Domingo, 22 de mayo de 2011

La cruz permanece mientras el mundo cambia
Autor: Juan Carlos Monedero | Fuente: Catholic.net
Discriminar es distinguir. Y confundir es lo contrario de distinguir

Por ende, no discriminar -como machaconamente se nos insiste- equivale a confundir. La bandera de la no discriminaci?n es la bandera de la confusi?n.

Guste o no, es as?. S?lo en una segunda acepci?n -tal como registra la Real Academia Espa?ola- discriminar significa ?Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, pol?ticos, etc.?. Y esto ser?a discriminar injustamente; lo que especifica a la discriminaci?n como reprobable es su injusticia. Hoy padecemos la deliberada hipertrofia de la segunda acepci?n de esta palabra, que ha desplazado su sentido propio y exacto.


El lenguaje es discriminatorio. Veamos por qu?

En su formidable libro La rebeli?n de la Nada, Enrique D?az Araujo desenmascara entre otros a Paulo Freire. Este ide?logo de la educaci?n y agitador social propon?a entre otras maravillas disminuir la cantidad de palabras generadoras: 15 en lugar de 80.

??Se dan cuenta? Siempre se hab?a pensado que la cultura consist?a en aprender m?s cosas. Freire ha descubierto que su esencia est? en aprender menos cosas. Ha invertido el signo de todas las civilizaciones que el mundo ha conocido.

La revoluci?n copernicana producida por Freire y llamada ?Revoluci?n Cultural? supone una simplificaci?n magn?fica: antes hab?a que aprender no menos de 80 palabras generadoras; ahora con 15 basta. ?Basta para qu?? ?Ah, ese es otro asunto! Basta para ser un cuasi-semi-analfabeto? (1).

Si en la palabra yace la cosa, disminuir la cantidad de palabras es... ?Hacer decrecer las cosas? ?Destruirlas? ?Modificarlas en su esencia? Imposible.

Pero disminuir la cantidad de palabras equivale a impedir que la inteligencia vea, comprenda, entienda, aprenda, capte lo que las cosas son.


Cada palabra porta una llama. Cada una de ellas irradia una lux propia en nuestra natural oscuridad

Decir una palabra puede compararse con encender un fuego, lo cual ocurre primero en la mente y casi inmediatamente en nuestros labios; al ser pronunciada la palabra, comienzan a ?aparecer? las cosas ?que estaban ah?, junto a nosotros, pero a oscuras: se las puede designar, se?alar, nombrar. El nombre es arquetipo de la cosa, ense?? Plat?n. Cada palabra, distinta de otra, denota por lo mismo una cosa distinta de otra. La riqueza del lenguaje sigue a la riqueza del ser.


El lenguaje porta, lleva, carga, conduce el ser

Si lo anterior es cierto, no hay diferencia entre eliminar del uso com?n una palabra y apagar una luz, tal como lo difundi? Paulo Freire. Por cada palabra arrancada de nuestra lengua, una luz menos. Y por cada luz apagada, algo real que desaparece de nuestra consideraci?n. ?Los l?mites de mi lenguaje son los l?mites de mi mente?, afirm? Wittgenstein.

Cuidadosamente omitidos, existen t?rminos que est?n cayendo en un intencional desuso. Esto ha quedado patente en la actual pol?mica en nuestro pa?s respecto del ?matrimonio? entre personas del mismo sexo. Pensemos por ejemplo en aquellas palabras que involucran de suyo una reprobaci?n moral de la homosexualidad: ?antinaturaleza?, ?contranaturaleza?, ?perversi?n?, ?desorden?, etc. Incluso muchos que reprobaron y reprueban esta ley omit?an la pronunciaci?n de estos vocablos.

?Resultado?: el olvido de la realidad o -por lo menos- la fragilidad de su arraigo en nuestras mentes. Las cosas siguen ah?, es cierto, pero nosotros no logramos ya pronunciarlas. Este flagelo se hace patente en la incapacidad para designar las cosas seg?n sus diferencias, por un lado, y en la conocida impotencia de muchos para reprobar lo malo y ponderar lo bueno s?lida y firmemente, debido a una carencia de la adjetivaci?n.

Estamos siendo testigos de este empobrecimiento deliberado de nuestras inteligencias. Nuestro est?mago se nutre bien, pero nuestra inteligencia est? siendo subalimentada. Ya no abrevamos en lo esencial de las cosas -en aquello que las configura como sustancia- sino en sus accidentes. M?s que pensamiento d?bil, actualmente padecemos el castigo del pensamiento anor?xico.


Ahora, pong?monos en los zapatos del ide?logo

Si yo quiero que la gente pierda la capacidad de distinguir lo normal de lo anormal, lo verdadero de lo falso, la naturaleza de la contranaturaleza, lo bueno de lo malo, la virtud del vicio; si yo quiero aniquilar estas diferencias -si?ndome imposible hacerlo en la realidad misma-, lo m?s que puedo hacer es borrarlas de las mentes, a trav?s de la constante omisi?n de las palabras que verdaderamente significan y nos llevan a las cosas.

Para ello, debo refundar el idioma. Reelaborarlo, seg?n la idea de hombre que quiero construir.

Debo enterrar aquellas palabras cuya sola menci?n supone de suyo lo Absoluto. Sepultar los vocablos bien y mal, virtud y vicio, gracia y pecado, verdadero y falso, justo e injusto, etc. Todos ellos comportan un Principio que me niego a admitir: si juzgo algo y afirmo ?esto es bueno? o ?esto es verdadero?, ingreso inevitablemente en el terreno metaf?sico. Lo mismo se diga de la justicia y la virtud: la sola pronunciaci?n de estas palabras me coloca en la inc?moda atm?sfera de las verdades perennes.

A lo sumo podr? tolerar que se las mencionen siempre y cuando el tono, la atm?sfera y las circunstancias que las rodean sean lo suficientemente fr?volas como para que nadie sospeche que me he tomado el atrevimiento de hacer un juicio de car?cter absoluto.

Por eso, debo criminalizar la Verdad. Que Ella sea demonizada, que su sola menci?n mueva a la indignaci?n, a la crispaci?n, al esc?ndalo. Que pronunciarla sea un delito.

Enterradas estas palabras, debo conseguir que ?nicamente subsistan otras, las imprecisas. Aquellas que no suponen una inteligencia en contacto directo con la realidad -una inteligencia metaf?sica, con vocaci?n para el ser, con apetito del ente, con deseo de admiraci?n-, sino una inteligencia que puede rodear c?modamente las cosas sin penetrarlas jam?s, que habite en sus accidentes sin tocar sus esencias. De ah? que todo deba ser juzgado en estos t?rminos: conveniente/ inconveniente; popular/impopular; moderno/antiguo; moderado/intransigente; mayoritario/ minoritario; tolerante/fan?tico; constitucional/

anticonstitucional.
?D?nde est? la trampa? En que todos estos adjetivos pueden convenir indistintamente tanto a la verdad como al error.


Pero como ide?logo no puedo decir frontalmente que busco estos objetivos

?Qu? debo hacer? Acusar a quienes defienden el Orden Natural de mantener este discurso de forma interesada. No atacar sus argumentos, sino su persona. A trav?s de una constante repetici?n, mi objetivo es lograr que la gente se olvide de la realidad que est? en juego detr?s de las palabras.

Debo convencer a mi auditorio de que conozco las intenciones ocultas de mis adversarios, de que s? perfectamente que aunque verbalmente aduzcan motivaciones altruistas, en el fondo, por m?s que ellos lo nieguen, desean mantener el control, el poder, la dominaci?n.

Debo lograr enlodar a priori su autoridad moral, para que la gente ni bien escuche su argumentaci?n piense: ?ellos dicen estas cosas como pretexto y justificaci?n de alguna superioridad econ?mica o bienestar material?.

En una palabra, ejercitando el discurso marxista, debo acusar a mis enemigos de intentar imponer una superestructura de dominaci?n -en este caso, el Orden Natural- a trav?s del lenguaje: ?la palabra sigue siendo privilegio de los mismos grupos de poder?, dijo en La Naci?n Adriana Amado, el 28 de julio (2).

En efecto, ?por qu? creerles a los defensores ?del orden natural?, si en el fondo -como afirma el cassette pro homosexualista- son unos mentirosos que buscan mantener sus c?modos privilegios econ?micos, sus autoritarias estructuras de poder? Y si ellos negaran tales motivaciones, ?puede esperarse que los mentirosos digan la verdad?

?Si un hombre dice (por ejemplo) que los hombres conspiran contra ?l, no se le puede discutir m?s que diciendo que todos los hombres niegan ser conspiradores; que es exactamente lo que har?an los conspiradores? (3).

He aqu? la fabulosa petici?n de principio, punto de encuentro de v?ctimas y victimarios. Chesterton la calificaba de locura. Y por eso no propon?a ?discutirla? como una herej?a, sino ?quebrarla? como un encantamiento: ?Curar a un hombre no es discutir con un fil?sofo, es arrojar un demonio?.

El activismo pro homosexual pretende embarrar la causa de la Verdad. Permanentemente lucubra hip?tesis respecto a las intenciones personales de sus adversarios. Sus cuadros son especialistas en convertir en odiosas todas las cosas buenas: las enlodan mir?ndolas seg?n su propia mediocridad.

La peque?ez m?s lacerante que padece esta ideolog?a es no alcanzar a aceptar la posibilidad del desinter?s, del altruismo y hero?smo, imitando la posici?n sartreana que no ve?a en el amor sino un disfraz del masoquismo o bien del sadomasoquismo.

Si Sartre sospecha del amor y busca mancharlo, los ide?logos actuales -con la misma pervertida mentalidad- convierten en odioso el Orden Natural, roci?ndolo con sus envenenadas palabras, a fin de impedir que los bienintencionados descubran la realidad de las cosas.

En algo tienen raz?n estos sofistas: el lenguaje discrimina. El lenguaje -el verdadero, el que ellos pretenden empobrecer y derrumbar- efectivamente discrimina. Distingue. Diferencia. Demarca. Separa. Divide. Y si su objetivo es confundir, un lenguaje que discrimina no les conviene.

Una manzana no es una pera. Matar en defensa propia no es asesinar. Cobrar un impuesto justo no es un robo. Y un matrimonio no es entre personas del mismo sexo.

Pero, ?c?mo desarticular la acusaci?n seg?n la cual nosotros consideramos a la homosexualidad como enfermedad, como antinaturaleza, movidos exclusivamente por turbulentos intereses econ?micos? ?C?mo probar que no estamos interesados en mantener ninguna estructura de poder al defender la Verdad?


Se prueba observando una realidad

Hoy el poder lo tienen ellos. Por eso tuvieron el poder como para pedir en octubre del 2009 el relevo del Presidente de la Asamblea General de la ONU, Al? Abdussalam Treki, que se manifest? contrario a la promoci?n de su ideolog?a (4); por eso tienen el poder para remover un video de ?Youtube? donde pod?a verse c?mo un sacerdote de 84 a?os era detenido por la polic?a mientras portaba una cruz, al mismo tiempo que los activistas ?pro gay? incurr?an en los comportamientos propios de los endemoniados, insultando y befando al Santo Padre y a la Iglesia, sin recibir la m?s m?nima sanci?n (5); por eso cuentan con el apoyo incondicional del gigante inform?tico IBM; por eso presionaron -y lo obtuvieron- a la Real Academia Espa?ola para cambiar los significados de su diccionario, puesto que los consideraban ?anacr?nicos y discriminatorios? (6).

Pues bien, as? trabaja el activismo pro homosexualista: para derribar una supuesta superestructura de dominaci?n, erige la propia.

Vivir en el seno de la contradicci?n no es sino tomar a la hipocres?a como m?todo. El colmo de ?sta es acusar al adversario de lo que en los hechos uno mismo realiza.


En el principio era el Logos (Jn. 1,1)

La ideolog?a pro homosexualista odia el Logos y lo combate. Como no puede vencerlo en s? mismo, lo vulnera en su imagen: el intelecto humano.

La guerra al logos participado es la continuaci?n de la guerra al Logos Imparticipado. Nos est?n colonizando con palabras. Y no nos damos cuenta. Por eso el 22 de julio de 2010, al publicar en el Bolet?n Oficial la modificaci?n del C?digo Civil a efectos de legalizar el ?matrimonio? homosexual, Cristina Fern?ndez de Kirchner afirm?: ?no hemos promulgado una ley, hemos promulgado una construcci?n social?.

Pero los sofistas modernos tienen un punto d?bil. Terrible y mortal para ellos, si nos damos cuenta: su supremo inter?s por eliminar estas palabras nos indica cu?l es el principal elemento a defender. Lo que m?s desean, eso es lo que nosotros debemos primero custodiar. Lo que ellos desean prohibir es exactamente lo que tenemos que hacer.


Donde est? la soluci?n, est? el peligro

Ordinariamente vemos ?nicamente el peligro, la persecuci?n, el odio furibundo de estos embaucadores; sin advertir que la virulencia con que ellos nos replican no es sino el disfraz de su propio temor a ser desenmascarados. Este peligro que nos acecha al mencionar las palabras que precisamente ellos desean omitir, no es sino el enrejado que recubre y protege la soluci?n. Su debilidad.

Y si nosotros nos hacemos de la soluci?n, ellos est?n perdidos.

?Y cu?l es?


La soluci?n es la palabra. La verdadera

Pronunciemos la palabra que juzga metaf?sicamente, con criterios absolutos: la palabra que no se apoya en construcciones hist?ricas convencionales, ni en modas pasajeras. La palabra que refleja el ser, no su interpretaci?n; la palabra que permanece, no la que evoluciona; la palabra que define, no la que halaga o confunde.

Dejemos de naufragar en los accidentes -objeto de la Sof?stica- y afirmemos lo esencial, la definici?n de las cosas, el numen, el arquetipo.

La soluci?n ?ltima es la palabra en tanto veh?culo de realidades metaf?sicas, por encima del cambio, independiente de los horizontes culturales, de los puntos de vista. Y esta palabra no puede ser sino el reflejo de la Palabra, Dios mismo. Por eso Ernest Hello ha dicho magn?ficamente:

?Afirmar es el acto inicial de la palabra. Todo verbo contiene el verbo ser. Toda palabra tiene a Dios por sost?n. El que es, es el fundamento del discurso? (7).


La cruz permanece mientras el mundo cambia

En el crucifijo yace -aunque el laicismo en Europa pretenda retirarlo- el Crucificado, Logos Eterno y Verbo Increado del Padre: Nuestro Se?or Jesucristo. Testigo Supremo de lo que no cambia en un mundo que cambia constantemente.

[email protected]



(1)Enrique D?az Araujo. La Rebeli?n de la Nada o los ide?logos de la subversi?n cultural, Cruz y Fierro, Buenos Aires, 1984, p?gs. 202-203.

(2)http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1288952

(3)Chesterton. Ortodoxia, Excelsa, Buenos Aires, 1943, p?gs. 26-27.

(4)http://www.datum.org.ar/?p=2751

(5)http://www.datum.org.ar/?p=2006#more-2006

(6) http://www.publico.es/espana/277304/rae/gays/diccionario

(7)Ernest Hello. Palabras de Dios. Reflexiones sobre algunos textos sagrados, Difusi?n, Buenos Aires, p?g. 92.

Publicado por mario.web @ 9:13
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios