Domingo, 22 de mayo de 2011
Cuando las contradicciones de los santos vienen de la propia familia
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VII. Actitudes ante la vocaci?n de los j?venes
VII. Actitudes ante la vocaci?n de los j?venes
Tres contra dos y dos contra tres

A pesar de lo que hemos considerado en cap?tulos anteriores, la mayor parte de las contradicciones que han sufrido los santos no han sido promovidas por los grandes enemigos de la fe, por los pol?ticos sectarios o por los dirigentes de medios de comunicaci?n anticristianos, sino por personas que pertenecen a un entorno mucho m?s cercano con frecuencia, por personas de la propia familia.

Esto no es de extra?ar: tampoco los familiares cercanos de Jesucristo llegaron a comprender su comportamiento:

"?Pens?is que he venido a traer la paz a la tierra?", dijo Jes?s a sus disc?pulos. "No, os digo, sino divisi?n. Pues desde ahora, habr? cinco en una casa divididos: tres contra dos y dos contra tres, se dividir?n el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra."?.

Estas palabras se entienden en toda su plenitud al contemplar las tensiones que suele provocar en el entorno dom?stico la entrega a Dios de alguien de la propia familia.

La entrega no supone una quiebra en el amor entre padres e hijos: Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que queda patente en la entrega a Dios es una jerarqu?a del coraz?n: esa persona manifiesta con su decisi?n de entrega que el amor a Dios es lo primero, y lo que debe anteponerse a todo, en coherencia con la ense?anza constante de la Iglesia, fiel a las ense?anzas de Cristo. "Los padres han de ser honrados -recordaba San Agust?n-, pero Dios debe ser obedecido".

La formulaci?n evang?lica no ofrece dudas: "Quien ama a su padre o a su madre m?s que a m?, no es digno de m?; y quien ama a su hijo o a su hija m?s que a m?, no es digno de m?" . Pero con frecuencia, los padres, los hermanos, los amigos, no ven las cosas del mismo modo.

En este aspecto, los santos han tenido que padecer, como tantas otras miles de personas que se han entregado a Dios en estos veinte siglos de cristianismo, serias contradicciones. "Cuando mi madre supo mi resoluci?n -recordaba san Juan Cris?stomo- me tom? de la mano, me llev? a su habitaci?n, y habi?ndome hecho que me sentase junto a la cama donde me hab?a dado el ser, rompi? a llorar y a decirme cosas m?s amargas que su llanto." Su madre, viuda, le fue recordando todo lo que hab?a hecho por ?l desde su nacimiento; y le pidi?, entre l?grimas, que no la abandonara en la vejez, dej?ndola viuda por segunda vez.

"Espera al fin de mis d?as -le dec?a Antusa-, (...) cuando me hayas entregado a la tierra y me hayas puesto junto a los huesos de tu padre, emprende entonces largos viajes (...). Yo no te he faltado en nada...".

San Juan Cris?stomo ten?a 23 a?os y en aquella ocasi?n, cedi?. S?lo las palabras de un amigo, le convencieron m?s tarde a llevar a cabo su vocaci?n, a pesar de esa contradicci?n familiar.

La Iglesia ense?a que no es verdadera piedad filial la que lleva a deso?r la vocaci?n, la llamada de Dios. "Dad a cada uno lo suyo -recuerda san Agust?n- conforme a una escala de obligaciones; no subordin?is lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres."

En su viaje a Irlanda en 1979, Juan Pablo II recordaba a los padres que "Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres -dec?a el Papa- es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres. El hogar deber?a ser la primera escuela de religi?n, as? como la primera escuela de oraci?n. (...) Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que contin?en fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas" (Limerik, 1-X-1979).


No te dejaremos en paz

Una se?ora de Siena, Lapa di Puccio di Piagente, prefiri? las amenazas a las l?grimas. "?Te casar?s aunque se te rompa el coraz?n!", le dijo a su hija Catalina, cuando ?sta le comunic?, a los diecisiete a?os, que hab?a decidido entregarse a Dios en el celibato, permaneciendo en el propio hogar familiar. "No te dejaremos en paz -sentenci? Monna Lapahasta que hagas lo que te mandamos."

Catalina permaneci? irreductible ante la presi?n familiar: "en eso jam?s obedecer? a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres. Si vosotros quer?is tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; har? con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me ech?is por haber tomado esta resoluci?n, sabed que esto no cambiar? en absoluto mi coraz?n".

Su padre, al o?rla, apoy? su decisi?n: "Desde hoy ?dijo nadie molestar? a esta querida hija m?a ni se atrever? a poner obst?culos en su camino. Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jam?s podr?amos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre."

Se cumpl?an a la letra las palabras del Evangelio: la madre contra la hija... A partir de aquel d?a, viendo que ni siquiera su marido estaba de su parte, Monna Lapa soport?, entre miles de protestas, la decisi?n de Catalina de permanecer c?libe, y acept? a rega?adientes sus mortificaciones, su desprendimiento, sus limosnas, su atenci?n a los enfermos... Pero estall? en c?lera cuando vinieron las inevitables maledicencias que han acompa?ado siempre a los santos.

La que difamaba a Catalina era una cancerosa, una de las enfermas a las que atend?a con m?s sacrificio. Aquello fue la gota que colm? el vaso del orgullo herido de Monna Lapa: "Si no dejas de cuidarla -amenaz? a Catalina-, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jam?s volver? a llamarte hija m?a."

Pocos a?os despu?s, aquella jovenpusos los medios para cerrar uno de los cap?tulos m?s dolorosos de la historia de la Iglesia: hizo que el Papa volviera a Roma desde Avi??n.

Su madre fue testigo de la exaltaci?n de su hija en la procesi?n solemne de sus reliquias que se organiz? en Siena en la primavera de 1383


Un prototipo de intransigencia

M?s intransigente con la vocaci?n de su hijo fue Teodora de Theate, madre de Tom?s de Aquino, que demostr? no ser una mujer f?cil de convencer cuando se resolv?a a algo. P?rez de Urbel la retrata como una "condesa feudal, autoritaria, dura y altiva"?.

Hab?a enviado a Tom?s a Monte Casino, a los cinco a?os de edad, donde era Abad un pariente de su marido, Landolfo Sinibaldi, y aspiraba "a lo que parece, a que su benjam?n llegase un d?a a ce?ir la mitra abacial".

La tormenta estall? cuando, despu?s de diversas peripecias que lo llevaron a estudiar a N?poles, Tom?s decidi?, a los dieciocho a?os, entregarse a Dios en la Orden de Predicadores, en contra de la voluntad de su madre.

Teodora era una mujer resuelta. ?D?nde estaba Tom?s? ?En N?poles? All? se dirigi?. Pero Tom?s se hab?a marchado a Roma. Se fue a Roma. Al llegar, le dijeron que se hab?a marchado a Bolonia con el Maestre General, Juan de Wildeshausen. Enfurecida, llam? a otros hijos suyos, Aim?n, Felipe, Reinaldo y Adenolfo, que militaban a las ?rdenes de Federico II y les orden? que fuesen en su b?squeda, que se lo trajesen preso y que lo encerrasen en la fortaleza familiar de Montesangiovanni. Ya se ve que Teodora no ten?a de la libertad personal un concepto demasiado elevado.

Sus hermanos encontraron al joven Tom?s camino de Bolonia, a mediados de mayo de 1244, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron, forcejearon para quitarle el h?bito y se lo llevaron por la fuerza primero hasta Montesangiovanni y luego a Rocaseca, el antiguo castillo familiar, donde lo encerraron.

All? Teodora lo ten?a todo planeado: despu?s de la fuerza viril pondr?a en juego la habilidad femenina. Sus hermanas Marotta y Teodora se encargar?an de hacerle cambiar de opini?n, ahora ya no por la fuerza, sino por la persuasi?n. Le suger?an que siendo benedictino podr?a llegar a ser Abad... Todo, todo antes que ser fraile mendicante. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron in?tiles, y lo que es peor: Marotta empez? a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvi? entregarse a Dios en el Monasterio de benedictinas de Capua.

Al cabo de casi a?o y medio, Tom?s segu?a sin mudar de parecer. Sus hermanos intentaron entonces una soluci?n violenta: le quitaron los libros y el h?bito y lo dejaron vestido con harapos. En vano.

Su madre estaba decidida a poner todos los medios y cambi? de t?ctica; pens? que, ya que no se pod?a vencer su intransigencia con palabras ni por la fuerza, habr?a que reducir su coraz?n con una mujer. Trajeron de N?poles una cortesana a sueldo y una noche la introdujeron provocadoramente en la habitaci?n de Tom?s. Pero ?ste, en cuanto la vio, se acerc? a la chimenea, cogi? un tiz?n ardiente y la napolitana huy? despavorida...

Al fin, Tom?s no encontr? otra soluci?n que descolgarse con una cuerda por la ventana de la fortaleza, y escaparse en direcci?n a N?poles... Y no acabaron ah? las contradicciones, cuya relaci?n sobrepasa el espacio de estas p?ginas.


Mi hijo no ser? fraile

Don Fernando, el padre de Luis Gonzaga, puso tambi?n todas las dificultades imaginables: "?mi hijo no ser? fraile!", repet?a. Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de M?dicis, donde esperaba que el ambiente cortesano acabara por conquistarlo.

Pero el joven Luis volvi? a su hogar, en Castiglione, tan decidido a entregarse a Dios como sali?. Su padre le envi? entonces a la Corte del Rey de Espa?a, donde lo tuvo por espacio de tres a?os. A la vuelta, en 1584, Luis declar? que quer?a ingresar en la Compa??a de Jes?s. Se sucedieron escenas violentas entre padre e hijo, que cay? enfermo.

Don Fernando lo volvi? a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Tur?n... hasta que al final, cedi?.


Una protesta al Arzobispo

Pietro di Bernardone, un rico mercader de pa?os de Umbr?a, se mantuvo en la misma postura irreductible: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese m?s locuras. Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque hab?a dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa, no soportaba m?s que viviera en una gruta y mendigara por As?s; o que se dedicara a comprar piedras a cambio de las telas de su tienda para reconstruir una iglesia.

Para su padre, Francisco era, como escribe Bargellini, "el deshonor de la familia. Si se hubiera tratado de vocaci?n religiosa, Pietro di Bernardone quiz? no hubiese tenido dificultad en hacerlo entrar en el monasterio de los benedictinos del Subasio; pues, tras el novid?ado, Francisco se habr?a convertido en un Padre respetado y honrado por todos. Com?a en una asquerosa escudilla las sobras ajenas mezcladas en un abominable revoltijo. Parec?a como si gozase en infamarse".

Un d?a Pietro di Bernardone ya no aguant? m?s y recurri? a un procedimiento que se ha venido repitiendo hasta nuestros d?as: lo denunci?; quiso incapacitarlo y lo hizo citar por los magistrados de la ciudad. Pero Francisco no respondi?.

Entonces su padre se present? en la sede Arzobispal y lo hizo llamar por medio del Obispo, Guido Secundo. Al fin, su hijo compareci?. Exigi?. que le devolviera su dinero: ?esas piedras que hab?a comprado in?tilmente su hijo con la venta de sus telas!

La historia es sobradamente conocida: Francisco se quit? la ropa que llevaba puesta y se la entreg?, qued?ndose s?lo con una faja de cerdas a la cintura, hizo un envoltorio y encima un mont?n de monedas ...


Si no, se escapar?

La madre de san Francisco de Sales prefiri? la habilidad femenina a las l?grimas, y las amenazas a las denuncias. La decisi?n de entregarse a Dios de su hijo hab?a roto sus planes de casarlo con un buen partido, la hija del consejero del Duque de Saboya, y prefiri? gan?rselo por el coraz?n.

Durante cierto tiempo, gracias al talante conciliador de su hijo, le pareci? que aquella t?ctica daba resultado. Todo eranevasivas y dilaciones, hasta que lleg? el momento de los esponsales y Francisco dijo un rotundo "no", especialmente llamativo "en un hijo que no dec?a nunca a nada que no".

?Pero qui?n te ha metido esa idea en la cabeza?", gritaba su padre. "Una elecci?n de ese tipo de vida exige m?s tiempo que el que t? te tomas!", insist?a furioso. Su madre, sin embargo, al verle tan decidido, cedi?, movida en parte por el temor: "ser? mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios -le dijo a su marido-. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapar?..."

Y le dejaron seguir con su vocaci?n.

Es muy duro. No resistir?
Los se?ores Beltr?n, don Juan Lu?s y do?a ?ngela Exarch, de una de las mejores familias de Valencia, fueron mucho m?s comprensivos que estos padres que acabamos de mencionar. Ellos no quer?an interferir en la vocaci?n de su hijo Luis. S?lo quer?an orientarla, y le ped?an que esperara untiempo antes de tomar su decisi?n; y que, a causa de su salud fr?gil, en vez de hacerse dominico, se hicese cartujo o jer?nimo.

Pero un d?a, a los dieciocho a?os, el joven Lu?s decidi? no volver a casa e ingresar en el convento. Su padre se enfureci? y pronunci? las conocidas acusaciones: su hijo hab?a sido influido por aquellos religiosos, esyaba seguro de que en el convento lo maltrataban, y adem?s, ?no le dejaban hablar con ?l!

En esa situaci?n el joven Lu?s les escribi? a sus padres una carta serena, redactada con un estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, la fortaleza de su car?cter:

"Una carta de vuestra merced he recibido, y, mir?ndola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que, ya que quiero ser religioso, su intenci?n es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jer?nimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido que sea religioso en ella. Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no ser?a consuelo m?o...

Cuanto a lo segundo, cr?ame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Mas a la postre, vista mi importunaci?n y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Esp?ritu Santo...

Dice el Padre Maestro que me dar? licencia para que vuestra merced me hable a solas, si viniera por ac?. En lo dem?s me trata con tanta crueldad, que por mis enfermedades me ha puesto en la mejor celda, y me hace cenar tres veces a la semana, contra mi voluntad. Y por hacer tanto fr?o se ha quitado la ropa de que ?l ten?a necesidad y me la ha dado.

As? que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi esp?ritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: `Temblaron donde no hab?a que temer.?

La gracia del Esp?ritu Santo guarde a vuestra merced y a la se?ora y a todos, como se lo ruego de d?a y de noche."

A?os m?s tarde, aquel joven cuya salud, seg?n sus padres, "no resistir?a" las exigencias de la vocaci?n, viaj? al Nuevo Mundo, evangeliz? a numerosos indios de Nueva Granada y las cr?nicas aseguran que lleg? a bautizar a m?s de quince mil en un s?lo d?a.

Y, como en tantos otros casos similares, tuvo el consuelo de escuchar de labios de su padre moribundo estas palabras: "Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy m?s me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo".

Publicado por mario.web @ 0:47
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