S?bado, 21 de mayo de 2011
Pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como para los santos
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IV. Denuncias ante los tribunales eclesi?sticos
IV. Denuncias ante los tribunales eclesi?sticos
Aunque la Jerarqu?a de la Iglesia, como hemos se?alado con anterioridad, ha alentado habitualmente a los hombres de Dios en su labor apost?lica, no han faltado ocasiones en las que los santos han sido acusados falsamente ante los Tribunales eclesi?sticos.

Han sido pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como para los santos, que han sabido descubrir en todos esos acontecimientos la mano providente de Dios.

Las palabras de Teresa, cuando le hicieron ver la posibilidad de ser juzgada por la Iglesia, reflejan la actitud general de los hombres de Dios ante esta contradicci?n: confianza en Dios y confianza en la Iglesia.

"Harto mal ser?a para mi alma -escrib?a la Santa- si en ella hubiese cosa que fuere de suerte que yo temiese la Inquisici?n; que si pensare hab?a para qu?, yo me la ir?a a buscar; y que si era levantada (una calumnia), el Se?or me librar?a y quedar?a con ganancia"

Entre los numerosos casos de acusaciones al Santo Oficio que podr?an citarse ?como san P?o de Pietrelcina y tantos otros-nos limitaremos a recordar las denuncias contra san Ignacio de Loyola, san Juan de ?vila, san Jos? de Calasanz o el siervo de Dios Jos? Kentenich.


Volveremos a lo de siempre

En el conocido relato que hizo san Ignacio de Loyola al P. Luis Goncalves da Camara, denominado habitualmente Autobiograf?a, se consignan las penalidades que tuvo que sufrir el Santo con los Tribunales eclesi?sticos.

San Ignacio fue juzgado primero por el Vicario en Alcal?, Juan Rodr?guez de Figueroa, en noviembre de 1525. En marzo de 1527 se le volvi? a procesar; en abril fue encerrado en la c?rcel; y en mayo comenz? su tercer proceso.

De all? fue a Salamanca, donde, tras un coloquio con los Dominicos, entr? de nuevo en la c?rcel a finales de julio. En agosto fue absuelto y fue a Par?s, donde se encontr? con que "se hab?an levantado grandes rumores acerca de ?l y que el inquisidor le hab?a hecho llamar.

Mas ?l no quiso esperar, y se fue al inquisidor, dici?ndole que hab?a o?do que lo buscaba; que estaba dispuesto a todo lo que quisiese (...), pero que rogaba que lo despachase pronto porque ten?a intenci?n de entrar por San Remigio de aquel a?o en el curso de Artes; que deseaba que esto pasase antes para poder mejor atender su estudios. Pero el inquisidor no le volvi? a llamar, sino s?lo le dijo que era verdad que le hab?an hablado de sus cosas" .

"En aquel tiempo del curso -prosigue la Autobiograf?a no le persegu?an como antes. Y a este prop?sito una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba que anduviese tan tranquilo, sin que nadie lo molestase. Y ?l respondi?:

-La causa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero terminado el curso, volveremos a lo de siempre".


Ante la Inquisici?n de Sevilla

Tambi?n san Juan de ?vila tuvo que sufrir a causa de "lo de siempre", es decir, las acusaciones falsas, las murmuraciones y las insidias. El ap?stol de Andaluc?a fue denunciado ante la Inquisici?n de Sevilla en el a?o 1531. Se le acusaba de haber proferido en ?cija algunas "proposiciones sospechosas contra la Fe cat?lica".

Sus primeros acusadores fueron Leonor G?mez de Montenuss?, que le acus? de haber dicho en confesi?n "que los quemados por el Santo Oficio eran m?rtires"; Andr?s Martel, jurado de ?cija, que afirm? que el Santo hab?a dicho, en casa de Francisco Aguilar, estando presente su hermano Antonio, que no hab?a salvaci?n para los que volv?an a pecar habiendo obtenido perd?n despu?s de estar en peligro de muerte; y un tal Felipe Labrador, que aseguraba haberle escuchado esta frase durante un serm?n: "Lo que digo es verdad, y si no es verdad Dios no es verdad."

A ellos se sum? un sacerdote, Onofre S?nchez, que denunci? otras proposiciones sospechosas.

Comenz? de este modo un enrevesado proceso en el que se sucedieron nuevas denuncias y testimonios contradictorios. Antonio Aguilar dijo que no hab?a entendido lo mismo que aseguraba haber o?do Andr?s Martel; y mientras testigos y denunciantes se contradec?an entre s? surgi? una nueva denuncia, esta vez en Alcal? de Guadaira: un m?dico, Flores, aseguraba haberle o?do hablar al Santo de "una Iglesia del demonio". M?s tarde el p?rroco de Alcal? de Guadaira denunci? al propio Flores por varias proposiciones contra fidem y por sus intentos para impedir el fruto de los sermones de Juan de ?vila en aquella localidad.

Depusieron a favor del acusado 55 testigos que denunciaron la mala voluntad, los rencores personales y el af?n por retorcer tendenciosamente las palabras del Santo que mov?a a aquellos detractores.

El Santo Oficio escuch? las acusaciones y tras la fiesta de San Pedro de 1532, dict? la orden de prisi?n. Una vez encarcelado el Santo fue sometido a sucesivos interrogatorios, hasta que el 16 de junio de 1533 los inquisidores lo absolvieron plenamente, aunque, eso s?, recomend?ndole que, en lo sucesivo, atendiese "mucho y se modere en su manera de hablar".

Al salir le mandaron predicar en la iglesia del Salvador de Sevilla, donde "en apareciendo en el p?lpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolaci?n de la ciudad".


A los ochenta y seis a?os

M?s breve fue el interrogatorio que tuvo que sufrir san Jos? de Calasanz; pero de consecuencias m?s tr?gicas. Como explica Fray Justo P?rez de Urbel, lo que sucedi? en vida del Fundador en el seno de la Orden de las Escuelas P?as, fue "una de esas cosas que Dios permite para purificar un alma y levantarla a las cumbres m?s altas del hero?smo. Toda una Orden va a ser sacudida y zarandeada por las tormentas m?s furiosas de la pasi?n, para descubrir en toda su belleza maravillosa la paciencia y la humildad del Fundador" .

El Fundador se encontr? ante una masa ingente de ni?os y con una notable escasez de maestros. Se intentaron varias soluciones, como la uni?n con la Congregaci?n Luquesa, que fracasaron. Al fin, se fundaron las Escuelas P?as, que tuvieron un notable desarrollo. Pero en 1636 la situaci?n se volvi? borrascosa.

"Hijos m?os -dec?a-, rogad por m?; que el Se?or me d? paciencia para vencer las tribulaciones. Debo ser zarandeado intensamente. San Francisco tuvo un s?lo fray El?as; yo tendr? muchos."

La situaci?n interna de la Orden en aquellos determinados momentos se deduce por las palabras del propio Calasanz: "Comunico a vuestra reverencia -escrib?a el Santo a un Provincial en 1635- que muchos de los nuestros se hallan en las m?s tristes disposiciones. No pueden ir peor las cosas y s?lo de la mano de Dios espero el remedio." "En Roma -relata P?rez de Urbel- un coadjutor intent? quitarle la vida; otros le amenazaron descaradamente; otro se le acerc? una vez, estando en la sacrist?a, para decirle que era un in?til y que deb?a renunciar" .

No disponemos del espacio necesario para describir el marco en el que sedesarroll? esta historia: el confuso ambiente espiritual de la ?poca; la interrelaci?n -confusi?n, tantas veces- que se daba, en algunos ambientes eclesi?sticos, de las cuestiones religiosas con las temporales; la deficiente situaci?n del clero y el delicado momento pol?tico que atravesaban los diversos Estados de la pen?nsula italiana. Bastar? con se?alar que las contradicciones m?s graves que sufri? el Santo tuvieron un nombre propio: el Padre Mario Sozzi, un personaje de perfil oscuro y contradictorio.

Este sacerdote que visti? el h?bito escolapio en 1630 era un hombre "inquieto, soberbio -escribe Giner-, lleno de sospechas contra sus hermanos en Religi?n, a los que impacientaba con sus delaciones por f?tiles motivos. Despu?s de girovagar por algunos Colegios, siempre mal soportado por los religiosos, fue mandado por segunda vez a Florencia" 8. All? descubri? un ignominioso asunto de meretricio, en el que estaba involucrado un can?nigo de la catedral. Su delaci?n le granje? las simpat?as del inquisidor de Florencia y, posteriormente, la Inquisici?n Romana.

M?s tarde el General lo traslad? a Narni, a instancias de su comunidad a la que hac?a la vida imposible. Pero el P. Mario consigui? que por influencia del Asesor del Santo Oficio, Mons. Albizzi, se le trasladara de nuevo a Florencia.

All? denunci? de nuevo a otros escolapios de herej?a, en unas turbias actuaciones en las que tuvo siempre la habilidad de presentarse como un hombre perseguido. Logr? enga?ar al Santo Oficio, que impuso al Fundador que lo nombrara Provincial de Toscana, ante el esc?ndalo de los religiosos, que conoc?an la verdad de los hechos.

Al llegar a Florencia muchos no quisieron recibirle. El P. Mario hizo recaer entonces todas las sospechas sobre el propio Fundador, lanzando el infundio de que era ?l, el mismo Jos? de Calasanz, el que instigaba, desde Roma, las reticencias de los otros escolapios contra ?l.

En julio de 1642 se traslad? de nuevo a Roma donde sigui? con sus maquinaciones. Consigui? que Mons. Albizzi enviara un notario al Padre General amenazando con graves penas a los que no le obedecieran. "Apoyado en la protecci?n del Santo Oficio -relata Giner-, insinu? amenazas contra el Cardenal Cesarini, Protector de la Orden." Cesarini mand? entonces que se registrara la habitaci?n del P. Mario, y a pesar de las advertencias del Santo Fundador que presagiaba consecuencias graves, los mandatarios del Cardenal llevaron a efecto el registro.

La reacci?n del P. Mario fue acusar al Santo ante Mons. Albizzi "como responsable del registro -contin?a Giner- y violador de la jurisdicci?n del Santo Oficio, pues entre los documentos hab?a algunos relacionados con el Santo Tribunal. Mons. Albizzi, fi?ndose de las calumnias del P. Mario se present? en persona en la Casa de San Pantale?n" .

Era el 15 de agosto de 1642. "Jos?, que estaba en la iglesia -relata P?rez de Urbel-, present?se a la puerta, pero fue recibido con este lac?nico saludo: `Sois preso.? Inmediatamente se encontr? rodeado de soldados, que se apoderaron de ?l para llevarle a las prisiones de la Inquisici?n, sin darle tiempo para coger el capote ni el sombrero. La multitud se agolpaba en la calle atra?da por el s?bito infortunio de aquel anciano de ochenta y seis a?os".

"Marchaba el siervo de Dios -comentaba un testigo- sin turbarse, a la hora del mediod?a, en lo m?s fuerte del calor, por la larga calle de Bianchi, con la cabeza descubierta y el semblante tranquilo y alegre".

Entraron en la c?rcel a las doce, donde el Santo se qued? profundamente dormido. A las seis horas lleg? Albizzi: "No saldr? de aqu? en tanto no sean devueltas las escrituras que ayer tarde le fueron robadas al P. Mario."

El asunto se aclar?: ninguno estaba presente cuando se hizo el registro por orden del Cardenal Cesarini. Dejaron libre al Fundador aquella misma tarde, pero no cesaron las maquinaciones delP. Mario, que logr? -con la ayuda de Albizzi- que la Inquisici?n le confirmase como Provincial de Toscana bajo su total jurisdicci?n, con plena independencia de su General 12. y all? march? de nuevo en el mes de octubre.

En Toscana sigui? promoviendo nuevos esc?ndalos eclesi?sticos, y su actitud fue mal vista por el Gran Duque que, en plena lucha entre M?dicis y Barberinis, acab? desterrando al P. Mario de Toscona acus?ndole de vasallo infiel, embustero y esp?a de guerra.

De nuevo las iras del P. Mario recayeron sobre el General y se concretaron en el tristemente famoso Memorial Calumnioso que envi?, seg?n su costumbre, al Santo Oficio.

Ese Memorial, escribe Bau, "es un monumento de habilidad en lo que dice, en lo que calla, en lo que insin?a, en lo que remacha, en lo que entrelaza, en lo que pide, en lo que reh?sa, en lo que intriga...".

Enga?ado de nuevo, Mons. Albizzi pidi? a Urbano VIII que nombrase al P. Mario Vicario General de toda la Orden con todos los derechos, facultades y honores. La intenci?n del Papa era posiblemente -como se?ala Jorge S?nthaque Calasanz se quedase con el t?tulo honor?fico de General y que el P. Mario asumiese el gobierno efectivo 16. Se hablaba ya de una posible extinci?n de la Orden.

Tras diversas peripecias se promulg? m?s tarde un Decreto en el que, entre otras cosas, se suspendi? al Fundador de su cargo y a sus cuatro Asistentes, yse nombr? a otros cuatro, el primero de los cuales ser?a el P. Mario.

A partir de entonces, como relata P?rez de Urbel, al Fundador "se le trataba desp?ticamente, se le ten?a de rodillas como a un culpable, se le vigilaba como a un malhechor. `Viejo chocho -le dec?a el nuevo Superior-, no quieren obedecerme y usted no los sosiega.? Jos? callaba, obedec?a y se esforzaba por hacer obedecer a los dem?s".

Durante ese per?odo, el P. Mario "tiraniz? a la Comunidad, hasta el extremo de que los Asistentes reci?n elegidos renunciaron a su cargo, asqueados por la conducta altanera e insoportable del triunfante Primer Asistente.

?Pero su gloria dur? poco. Todav?a no se hab?a cumplido el a?o de su gobierno, cuando a finales de aquel verano contrajo una terrible enfermedad, tal vez lepra, que en poco tiempo se lo llev? a la tumba. El 10 de noviembre de 1643 muri? sin reconciliarse con su v?ctima". Sin embargo el Santo intent? "visitarle, consolarle y aconsejarle" hasta el ?ltimo momento, pero el P. Mario no lo consinti?.

No se acabaron las penas de san Jos? de Calasanz tras la muerte del P. Mario. Tuvo que soportar nuevas maquinaciones y persecuciones contra ?l, que sobrellev? con una paciencia ejemplar. No en vano se ha comparado su figura con el santo Job. Fue elegido, como fruto de una antigua intriga del P. Mario, el P. Querubini, considerado por muchos "el trapo m?s sucio de todo el Instituto", que supo presentarse, al igual que el P. Mario, como una v?ctima inocente de las maledicencias ante los Cardenales. Ante esta situaci?n volvi? a debatirse de nuevo la extinci?n de la Orden.

M?s tarde se consigui? una sentencia por la que el Fundador fue reintegrado oficialmente a su puesto; pero fue tanta la alegr?a de los escolapios fieles al conocer la noticia que, Mons. Albizzi, enga?ado por los seguidores de Mario y Querubini, logr? qu? la sentencia se sobreseyera antes de que se hiciera oficial.

Nuevas intrigas provocaron que antes de fallecer el Santo tuviese la amargura de contemplar la promulgaci?n del Breve del Papa Inocencio X Ea quae pro felici, de 16 de marzo de 1646, que ten?a como fin disolver la Orden de las Escuelas P?as.

El 25 de agosto de 1648 muri? san Jos? de Calasanz, infundiendo en todos los que le segu?an su confianza en la restauraci?n total del Instituto, como sucedi? tiempo m?s tarde.


Desterrado en Milwaukee

No tan alejado de nosotros por el tiempo, en el siglo XX, el Padre Kentenich, cuya Causa de Canonizaci?n se inco? el 10 de febrero de 1975, tambi?n tuvo que sufrir su "contradicci?n de los buenos" por parte de la Jerarqu?a eclesi?stica. Seguimos el estudio de Monnerjahnn: Jos? Kentenich. Una vida para la Iglesia.

Jos? Kentenich fund? el 18 de octubre de 1914 la Obra de Schonstatt y m?s tarde el Instituto de las Hermanas de Mar?a, persuadido de que eran Voluntad de Dios. "Si Schonstatt no fuera obra de Dios -hab?a escrito durante los a?os veinte- no mover?a un dedo por ella".

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fundador arrastr? numerosos padecimientos y pas? cuatro a?os en un campo de concentraci?n nazi. Con el tiempo, la fundaci?n cobr? gran vitalidad y vigor apost?lico, aunque el Fundador, en su humildad, dec?a el 8 de julio de 1950: "Tengo la impresi?n de que no he hecho nada en estos cuarenta a?os. No crean que es exageraci?n. Es literalmente as?. Hay un estado de ?nimo peculiar, que el Salvador acu?? en su forma cl?sica: `Y cuando todo lo hay?is hecho, decid: Siervos in?tiles somos."

Sin embargo, junto con ese desarrollo apost?lico no faltaron cr?ticas e incomprensiones. A algunos, aunque reconoc?an que con Schonstatt "hab?a partido de una enorme ola de conciencia de misi?n apost?lica y de profunda devoci?n mariana", les parec?a que la dependencia del movimiento con el Padre Kentenich "exced?a toda medida razonable".

En 1950, relata Engelbert Monnerjahn, "el Santo Oficio nombr? un Visitador apost?lico en la persona del jesuita holand?s, Padre Sebasti?n Tromp, profesor de la Universidad Pontificia Gregoriana y consultor del Santo Oficio. En la Semana Santa de 1951 lleg? el Padre Tromp a Sch?nstatt para una primera y breve estancia. Un encuentro entre el Visitador apost?lico y el Padre Kentenich tuvo lugar a principios de mayo del mismo a?o, cuando de vuelta a Suram?rica, el Padre Kentenich se detuvo en Roma. En la entrevista le propuso el Visitador que para solucionar las dificultades, optara por separarse voluntariamente de su Obra. Si acced?a espont?neamente a la separaci?n quedaba siempre la posibilidad de volver a ella alg?n d?a en un futuro lejano. En cambio, si se le impon?a la separaci?n no podr?a contar con esa posibilidad".

El Padre Kentenich or?, reflexion? y consult? con sus allegados. Al final comunic? al Visitador que por fidelidad a su Obra no pod?a pensar en una separaci?n voluntaria; pero que aceptar?a la autoridad eclesi?stica si se la ordenaba.

El 31 de julio lleg? un decreto que le depon?a del cargo de Director de las Hermanas de Mar?a. Les escribi? entonces una breve carta:

"Mis queridas hermanas:

(...) Declaremos de boca y coraz?n que nos sometemos a las ?rdenes de toda autoridad leg?tima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad suprema. Todo lo dem?s lo dejamos en manos de Dios y la Sant?sima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque hayamos de renunciar a costumbres y formas de vida con las que nos hemos encari?ado. Sea ?ste nuestro regalo para la gran festividad de nuestra amada Madre. No faltar? la retribuci?n.

"Con un saludo cordial y bendici?n sacerdotal. J. K."


El 30 de septiembre lleg? otro decreto que le prohib?a la estancia en Sch?nstatt. El 22 de octubre Kentenich parti? para Suiza.

El 1 de diciembre el Visitador le orden? que abandonara Europa y le depuso del cargo de las ramas de la Liga de Schonstatt.

En enero del 52 se le asign? como domicilio la residencia de los palotinos de Milwaukee. Pero como los visados no pod?an conseguirse con tanta rapidez, se le dio permiso para volar a Suram?rica y esperar all? el visado suramericano.

El 21 de junio de 1952 Kentenich lleg? a Milwaukee, donde estuvo trabajando durante once a?os como capell?n de los emigrantes alemanes, sin mantener, como se hab?a indicado, el m?nimo contacto con Schonstatt.

"La consecuencia general de las circunstancias concomitantes -escribe Monnerjahn- fue que la separaci?n de su Obra no se limitaba a un simple traslado, sino implicaba un destierro, y no s?lo eso; esta separaci?n, como era de temer, arroj? oscuras y espesas sombras sobre la persona del Padre Kentenich y sobre su Obra. En vano subray? el Santo Oficio con ?nfasis que su alejamiento de Sch?nstatt era una simple medida administrativa, no disciplinar y, por tanto, no equival?a a la imposici?n de un castigo, al que ni la vida ni la doctrina del Padre Kentenich habr?an dado pie.

Por m?s que todas estas explicaciones respondieran a la verdad, no pod?an impedir la propagaci?n de rumores y calumnias que afectaban de consuno al Fundador y a la Fundaci?n, m?xime si se tiene en cuenta que, a ra?z del destierro, no faltaron quienes acudieran a las autoridades eclesi?sticas con testimonios agravantes contra ?l y contra los suyos" .

La visita apost?lica no hab?a terminado: dur? casi dos a?os. y muchos pensaron que ser?a el final de la Obra de Schonstatt. "Sabemos de fuentes bien informadas -escribe Monnerjalm- que el decreto de disoluci?n de la fundaci?n del Padre Kentenich estaba a punto en el escritorio de P?o XII. Sin embargo el Papa no lo firm?. Por el contrario, en el verano de 1953, orden? que se diera por terminada la visita apost?lica. Adem?s el Santo Oficio dio el 3 de agosto su nihil obstat a un Estatuto General que se hab?a elaborado entretanto y que ven?a a ser una especie de ley fundamental para toda la Obra (...).

"Era claro que el Fundador ten?a otra concepci?n del Estatuto General y que, por ejemplo, no quer?a verlo recargado de tantas minuciosidades jur?dicas; pero en los p?rrafos, redactados casi todos ellos de modo muy jur?dico, no dejaban de encontrarse tambi?n elementos espirituales b?sicos"

Comenz? un tiempo dif?cil para la fundaci?n, en la que muchas personas ajenas dudaban que fueran ciertas aquellas palabras de Kentenich: "el soplo de Dios ha animado la fundaci?n del Movimiento de Schonstatt" .


Un proceso doloroso

Fue un proceso doloroso -escribe Monnerjahn- "cuya aclaraci?n ?ltima ha de buscarse en el misterio de la libertad humana y en los designios y gobierno de la Providencia Divina.

?A partir de ese momento empez? a concebirse la Obra de Shonstatt dependiente de la Congregaci?n de los Palotinos, a pesar de que los miembros del Movimiento defend?an su peculiaridad y reclamaban que hab?a habido una iniciativa divina implicada en el acto fundacional del 18 de octubre.

"M?s de diez a?os duraron las vicisitudes de la lucha, que ocup? y preocup? a Obispos, Conferencias episcopales y diversos Dicasterios romanos. Sobre ella se discuti? en los pasillos del Concilio Vaticano II y de ella se lleg? a hablar indirectamente en la misma aula conciliar.

?Tres Papas trataron el asunto y contribuyeron a resolverlo definitivamente: P?o XII, Juan XXIII y Pablo VI. Sin exageraci?n cabe decir que la controversia constituye uno de los cap?tulos m?s instructivos de la historia eclesi?stica de nuestro siglo, y como dijo una vez el Padre Kentenich con raz?n: Es toda una lecci?n ejemplar.

?Pero para la familia Schonstatt significaba m?s, porque era una lecci?n vivida de la Providencia divina. Y as? se comprende que, aunque aquellos a?os fueron un Viacrucis y un calvario para Schonstatt, la controversia y la lucha terminaron reforzando su vinculaci?n con la Iglesia".

Con el tiempo la situaci?n se volvi? particularmente confusa. "S? que se critica mucho a Schonstatt -dijo el Nuncio Apost?lico de un pa?s suramericano-, pero yo espero que con el tiempo la opini?n p?blica se habit?e a Sch?nstatt y que las cr?ticas vayan desapareciendo. Por lo dem?s, no ten?is porqu? temer la cr?tica. Conociendo la historia de la Iglesia se sabe de antemano que movimientos como el vuestro siempre han tropezado con dificultades.

?No puede ser de otro modo, porque vuestro movimiento es de tal vitalidad y predica un cristianismo tan puro y acendrado, que provoca una instintiva reacci?n de defensa en la gente. No es otro el destino de los movimientos dotados de tal pl?tora de energ?a, que invaden todos los sectores de la sociedad".


El milagro de la Navidad

Al fin, se resolvi? la situaci?n. En 1963 el entonces Obispo de M?nster, Joseph H?ffner, fue nombrado moderator et custos de la Obra de Sch?nstatt, con lo cual se le confiaba la tutela de toda la Obra.

En 1964 la Santa Sede reconoci? oficialmente a Schonstatt, que quedaba desligada de los Palotinos y el 20 de octubre de 1965 los Cardenales del Santo Oficio, en sesi?n plenaria, suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre Kentenich, confirmada dos d?as m?s tarde por el Papa.

El 22 de diciembre de 1965, Pablo VI lo recibi? en audiencia. Dos d?as antes hab?a cumplido ochenta a?os. El d?a de Navidad volvi? a Schonstatt. Era el "milagro de la Navidad", presentido por Kentenich muchos a?os antes.

Un a?o m?s tarde, el 4 de junio de 1966, fueron aprobados los Estatutos de los sacerdotes de Schonstatt por la Santa Sede y, dos a?os m?s tarde, el 15 de septiembre de 1968, fallec?a, en olor de santidad, el Siervo de Dios Jos? Kentenich.

Hemos dado una visi?n sucinta de todo el proceso, que fue mucho m?s complejo y tuvo muchas m?s connotaciones, como las falsas acusaciones sobre la pretendida carencia de "sentido eclesial" de los sacerdotes miembros de este Movimiento. Sin embargo, como subray? un Obispo, los sacerdotes de Schonstatt se hab?an distinguido siempre por su ejemplar "sentir con la Iglesia" y se esforzaban todo lo posible por hacer propias las intenciones del Santo Padre y de los Obispos.

Jos? Miguel Cejas, "Piedras de esc?ndalo"

Publicado por mario.web @ 19:50
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