S?bado, 21 de mayo de 2011
Los laicos en la Iglesia son como un ?gigante dormido? que ?comienza a despertarse?
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?Podr?a ser la hora del laico?
?Podr?a ser la hora del laico?

A lo largo del siglo XX, los l?deres de la Iglesia Cat?lica suplicaron con creciente urgencia a los hombres y mujeres laicos, que fueran cat?licos m?s activos en la sociedad y --desde el Concilio Vaticano II-- que se involucraran m?s en los asuntos de la Iglesia. Esas s?plicas encontraron una c?lida respuesta entre los cat?licos norteamericanos de los a?os treinta, cuarenta y cincuenta. Pero, a medida que los cat?licos ganaban en poder econ?mico e influencia, el apostolado laico se resent?a, mientras que las nuevas oportunidades para servir a la Iglesia institucional que daban vac?as. No resulta sorprendente que Juan Pablo II, con su historial de estrecha colaboraci?n con hombres y mujeres laicos, haga frecuentes referencias al laicado, equipar?ndolo con un ?gigante dormido?. Durante d?cadas, el gigante parec?a perdido en el sue?o profundo de un adolescente. Ahora que el ?gigante dormido? comienza a despertarse --debido al alcance que han tenido en la prensa las conductas sexuales de algunos cl?rigos-- empieza a parecer que el gigante tiene la fe de un preadolescente. Tras una larga espera, ?podr?a ser esta la hora del laico?

El resurgir reciente que se ha producido en organizaciones laicales sugiere que ha llegado el momento de analizar, debido a lo mucho que se ha avanzado en los ?ltimos a?os tanto a nivel econ?mico como a nivel social, qu? es exactamente lo que han entendido los cat?licos estadounidenses sobre la vocaci?n laical. ?Est?n los aproximadamente 63 millones de cat?licos --y que representan m?s de un quinto de la poblaci?n-- evangelizando la cultura, tal y como ha de hacer cada cristiano, o la cultura les est? evangelizan do a ellos? Dado que muchas veces los poetas y novelistas nos ayudan a ver las cosas de una forma nueva y con m?s claridad, propongo acercamos a esta cuesti?n a trav?s del prisma de un observador literario del mundo moderno.

El protagonista de ?El hablador?, de Mario Vargas Llosa, es, en realidad, no tanto una persona sino m?s bien un grupo, una tribu n?mada que habita en la selva. Los extranjeros la conocen como ?los machiguengas?, pero ellos se llaman a s? mismos ?la gente que anda?. El lector nunca llega a encontrarse con los machiguengas cara a cara; s?lo sabemos de ellos a trav?s del narrador, que intenta averiguar si existen. Nos dice que, desde tiempos inmemoriales, las historias y tradiciones de ?la gente que anda? fueron recordadas, enriquecidas y transmitidas de generaci?n en generaci?n por ?habladores? las personas que les recuerdan su historia. Esta historia ayudaba a la tribu a mantener su propia identidad --a seguir andando--, pasara lo que pasase, a trav?s de muchos cambios y crisis de todo tipo. Pero a medida que la selva fue cediendo terreno a la agricultura y a la industria, los Machiguengas se dispersaron. Durante un tiempo, sus ?habladores? viajaban de un n?cleo familiar a otro; y as? se manten?an unidos. Los ?habladores? eran ?la savia viva que circulaba y convert?a a los Machiguengas en una sociedad, en un pueblo de personas interconectadas e interdependientes?. Pero los antrop?logos creen que los ?habladores? murieron, que los Machiguengas fueron absorbidos por pueblos y ciudades, y que sus historias sobreviven s?lo para entretener. El narrador piensa de manera distinta, y el drama de la novela viene dado por el esfuerzo que hace para ver si realmente es verdad que un extra?o pelirrojo, con el fin de que no pierdan su historia y el conocimiento de quienes son, se ha convertido en el ?hablador? de los Machiguengas.

Este problema --el problema de c?mo gentes dispersas recuerdan qui?nes son y, por tanto, lo que les hace ser personas-- es el que est? en el centro de las dificultades con las que se enfrenta la Iglesia (que podr?a ser traducida como la ?gente-llamada-a estar unida?) en Estados Unidos. Los cat?licos se constituyen como personas en virtud de la Historia de la salvaci?n del mundo, y parte de esta Historia requiere que sean activos en el mundo, diseminando la Buena Nueva all? donde est?n. La ?gente-llamada-a estar unida? est? llamada a dar testimonio, y a seguir dando testimonio pase lo que pase, dentro y fuera de temporada. ?C?mo han cumplido los cat?licos esa historia viva a trav?s de las crisis, los cambios, las tentaciones y las oportunidades con las que se han encontrado en el territorio de misi?n que es Estados Unidos?

Desde el principio, los cat?licos que llegaron a Am?rica del Norte eran extranjeros en una tierra protestante. En el momento de la fundaci?n, varios estados hab?an establecido iglesias protestantes. El congregacionalismo era, por ejemplo, la religi?n oficial en Massachusetts hasta 1833; y en muchas ciudades de Nueva Inglaterra, la casa de reuni?n congregacional era el lugar del gobierno de la ciudad, as? como el lugar donde el domingo se rezaba. De todas maneras, cuando Alexis de Tocqueville hizo un estudio del panorama social norteamericano en 1831, predijo que los cat?licos florecer?an ah?. La creciente presencia cat?lica ser?a beneficiosa para el experimento de autogobierno de la joven naci?n porque --argumentaba-- su religi?n les hac?a ser ?la clase m?s democr?tica en Estados Unidos? ya que impone las mismas exigencias a todos, ricos y pobres, y permite a sus seguidores libertad para actuar en la esfera pol?tica.

El visitante franc?s, un hombre con visi?n de futuro, nunca sospech? que se estaba formando una tormenta en el mismo momento en el que escrib?a esas palabras. No supo detectar el anticatolicismo, que se fundir?a con el nativismo y que eructar?a en violencia a medida que los inmigrantes cat?licos llegaban de Europa en n?mero cada vez mayor. En 1834, en Boston --la ciudad que se consideraba la m?s civilizada de Am?rica--, una multitud airada quem? completamente un convento de Ursulinas mientras la polic?a y los bomberos se limitaban a mirar c?mo se destru?a el edificio. Tres a?os m?s tarde, un grupo de pir?manos destroz? la mayor parte de zona irlandesa de la ciudad. A lo largo del pa?s se repitieron atrocidades similares. Pero la creciente econom?a demandaba mano de obra barata, y los inmigrantes no hac?an m?s que llegar desde Irlanda, Italia, Alemania, la parte francesa de Canad? y Europa del Este. A principios del siglo XX, con sus doce millones de miembros, la Iglesia Cat?lica era la comunidad religiosa m?s numerosa y la que crec?a con mayor rapidez.

Luchando por sobrevivir en un ambiente hostil, los cat?licos inmigrantes construyeron sus propios colegios, hospitales y universidades. Aprovechando la tendencia natural de los americanos a asociarse, formaron innumerables organizaciones fraternales, sociales, de caridad y profesionales. Los protestantes ten?an a los masones y a la Estrella del Este, y los cat?licos a los Caballeros de Col?n y a las Hijas de Isabel. Con gran esfuerzo y sacrificio, construyeron, en palabras del historiador Charles Monis, ?un estado virtual dentro de otro estado para que los cat?licos pudieran vivir la mayor parte de sus vidas bajo el calor y la protecci?n de instituciones cat?licas?. Desde sus barrios en las ciudades del norte, los reci?n llegados se involucraron en procesos pol?ticos democr?ticos para ganar poder pol?tico a nivel estatal y local. Pero cuando Al Smith, el gobernador cat?lico de Nueva York, se present? a las elecciones presidenciales de 1928, se desencadenaron demostraciones anticat?licas virulentas. El hecho de que perdiera de manera tan estrepitosa reforz?, durante los a?os treinta, cuarenta y cincuenta, la sensaci?n de falta de integraci?n de los cat?licos.

Curiosamente, cuando los cat?licos estaban menos integrados en la sociedad fue en el periodo en el que eran m?s activos --como cat?licos-- en el mundo. En 1931, en el cuarenta aniversario de la hist?rica enc?clica social Rerum Novarum, P?o XI pidi? ayuda a los cat?licos para que hicieran de contrapeso a la transformaci?n comunista o fascista de la sociedad. ?Hoy en d?a --escribi? en Quadragesimo Anno--, como m?s de una vez en la historia de la Iglesia, nos enfrentamos con un mundo que en gran medida ha vuelto a caer en el paganismo?. Dijo a los fieles cat?licos que ?deber?an dejar de lado sus luchas internas? para que cada persona pudiera desempe?ar su papel ?en lo que sus talentos, poder y estado permitan?. De manera pac?fica, pero de una forma militante para ?la renovaci?n cristiana de la sociedad humana? los laicos deber?an ser los ?ap?stoles principales e inmediatos? en esa lucha.

La respuesta de los cat?licos en Estados Unidos fue todo lo positiva que el Papa hubiera podido desear. Fueron instrumentos para romper la influencia comunista en el movimiento obrero, y convirtieron al Partido Dem?crata del norte urbano en el partido de vecinos, de la familia y del trabajador.

El fil?sofo espa?ol Jorge Santayana, que fue profesor en Harvard a principios del siglo XX, estaba intrigado por el contraste que ?l percib?a entre una cultura americana boyante y optimista y la antigua fe cat?lica, con su ?gran desilusi?n por este mundo y su poca ilusi?n por el siguiente?. En 1934 escribi? que los cat?licos en Estados Unidos no ten?an conflictos con sus vecinos protestantes porque ?sus religiones respectivas pasan entre ellos como asuntos familiares privados y sagrados sin implicaciones pol?ticas?. Si Santayana hubiera pasado menos tiempo en Cambridge (Massachusetts) y m?s en Boston, se habr?a dado cuenta de que el catolicismo de las comunidades urbanas de inmigrantes no era --en modo alguno-- un asunto ?privado?; simplemente, estaba impregnado en los barrios.

Fueron esas d?cadas en que los cat?licos estuvieron profundamente involucrados, como cat?licos, en la parroquia, en el trabajo y en el barrio. Tambi?n fue un tiempo en el que la ?gente-llamada-a estar unida? tuvo la fortuna de contar con multitud de ?hablado res?. En los colegios parroquiales, en la Eucarist?a y en sus devociones, y tambi?n alrededor de sus mesas de cocina, a los cat?licos se les recordaba constantemente qui?nes eran, de d?nde ven?an y cu?l era su misi?n en el mundo.

Pero como san Pablo dijo a los corintios, ?tal y como lo conocemos, el mundo pasa?. A medida que los cat?licos escalaban pelda?os sociales, cambiaron sus viejos barrios por casas en las afueras de las ciudades. Los padres empezaron a mandar a sus hijos a colegios p?blicos y a universidades no cat?licas. Las vocaciones religiosas decrecieron. La movilidad social y geogr?fica disemin? las comunidades cat?licas de memoria y de ayuda mutua-- con la misma fuerza con que la agricultura y la industria le comi? terreno a la selva de los machiguengas. Con la llegada de los a?os sesenta, la naci?n dentro de una naci?n se hab?a disuelto, y la di?spora hab?a empezado.

La ?gente-llamada-a estar unida? se embarc? en lo que Monis describe con acierto como ?un proyecto peligroso de cortar su conexi?n entre la religi?n cat?lica y la cultura (...) individualista, que hab?a sido siempre la fuerza de su dinamismo, su atractivo y su poder?. La transici?n qued? simbolizada en la elecci?n como presidente de John F. Kennedy, un cat?lico muy integrado, que igualaba a los nativos en el vigor de su denuncia de ayuda p?blica a colegios parroquiales. La elecci?n de 1960 ense?? a los descendientes de inmigrantes que todas las puertas estaban abiertas para ellos, siempre y cuando no fueran demasiado cat?licos.

Dos a?os m?s tarde comenz? el Concilio Vaticano II, el esfuerzo hist?rico de la Iglesia por afrontar las dificultades de llevar el Evangelio a las estructuras, cada vez m?s secularizadas, del mundo moderno. Los padres del Concilio entendiendo que la cooperaci?n con el laicado resultaba crucial, enviaron mensajes claros y contundentes a hombres y mujeres laicos, record?ndoles que son la primera l?nea de defensa en la misi?n de la Iglesia en la sociedad, y que, ah? donde se encontraran, ten?an que hacer todo lo posible por ?consagrar el mundo a Dios?.

Pero lo que suced?a en Estados Unidos y en otros pa?ses desarrollados hac?a m?s dif?cil que nunca que el mensaje pudiera llegar. La rotura de amarras en el campo sexual, el incremento de familias separadas y la entrada masiva de madres con ni?os peque?os al mundo laboral constituy? un experimento social masivo, una revoluci?n demogr?fica sin precedentes para la que ni la Iglesia ni las sociedades afectadas estaban preparadas.

En esos a?os turbulentos, los cat?licos sufrieron presiones para tratar su religi?n como un asunto absolutamente privado y para que adoptaran un catolicismo parcial destinado a elegir con qu? partes de la doctrina se que daban y cuales rechazaban. Muchos de sus ?habladores? --te?logos, educadores religiosos y el clero-- sucumbieron a la misma tentaci?n. En este contexto, era dif?cil que las exigentes demandas del Concilio Vaticano II se escucharan. Por si eso fuera poco, los buenos mensajes llegaron, en multitud de ocasiones, distorsionados. En su sentido m?s importante, las cuestiones m?s dif?ciles de resolver de los a?os posconciliares fueron las que trataban sobre c?mo de lejos pod?an ir los cat?licos en su adaptaci?n a la cultura existente y seguir siendo cat?licos.

Aunque la sociedad se secularizaba a pasos agigantados, algunos elementos del protestantismo se mantuvieron tan o m?s fuertes que nunca: individualismo radical, intolerancia con los que opinaban de manera distinta (dirigida hacia la disidencia de los dogmas seculares que reemplazaron al cristianismo como sistema de creencias de muchos) y una hostilidad permanente hacia los cat?licos. Para el cat?lico que progresaba, integrarse en esta cultura signific? ceder a un anticatolicismo en un grado que hubiera sorprendido a nuestros antecesores inmigrantes.

Pero eso es lo que hicimos demasiados de nosotros. En los a?os setenta, Andrew Greeley observ? que, ?de todos los grupos minoritarios en este pa?s, los cat?licos son los menos preocupados por sus propios derechos y los que menos conciencia tienen de la discriminaci?n persistente y sistem?tica en las altas esferas del mundo corporativo e intelectual?.

En esta observaci?n, as? como en los casos sobre abusos sexuales de menores y en el incremento de la subcultura homosexual entre el clero, el Padre Greeley estaba en lo cierto. Hasta que mi marido, que es jud?o, me hizo reflexionar sobre este tema, siento decir que soy un ejemplo de ello. En los a?os setenta --yo daba clase en la Facultad de Derecho de Boston College--, durante las vacaciones de verano, alguien quit? los crucifijos de las paredes. Aunque la mayor?a de los miembros del profesorado ?ramos cat?licos y el decano era un sacerdote jesuita, ninguno protest?. Cuando se lo cont? a mi marido, no se lo pod?a creer. Me dijo: ?Qu? os pasa a los cat?licos? Si alguien hubiera hecho algo parecido con los s?mbolos jud?os, habr?a habido un esc?ndalo. ?Por qu? los cat?licos acept?is estas cosas??.

Ese fue un momento de cambio para m?. Empec? a preguntarme: ?Por qu? nosotros los cat?licos aceptamos este tipo de cosas? ?Por qu? les damos tan poca importancia a temas relacionados con la fe por los que nuestros antepasados hicieron tantos sacrificios?

En muchos casos, la contestaci?n tiene su base en la necesidad de progresar y de ser aceptados. Pero para la mayor?a de los cat?licos de la di?spora americana, creo que el problema es m?s profundo: ya no saben hablar sobre lo que creen o por qu? creen. La ?gente-llamada-a estar unida? ha perdido su identidad y no sabe a qu? est? llamada.

Tambi?n parece que han perdido muchas cartas. Uno se pregunta: ?Cu?ntos cat?licos laicos han le?do cualquiera de las cartas que los Papas les han enviado a lo largo de los a?os?, ?cu?ntos cat?licos saben dar una explicaci?n l?gica sobre temas elementales sobre lo que ense?a la Iglesia en materias cercanas a ellos, como la Eucarist?a o la sexualidad, o qu? decir del apostolado laico? Si son pocos los que pueden hacerlo, no ser? por falta de comunicaciones desde Roma.

Construyendo sobre la Rerum Novarum y sobre Quadragesimo Anno, los padres del Concilio Vaticano II recordaron a los fieles laicos que es responsabilidad suya la de ?evangelizar los sectores familiares, sociales, profesionales, culturales y de la vida pol?tica?.

Estos han sido temas constantes en el pontificado de Juan Pablo II. En Sollicitudo Rei Socialis, por citar un ejemplo, renov? la llamada para un apostolado social, enfatizando ?el papel preeminente? de los laicos en la protecci?n de la dignidad de la persona, y pidiendo ?tanto a hombres como a mujeres (...) que estuvieran convencidos (...) de sus respectivas responsabilidades, y para dar testimonio --por la forma en la que viven como personas y como familias, por el uso de sus recursos, por su actividad c?vica, por su contribuci?n en decisiones econ?micas y pol?ticas, y por su compromiso personal, a proyectos nacionales e internacionales-- las medidas inspiradas por la solidaridad y el amor y la preferencia por los m?s pobres?.

En 1995, en Baltimore, el Papa dej? muy claras las implicaciones de una vocaci?n laica para los americanos contempor?neos: ?Algunas veces, ser testigos de Cristo significa extraer de una cultura el sentido m?s completo de sus intenciones m?s nobles (...). En otras ocasiones, ser testigos de Cristo significa hacerle frente a esa cultura, especialmente cuando la verdad sobre la persona humana est? bajo asalto?.

Ahora que el ?gigante dormido? est? empezando a dar signos de recobrar su conciencia cat?lica, la Iglesia va a tener que aceptar que el laicado m?s educado de la historia ha olvidado gran parte de su historia. Ha olvidado de d?nde vino. Entre tanto, al igual que con todo movimiento emergente de masas, los activistas con ideas claras sobre d?nde quieren ir quieren asegurarse de que secuestran la fuerza del gigante para sus propios fines. En los ?ltimos meses, los cat?licos han o?do llamadas muy generales, pero estridentes, para que se produzcan ?reformas estructurales? destinadas a conseguir ?poder para los laicos? y para obtener mayor participaci?n laica en los ?poderes de decisi?n? internos de la Iglesia. El doctor Scott Appleby, por ejemplo, les dijo a los obispos americanos en su reuni?n del pasado junio que ?no exagero al decir que el futuro de la Iglesia en este pa?s depende de que compart?is autoridad con los laicos?.

Tambi?n se ha hablado mucho sobre la necesidad de una Iglesia Cat?lica estadounidense m?s independiente. ?Dejad que Roma sea Roma indic? Appleby. Adem?s, tenemos al gobernador Frank Keating, elegido por los obispos para presidir el National Review Board, y que, sorprendentemente, anunci? en su primera conferencia de prensa que, con respecto al papel del laicado, ?Martin Lutero --el dirigente de la reforma protestante-- ten?a raz?n?. The Voice of The Faith ful, la organizaci?n formada en 2002 por varios grupos de la burgues?a de Boston, se?ala como su misi?n la de ?facilitar una voz orante, atenta al esp?ritu, a trav?s de la cual los fieles puedan participar activamente en el gobierno y direcci?n de la Iglesia Cat?lica? (Una no tiene m?s remedio que preguntarse qu? esp?ritus han sido consultados cuando el dirigente de ese grupo presumi?, con gran exaltaci?n, en el Boston Globe, de que ?la corriente principal cat?lica en Estados Unidos, los sesenta y cuatro millones? hablaba a trav?s de la convenci?n de The Voice of the Faithful el pasado mes de julio).

Hasta la fecha, no hay signos de que ninguno de estos vocales tenga la sensaci?n de que la labor principal de los Evangelios sea precisamente decirles a los cristianos lo que tienen que hacer en esta vida. Incluso el ya fallecido cardenal Basil Hume, que favoreci? reformas en materias de Iglesia, hizo todo lo posible por alertar a un grupo reformador anterior, el Common Ground Initiative, contra ?el peligro de concentrar demasiada vida dentro de la Iglesia?: ?Sospecho --dijo en relaci?n a la necesidad de evangelizar-- que es un truco del demonio para confundir a la gente de buena voluntad al liarles la cabeza en temas obtusos y dif?ciles con el fin de que se olviden de que el papel esencial de la Iglesia es evangelizar?.

Al dejar fuera del cuadro la evangelizaci?n y el apostolado social, muchos laicos de prestigio est?n promoviendo algunos errores bastante b?sicos: que la mejor forma para que el laicado sea activo requiere estudiar t?rminos de gobierno de la Iglesia; que la Iglesia y sus estructuras son equivalentes a agencias del gobierno o compa??as privadas; que hay que mirar con desconfianza a la Iglesia y a sus ministros; y que la Iglesia necesita estar supervisada por reformadores seglares. Si esas actitudes toman cuerpo, har?n que sea muy dif?cil para la Iglesia salir de esta crisis y progresar sin comprometer sus ense?anzas o su libertad para ejercer su misi?n, la cual est? garantizada constitucionalmente.

Mucho de lo que se comenta en la calle refleja, simplemente, que, con el declive de las instituciones cat?licas, la experiencia real de apostolado laico ha desaparecido de la vida de la gran mayor?a de los cat?licos --con la aceptaci?n de que en la pr?ctica ya hay una complementariedad entre las distintas actuaciones de los miembros del cuerpo m?stico de Cristo--. Es de sentido com?n el que la gran mayor?a de nosotros, los laicos, estamos idealmente equipados para cumplir nuestra vocaci?n en los lugares donde vivimos y trabajamos. Precisamente porque estamos presentes en todas las ocupaciones seglares que los padres del Concilio Vaticano II enfatizaron, nuestra ?misi?n especial? para tomar una mayor parte activa, de acuerdo con nuestros talentos y conocimientos, en la explicaci?n y defensa de los principios cristianos y en su aplicaci?n a los problemas de nuestro tiempo. Juan Pablo II elabor? este tema en Christifideles Laici, donde se?al? que esto ser? posible en sociedades secularizadas s?lo ?si los fieles saben c?mo superar la separaci?n existente entre el Evangelio y la realidad de sus vidas, para, una vez m?s, tomar en su vida diaria, en sus familias, su trabajo, y la sociedad en la que se desenvuelven una unidad de vida que se manifiesta por la inspiraci?n y fuerza del Evangelio?.

Esos son los mensajes principales de todas esas cartas que la mayor?a de nosotros no ha le?do o contestado. Y esos son los mensajes que est?n tan notablemente ausentes de los comunicados de los dirigentes de grupos laicos que se han formado en los ?ltimos meses.

A medida que se fueron olvidando las experiencias del apostolado laico vivido, el ministerio laico --entendido como la actividad realizada por aquellos que proclaman las lecturas en la santa misa o ayudan a distribuir la comuni?n llevar?an al cristianismo americano aquellas visiones mucho antes de que nos di?ramos cuenta la mayor?a de nosotros-- se expandi? en los a?os posteriores al Concilio Vaticano II Por ello, no sorprende que muchos cat?licos piensen que la manera principal para ser activos como cat?licos es participar en la vida interna de la Iglesia. Da la sensaci?n de que los que clamaban para este tipo de participaci?n est?n asaltando una puerta abierta. La Iglesia lleva tiempo suplicando a hombres y mujeres laicos para que den un paso al frente y asuman posiciones a todos los niveles. Nadie deber?a quejarse, seamos claros, de que los obispos y sacerdotes sean reticentes a la hora de ceder puestos de responsabilidad a disidentes que quieren utilizar dichos puestos para cambiar ense?anzas b?sicas de la Iglesia.

Ning?n buen pastor va a invitar a los lobos a cuidar su reba?o. Ni que decir tiene que la Iglesia deber? realizar reformas estructurales con el fin de ir m?s all? de la presente crisis, y muchas de las llamadas de reforma vienen de hombres y mujeres bien intencionados. La gran mayor?a de los cat?licos est? acertada y profundamente preocupada por las recientes revelaciones de abusos sexuales por parte de algunos miembros de el clero; quieren hacer algo para solucionar la tragedia que han tra?do los sacerdotes infieles; y se aferran a los esl?ganes que hay en el aire. Pero los esl?ganes sobre ?reforma estructural? y ?reparto de poder? tienen su propio origen. Personas de mayor edad y miembros de una generaci?n de teor?as fallidas --pol?ticas, econ?micas y sexuales-- han saltado sobre la presente crisis como su ?ltima oportunidad para transformar el catolicismo americano en algo m?s compatible con el esp?ritu de la ?poca de su juventud. Es, como apunta Michael Novak, su ?ltima oportunidad de ir a tirar el muro. Escritores del Sur como Flannery O?Connor y Walker Percy vieron ad?nde.

El antih?roe de la obra de O?Connor Wise Blood se ubica como un predicador de la Iglesia de Cristo Sin Cristo. La novela escrita en 1971 por Percy, Love in the Ruins, est? ambientada en una ?poca no muy lejana, cuando la Iglesia Cat?lica se divide en tres partes: la Iglesia Patri?tica, con sus oficinas principales en Cicero, Illinois, donde el himno nacional se toca en el momento de la elevaci?n de la Sagrada Forma; la Iglesia Cat?lica Reformada Holandesa, fundada por varios sacerdotes y monjas que se marcharon para casarse; y ?lo que queda de la Iglesia Cat?lica, un peque?o grupo esparcido geogr?ficamente sin un lugar claro adonde ir?. Aunque la realidad no ha llegado, afortunadamente, a este punto, hay que hacer notar que los temas m?s sobresalientes de los autonombrados portavoces durante la crisis de 2002 han ido en estas direcciones: el deseo de tener una Iglesia americana libre de autoridad jer?rquica y el deseo de un magisterio a medida, libre de las duras ense?anzas en relaci?n al sexo y al matrimonio.

Entre tanto, al igual que el ap?stol Pablo, Juan Pablo II sigue mandando esas cartas resistentes, record?ndonos a los que con generosidad llama ?fieles? que los cristianos no tienen que conformarse con el esp?ritu de los tiempos, que han de buscar lo que es bueno, gustoso y perfecto ante Dios. Por en?sima vez, explica que ?no es cuesti?n de inventar un programa nuevo. El programa ya existe: el plan es el que encontramos en el Evangelio y en la Tradici?n viva; es el mismo de siempre?.

Cabr?a pensar que, como m?nimo, estos mensajes los recoger?an aquellos cat?licos cuya profesi?n es, precisamente, mediar entre las verdades que son ?las de siempre y siempre nuevas? bajo condiciones sociales nuevas. Pero el hecho es que demasiados te?logos cat?licos, educados en facultades de Teolog?a sin denominaci?n alguna, han recibido poca base en su propia tradici?n. Demasiados materiales de educaci?n religiosa est?n impregnados de rabia y fracasos por parte de quienes, en su d?a, fueron sacerdotes y monjas que trabajaron en editoriales religiosas porque su formaci?n les permit?a poco m?s. Y demasiados obispos y sacerdotes han dejado de predicar la Palabra de Dios en su contenido m?s pleno, incluidas las ense?anzas m?s dif?ciles de seguir en una sociedad hedonista y materialista.

El abandono de sus obligaciones por parte de demasiados habladores ha dejado a un n?mero excesivo de padres de familia mal equipados para poder luchar con competidores m?s poderosos en la formaci?n de las almas de sus hijos: los colegios gubernamentales (agresivamente seculares) y una industria del entretenimiento que disfruta enormemente eliminando cualquier trazo de catolicismo. No pretendo sugerir que los fallos de te?logos, educadores religiosos, obispos y sacerdotes excusen fallos en los laicos. Lo que s? quiero apuntar es que estamos en el principio de una monumental crisis de formaci?n.

El Padre Richard John Neuhaus ha dicho que la crisis de la Iglesia Cat?lica en 2002 tiene tres facetas: fidelidad, fidelidad y fidelidad. Tiene raz?n al enfatizar que la falta de fidelidad ha llevado a la Iglesia en Estados Unidos a una triste situaci?n. Pero tambi?n hay que decir que estamos pagando el precio por otro desastre tridimensional: formaci?n, formaci?n y formaci?n. Falta de formaci?n de nuestros te?logos, de nuestros educadores religiosos y, por tanto, de padres y madres de familia.

Los altavoces de la cultura de la muerte han subido el volumen a la hora de explotar la debilidad de la Iglesia, que ha sido, consistentemente, su enemigo m?s poderoso y temido. Hace m?s o menos treinta a?os, aparecieron con uno de los esl?ganes m?s destructivos jam?s inventados: ?Personalmente, estoy en contra de [aborto, el divorcio, la eutanasia ...], pero no puedo imponer mis opiniones a otros?.

Este eslogan es la anestesia moral que ofrecen quienes est?n preocupados por la de cadencia moral, pero que no saben c?mo exponer sus puntos de vista, especialmente en p?blico. S?lo m?s recientemente algunos cat?licos, protestantes y jud?os han dado un paso al frente para aclarar que, cuando en la vida p?blica los ciudadanos de una rep?blica democr?tica hacen comentarios religiosos basados en puntos de vista morales, no est?n imponiendo nada a nadie. Est?n proponiendo. Esto es lo que ha de ocurrir bajo nuestra forma de gobierno. Los ciudadanos proponen, dan razones, deliberan, votan. Es una doctrina siniestra la que intenta silenciar s?lo los puntos de vista morales que tienen una base religiosa.

Pero la anestesia fue eficaz a la hora de silenciar el testimonio de innumerables hombres y mujeres de buena voluntad. Y, por supuesto, el eslogan fue un ?xito para pol?ticos cobardes y faltos de principios.

En este momento, la persona que, conocedora de que el analfabetismo en materia de fe ha sido siempre com?n, podr?a preguntar, ??Por qu? precisamente ahora hay urgencia para la formaci?n??. La respuesta es que la escasa formaci?n presenta un peligro especial, precisamente ahora, en una sociedad en la que los cat?licos han perdido gran parte de su apoyo, y en donde la educaci?n en otras ?reas es avanzada. Si la educaci?n religiosa se queda atr?s en relaci?n con la educaci?n secular a nivel general, los cristianos est?n perdidos en la defensa de sus creencias incluso ante s? mismos. Van a sentirse incapaces cuando se enfrenten a un secularismo y a un relativismo tan extendidos en nuestra cultura.


Publicado por mario.web @ 16:20
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