Domingo, 22 de mayo de 2011

Homil?a de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual Cristo, ?hierba medicinal contra la muerte? CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 4 de abril de 2010
Autor: Benedicto XVI | Fuente: Libreria Editrice Vaticana

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda jud?a tomada del libro ap?crifo "La vida de Ad?n y Eva" cuenta que Ad?n, en la enfermedad que le llevar?a a la muerte, mand? a su hijo Set, junto con Eva, a la regi?n del Para?so para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con ?l y sanara. Despu?s de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del ?rbol de la vida, se les apareci? el arc?ngel Miguel para decirles que no conseguir?an el ?leo del ?rbol de la misericordia, y que Ad?n tendr?a que morir.

Algunos lectores cristianos han a?adido posteriormente a esta comunicaci?n del arc?ngel una palabra de consuelo. El arc?ngel habr?a dicho que, despu?s de 5.500 a?os, vendr?a el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungir?a con el ?leo de su misericordia a todos los que creyeran en ?l: "El ?leo de la misericordia se dar? de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Esp?ritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descender? en las profundidades de la tierra y llevar? a tu padre al Para?so, junto al ?rbol de la misericordia".

En esta leyenda puede verse toda la aflicci?n del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte -han pensado repetidamente los hombres- deber? haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o despu?s, se deber? poder encontrar una medicina, no s?lo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, deber?a existir la medicina de la inmortalidad.

Tambi?n hoy los hombres est?n buscando una sustancia curativa de este tipo. Tambi?n la ciencia m?dica actual est? tratando, si no de evitar propiamente la muerte, s? de eliminar el mayor n?mero posible de sus causas, de posponerla cada vez m?s, de ofrecer una vida cada vez mejor y m?s longeva. Pero, reflexionemos un momento: ?qu? ocurrir?a realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero s? retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de a?os?

?Ser?a bueno esto? La humanidad envejecer?a de manera extraordinaria, y ya no habr?a espacio para la juventud. Se apagar?a la capacidad de innovaci?n y una vida interminable, en vez de un para?so, ser?a m?s bien una condena. La verdadera hierba medicinal contra la muerte deber?a ser diversa. No deber?a llevar s?lo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Deber?a m?s bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud s?lo con ella.

Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es a?n, esto que se nos dice: s?, esta hierba medicinal contra la muerte, este f?rmaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que s?lo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responder?n: ciertamente oigo el mensaje, s?lo que me falta la fe. Y tambi?n quien desea creer preguntar?: ?Es realmente as?? ?C?mo nos lo podemos imaginar? ?C?mo se desarrolla esta transformaci?n de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez m?s, un antiguo escrito jud?o puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo.

En ?l, se cuenta c?mo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero ?l se asust? ante las gloriosas potestades ang?licas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. "Entonces - prosigue el libro de Henoc - Dios dijo a Miguel: "Toma a Henoc y qu?tale sus ropas terrenas. ?ngelo con ?leo suave y rev?stelo con vestiduras de gloria". Y Miguel quit? mis vestidos, me ungi? con ?leo suave, y este ?leo era m?s que una luz radiante... Su esplendor se parec?a a los rayos del sol. Cuando me mir?, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos" (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; as? nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con ?l.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone tambi?n de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volv?a hacia el occidente, s?mbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa direcci?n y pronunciaba un triple "no": al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extra?a palabra, "pompas", es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sent?a gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Se rechazaba de esta forma un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoraci?n del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad.

Era un acto de liberaci?n respecto a la imposici?n de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucci?n de lo mejor que tiene el hombre. Esta renuncia - sin tantos gestos externos - sigue siendo tambi?n hoy una parte esencial del Bautismo. En ?l, quitamos las "viejas vestiduras" con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor a?n, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que ?l nos gu?e y nos revista.

Lo que son estas "vestiduras" que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto cap?tulo de la Carta a los G?latas, lo que Pablo llama "obras de la carne", t?rmino que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama as?: "fornicaci?n, impureza, libertinaje, idolatr?a, hechicer?a, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, org?as y cosas por el estilo" (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volv?a despu?s hacia el oriente, s?mbolo de la luz, s?mbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, s?mbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientaci?n de su vida: la fe en el Dios trinitario al que ?l se entrega. As?, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas "vestiduras" "fruto del Esp?ritu" y las describe con las siguientes palabras: "Amor, alegr?a, paz, comprensi?n, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de s?" (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuaci?n desvestido realmente de sus ropas. Descend?a en la fuente bautismal y se le sumerg?a tres veces; era un s?mbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras.

Esta vida, que en todo caso est? destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por ?l a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los ne?fitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recib?an una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo hab?a encendido en ellos.

Lo sab?an, hab?an obtenido el f?rmaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comuni?n, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Se?or resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos gu?a a trav?s de la muerte.

En el curso de los siglos, los s?mbolos se han ido haciendo m?s escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos a?n una acogida un tanto compleja en una nueva asociaci?n. Es muerte y resurrecci?n, renacimiento a la vida nueva.

S?, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el ?rbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a ?l, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrecci?n, de todo coraz?n, el aleluya, el canto de la alegr?a que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: "Estad siempre alegres en el Se?or; os lo repito: estad alegres" (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegr?a. S?lo se la puede dar.

El Se?or resucitado nos da la alegr?a: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oraci?n sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Se?or, la oraci?n de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Am?n.

[Traducci?n distribuida por la Santa Sede

? Libreria Editrice Vaticana]

Publicado por mario.web @ 1:35
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