Domingo, 22 de mayo de 2011
Los santos, por el hecho de serlo, han sido hombres profundamente felices; y la felicidad va unida a la alegr?a, aunque esa alegr?a tenga sabor a Cruz
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VIII: Car?cter y personalidad de los santos
VIII: Car?cter y personalidad de los santos
Una imagen deformada de la personalidad de los santos -m?s ligada a cierta iconograf?a de pasta flora que a la realidad- los imagina desgajados del mundo, con un talante ser?fico y nebuloso, casi irreal, como si no fueran hombres de carne y hueso, y no hubiesen tenido que luchar con las mismas pasiones que el resto de los mortales.

Esa imagen lleva a considerar la santidad como algo dulz?n y et?reo, que todo el mundo debe aplaudir, y se escandaliza ante los defectos de los santos, cuando precisamente lo que prueba su santidad es la lucha heroica de estos hombres y mujeres contra esos mismos defectos, soportando con caridad y paciencia, entre otras cosas, las incomprensiones de sus contempor?neos.

Algunos cr?ticos de la personalidad de determinados santos parecen adolecer de un raro angelismo y de un desconocimiento de la naturaleza humana, y por tanto del concepto mismo de santidad. Quiz? por esa raz?n han cre?do encontrar un obst?culo serio para la santidad al descubrir en sus vidas limitaciones de car?cter claras y evidentes.

Conviene recordar las miserias patentes de los Ap?stoles que relatan con crudeza las p?ginas del Evangelio: la infidelidad de Pedro; la irascibilidad de los hijos del Zebedeo; la incredulidad de Tom?s; o la cobard?a de todos, a la hora de la Cruz, salvo Juan.

Esas debilidades humanas no impidieron a los Ap?stoles, tras el arrepentimiento, convertirse en columnas firmes de la Iglesia y, a la hora de la muerte, dar su vida heroicamente en el martirio.

Esto manifiesta que todas las imperfecciones humanas pueden ser purificadas por el amor total y pleno a Cristo, como se desprende del martirologio y del santoral. Un Agust?n, o un Jer?nimo Emiliano (dos ejemplos entre muchos de santos que no llevaron durante su juventud uan conducta edificante) no fueron santos por haber nacido confirmados en gracia -que no lo fueron-, sino por haber superado las tendencias m?s bajas de la naturaleza en las que hab?an ca?do.

Esa victoria sobre el hombre viejo hizo del libertino un Obispo santo y convirti? a aquel joven arist?crata del Renacimiento, arrogante, pendenciero, impetuoso, duelista y vanidoso, en un hombre virtuoso que la Iglesia elev? a los altares.

En su obra Los defectos de los Santos, Jes?s Urteaga recuerda las conocidas miserias y limitaciones de los Ap?stoles y algunos defectos de los santos.

Todos tuvieron que luchar con su car?cter, con defectos que habitualmente constitu?an la otra cara de la moneda de una virtud sobresaliente. Santa Teresa de Lisieux fue admirable por su constancia, pero tuvo que superar algunas aristas de su terquedad natural; y san Alfonso Mar?a de Ligorio, maestro de moralistas, conserv? siempre -genio y figura hasta la sepultura- aquel temperamento fogoso que le hac?a exclamar a los ochenta a?os, mientras charlaba con un conocido: "Si hemos de discutir, dejemos que la mesa est? entre los dos; que yo tengo sangre en las venas."

Es obvio que los santos fueron hombres con defectos y que su vida no pudo ser ajena a las debilidades que todos los hombres poseen. Fueron hombres, no ?ngeles. No tiene sentido escandalizarseante sus defectos y miserias. Un santo no es un superhombre o una supermujer, sino una persona con limitaciones, que se enamora profundamente de Jesucristo y que por eso llega a vivir heroicamente -fruto de ese amor y de la gracia de Dios- las virtudes cristianas a lo largo de su vida (en el caso de los m?rtires, es una persona capaz de dar la vida por Dios en un momento preciso). La clave de la santidad radica en el amor a Dios, no en la ausencia de defectos.

La grandeza de los santos no estuvo exenta de esas peque?as man?as, filias y fobias de las que adolece todo ser humano. Santa ?ngela de la Cruz tuvo que luchar durante a?os por moderar aquel temperamento "volc?nico, violento" que "saltaba a prop?sito de cualquier pretexto: peque?os traspi?s con una compa?era de trabajo y con la maestra, una displicencia de su hermano que est? en casa, un descuido de su madre, que olvid? poner al fuego el puchero con agua para las sopas"?.

Santa Margarita Mar?a de Alacoque tard? en superar algunas man?as, como su aversi?n al queso, nada menos que... ocho a?os.


Un t?pico: la acusaci?n de locura

Esto no quiere decir que todos los defectos que se han achacado a los santos sean reales. Algunos calumniadores se los han inventado o los han exagerado hasta tal punto que han convertido una peque?a verruga en un c?ncer que da?a toda la piel.

"El santo es m?s caricaturizable por sus adversarios que persona alguna" ?afirmaba el Siervo de Dios ?lvaro del Portillo, refiri?ndose a determinadas cr?ticas contra grandes fundadores, como san Francisco de As?s, santa Teresa de Jes?s, san Juan Bosco o san Josemar?a-. "Pueden convertir su mansedumbre en debilidad, o al rev?s, su energ?a vital o su celo de la casa de Dios en mal car?cter, o su fe heroica en fanatismo" .

Algunos denigradores cargan tanto las tintas que los pintan como monstruos de maldad. Los extremos se tocan: esas "caricaturas de monstruos" son tan falsas como las que pintan a los santos guardando ayuno desde el el regazo materno.

Por lo que se refiere a la acusaci?n de locura, Dios ha permitido que algunas almas egregias padecieran realmente esta enfermedad, como el padre de santa Teresa de Lisieux al final de su vida. Pero lo habitual es que los santos hayan sido acusados de "locura" por haber amado heroicamente a Dios o haber llevado a cabo empresas humanamente descabelladas aunque l?gicas desde una perspectiva espiritual.

"Es una locura" -exclam? la se?ora de la Corbini?re, esposa de un alto funcionario de Rennes, al ver los proyectos de Juana Jugan y calcular sus recursos. Desde un punto de vista meramente econ?mico la Sra. Corbini?re ten?a toda la raz?n. Y a san Juan de Dios, tras su conversi?n, no s?lo le consideraron loco: lo llegaron a encerrar en un manicomio.


Santa Rafaela

A santa Rafaela Mar?a de Porras, Fundadora de las Esclavas del Sagrado Coraz?n, algunas religiosas de su Congregaci?n laquitaron del gobierno y relegaron con la falsa excusa de que estaba loca. "Fue dejada totalmente al margen -declar? en su Proceso de Beatificaci?n la M. Matilde Erice-, olvidada y a veces tratada con poca consideraci?n.

Basta decir que algunas religiosas profesas (y hago notar que entre nosotras no se llega a la profesi?n perpetua sino despu?s de cinco y a veces hasta siete a?os de permanencia en el Instituto) ignoraban ordinariamente incluso que existiese la M. Sagrado Coraz?n".

Se hizo creer a todos que estaba loca y como afirma su bi?grafo, "en los procesos de Beatificaci?n hab?a de ser ?sta una de las cuestiones m?s dif?ciles de resolver. Del estudio atento de todos los datos, realizado en primer lugar por el Padre Bidagor y luego por una comisi?n especial, result? la conclusi?n no s?lo de la virtud extraordinaria de la M. Sagrado Coraz?n, sino de su perfecto equilibrio mental" .

La insidia lleg? a tal punto que su director espiritual, el jesuita P. Marchetti, que ignoraba que fuese la Fundadora, estaba firmemente convencido de su desequilibrio, ya que la Santa le dec?a que le abr?an sus escritos de conciencia -cosa que suced?a realmente- y el religioso consideraba aquello fruto de una obsesi?n.

Contra toda l?gica, ni siquiera en el Proceso de Beatificaci?n se retract? el P. Marchetti de su opini?n sobre el estado ps?quico de la Fundadora, aunque reconociera en ella la heroicidad de virtudes.


"Lo de menos era llamarme loca"

Hubo un dicho tristemente c?lebre en el Madrid de mediados del siglo xix: "la loca de Micaela". A?n puede escucharse, como frase del argot popular, en alg?n ambientes.

Lo populariz? en los ambientes cortesanos el Duque de Pinohermoso, que no entend?a la empresa disparatada, vista desde una perspectiva puramente humana, que hab?a acometido su prima la Vizcondesa de Jorbal?n, Fundadora de las Adoratrices: redimir a mujeres descarriadas.

No le cab?a en la cabeza que una mujer de la nobleza espa?ola, rica y acomodada, pudiera dedicarse a esas tareas hasta llegar al extremo de endeudarse econ?micamente y convertirse en el hazmerre?r de todos sus antiguos amigos de la Corte. Aquello, en la mentalidad del Duque, no pod?a ser sino desaz?n, desequilibrio, rareza, locura.

Y otros muchos contempor?neos -que mudaron luego de opini?n- la juzgaban del mismo modo. "T? te quieres hacer c?lebre a lo tonto", le dec?an sus amigas; unos pensaban "que obraba por man?a" y otros se cre?an en el deber de ponerle los pies en el suelo, como el Marqu?s de Arenal, que le dijo a la Fundadora cuando fue a visitarle al Ministerio:

"-?Es posible que haya usted perdido la cabeza? ?Est? usted loca? D?jese de tonter?as. Tiene usted a su familia y amigos desolados" .

No exageraba. comentaba una Adoratriz, Catalina de Cristo, en su Proceso de Beatificaci?n, que "sufri? la Venerable muchas contradicciones por raz?n de su Instituto u Obra por ella fundada, ya de parte de su familia, ya de otras personas amigas y conocidas que consideraban esta empresa como descabellada, creyendo imposible la conversi?n y permanencia de las j?venes que son el objeto principal del Instituto y hasta se avergonzaban de la Obra como de una cosa mala y de ninguna duraci?n.

?El P. Carasa oblig? a la Venerable a ir en coche por Madrid para evitar que cuantas personas conocidas la encontraban por la calle la arguyesen e increpasen contra su plan" l

Opinaban lo mismo algunos de sus confesores. Recuerda un testigo del hecho: "O? decir al P. Labarta de la Compa??a de Jes?s, confesor que fue de la Venerable, que el Instituto fundado por ?sta era una fervoreta procedente del deseo que ten?a de gastar su dinero en cosas buenas".

En los ambientes palaciegos, que la hab?an conocido con sus mejores galas, se re?an de ella cuando la ve?an aparecer -"mirad, mirad la loca"- con sus alpargatas blancas y su vestido de estame?a.

Un di?logo entre la Reina Isabel IIy su camarera mayor, pone de manifiesto aquel ambiente.

"-?No es amiga tuya la de Jorbal?n?

-S?, se?ora.

-?Y c?mo se volvi? loca?

-?Qu?? Se?ora, no est? loca.

-Pues sus parientes lo dicen.

-Es, se?ora, que se ha dedicado a salvar mujeres de mal vivir y es a disgusto de sus hermanos y parientes, y la llaman loca por esto, pero est? muy cuerda y es muy buena"

Con el tiempo, la acusaci?n se hizo tan habitual que cuando la Santa iba a pedir dinero para el mantenimiento de sus colegios, ?lo de menos -contaba- era llamarme loca"


?De prisa! ?Al manicomio!

San Juan Bosco tuvo que sufrir situaciones parecidas. Refiere el Santo en sus Memorias del Oratorio, hablando de s? mismo en tercera persona, que, en noviembre de 1845, cuando comenz? sus primeras escuelas nocturnas,

"se propagaron habladur?as muy extra?as. Unos calificaban a don Bosco de revolucionario, otros lo tomaban por loco o hereje. Pensaban as?: el Oratorio lo que hace es alejar a los chicos de las parroquias; por consiguiente, el p?rroco se encontrar? con la iglesia vac?a y no podr? conocer a unos chicos de quienes habr? de dar cuenta a Dios" .

De poco les serv?a a sus detractores las explicaciones de don Bosco, que les recordaba que aquellos chicos eran de fuera, y no ten?an p?rroco ni parroquia. La marquesa de Barolo, antes de despedirle de su peque?o hospital, tambi?n hizo menci?n a su supuesta locura; y la murmuraci?n lleg? a tal punto que dos te?logos amigos suyos, Vicente Ponzati y Luis Nasi, llevados por la caridad hacia el santo -estaban convencidos de su enfermedad-, intentaron encerrarle en un manicomio.

Aquel intento de encerramiento en el psiqui?trico tuvo visos c?micos: "Me di cuenta entonces de su juego -escribe don Bosco-, y, sin darme por enterado, les acompa?? hasta el carruaje. Insist? en que entraran ellos los primeros a tomar asiento. Y cuando lo hicieron cerr? de golpe la portezuela y grit? al cochero:

-?De prisa! ?Al galope! ?Al manicomio, en donde aguardan a estos dos curas!" .

Publicado por mario.web @ 20:28
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