S?bado, 21 de mayo de 2011
El seguimiento de Cristo se convierte entonces en una escuela en d?nde la persona consagrada puede adquirir la tan anhelada madurez.
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Abre los horizontes a una nueva vida
Abre los horizontes a una nueva vida
ABRE LOS HORIZONTES A UNA NUEVA VIDA


Vivir en plenitud la propia vocaci?n.
No hay nada en la vida m?s placentero que estar en el lugar en d?nde debemos estar. La sensaci?n de paz, tranquilidad y bienestar no tienen parang?n alguno. La persona que se encuentra en dicho estado no desea vivir una vida diferente. Considera un regalo la vocaci?n que Dios le ha donado y se lanza a vivirla en plenitud, en profundidad.

Lejos de vivir una vida beat?fica, tranquila y sin preocupaciones, sabe que la jornada de veinticuatro horas est? jaloneada por los m?s diversos eventos, pero que no le quitan ni la paz ni la felicidad interior, pues reconoce que, por elecci?n libre y personal, forman parte del plan de Dios para su alma y por ellos los acepta con gozo sobrenatural.

Quien as? vive la vida consagrada, y no s?lo este tipo de vida, sino cualquier otro, lo hace con un gran sentido de madurez humana. La vida consagrada, si quiere vivirse en plenitud, debe primero alcanzar un cierto grado de madurez. No se trata de ?graduarse? en esta materia, sino de ir adquiriendo d?a tras d?a esta cualidad humana, psicol?gica y espiritual. Dice el Concilio Vaticano II que una persona madura se comprueba ?sobre todo, en cierta estabilidad de ?nimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.? Porque la persona madura, adm?tamoslo, no es la que se deja llevar por sus caprichos, sus pasiones, sus sentimientos o el ?ltimo libro o revista de vanguardia que propone alternativas al estilo de vida consagrada aprobado y sancionado por el Cap?tulo general. Es la que posee ciertos principios en la vida, adquiridos previamente, y en ellos basa su vida. Es libre, no porque hace lo que quiere, sino porque hace libremente lo que m?s y mejor le lleva a lo que ha elegido ser, en base a esos principios que son eje central para su vida.

Es madura tambi?n la persona que dirige su voluntad hacia el ideal que ha elegido vivir. Sus decisiones en la vida son producto de una adecuada deliberaci?n en la que el peso de la balanza lo llevan los principios en torno a los cuales ha querido cimentar su vida. Madura es por tanto la persona que frente a un acontecimiento cualquiera, ya sea ?ste interno o externo, sea una persona o una cosa, un contratiempo o un golpe de fortuna, lo analiza y lo pasa en la cerniera de sus principios. Si el acontecimiento le ayuda a vivir con m?s coherencia sus principios, entonces lo aceptar?. De lo contrario, lo rechazar?, consciente de que no le ayudar?a a vivir los principios que ha elegido vivir.

Maduro es tambi?n quien tiene y sabe ejercer una buena capacidad cr?tica, que no es el rechazo autom?tico, la cerraz?n de la persona fundamentalista o la postura c?nica del relativista que todo lo ve de acuerdo a su propio punto de vista, siempre cambiante de acuerdo a sus caprichos, adapt?ndose a sus pasiones y adaptando todo y todos a sus sentimientos, emociones y pasiones. Es m?s bien la postura del que juzga los acontecimientos y las personas de acuerdo a un recto modo, esto es, de acuerdo a los principios que ?l tiene establecidos como principios rectores para su vida.

Si esto es cierto para cualquier tipo de vocaci?n, cu?nto m?s lo ser? para la vida consagrada. Leemos que seg?n la Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata del Papa Juan Pablo II, se dan diversos tipos de madurez necesarios para vivir los compromisos de la vida consagrada, como pudieran ser una madurez humana y espiritual y una madurez psicol?gica y afectiva. Adem?s la Exhortaci?n hace una observaci?n sencilla, humana y natural, pero que muchas veces perdemos de vista en la vivencia de nuestros compromisos con el Se?or. La persona consagrada, quiz?s m?s que otras, por su especial consagraci?n por medio de la profesi?n de los votos, est? siempre en proceso de hacerse. La conversi?n de vida a al cual debe tender, la lleva a sacudirse constantemente las r?moras del pasado y a caminar siempre m?s ligera hacia el Se?or. ?Ninguno puede estar exento de aplicarse al propio crecimiento humano y religioso; como nadie puede tampoco presumir de s? mismo y llevar su vida con autosuficiencia. Ninguna fase de la vida puede ser considerada tan segura y fervorosa como para excluir toda oportunidad de ser asistida y poder de este modo tener mayores garant?as de perseverancia en la fidelidad, ni existe edad alguna en la que se pueda dar por concluida la completa madurez de la persona.?

Por ?ltimo, y siempre cobrando mayor importancia, aunque sin sustituirla por una sana y equilibrada espiritualidad que ha de permear toda la formaci?n de la persona consagrada y por tanto una madurez integral, la persona consagrada tambi?n deber? tender a adquirir una madurez psicol?gica que le ayude a responder mejor a sus compromisos de persona consagrada a Dios.


Aprender a vivir en plenitud.
La madurez comporta por tanto la plenitud en la vida consagrada. Pero la madurez no es fruto del deseo o del paso del tiempo. Existen, desgraciadamente, personas consagradas que con el paso del tiempo no se convierten en personas maduras. Al contrario, hoy podemos estar asistiendo a un fen?meno curioso de inmadurez alcanzada. Personas que con el paso del tiempo inician una regresi?n hacia un estado adolescencial y casi infantil. Hombres y mujeres consagrados que por las m?s diversas circunstancias y sin que conste de por medio un motivo grave, deciden echar marcha atr?s a sus compromisos de vida consagrada, adquiridos en el pasado, con toda conciencia y libertad. Frente a este fen?meno no podemos menos que asombrarnos y guardar un silencio respetuoso que no juzga, pero que debe estar atento para analizar las causas y tratar de dar alguna soluci?n. B?stenos pensar al triste y dolorosos espect?culo de los abusos sexuales causados por personas consagradas a Dios o empe?adas en el ministerio sacerdotal.

La persona consagrada debe por tanto estar siempre atenta a adquirir la madurez y no darla por descontado, pensando que el paso del tiempo o las distintas responsabilidades har?n de ella una mujer consagrada madura y por tanto, una mujer que vive en plenitud su vida consagrada. A este respecto la Exhortaci?n apost?lica postsinodal Vita consecrata nos ha hecho observar la necesidad de estar siempre en pie de lucha para lograr avanzar en la madurez y nos da un medio para alcanzarla. Se trata de un concepto que ya se ven?a perfilando desde el Concilio Vaticano II, pero que encuentra en esta Exhortaci?n, su explicaci?n y aplicaci?n m?s profunda. Nos referimos a la formaci?n permanente, entendida como ?(la creaci?n de) la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los d?as de su vida.? Esta disponibilidad requiere antes de una caracter?stica previa, es decir, que la persona haya pasado por un proceso de formaci?n. Nada puede suplir a la formaci?n inicial, que es el punto central para poder seguir a Jesucristo. La formaci?n permanente viene s?lo a cristalizar y continuar el proceso de asimilaci?n de los sentimientos de Cristo que se deber?a de haber iniciado en los primeros momentos de la formaci?n para la vida consagrada. Esta formaci?n no es otra cosa que ?un proceso vital a trav?s del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde lo m?s profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo.? Sobre esta formaci?n se basa la esencia de la vida de la persona consagrada.

La b?squeda de Cristo es para toda persona consagrada el centro de su vida. Sin esta b?squeda la vida consagrada queda reducida a una caricatura. Es precisamente esta b?squeda la que har? posible a la vida consagrada alcanzar la tan querida madurez. Seguir a Cristo, buscarlo y encontrarlo, luchar cada d?a por configurar la vida lo m?s cercana posible a las ense?anzas de Cristo y a su misma persona, lleva necesariamente a la persona consagrada a alcanzar la tan anhelada madurez, pues le permite irse despojando cada d?a de aquel pedazo de hombre viejo en el que se encierran sus caprichos, sus ego?smos, sus puntos de vista personales no integrados al proyecto de la voluntad de Dios. Cristo, como modelo y ejemplo de un hombre completo y perfecto, deja una huella a seguir para las almas consagradas. La persona consagrada que se lanza al dinamismo de reproducir en su vida, la vida de Cristo necesariamente inicia un proceso de madurez, pues la purifica de sus tendencias personales y de aquellos h?bitos que le impiden la configuraci?n total con Cristo. Es ?l un modelo de virtudes y quien lo busca a ?l con honestidad, necesariamente debe reproducir en su vida las virtudes que m?s caracterizaron la vida de Cristo.

El seguimiento de Cristo se convierte entonces en una escuela en d?nde la persona consagrada puede adquirir la tan anhelada madurez. La sana tensi?n que provoca en la persona consagrada el buscar vivir s?lo por Cristo y para Cristo genera un dinamismo que le obliga a la perfecci?n. Si durante muchos a?os se ha querido ocultar el significado de esta palabra perfecci?n por los equ?vocos a los que llevaba, hoy se debe rescatar el concepto, y con ?l las implicaciones que conlleva para la vida consagrada. Las personas consagradas, por la profesi?n de los consejos evang?licos se obligan a un seguimiento m?s cercano de Cristo pobre, casto y obediente. Esta obligaci?n, basada en el amor y la libertad, requieren de la persona consagrada un especial tenor de vida, un modo de ser y de relacionarse consigo mismo, con Dios y con el mundo. Estamos hablando por tanto de toda una estructura completa de la persona y de las relaciones con el mundo, que bien aplicados, lleva a la persona a vivir con plenitud su vida consagrada. El seguimiento de Cristo se convierte por tanto en el motor que genera madurez y plenitud.

Cuando la persona consagrada ha decidido seguir a Cristo se pone en camino, no hacia una meta o un ideal, sino hacia el encuentro vivo con una persona viva. Este encuentro la obliga a salir de s? mismo, pues todo encuentro es una experiencia que obliga a la persona a salir de s? mismo para encontrarse con el otro. Este dinamismo de salir de s? mismo para encontrar al otro genera en la persona que se lanza al encuentro un dinamismo que lo obliga a estar en constante movimiento, que es el salir de s? mismo para encontrar. Y salir de s? mismo implica estar en una constante b?squeda por hacer del encuentro con la persona viva un encuentro de calidad, lo que lleva a hecho de que la persona busque siempre los mejores medios para prepararse a este encuentro. Estamos hablando de una dimensi?n oblativa entre la persona que encuentra y la persona a la que debemos encontrar. Esta donaci?n obliga a la persona buscar siempre lo mejor de s? misma para darlo al amado. Es un proceso por tanto de formaci?n continua en donde los acontecimientos externos en engarzan con las circunstancias internas y resultan ser oportunidades preciosas para demostrar el amor al Amado y as? estar siempre saliendo a su encuentro, sigui?ndolo en toda circunstancia.

El seguimiento de Cristo, cuando se realiza con integridad y radicalismo genera un dinamismo que hace salir a la persona consagrada de s? misma para lanzarse al ideal de poseer, asimilar y transmitir a Cristo. Se genera entonces la vivencia de virtudes caracter?sticas que dan a la persona consagrada un cierto nivel de vida espiritual que le permite alcanzar la madurez que coment?bamos al inicio de este inciso. La vivencia de las virtudes, en otro tiempo tan recomendada por los te?logos de la vida espiritual, es fuente de energ?a espiritual que permite seguir a Cristo pobre, casto y obediente. Para ello sin embargo, es necesario contar con una formaci?n espiritual inicial que le permita poner los fundamentos del seguimiento de Cristo y al mismo tiempo seguir creciendo en el seguimiento de Cristo.

Puede ser que exista una tensi?n entre este ideal fijado para toda persona consagrada de seguir a Cristo m?s de cerca, y las propias miserias de la vida. La persona consagrada que sufra esta ruptura no debe ni sentirse ni mala o poco apta para el continuar el camino de la consagraci?n. Debe sentirse como una personal normal, porque esta ruptura forma parte de la antropolog?a del hombre. Ya lo dec?a San Pablo ?Y ni siquiera entiendo lo que hago, porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco. Pero si hago lo que no quiero, con eso reconozco que la Ley es buena. Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el pecado que reside en m?, porque s? que nada bueno hay en m?, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien est? a mi alcance, pero no el realizarlo. Y as?, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en m?. De esa manera, vengo a descubrir esta ley: queriendo hacer el bien, se me presenta el mal. Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi raz?n y me ata a la ley del pecado que est? en mis miembros. ?Ay de m?! ?Qui?n podr? librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte? ?Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Se?or! En una palabra, con mi coraz?n sirvo a la Ley de Dios, pero con mi carne sirvo a la ley del pecado? (Rm 7, 15 ? 25). Esta sana tensi?n viene descrita en psicolog?a como la tensi?n entre el yo ideal,, el yo actual y el yo real. El yo ideal se presenta a la persona consagrada en las normas, las Constituciones y todo el bagaje espiritual que constituyen los principios de su vida consagrada. El yo real viene conformado por las posibilidades concretas de dicho hombre. El yo actual es la citaci?n hic et nunc en la que se encuentra la persona consagrada.

Las personas consagradas dentro del rango de la normalidad, son las que conocen el yo ideal al que deben aspirar, Cristo, el modelo de vida inspirado por Dios a la congregaci?n, conocen tambi?n en qu? punto de esta identificaci?n se encuentran y se saben ciertos de unas virtudes y unas limitaciones por lo que se ponen en camino con la dotaci?n de recursos con la que Dios y la naturaleza les han regalado.

Pero muchas veces puede suceder que inconscientemente la persona consagrada, por diversos motivos, cuente con una estructura humana, psicol?gica, que le impide disponer de sus recursos naturales o espirituales al servicio del ideal que se ha propuesto seguir. O que no ha aprendido a utilizar en forma adecuada esos recursos. Hablamos entonces de un desequilibrio en la psicolog?a de esa persona que requiere la ayuda de un profesionista. ?Existen, por otra parte, situaciones y casos en los que es necesario recurrir a las ciencias humanas, sobre todo cuando hay personas claramente incapaces de vivir la vida comunitaria por problemas de madurez humana y de fragilidad psicol?gica o por factores prevalentemente patol?gicos. El recurso a estas intervenciones ha resultado ?til no s?lo como terapia, en casos de psicopatolog?a m?s o menos manifiesta, sino tambi?n como prevenci?n para ayudar a una adecuada selecci?n de los candidatos y para acompa?ar, en algunos casos, al equipo de formadores a afrontar problemas espec?ficos pedag?gico-formativos (?) El uso de estos medios, por ?ltimo, resultar? verdaderamente eficaz si se hace con discreci?n y no se generaliza, incluso porque no resuelven todos los problemas y, por lo mismo, ?no pueden sustituir a una aut?ntica direcci?n espiritual??.


Una nueva vida.
Quien vive el seguimiento de Cristo en una forma apasionada, siempre nueva, es una persona que busca agradar en todo a Cristo. El seguimiento de Cristo es tan s?lo una respuesta al amor de Dios. Una respuesta que provoca toda una revoluci?n en la persona, que buscando en todo agradar al Amado es capaz de cambiar todo lo que sea necesario en s? misma y en las circunstancias que lo rodean para poseer el amor. Se inicia por tanto una batalla de generosidad para dar lo mejor de s? mismo al Amado.

A partir de esta batalla surgen nuevos horizontes para la persona consagrada. Siendo que ella ya no es para s? misma sino para el Amado, el buscar agradarle en todo genera una nueva visi?n de la vida. Deja de centrarse en s? misma para centrarse en Dios y en sus semejantes, que ser?n para ella una forma de poder concretar su amor a Dios. ?De este modo se ve que es posible el amor al pr?jimo en el sentido enunciado por la Biblia, por Jes?s. Consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo tambi?n a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto s?lo puede llevarse a cabo a partir del encuentro ?ntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comuni?n de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya s?lo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Su amigo es mi amigo.?

La persona consagrada que busca hacer todos los d?as la experiencia del esp?ritu, viviendo la misma vida de Cristo comienza a cambiar. La vida no se presenta ya como una sucesi?n de momentos o de acontecimientos, sino que viene le?da como una oportunidad para agradar al Amado. Se deja la visi?n corta de s? mismo para lanzarse a la visi?n alargada de los horizontes de Cristo. Si hacer y querer lo que quiere el Amado es ahora la regla de vida, se comienza a ver la vida como una oportunidad para agradar a Dios, que es el Amado. La conformidad de la propia voluntad con la voluntad de Dios es un proceso que inicia con la llamada de Dios al alma. Se busca no hacer ya la propia voluntad, sino la voluntad del Amado.

En esta b?squeda por una amalgama de voluntades los horizontes de la vida se alargan, pues ya no es la persona y sus circunstancias el centro de la vida. Ahora este centro se ha movido hacia Cristo y sus intereses.

Los horizontes personales se mudan en los horizontes de Cristo. La vida se ve entonces como una oportunidad para asemejarse con Cristo. Se recorre la vida a contrarreloj, esperando el momento del abrazo final y prepar?ndose durante toda la vida para dicho encuentro, no con una postura de fuga del mundo, sino con una postura de apasionada entrega. Se abre el horizonte de una vida de uni?n con Cristo, es decir, de una vida m?stica. No hay que temer, de nuevo, utilizar esta palabra, cuando se la sabe circunscribir y aplicar adecuadamente. Estamos hablando de m?stica como de esa posibilidad que el hombre tiene de vivir la vida de Dios. ?Cristo no es simplemente un objeto de la fe, sino la presencia de una realidad personal que entra en la vida del cristiano y que, a su vez, encuentra en esta presencia el principio y el fundamento de su ser y de su actuar, de su amar y de su orar, es decir, de su conocimiento del amor. La m?stica es la conciencia de un encuentro entre Dios que se revela en Cristo y el hombre que lo recibe, recuperando de esta manera la imagen y semejanza con el que hab?a sido creado.?

Los horizontes a los que se abre el alma que en verdad quiere unirse a Dios son infinitos. Si bien es cierto que en esta caso estamos hablando de una gracia especial de Dios, tambi?n es cierto que la gracia supone la naturaleza, como dice el Aquinate, por lo que el esfuerzo del alma consagrada no es vano cuando se trata de este camino de perfecci?n y de uni?n con Dios. Si bien es cierto que este horizonte es basto y que depende en gran parte de lo que Dios quiera regalar a la persona consagrada, no deja de ser cierto que el esfuerzo por alcanzar esta uni?n con Dios genera una vida espiritual rica y completa en la que el alma puede sumergirse sin encontrar l?mites. Estamos hablando de una espiritualidad, de un camino hacia Dios. Cada persona consagrada, por la formaci?n que ha recibido y por la formaci?n permanente en la que se debe embarcar a partir de la profesi?n perpetua, tiene delante de s? un camino basto y fascinante por recorrer. Se trata de ser cada d?a m?s semejante a Cristo, de cumplir con mayor perfecci?n su voluntad, de incorporar toda nuestra personalidad a la persona de Cristo, sin por ello renunciar a ser nosotros mismos, sino a enriquecernos viviendo las virtudes de Cristo.

Y si ya el mundo interior se presenta rico en posibilidades, cuanto m?s lo ser? el mundo exterior. ?No se puede negar, adem?s, que la pr?ctica de los consejos evang?licos sea un modo particularmente ?ntimo y fecundo de participar tambi?n en la misi?n de Cristo, siguiendo el ejemplo de Mar?a de Nazaret, primera disc?pula, la cual acept? ponerse al servicio del plan divino en la donaci?n total de s? misma. Toda misi?n comienza con la misma actitud manifestada por Mar?a en la anunciaci?n: ? He aqu? la esclava del Se?or; h?gase en m? seg?n tu palabra ? (Lc 1, 38).?

La disposici?n a cumplir siempre y en todo lugar la voluntad de Dios y a configurar la vida con esta voluntad, pues debe ser un seguimiento que abarque a toda la persona y no ?nicamente su situaci?n externa, lleva a la persona consagrada a abrirse a horizontes insospechados.

La madurez necesaria, a la que hemos aludido al inicio de este art?culo, lleva a la persona a hacerse uno con el Amado, a querer lo que quiere el Amado. Dicha postura nos recuerdan las palabras de Rut, a su suegra Noem?: ?Pero Rut le respondi?: ?No insistas en que te abandone y me vuelva, porque yo ir? adonde t? vayas y vivir? donde t? vivas. Tu pueblo ser? mi pueblo y tu Dios ser? mi Dios.? (Rt 1, 16). La madurez y el deseo de conformar la vida con la voluntad de Dios permite a la persona consagrada no poner fronteras a la misi?n. ?En efecto, antes que en las obras exteriores, la misi?n se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ?Este es el reto, ?ste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto m?s se deja conformar a Cristo, m?s lo hace presente y operante en el mundo para la salvaci?n de los hombres. Se puede decir por tanto que la persona consagrada est? ? en misi?n ? en virtud de su misma consagraci?n, manifestada seg?n el proyecto del propio Instituto.? Se abre por tanto a la persona consagrada madura un horizonte basto para la misi?n, para una nueva vida.

Guiada sin duda por el propio carisma y las disposiciones de los superiores, la persona consagrada que ha adquirido un cierto grado de madurez, pone a disposici?n de la misi?n confiada el arsenal de medios humanos y espirituales con los que Dios le ha dotado. Como persona en misi?n no necesita de un lugar espec?fico para desarrollar la misi?n. Cualquier lugar es id?neo para testimoniar y vivir la vida de Cristo, s?ntesis de toda misi?n. Si bien es cierto que hay situaciones particulares en las que la Iglesia ha pedido a la vida consagrada que fije su atenci?n, no menos cierto es que la fuerza y el ardor apost?lico por dar a conocer la vida de Cristo y por testimoniarlo ante los hombres son los ingredientes ?nicos y necesarios para desarrollar la misi?n. Los hombres, a?n sin saberlo, est?n sedientos de Dios y actualmente est?n apagando esa sed en pozos secos que los dejan a?n m?s sedientos que antes.

Si bien es cierto que la situaci?n actual del mundo no es nada halagadora, tambi?n es cierto que quien se presenta al mundo con una clara y fuerte identidad tiene muchas probabilidades de poder triunfar en la misi?n. Quiz?s algunas personas consagradas han perdido con los avatares y las malas interpretaciones del postconcilio la capacidad de transmitir la felicidad por Cristo. Cerradas en su mundo y apesadumbradas por la situaci?n de precariedad que se vive en la propia congregaci?n, sus vidas han perdido la capacidad de atraer almas j?venes a Cristo, de dar una palabra de aliento al adulto para sostenerlo en el camino hacia Dios. La nueva vida a la que est? llamada la persona consagrada es a la vida de misi?n, para testimoniar a Cristo en la sociedad actual. Y esto lo har? si posee una madurez de vida, unida a una grande ilusi?n de dar la vida por Cristo.

Finalizo este peque?o art?culo con una canci?n de Diego Torres, en el encuentro de Juan Pablo II con los j?venes en Espa?a, el 3 de mayo de 2003. Es una canci?n que nos habla de esperanza, tan necesaria para que las personas consagradas vivan una nueva vida.

Color Esperanza
Diego Torres

S?, qu? hay en tus ojos con s?lo mirar.
Que est?s cansado de andar y de andar.
Y caminar girando siempre en un lugar.

S? que las ventanas se pueden abrir.
Cambiar el aire depende de ti.
Te ayudar?, vale la pena una vez m?s

SABER QUE SE PUEDE, QUERER QUE SE PUEDA.
QUITARSE LOS MIEDOS SACARLOS AFUERA
PINTARSE LA CARA COLOR ESPERANZA.
TENTAR AL FUTURO CON EL CORAZON.

Es mejor perderse que nunca embarcar.
Mejor tentarse a dejar de intentar.
Aunque ya ves que no es tan f?cil empezar.

S? que lo imposible se puede lograr.
Que la tristeza alg?n d?a se ir?.
Y as? ser?, la vida cambia y cambiar?.
Sentir?s que el alma vuela por cantar una vez m?s.

Publicado por mario.web @ 19:31
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