S?bado, 21 de mayo de 2011
Autor:Lic. Patricia Elena Schell |
Fuente: Jornadas de Psicolog?a a la luz de la Fe, en Buenos Aires 2009


Ponencia de la Lic. Patricia Elena Schell durante las Jornadas de Psicolog?a a la luz de la Fe, en Buenos Aires 2009

El bien del hombre tomado como totalidad acontece de un solo modo, porque es una y concreta su naturaleza y su fin. Este modo ?nico se da por la concurrencia de todo aquello que pertenece a su perfecci?n, incluso de lo malo que depende del bien para existir, de manera tal que todas las cosas finalmente coinciden en el bien, no s?lo las buenas, sino tambi?n las malas.

Esa unidad que el bien produce en la vida del hombre est? dada por su fin ?ltimo, que orienta y da coherencia a toda ella, hecha de momentos y situaciones muy dispares en principio, pero guiadas siempre por la presencia m?s o menos expl?cita de ese fin. Ese fin no es otra cosa que la providencia divina que el hombre descubre a trav?s de la fe y de su raz?n.

Este bien, por otro lado es fundamentalmente un bien interior, que tiene la estabilidad de la virtud, que es justamente una disposici?n permanente, que s?lo posteriormente se expresa en obras exteriores buenas.

Sin embargo, a?n cuando la persona conozca y desee expl?citamente ese fin, no deja de verse asaltada en muchos momentos de su vida por la aparici?n, en alg?n sentido violenta, de fines ficticios que interrumpen o demoran la presencia activa y atrayente del fin ?ltimo.

Estos fines ficticios tienen or?genes diversos: cierta inclinaci?n natural mal orientada, una mala educaci?n, vicios expl?citamente cultivados, situaciones imprevistas o exigentes, etc.

Estas ficciones, como se?ala Alfred Adler, fundador de la psicolog?a individual, tienen un poder hipn?tico, es decir tienen un impulso propio que por no responder a la naturaleza humana engendran divisi?n.

Captar la relaci?n que guardan estas tendencias diversas con el fin ?ltimo de la vida humana, en el que se encuentra la perfecci?n y salud del hombre, es clave para una recta comprensi?n de la personalidad y su configuraci?n.

Es por ello que la presente exposici?n intentar? mostrar por un lado c?mo se realiza esta integraci?n y como interpretan algunos representantes de la psicolog?a contempor?nea, la coexistencia de estas tendencias que en muchos casos se erigen como fines ficticios y que parecen contradecir la existencia de un ?nico fin en la vida del hombre.

En efecto, la psicolog?a contempor?nea reduce la vida humana y su comprensi?n a una puja constante entre estos diversos impulsos, contrarios entre s?, sin considerar la preeminencia del verdadero fin de la vida, que se cuenta, para ellos en el mejor de los casos, entre una de las tantas tendencias que aparecen.

El hombre, para alguna de estas corrientes, siendo originariamente un ser identificado con su entorno, sea la naturaleza, el ?tero materno, la sociedad, etc., paulatinamente, por el ejercicio de su libertad, que supone siempre el pecado, va adquiriendo su individualidad. Esta individualidad es el resultado de la pugna de estas tendencias. Sin embargo el precio que tiene que pagar por ello, es el de la soledad, que en el mejor de los casos, debe ser canalizada creativamente, para no sucumbir en una forma de amor patol?gica que tienda a una uni?n simbi?tica que espera reinsertarlo in?tilmente en esa unidad originaria.

Entre aquellos que sostienen esta visi?n, podemos citar entre otros a Erich Fromm, autor norteamericano de la llamada escuela neo- freudiana.

?El hombre, cuanto m?s gana en libertad, en el sentido de emergencia de la primitiva unidad indistinta con los dem?s y la naturaleza, y cuanto m?s se transforma en ?individuo?, tanto m?s se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a v?nculos tales que destruir?n su libertad y la integridad de su yo individual.?

En el relato del pecado original, aparecer?a claramente esbozada, seg?n este autor, esta realidad: ?Una imagen particularmente significativa de la relaci?n fundamental entre el hombre y la libertad la ofrece el mito b?blico de la expulsi?n del hombre del para?so. El mito identifica el comienzo de la historia humana con un acto de elecci?n, pero acent?a singularmente el car?cter pecaminoso de ese primer acto libre y el sufrimiento que ?ste origina. Hombre y mujer viven en el Jard?n ed?mico en completa armon?a entre s? y con la naturaleza. Hay paz y no existe la necesidad de trabajar; tampoco la de elegir entre alternativas; no hay libertad, ni tampoco pensamiento. Le est? prohibido al hombre comer del ?rbol del conocimiento del bien y del mal: pero obra contra la orden divina, rompe y supera el estado de armon?a con la naturaleza de la que forma parte sin trascenderla. Desde el punto de vista de la Iglesia, que representa a la autoridad, este hecho constituye fundamentalmente un pecado. Pero desde el punto de vista del hombre se trata del comienzo de la libertad humana. Obrar contra las ?rdenes de Dios significa liberarse de la coerci?n, emerger de la existencia inconciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano.?


La presencia, en principio de la armon?a, es signo de falta de libertad. El uso de esta facultad supone, necesariamente la entrada del conflicto en la vida del hombre. Este es el precio que debe pagar para alcanzar su individualidad, la introducci?n en este juego de fuerzas opuestas.

De esta manera la orientaci?n del car?cter aparece fundamentalmente determinada por los impulsos dominantes dentro del movimiento dial?ctico.

Es decir, la contraposici?n de tendencias contrarias es lo que engendra un movimiento que determina la configuraci?n del car?cter. Sin embargo este movimiento es constante, es decir no deviene en reposo, sino que es constante contrariedad.

Justamente estas posturas ven en el movimiento dial?ctico, la clave de la comprensi?n de la conducta humana y del desarrollo de la cultura: ?Cuanto m?s crece el ni?o, en la medida en que va cortando los v?nculos primarios, tanto m?s tiende a buscar libertad e independencia. Pero el destino de tal b?squeda s?lo puede ser comprendido plenamente si nos damos cuenta del car?cter dial?ctico del proceso de individuaci?n creciente.?

Por otro lado la sociedad, que persigue fines diversos a los del individuo, aumenta el car?cter dial?ctico de la configuraci?n de la personalidad, contribuyendo al aumento de la tensi?n interna.

Freud, por su parte y en relaci?n a esto se?alaba precisamente que el yo es un pobre vasallo que sirve a muchos amos: la realidad, sus propios impulsos y las exigencias de la conciencia moral.

Es por esto que esta dial?ctica manifiesta algo positivo y algo negativo. Lo positivo es la tensi?n generada por el fin, lo negativo la inercia que impone el desorden. Ambos implican un impulso, una inclinaci?n que hay que reconocer, uno hacia delante y otro hacia atr?s.
La psicolog?a contempor?nea considera que los t?rminos de la dial?ctica son iguales, por eso este movimiento es constante e irremediable, no se puede salir.

?F?cilmente se ve que el yo es una parte del ello modificada por la influencia del mundo exterior, transmitido por el preconciente, o sea en cierto modo, una continuaci?n de la diferenciaci?n de las superficies. El yo se esfuerza en transmitir a su vez al ello dicha influencia del mundo exterior, y aspira a sustituir el principio del placer, que reina sin restricciones en el ello, por el principio de la realidad. La percepci?n es para el yo lo que para el ello el instinto. El yo representa lo que pudi?ramos llamar la raz?n o la reflexi?n, opuestamente al ello, que contiene las pasiones. La importancia funcional del yo reside en el hecho de regir normalmente los accesos a la motilidad. Podemos, pues, compararlo, en su relaci?n con el ello, al jinete que rige y refrena la fuerza de su cabalgadura, superior a la suya, con la diferencia de que el jinete lleva esto a cabo con sus propias energ?as, y el yo, con energ?as prestadas. Pero as? como el jinete se ve obligado alguna vez a dejarse conducir a donde su cabalgadura quiere, tambi?n el yo se nos muestra forzado en ocasiones a transformar en acci?n la voluntad del ello, como si fuera la suya propia.?

Es decir, la tendencia m?s genuina del hombre, son sus impulsos, que pugnan por su satisfacci?n. El yo, ocupa el lugar de la negatividad por su funci?n represora, a la que se suma la acci?n del super yo y de la sociedad. Por eso en realidad hay que decir que los t?rminos dial?cticos no son iguales, sino que el t?rmino negativo es el principal.

Si no existiera ese elemento represor, es decir negativo, no se dar?a el movimiento dial?ctico del que surgir?a la cultura: en t?rminos universales, afirma Freud, nuestra cultura se edifica sobre la sofocaci?n de las pulsiones.
Evidentemente esta sofocaci?n deviene, casi inevitablemente en una frustraci?n neur?tica:

?Toda vez que persistiendo la rebeli?n contra el mundo real falle o no baste ese precioso talento (se refiere al talento art?stico), ser? inevitable que la libido, siguiendo el rastro de las fantas?as, arribe por el camino de la regresi?n a reanimar los deseos infantiles y as?, a la neurosis. La neurosis, hace, en nuestro tiempo, las veces del convento al que sol?an retirarse anta?o todas las personas desenga?adas de la vida o que se sent?an demasiado d?biles para afrontarla.?

Sin embargo, como vemos, no es la neurosis el destino de todos los hombres. El movimiento dial?ctico deviene en neurosis o en actividad creadora, que no es otra actividad m?s que la del superhombre nietzscheano.

Estos dos modos parecen corresponder a lo que Adler llamaba modo directo de la ficci?n y modo oblicuo:

?Y en el proceso de este trabajo su sensibilidad se va aguzando y afinando, aprende a ver cosas all? donde nadie ve nada, a o?r lo que escapa al o?do de los otros; se hace exageradamente precavido y adquiere el h?bito de prever todas las consecuencias de un acto ya antes de emprenderlo, o de un infortunio antes de sufrirlo; se vuelve mezquino, ?vido, avaricioso, procurando ensanchar en el tiempo y en el espacio los l?mites de su influencia y de su poder. Como resultado ?ltimo de este trabajo, pierde la objetividad, la serenidad y la calma de esp?ritu, que s?lo la salud ps?quica y la actividad normal pueden procurar. Cada vez se hace m?s desconfiado de s? mismo y de los dem?s, y la envidia, la malignidad y las tendencias agresivas y crueles, con las cuales cree asegurarse la superioridad sobre el ambiente, van tomando un incremento cada vez mayor. O bien procura atraerse y conquistar a los dem?s afectando una obediencia exagerada, una sumisi?n y humildad extremas, que suelen degenerar en verdadero masoquismo. Pero estos dos tipos de actitudes, la acometedora y la acometida, la agresiva y la sumisiva, la terca y la obediente, as? como la exaltada actividad o la pasividad afectada, constituyen simples variantes artificiosas que le son impuestas al neur?tico por su finalidad ficticia: por su af?n de poder, por su deseo de ?estar arriba? de los dem?s, de afirmar su virilidad.?

Para el psicoan?lisis en cambio, es una actividad creadora, que nos recuerda a lo que Ellenberger llam? enfermedad creadora, tema al que nos referimos en otra exposici?n.

Esta actividad creadora es en el fondo un acto heroico, s?lo reservado a esp?ritus elegidos. En ellos, lo moral aparece como el momento segundo. En el resto de los hombres, en cambio, debe llegarse, a partir de un proceso de introspecci?n, a ese momento dial?ctico: ?Por lo dem?s...?hay alg?n punto de vista m?s moral que la teor?a de la vida sin trabas??Hay alguna concepci?n de la moral m?s heroica que esa? Por eso el heroico Nietzsche es su particular adepto. Ya por cobard?a natural e innata decimos: ?Dios me libre de una vida sin reservas?, pensando que as? somos particularmente morales; pero sin reparar en que entregarse a vivir la vida sin reservas resulta demasiado costoso, demasiado violento y peligroso y, en ?ltimo t?rmino, harto indecoroso, idea que se relaciona en muchas gentes m?s con el gusto que con el imperativo categ?rico. El defecto imperdonable de la teor?a de la vida intensa es su car?cter demasiado heroico, demasiado ideol?gico. Por eso, donde mejor prospera es en los cerebros enfermizos. Acaso no haya, pues, sino que el inmoral acepte su correcci?n moral inconsciente, as? como que el moral, entre en composici?n, cuanto le sea posible, con sus demonios subterr?neos.?

Aqu? se agrega entonces un cuarto elemento, lo diab?lico. Es decir esa pugna interna que agita el psiquismo, no es s?lo producto de una violencia que se puede entender al nivel de la naturaleza, sino que hay que reconocer el influjo preternatural. Si bien el texto citado muestra este influjo como algo positivo, no deja de ser interesante el recurso a la presencia diab?lica para explicar la conflictiva neur?tica.
Larchet, quien ha insistido sobre este aspecto fund?ndose en la doctrina de los Padres de la Iglesia, describe el influjo preternatural en la constituci?n de este movimiento interior:

?Este estado donde el hombre confunde el mal y el bien y toma el uno por el otro, puede ser considerado como un verdadero estado de delirio, lo que se?ala a su manera Atanasio: ?Al ver que el placer era un bien para ella, el alma en su error, abus? del nombre del bien, y pens? que el placer era un bien absoluto y verdadero: igual que un hombre que, alcanzado por la demencia, reclamara una espada para golpear a los que encuentre y creyera que eso fuera la sabidur?a? San Gregorio de Nisa repite muchas veces que el hombre es aqu? v?ctima de una ilusi?n. Las cosas que son para nosotros ocasi?n de mal ?desde el principio parecen deseables y son buscadas como consecuencia de un enga?o?. Escribe ?el mal en sus profundidades tiene la muerte como una trampa escondida, pero por una trampa enga?osa, la hace aparecer como una imagen del bien? -dice tambi?n- El diablo-explica- es el inspirador de esta ilusi?n: ?Sucedi? que la inteligencia, inducida al error en su deseo del bien verdadero, fue apartada hacia lo que no es: enga?ada por el promotor y consejero del vicio, se dej? persuadir de que el bien era lo opuesto del bien?. Y presenta al Maligno como un encantador que el envuelve literalmente al hombre que consiente ?haciendo brillar la gracia exterior de las apariencias y, como un charlat?n, encanta nuestro gusto por alg?n placer de los sentidos?.

Como podemos observar, la psicolog?a contempor?nea, sobre todo el psicoan?lisis, describe una situaci?n real, la del hombre cuando es considerado sin ning?n agregado. En t?rminos teol?gicos, el hombre herido por el pecado original. No por nada, aunque vean en el primer pecado un acto positivo, le dan tanta importancia a este hecho del principio de la humanidad.

Es que evidentemente, cuando se abandona la perspectiva del fin ?ltimo, los medios, que se imponen como falsos fines, pugnan entre s? irremediablemente generando ese movimiento dial?ctico, porque el mal, como dice Arist?teles, es de muchos modos, incluso, y sobre todo modos contrarios, justamente por la ausencia de racionalidad.

De esta manera la libertad, se identifica con la violencia, porque es libre aquel que se gu?a por el impulso dominante procedente de un estado interior perturbado o por lo menos incoherente. Y la exteriorizaci?n de ese impulso no tiene otro fin que el de la descarga.

Esta descarga como tiene su origen en un movimiento pasional desordenado, siempre tiene algo de arbitrario. Esto es as? porque la afectividad sensible considerada aisladamente tiende siempre a un objeto particular , pues cuando no es orientada por la recta raz?n, que es la que considera el bien com?n, se inclina a su objeto sin considerar nada m?s. Por otro lado esto particular de suyo imprime un sentimiento m?s vehemente a la acci?n que produce una ligaz?n en la raz?n. Es decir impide o dificulta el recto uso de la inteligencia, lo cual se traduce en la falta de libertad interior, porque quien no puede pensar bien no puede ser verdaderamente due?o de sus actos.

Por otro lado como estas tendencias son numerosas, cuando la persona est? librada a ellas no puede avanzar, porque no s?lo pugnan entre ellas, sino adem?s contrar?an el juicio de la raz?n , produciendo algo que en realidad emula el movimiento pero que propiamente es inercia o atrofia. Por eso estas personas se sienten literalmente paralizadas, porque entran en la contradicci?n del mundo as? como es. Es la ligaz?n que se produce en la raz?n la que genera el estancamiento, puesto que la inteligencia es la principal facultad, al encontrarse ?sta oscurecida, se ofusca toda la persona.

Visi?n cristiana

Sin embargo, no debemos olvidar, que entre todo aquello que puede agitar interiormente a una persona, siempre est? presente, aunque sea de manera oscura, el fin ?ltimo, que conocido por la inteligencia, orienta y unifica toda la personalidad.

En efecto el verdadero movimiento es pasaje de la potencia al acto, es decir a algo m?s perfecto y este es el fin. Cuando se introduce la ficci?n, lo que sucede es que se frena el movimiento, la tendencia al fin. Ese detenerse es percibido como un cierto movimiento en realidad por la violencia de la detenci?n.
El verdadero fin, por otro lado, mueve en una ?nica direcci?n, hacia delante, y por eso, como afirmaban los medievales el que no avanza retrocede.

El movimiento dial?ctico, en cambio no hace avanzar, s?lo agita, por eso lo ?nico que provoca es estancamiento y perturbaci?n ya que los movimientos contrarios alteran e impiden el movimiento unidireccional propio de una personalidad bien integrada, cuyo actuar se caracteriza por ser pacificador y plenificador, a?n en aquellos momentos en que tiene que obrar con vehemencia.

Por esta raz?n los que proponen la dial?ctica como motor de la realidad ps?quica, como es el caso de los autores arriba mencionados, en este caso no hacen m?s que eliminar por definici?n toda posibilidad de progreso, porque las tendencias contrarias se anulan mutuamente.

Evidentemente cuando miramos al hombre y al mundo, as? como est?n, sin agregados, nos encontramos necesariamente con lo que podr?amos llamar un movimiento paralizante, aunque la expresi?n sea contradictoria.

Sumado a esto est?n las inclinaciones de los otros, que tambi?n tienen sus propias ficciones, que no siempre coinciden entre s?, de manera que as? considerada la situaci?n la misma sociedad se vuelve tambi?n violenta.

En este sentido podemos decir que la ficci?n no se orienta necesariamente en una ?nica direcci?n, como pensaba Adler, sino que dependiendo de las circunstancias y del temperamento, podemos encontrar cierta movilidad en la instalaci?n del ideal ficticio de vida.

Esto responde al hecho de que en ?ltima instancia las afecciones psicol?gicas no guardan una l?gica pura que se puede deducir racionalmente por el sentido que sustentan, sino que por el contrario, porque guardan cierta arbitrariedad resultan de alguna manera oscuras.
Esta oscuridad no debe identificarse con la profundidad en el sentido de m?s real, como pretenden ciertas corrientes de psicolog?a que identifican profundidad con oscuridad negativa, es decir, irracionalidad.

De modo que este movimiento dial?ctico o falso movimiento que se crea, no es m?s que la expresi?n de la debilidad de la naturaleza humana en la que luchan fuerzas contrarias, con el agregado del influjo preternatural.

La vida, ordinariamente, tiene muchas distracciones que ocultan este hecho radical, pero en ciertos momentos, o cuando las mismas circunstancias provocan esto, o sencillamente cuando uno decide profundizar en la vida personal, inmediatamente aparece esta divisi?n, que no es otra cosa que la presencia activa del fin que se impone.

La tentaci?n m?s frecuente frente a esto es buscar una falsa paz. La paz perpetua de la que habla Kant. La paz del m?todo. Es decir la paz de un silogismo que tenga coherencia en s? mismo pero que no tenga conexi?n con la verdad, y por lo tanto, con la realidad. Esto es una cierta moral formal , como cuando afirmamos que tenemos que tener valores para ser felices, pero el contenido de esos valores carece de valor. Este tipo de soluci?n, basado en el ideal moderno de la tolerancia, despu?s aplicado, a cada individuo particular, no hace m?s que ocultar el desorden interior o los impulsos que pugnan por salir, como dir?a Freud.

Por eso el pensamiento cl?sico ha insistido en que la perfecci?n del hombre, su bien m?s propio se da en la posesi?n de un bien superior a lo humano que se realiza fundamentalmente en el interior de la persona. No es en este sentido un bien que dependa de los otros, sino que es un bien que asumiendo las inclinaciones humanas las ordena desde una perspectiva superior e interior.

Evidentemente la perspectiva cl?sica difiere de la mentalidad contempor?nea no s?lo en el contenido, sino tambi?n en el lenguaje con que se expresa, ya que t?rminos como bien, fin, virtud, han desaparecido del vocabulario psicol?gico o permanecen como ejemplo de un pensamiento arcaico ya superado.

La ?nica forma de salir del movimiento constante o de esta inercia es ubic?ndose en la firmeza del fin. El fin es la medida del movimiento. Este fin, que es el ?nico verdadero bien del hombre, es el que engendra el ?nico verdadero movimiento, que es el movimiento hacia la perfecci?n.

Dios est? por encima del movimiento porque es su medida, es la medida de todo tiempo y movimiento, es la causa del movimiento. Es aquello estable que mide el movimiento. Es nuestra paz. Cuando la voluntad, que siendo espiritual es una potencia infinita, logra mantenerse firme en este fin, se quiebra el movimiento por elevaci?n y toda acci?n y movimiento engendra cada vez mayor estabilidad porque se integra paulatinamente toda la personalidad en torno al bien. Se integra incluso aquello, que tomado aisladamente parece patol?gico, ya sea porque desaparece o porque encuentra su verdadero lugar en el todo arm?nico.

Evidentemente esta integraci?n es tarea de toda la vida, por ello no hay que considerar como definitivas ciertas manifestaciones disonantes en alg?n per?odo determinado, puesto que mientras sea estable el movimiento de la voluntad, la orientaci?n fundamental se mantiene y eso es lo que permitir? a la larga conectar los aspectos diversos o desordenados.

Se trata justamente de sacar todas las consecuencias pr?cticas del seguimiento del verdadero fin. Consecuencias que suponen en primer lugar un acuerdo, no de compromiso sino real entre el conocimiento y el apetito, es decir las tendencias afectivas. Todo lo cual implica un largo camino, ya que no vemos todo junto, sino que vamos percibiendo por partes. Partes que a la luz del fin adquieren coherencia.

Por supuesto que esto es fundamentalmente obra de la gracia, ya que como se ha dicho en numerosas oportunidades, la herida del pecado original que afecta fundamentalmente a la voluntad, sumado a los defectos personales, que como vimos engendran esta divisi?n interior, impiden que encontremos en la naturaleza humana, as? como est?, el remedio definitivo para nuestra salud.

Sin la gracia no se puede salir de esta situaci?n porque son muchos y distintos los obst?culos que hay que superar. Como afirma Santo Tom?s siguiendo a Arist?teles en las situaciones inesperadas, hasta que no se adquiere esta perfecci?n, se obra seg?n el fin preconcebido, es decir, seg?n la ficci?n: ?Lo mismo que en apetito inferior no sometido plenamente a la raz?n es inevitable que surjan de vez en cuando movimientos desarreglados, as? tambi?n tienen que aparecer movimientos desordenados en la raz?n natural que se encuentra en estado de insubordinaci?n a Dios. Porque cuando el hombre no tiene su coraz?n de tal manera fijo en Dios que ni por conseguir provecho ni por evitar da?o consienta en apartarse de ?l, le salen al encuentro multitud de cosas que, por alcanzarlas o por regirlas, le inducen a apartarse de Dios por la infracci?n de sus mandatos, y as? cae en el pecado mortal.

Sobre todo, porque cuando tiene que actuar de improviso, el hombre obra de acuerdo con fines prefijados y con h?bitos previamente adquiridos, seg?n observa el Fil?sofo en III Ethic. Mediante la premeditaci?n puede, sin duda, eludir en alguno de sus actos el condicionamiento de los fines preconcebidos y de las inclinaciones habituales. Pero, como no puede mantenerse siempre en estado de premeditaci?n, es imposible que permanezca mucho tiempo sin obrar a impulsos de la voluntad insubordinada a Dios, a no ser que sea prontamente reintegrada por la gracia a su debida subordinaci?n.?

Por eso ese mantenerse firme en esta vida no es otra cosa que la participaci?n en el misterio de la pasi?n y muerte de Cristo, que no debe verse, como hace Freud, como el momento dial?ctico por excelencia, sino justamente como aquel momento en que se quiebra la dial?ctica. Por eso, nadie puede evitar la cruz, huir de ella es la principal ficci?n.

La tarea del psic?logo aparece entonces como la de aquel que secunda esa obra interior. Es la de aquel que ayuda a avanzar en un camino que tiene que ser de clarificaci?n, no de mayor confusi?n, como el que generan todos aquellos que entienden la psicoterapia como un adentrarse en la dial?ctica negativa. La tarea del psic?logo es la de un buen consejero. Del mal consejero, nos advierte san Buenaventura, debemos apartarnos:

?M?s es preciso advertir que no nos basta escoger un buen consejero, si no procuramos adem?s apartarnos del malo con diligente solicitud, seg?n aquello que est? escrito en los libros santos: Del mal consejero guarda tu alma (Ecles. 37, 9), y lo que se dice en otro lugar del mismo libro: El esp?ritu de un mal consejo perturba la inteligencia. Y ?qui?n es este esp?ritu? El que convierte en nada las cosas grandes; las buenas las hace malas, y las ciertas, dudosas. Y ?c?mo perturba la inteligencia? Para responder a esta pregunta diremos que es propio de nuestra inteligencia hacer que el discurso de dudoso pase a ser cierto; por lo cual, siempre que alguno nos infunde alguna duda, contribuye de un modo cierto a perturbar el acto propio de la inteligencia.?

Pidamos, entonces el don de consejo para discernir y apartarnos de aquellos movimientos perturbadores, que nos desfiguran la grandeza del fin al que estamos llamados.

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Publicado por mario.web @ 19:17
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