Domingo, 22 de mayo de 2011
Homil?a que pronunci? Benedicto XVI el 2 de febrero de 2006, Jornada Mundial de la Vida Consagrada, en la misa vespertina celebrada en la Bas?lica de San Pedro en el Vaticano
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El ?don inestimable? de la vida consagrada
El ?don inestimable? de la vida consagrada

HOMIL?A DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
DURANTE LA MISA EN LA FIESTA
DE LA PRESENTACI?N DEL SE?OR

Jornada de la vida consagrada
Jueves 2 de febrero de 2006



Queridos hermanos y hermanas:

La fiesta de la Presentaci?n del Se?or en el templo, cuarenta d?as despu?s de su nacimiento, pone ante nuestros ojos un momento particular de la vida de la Sagrada Familia: seg?n la ley mosaica, Mar?a y Jos? llevan al ni?o Jes?s al templo de Jerusal?n para ofrecerlo al Se?or (cf. Lc 2, 22). Sime?n y Ana, inspirados por Dios, reconocen en aquel Ni?o al Mes?as tan esperado y profetizan sobre ?l. Estamos ante un misterio, sencillo y a la vez solemne, en el que la santa Iglesia celebra a Cristo, el Consagrado del Padre, primog?nito de la nueva humanidad.

La sugestiva procesi?n con los cirios al inicio de nuestra celebraci?n nos ha hecho revivir la majestuosa entrada, cantada en el salmo responsorial, de Aquel que es "el rey de la gloria", "el Se?or, fuerte en la guerra" (Sal 23, 7. 8). Pero, ?qui?n es ese Dios fuerte que entra en el templo? Es un ni?o; es el ni?o Jes?s, en los brazos de su madre, la Virgen Mar?a. La Sagrada Familia cumple lo que prescrib?a la Ley: la purificaci?n de la madre, la ofrenda del primog?nito a Dios y su rescate mediante un sacrificio. En la primera lectura, la liturgia habla del or?culo del profeta Malaqu?as: "De pronto entrar? en el santuario el Se?or" (Ml 3, 1). Estas palabras comunican toda la intensidad del deseo que anim? la espera del pueblo jud?o a lo largo de los siglos. Por fin entra en su casa "el mensajero de la alianza" y se somete a la Ley: va a Jerusal?n para entrar, en actitud de obediencia, en la casa de Dios.

El significado de este gesto adquiere una perspectiva m?s amplia en el pasaje de la carta a los Hebreos, proclamado hoy como segunda lectura. Aqu? se nos presenta a Cristo, el mediador que une a Dios y al hombre, superando las distancias, eliminando toda divisi?n y derribando todo muro de separaci?n. Cristo viene como nuevo "sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y a expiar as? los pecados del pueblo" (Hb 2, 17). As? notamos que la mediaci?n con Dios ya no se realiza en la santidad-separaci?n del sacerdocio antiguo, sino en la solidaridad liberadora con los hombres. Siendo todav?a ni?o, comienza a avanzar por el camino de la obediencia, que recorrer? hasta las ?ltimas consecuencias. Lo muestra bien la carta a los Hebreos cuando dice: "Habiendo ofrecido en los d?as de su vida mortal ruegos y s?plicas (...) al que pod?a salvarle de la muerte, (...) y aun siendo Hijo, con lo que padeci? experiment? la obediencia; y llegado a la perfecci?n, se convirti? en causa de salvaci?n eterna para todos los que le obedecen" (Hb 5, 7-9).

La primera persona que se asocia a Cristo en el camino de la obediencia, de la fe probada y del dolor compartido, es su madre, Mar?a. El texto evang?lico nos la muestra en el acto de ofrecer a su Hijo: una ofrenda incondicional que la implica personalmente: Mar?a es Madre de Aquel que es "gloria de su pueblo Israel" y "luz para alumbrar a las naciones", pero tambi?n "signo de contradicci?n" (cf. Lc 2, 32. 34). Y a ella misma la espada del dolor le traspasar? su alma inmaculada, mostrando as? que su papel en la historia de la salvaci?n no termina en el misterio de la Encarnaci?n, sino que se completa con la amorosa y dolorosa participaci?n en la muerte y resurrecci?n de su Hijo. Al llevar a su Hijo a Jerusal?n, la Virgen Madre lo ofrece a Dios como verdadero Cordero que quita el pecado del mundo; lo pone en manos de Sime?n y Ana como anuncio de redenci?n; lo presenta a todos como luz para avanzar por el camino seguro de la verdad y del amor.

Las palabras que en este encuentro afloran a los labios del anciano Sime?n ?"mis ojos han visto a tu Salvador" (Lc 2, 30)?, encuentran eco en el coraz?n de la profetisa Ana. Estas personas justas y piadosas, envueltas en la luz de Cristo, pueden contemplar en el ni?o Jes?s "el consuelo de Israel" (Lc 2, 25). As?, su espera se transforma en luz que ilumina la historia.

Sime?n es portador de una antigua esperanza, y el Esp?ritu del Se?or habla a su coraz?n: por eso puede contemplar a Aquel a quien muchos profetas y reyes hab?an deseado ver, a Cristo, luz que alumbra a las naciones. En aquel Ni?o reconoce al Salvador, pero intuye en el Esp?ritu que en torno a ?l girar? el destino de la humanidad, y que deber? sufrir mucho a causa de los que lo rechazar?n; proclama su identidad y su misi?n de Mes?as con las palabras que forman uno de los himnos de la Iglesia naciente, del cual brota todo el gozo comunitario y escatol?gico de la espera salv?fica realizada. El entusiasmo es tan grande, que vivir y morir son lo mismo, y la "luz" y la "gloria" se transforman en una revelaci?n universal. Ana es "profetisa", mujer sabia y piadosa, que interpreta el sentido profundo de los acontecimientos hist?ricos y del mensaje de Dios encerrado en ellos. Por eso puede "alabar a Dios" y hablar "del Ni?o a todos los que aguardaban la liberaci?n de Jerusal?n" (Lc 2, 38). Su larga viudez, dedicada al culto en el templo, su fidelidad a los ayunos semanales y su participaci?n en la espera de todos los que anhelaban el rescate de Israel concluyen en el encuentro con el ni?o Jes?s.

Queridos hermanos y hermanas, en esta fiesta de la Presentaci?n del Se?or, la Iglesia celebra la Jornada de la vida consagrada. Se trata de una ocasi?n oportuna para alabar al Se?or y darle gracias por el don inestimable que constituye la vida consagrada en sus diferentes formas; al mismo tiempo, es un est?mulo a promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima por quienes est?n totalmente consagrados a Dios.

En efecto, como la vida de Jes?s, con su obediencia y su entrega al Padre, es par?bola viva del "Dios con nosotros", tambi?n la entrega concreta de las personas consagradas a Dios y a los hermanos se convierte en signo elocuente de la presencia del reino de Dios para el mundo de hoy.

Vuestro modo de vivir y de trabajar puede manifestar sin atenuaciones la plena pertenencia al ?nico Se?or; vuestro completo abandono en las manos de Cristo y de la Iglesia es un anuncio fuerte y claro de la presencia de Dios con un lenguaje comprensible para nuestros contempor?neos. Este es el primer servicio que la vida consagrada presta a la Iglesia y al mundo. Dentro del pueblo de Dios, son como centinelas que descubren y anuncian la vida nueva ya presente en nuestra historia.

Me dirijo ahora de modo especial a vosotros, queridos hermanos y hermanas que hab?is abrazado la vocaci?n de especial consagraci?n, para saludaros con afecto y daros las gracias de coraz?n por vuestra presencia. Dirijo un saludo especial a monse?or Franc Rod?, prefecto de la Congregaci?n para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apost?lica, y a sus colaboradores, que concelebran conmigo en esta santa misa. Que el Se?or renueve cada d?a en vosotros y en todas las personas consagradas la respuesta gozosa a su amor gratuito y fiel.

Queridos hermanos y hermanas, como cirios encendidos irradiad siempre y en todo lugar el amor de Cristo, luz del mundo. Mar?a sant?sima, la Mujer consagrada, os ayude a vivir plenamente vuestra especial vocaci?n y misi?n en la Iglesia, para la salvaci?n del mundo. Am?n.

[Traducci?n del original italiano difundida por la Santa Sede]

Publicado por mario.web @ 20:58
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