus dudas sobre su "buen esp?ritu" y, tras su muerte, se atrevi? a decir: "Ya ven ustedes que yo no entiendo de Santos".

Jos? Miguel Cejas, "Piedras de esc?ndalo"

Publicado por mario.web @ 10:44
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