S?bado, 21 de mayo de 2011
A lo largo de la historia de la Iglesia no ha sido extra?o que alguno de esos hombres y mujeres se haya convertido en un detractor de sus antiguos Fundadores o de las Instituciones a las que pertenecieron
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V. Acusaciones de ex-miembros contra los santos
V. Acusaciones de ex-miembros contra los santos
Los Fundadores han tenido que padecer con frecuencia una tribulaci?n cuyo precedente se encuentra en las mismas p?ginas del Evangelio: la defecci?n de alguno de sus hijos espirituales. Se podr?an citar numerosos ejemplos sobre este particular, que constituye un antiguo fen?meno en la vida de la Iglesia y de las fundaciones eclesi?sticas. Baste con recordar las famosas cartas de san Bernardo a los monjes que abandonaban el monasterio.

A lo largo de la historia de la Iglesia no ha sido extra?o que alguno de esos hombres y mujeres se haya convertido, con el tiempo, en un detractor de sus antiguos Fundadores o de las Instituciones a las que pertenecieron.

Recordemos a continuaci?n algunos ejemplos entresacados de las vidas de santa Teresa, de san Franciso de Sales y san Josemar?a Escriv?.


Canonizada por toda la ciudad

Entre las mujeres que hab?an esperado con impaciencia la llegada de santa Teresa a Sevilla en el a?o 1575, para ingresar en el Carmelo como novicias, hab?a una, cuyo nombre silenciar?an m?s tarde las carmelitas por caridad, que era, en palabras de la Santa -que guardaba sus reservas sobre ella-, "una gran beata que estaba ya canonizada por toda la ciudad".

"Era la pobre -en palabras de la Priora de Sevilla- mucho m?s santa en su opini?n que en la del pueblo, y como en entrando le faltaron las alabanzas y comenz? el toque de la religi?n a hacer su oficio de descubrir los quilates que hab?an en lo que ella parec?a tanto relucir, hall?se sin nada y comenz?se a descontentar y nosotras mucho m?s de ella, porque jam?s hubo remedio a hacerla acomodar a casa de religi?n y por ser ya mujer de cuarenta a?os, de grande autoridad y sab?a dar a cada cosa su salida: unas veces se excusaba con que era enferma, y as? ni quer?a comer de nuestras comidas, sacando que cada cosa era enferma e hinchaba, que pudiera leer a Galeno; otras dec?a que la costumbre y gran calor de la tierra la excusaba.

Nuestra Madre, pareci?ndola que el tiempo la ir?a enmendando, y por no la apretar, mandaba la sobrellev?semos y daba licencia que a veces se confesase y hablase con los cl?rigos sus conocidos" .

Adem?s de lo que se?ala la Priora, el comportamiento de aquella mujer dentro del convento era bastante extra?o; por ejemplo, entre otras rarezas y caprichos, sol?a presentarse intespestivamente cuando ve?a que alguna novicia hablaba con la Santa en su habitaci?n...

Tiempo despu?s esta mujer abandon? el Carmelo,furiosa porque hab?a comprobado que aquel g?nero de vida era superior a sus fuerzas y descarg? su rencor de modo tristemente t?pico: denunci? a la Santa ante la Inquisici?n y un d?a llamaron a la puerta del convento, entre un tropel de gentes, los jueces y los esribanos, mientras unos alguaciles hac?an guardia ante las puertas.

Comenzaron los interrogatorios previos, en los que se acusaba a las carmelitas de seguir los principios de los alumbrados. Hay que hacer notar que por aquel entonces, esa acusaci?n era grav?sima; y m?s a?n en una mujer como santa Teresa, cuyos escritos ya hab?an sido denunciados a la Inquisici?n y de cuyos ?xtasis se hablaba por toda Castilla.

Se acus? a la Santa de que las monjas se confesaban con ella. Fue entonces cuando Teresa de Jes?s comprendi? qui?n era su acusadora y el motivo de aquellas intromisiones furtivas en su habitaci?n.

Se acus? a las carmelitas de realizar unas "ceremonias" o "ritos sospechosos". La verdad de tales "ritos" consist?a en que, como las monjas no ten?an velos suficientes para presentarse en el locutorio, se los pasaban de unas a otras. Ese obligado intercambio de velos era "la ceremonia" sospechosa de herej?a.

El rencor es imaginativo; y como despu?s de comulgar las carmelitas sol?an ponerse en la sombra, de cara a la pared, para la acci?n de gracias, porque la reja del locutorio estaba en un patio abrasado por el sol, aquella mujer crey? ver all? un nuevo "rito" peligros?simo. Lleg? a asegurar que se ataban unas a otras de pies y manos; y que se flagelaban mutuamente. "Dios quiso que no hayan dicho m?s", coment? la Priora, Mar?a de San Jos?.

No fructific? aquella a?agaza por falta de pruebas. "Pero la situaci?n -comenta Auclair sigui? siendo grave, pues la suspensi?n del proceso s?lo significaba que faltaban pruebas, y la Inquisici?n se esforzaba siempre en obtenerlas"-.


Una carta falsa

Si en el caso de santa Teresa hemos perdido el rastro del nombre de la acusadora, en el de san Francisco de Sales contamos al menos con su apellido. Difam? al Santo una tal Belot, sobrina de un Secretario de Estado que no gozaba, seg?n el sentir general, de una reputaci?n muy cualificada .

La se?ora Belot le hab?a pedido a san Francisco de Sales la posibilidad de vivir durante un tiempo en el convento de la Visitaci?n para cambiar de vida.

San Francisco de Sales tuvo varias conversaciones con ella y parec?a que realmente hab?a cambiado de disposiciones. Pero, poco tiempo despu?s, aunque tanto san Francisco como santa Juana de Chantal, Superiora del convento, hicieron todo lo posible por ayudarla, se comport? de manera parecida a la de la novicia carmelitana, y, al igual que ella, abandon? primero el convento y a continuaci?n sus prop?sitos de vida recta.

A continuaci?n dio sobrados motivos de esc?ndalo en la peque?a ciudad de Annecy, y se convirti? en la amante de uno de los caballeros del s?quito del duque de Nemours. Al principio san Francisco hizo todo lo posible por reconducir a aquella mujer hacia Dios de un modo discreto. Pero todo fue en vano. Y a la vista de la dimensi?n que iba cobrando el esc?ndalo, juzg? prudente recriminar el hecho en p?blico.

Despechado, el amante de la Belot consigui? apoderarse de una carta de san Francisco, copi? su letra y escribi? una carta falsificada en la que el Obispo le ped?a excusas a la Belot y le dec?a en secreto "su verdaderos sentimientos".

Luego urdieron una peque?a comedia: ella y su amante fingieron un enfado y el amante iba ense?ando a todo el mundo, con un supuesto despecho, la carta falsa que hab?a sido el origen de aquel distanciamiento amoroso. Henry-Co?annier relata el hecho con el lenguaje un tanto decimon?nico pero expresivo:

"El duque de Nemours acab? por enterarse del incre?ble rumor y quiso ver la carta. ?l hab?a recibido muchas del Obispo, compar? ?sta con aqu?llas y no pod?a creer lo que ve?an sus ojos. A M. de Foras, gran amigo de Francisco, le pregunt?: `?Por qu? pasa el Obispo de Ginebra?? `Por santo.? `Pues desenga?aos.? M. de Foras se neg? en absoluto a dar fe a aquel papel; llev?lo al Obispo, que lo ley? tranquilamente y apenas pareci? sorprenderse. ?l ten?a por principio que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero si la acusaci?n se sostiene, hay que oponer la indiferencia y el silencio. Declar?, pues, que ?l no era el autor de aquella carta. Se admir? de que hubieran imitado tan bien su escritura, devolvi? el billete a su amigo y no se preocup? m?s por ello" .

La historia se complic? m?s tarde con un desaf?o a duelo que no tuvo lugar y con numerosas murmuraciones por la ciudad sobre la vida de las monjas, que acabaron reflejadas toscamente en un cartel puesto sobre la entrada del convento: "Serrallo del Obispo de Ginebra."

La Superiora del convento, santa Juana Francisca de Chantal, indignada, quiso acudir a los tribunales. Pero san Francisco se neg?. Se supo luego que el autor de la inscripci?n era un abogado de la ciudad, llamado Pellet "que no perdonaba malediciencia alguna" contra san Francisco.

Un d?a se encontr? con el Santo, que le salud? afectuosamente y le dijo: "Vos me quer?is mal y procur?is por todos los medios ennegrecer mi reputaci?n; no es menester que me deis excusas, porque lo s? muy bien y estoy muy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais estropeado o arrancado un ojo, yo no dejar?a de miraros amorosamente con el otro".

Del mismo modo se comport? el Santo con la Belot y con una de las hijas del abogado Pellet, que entr? a?os m?s tarde como religiosa en la Visitaci?n. Se repiti? de nuevo la actitud humilde y generosa de san Jos? de Calasanz y de tantos otros santos con sus detractores.


Reescribiendo la historia

Estas contradicciones no son "un fen?meno raro en la historia de la Iglesia -precisaba el Siervo de Dios Alvaro del Portillo-: muchos santos han sido, en su tiempo y lugar `signo de contradicci?n?, empezando por el Maestro, el propio Cristo; y lo han sido sobre todo aquellas figuras que tra?an al mundo grandes innovaciones, como San Francisco de As?s, Santa Teresa de Jes?s, San Juan Bosco".

"Ataques sistem?ticos a la fama -escrib?a san Josemar?a en Conversaciones-, denigraci?n de la conducta intachable: esta cr?tica mordaz y punzante sufri? Jesucristo, y no es raro que algunos reserven el mismo sistema a los que, conscientes de sus l?gicas y naturales miserias y errores personales, menudos e inevitables (...) desean seguir al Maestro?.

"?De d?nde nace esta apreciaci?n injusta con los dem?s? Parece como si algunos tuvieran continuamente puestas unas anteojeras, que les alteran la vista. No estiman, por principio, que sea posible la rectitud o, al menos, la lucha constante por portarse bien. Reciben todo, como reza el antiguo adagio filos?fico, seg?n el recipiente: en su previa deformaci?n. Para ellos, hasta lo m?s recto refleja -a pesar de todo- una postura torcida que, hip?critamente, adopta apariencia de verdad. `Cuando descubren claramente el bien?, escribe san Gregorio, `escudri?an para examinar si hay adem?s alg?n mal oculto?( ...).

"No ser?a sincero si no os confesara que las anteriores consideraciones son algo m?s que un r?pido espigueo de tratados de derecho y de moral. Se fundamentan en una experiencia que han vivido no pocos en. su propia carne; lo mismo que otros muchos han sido, con frecuencia y durante largos a?os, la diana de ejercicios de tiro y murmuraciones, de difamaci?n, de calumnia".


Guardia en torno al convento

Han sido frecuentes tambi?n, a lo largo de los tiempos, las difamaciones de los santos e instituciones eclesi?sticas, a trav?s de panfletos, an?nimos, etc. Los libelos calumniosos contra los dominicos que circularon por la Universidad de Par?s, durante la ?poca en la que santo Tom?s de Aquino ejerc?a su docencia, son un ejemplo entre cientos.

Se debat?a en la Universidad de Par?s, cuando lleg? a vivir santo Tom?s, en el a?o 1252, una cuesti?n espinosa: los maestros seculares se sent?an postergados dentro de la Universidad por los maestros regulares, es decir por los dominicos y los franciscanos, tras los que iban un gran n?mero de alumnos por su gran preparaci?n intelectual. Los dominicos, adem?s, eran los ?nicos religiosos que regentaban dos c?tedras, y se convirtieron pronto en la diana de todas las insidias.

En medio del fragor de la pol?mica, en la que tuvo que intervenir el propio Papa Inocencio IV para calmar los ?nimos, los seculares "lanzan al mundo entero un libelo difamatorio, en donde acumulaban toda suerte de acusaciones contra los dominicos, verdaderos causantes, seg?n ellos, de todo el malestar de la Universidad y hasta de la Cristiandad entera. Y, no contentos con eso, multiplican las intrigas, las difamaciones, las calumnias, de palabra y por escrito, no s?lo entre los estudiantes, sino tambi?n entre el pueblo fiel" .

Siguieron nuevas intervenciones del Papa, nuevos alborotos y libelos, hasta que los enemigos de los dominicos "pasaron a los hechos. (...) Redoblaron sus esfuerzos para indisponer a todo el mundo contra los odiados dominicos y hacerles la vida imposible. Coaccionaban a los estudiantes para que no pudieran asistir a sus clases, irrump?an en ellas alborotando para que no pudieran tener lugar, apedreaban el convento de Santiago y lanzaban flechas contra sus ventanas. Los frailes no pod?an salir sin ser insultados, maltratados y atropellados. Las cosas llegaron a tal extremo que el Rey san Luis tuvo que poner una fuerte guardia permanente alrededor de su convento, para que los defendiese d?a y noche contra todo conato de asalto" .

Estos alborotos alcanzaron tambi?n a santo Tom?s cuando predicaba el 6 de abril de 1259, domingo de Ramos, en la iglesia del convento de Santiago. Durante la homil?a, un tal Guillot se levant? y empez? a leer en p?blico uno de aquellos libelos, en los que se alternaban la prosa, el verso denigratorio y las canciones indecentes. Cuando Guillot acab? de leer su papel, el Santo continu? su pr?dica como si no hubiese pasado nada.


Una carta de san Francisco de Sales

San Francisco de Sales tambi?n tuvo que hab?rselas con los propagadores de libelos, como se refleja en su Epistolario:

"El ministro La Faye -dice el Santo- ha escrito un libro expresamente contra m?; no ahorra la calumnia. Pasa por alto la gran multitud de mis defectos, que son sin duda reprobables, y no me censura sino por los que no tengo, por gracia de Dios: de ambici?n, ocio ostensible, lujo en perros de caza y caballerizas, y locuras semejantes que no s?lo est?n lejos de mi afici?n, sino que son incompatibles con la necesidad de mis quehaceres y la forma de vida que mi cargo me impone. As? bendigo a Dios que no sepa mis defectos, toda vez que no los quisiera curar sino con la maledicencia" .


Hasta el lecho de muerte

Los libelos tuvieron su apogeo en los siglos XIX y XX con el desarrollo de los medios de comunicaci?n. Esos avances tecnol?gicos permitieron a los denigradores orquestar campa?as de desprestigio antes inimaginadas, que han adquirido, en nuestros d?as un notable impacto sociol?gico.

San Antonio Mar?a Claret tuvo que sufrir varias de esas campa?as de desprestigio. Sus enemigos provocaron una ola de difamaci?n contra su persona en todo el pa?s y propiciaron los catorce atentados que sufri? a lo largo de su existencia (?!) .

Le persiguieron hasta el mismo lecho de muerte: en los ?ltimos d?as de su vida se dijo que estaba en Fontfroide (Francia) reuniendo armas para los carlistas, y unos cuantos exaltados estuvieron a punto de secuestrarlo del lugar en el que se encontraba agonizante.


Desde "El Clamor P?blico"

Tambi?n persiguieron desde la prensa a santa Micaela. Por si fueran, pocos los ataques que tuvo que sufrir por parte de parientes, alumnas y ex-alumnas, y gran n?mero de sus contempor?neos, tuvo que enfrentarse adem?s con la inquina de cierta Prensa madrile?a.

Abri? el fuego contra ella El Observador, el d?a 1 de abril de 1851, con la publicaci?n de un suelto en el que afirmaba, entre otras cosas, que la caritativa Vizcondesa consent?a la convivencia entre el Capell?n y las colegialas.

Era el fruto amargo de la intriga de un eclesi?stico contra ella. Todo pareci? quedarse ah?, pero al d?a siguiente, El Clamor P?blico public? otro suelto bajo un t?tulo de doble sentido: Fraternidad. Pocos d?as despu?s El Observador sac? a la luz un relato tendencioso que deformaba la historia de una madre que hab?a dejado a sus hijas en el colegio y las hab?a encontrado "convertidas en verdaderas beatas".

El relato inclu?a las acusaciones t?picas de falta de libertad y fanatismo religioso, y conclu?a denigrando a las religiosas porque "quedaron muy satisfechas en haber alcanzado un alma para el cielo a costa de las l?grimas y de la desesperaci?n de la infeliz se?ora. Hemos o?do que ?sta piensa acudir a la autoridad competente para que desde luego proceda a sacar a su hija".

Al principio, la Santa se abstuvo de contestar: sus amigos procuraron detener la campa?a. Cambi? de parecer cuando los ataques provinieron de peri?dicos como La Esperanza, que defend?a un ideario cat?lico. Este peri?dico reproduc?a el 25 de mayo de 1853 un suelto aparecido en Novedades tres d?as antes, en el que se ped?a que se trasladase a la sede del Colegio de la Santa la Casa nueva de la Maternidad, para utilizar un edificio que "si alguna utilidad reporta a la Beneficencia, era muy poca" .

La Santa decidi? intervenir con todala resoluci?n de su car?cter. Pidi? con energ?a una rectificaci?n por parte del peri?dico, que se produjo d?as m?s tarde.

"Yo por mi parte nada s? -escrib?a la Santa al peri?dico, aludiendo al supuesto traslado de la sede del Colegio y creo que usted tampoco, porque me consta que en la Junta General nada se ha tratado de esto. Y por eso, la verdad -y perm?tame usted este desahogo-, he extra?ado y sentido que haya usted dejado copiar en un peri?dico, tan magistral y acreditado como el suyo, esto... que podemos llamar una de tantas paparruchas como leemos con tanta frecuencia en algunos papeles p?blicos..."

Esas escaramuzas period?sticas fueron alimentando a?o tras a?o una leyenda negra en torno a su persona que tuvo una amplia resonancia popular. Se la llam? piedra de esc?ndalo y se la difam? en tiendas, peri?dicos y fiestas; la calumniaron sus enemigos y hasta las se?oras que la ayudaban materialmente.

Una de ellas, la Baronesa de Rocafort, propalaba por toda Barcelona que lo ?nico que pretend?a la Santa era quedarse con el dinero de las desamparadas. En las tertulias de Santander se murmuraba que la fundaci?n era "s?lo un pretexto para coger dinero".


?Motivos?

Los motivos que impulsan a difamar suelen ser muy variados: envidia, rencor, despecho, frivolidad... Los parientes de santa Micaela parientes hablaban mal de ella porque no entend?an que se hubiese desprendido de todos sus bienes de un modo tan radical; a algunas de las colegialas, de conducta poco recta durante su estancia en el Colegio, las mov?a el rencor; y si las expulsaban, utilizaban la calumnia para vengarse; las razones de las due?as de las casas de prostituci?n se entienden m?s f?cilmente: comola Santa siguiera recogiendo mujeres descarriadas ?pensaba- se les hund?a el negocio.

De estos ambientes fueron surgiendo -a tono con cada uno- infundios y patra?as. Quiz? la mentira m?s baja y mezquina fue la que aseguraba que el Colegio de Atocha era una casa de lenocinio y que lo ?nico que buscaba la Santa era comerciar con las j?venes que recog?a. "Lo mismo ser? la que pide -susurraban algunos- que las mujeres por quien pide".

Algunos de estos calumniadores se retractar?an m?s tarde: pero como la calumnia es imparable, por muchos esfuerzos que hicieron luego por restituir la fama, fue dando frutos amargos por todas partes, y las maledicencias corr?an de boca en boca, exageradas hasta el rid?culo, caricaturizadas hasta el esperpento.

Se rumoreaba por todo Madrid que la Santa se entregaba a "criminales excesos" y que iba por las noches al baile,acompa?ada por un hombre. La audacia murmuradora llegaba incluso a describir el color de los vestidos ...

"El apostolado peculiar de Micaela -cuenta su bi?grafo- le atrae el odio, la maledicencia y la persecuci?n con todos los agravantes consiguientes. No existe mejor se?al de haber cumplido su deber".

Un an?nimo le avis? a la Santa que un Mayordomo de Palacio se empe?aba en enturbiar sus cordiales relaciones con la Reina Isabel II. El escrito explicaba algunas de las causas de ese odio. "Estoy aterrada -dec?a el an?nimo, escrito con gruesos caracteres- por el odio a la su casa de usted, el cual nace de que una chica, a quien ?l propon?a perder, se ha refugiado en su casa de usted; ha tocado todos los medios de seducci?n para sacarla vali?ndose de tercera persona y de mil medios infames que la chica ha rechazado, siendo una de las acogidas m?s ejemplares, rechazando todo."

La calumniaban sus acreedores; algunas de sus alumnas; sus antiguas amistades, y todo eso llegaba a las p?ginas de la prensa. Lo que m?s le dol?a a la Santa es que algunos sacerdotes participaban en eso. En una ocasi?n, agobiada por las deudas, tuvo que pedir dinero a un sacerdote ejemplar y ?ste -comentaba la Santa- "?dud? de mi probidad! ?Y me lleg? esta duda al alma!".

"Al salir de Madrid -le escrib?a al Obispo de ?vila el 7 de marzo de 1863- recib? una carta de Barcelona en la que me ponen de ropa de Pascua. Lo de ladrona ya perdi? su color subido. Dice el amigo escritor que me la dirige -desconocido para m?-?que soy una fiera, tan malvada, perversa, que visto un traje que desdoro con mi hipocres?a y mala vida. Que no soy monja, ni menos religiosa; que son v?ctimas de mis furias no s?lo las monjas, sino las infelices colegialas a quienes -fiera carn?vora- devoro su juventud. Y que tenga entendido que han determinado varios quitarme la vida en pago de mis maldades e infamias.

"Preciso ten?a que ser -comenta con humor- de quitarme (algo) hab?a de ser la vida, porque fortuna, no, cuando me ech? a robar. Cr?dito y reputaci?n ya los tengo perdidos. Con que con la vida arremeten... Con que el jueves salgo para el matadero llevando en m? la v?ctima... Al llegar a Zaragoza me hallo con dos cartas que son m?s penosas que la citada, y tanto, que, siendo de gente conocida, al leerlas me dio jaqueca en el acto.

"Si vivo, escribir?. Si muero, yo lo encomendar? a mi Padre que pagar? con larga vida el poquito que me quitaren en Barcelona. Yo no dije nada en casa porque no tengan miedo las Hijas y no me quiten la vida, y tengan ellas pena, estando yo tan contenta."

En otra ocasi?n, una de las due?as de las casas de prostituci?n arruinadas atent? contra su vida y estuvo a punto de ahogarla entre sus brazos. Se salv? porque la defendi? el mism?simo Ministro de la Gobernaci?n, don C?ndido Nocedal, que estaba de visita en el colegio.

Santa Micaela sufri?, como el Padre Claret, varios atentados y numerosas intentonas de asesinato. En diversas ocasiones sus colegialas intentaron envenenarla. Muchos la intimaban "con navaja en mano", como recuerda Carlos Marfor?. En algunos casos la Santa desvel? milagrosamente las intenciones de sus enemigos. Su modo de actuar retrata la vitalidad y valent?a de aquella mujer de talla espiritual y humana excepcional:

"Vamos a la capilla -le dijo a un agresor que escond?a todav?a el arma- y all? me dar? usted la pu?alada que ten?a intenci?n de darme, porque quiero que sea delante de Jes?s Sacramentado".

En otros casos se enfrent? resuelta ante sus agresores, que ennumerosas ocasiones se arrepintieron de sus intenciones delante de ella.


Pocas fundadoras...

"Pocas Fundadoras canonizadas -se lee en la biograf?a de la Madre Sacramento- han padecido tantos atentados". El bi?grafo no exagera. Se lee en los Procesos de su Causa de Canonizaci?n que "hombres que viv?an en relaciones con dichas mujeres extraviadas la amenzaban y persegu?an de muerte". No se exclu?an las mismas chicas recogidas, y en particular las antiguas amantes. "Quer?an asustarnos -comenta una testigo- arrojando cohetes y dirigi?ndonos grav?simas amenazas y era muy frecuente que mancharan de inmundicias las puertas y las ventanas del edificio."

En diversas ocasiones, como en Valencia, la Santa tuvo que acudir al Inspector de Polic?a. En febrero de 1862, estuvo a punto de ser vapuleada en Barcelona por una mujer propietaria de tres casas p?blicas.

En todas esas ocasiones, relata el bi?grafo, "la Madre Sacramento, siempre valient?sima, da la cara a sus enemigos sin arredrarse ante los an?nimos amenazadores". Y no eran amenazas vanas, ya que considera seriamente la posibilidad de morir en un atentado cuando se dirige a Barcelona.

Durante las fiestas de carnaval de 1860, en el acto conocido como "el entierro de la sardina", sacaron una m?scara con su efigie vestida de negro, en la que se la caricaturizaba rezando un rosario confeccionado con peque?as patatas. Detr?s marchaba otra m?scara que represantaba a san Antonio Mar?a Claret .

Pero santa Micaela no ten?a que esperar a los carnavales para verse injuriada: en muchas ciudades, como le pas? en Zaragoza, cuando caminaba por la calle, se burlaban deella y la silbaban.

Escribieron en su contra un panfleto ?biogr?fico? cuyo t?tulo, estilo y extensi?n se deducen de esta carta de la Madre Sacramento, fechada en Burgos (23-VI-1863), a un bienhechor de Zaragoza, don Manuel Dronda, a quien seguramente habr?an enviado previamente el panfleto denigratorio:

"Mis enemigos escriben manifiestos infames contra m?. El de las Flores est? encarnizado... y no deja conocido ni desconocido sin sus siete pliegos de historia, donde sale su crucifijo de usted y le hacen testigo de una falsa historia".


An?cdotas ama?adas

San Josemar?a sufri? tambi?n campa?as denigratorias. "Fue perseguido -comentaba Antonio Rodilla-, acusado falsamente y calumniado en p?blico (...). Hab?a ferocidad y pertinacia en la persecuci?n. No o? ni calumnias ni acusaciones contra su vida privada, pero s? respecto de sus actuaciones apost?licas, cuyos fines se consideraban aviesos, y acerca de su ortodoxia (...). Se ama?aba una an?cdota mezclando datos verdaderos y evidentes con otros inventados e irritantes.

?Producida la irritaci?n, necesitaba ?sta cebarse hasta la ceguera y corr?a como un incendio forestal no s?lo entre resentidos, siempre hambrientos de morder, sino entre los m?s sensibles contra las injusticias, y malos con buenos s? un?an contra el inocente calumniado: don Josemar?a y su Obra eran una organizaci?n secreta, clandestina y her?tica".

Al igual que con santa Micaela, se publicaron en vida del Santo ?biograf?as? caricaturescas y calumniosas contra su figura o sus escritos.

San Pedro Poveda y la Instituci?n teresiana sufrieron una fuerte campa?a de desprestigio durante los a?os previos a la guerra civil espa?ola. La virulencia de las acusaciones que se citan a continuaci?n no hacen m?s que mostrar la eficacia del servicio a la Iglesia de la Instituci?n fundada por el Santo: "Donde hay una maestra teresiana ? se lee en Trabajo, el 3 de abril de 1935-, el ultramontanismo y la caverna tendr?n sus m?s firmes archiveros y como desgraciadamente, esta clase de maestras abundan m?s de lo prudente -y muy especialmente en esta provincia-, no estar?a de m?s que los creadores de la nueva escuela pusiesen los puntos sobre las ?es y obligaran a estas obstusas y desgraciadas maestras a que limitaran sus actividades contrarias a la Rep?blica."

Otro peri?dico, La Libertad, acusaba a las teresianas, el 22 de febrero de 1935, de querer disponer "del futuro de Espa?a". Desde el Ministerio de Instrucci?n P?blica se las acusaba de ser un "foco de contagio que infeccionaba los nuevos aires republicanos"` y el peri?dico Revoluci?n se preguntaba: "?Por qu? no se castiga a las teresianas, maestras nacionales, que a las ni?as que no quieren ense?anza religiosa les dan un castigo severo? Sr. Alcalde, el pueblo democr?tico no est? dispuesto a tolerar estas inquisiciones de que son objeto las ni?as por estas maestras cavern?colas, representantes de Cristo. ?Pueblo, despierta de tu letargo; tira la pereza y reb?late contra estas maestras aliadas a los sentimientos de Torquemada! Padres que ten?is hijas, a estas teresianas no hay quien las haga justicia, hay que aplicarles la ley de fugas".

Trabajo apostillaba: "Una de las mayores calamidades que pueden haberle ca?do a la Rep?blica es ese crudo fanatismo que los Institutos Teresianos han imbuido a sus maestras".

En nuestros d?as esta ret?rica beligerante y flam?gera puede parecernos rid?cula, por el tono exaltado y el conjunto de falsedades. Pero art?culos como ?stos fueron el caldo de cultivo del clima antirreligioso que hizo que el 28 de julio de 1936, al comienzo de la guerra civil, muriera m?rtir, asesinado por el odio antirreligioso, san Pedro Poveda.

Jos? Miguel Cejas, "Piedras de esc?ndalo"

Publicado por mario.web @ 19:43
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