Domingo, 22 de mayo de 2011
I: Contradicciones de los santos
Contradicciones que han sufrido los santos y los hombres de Dios a lo largo de la historia
Autor: Jos? Miguel Cejas | Fuente: www.conelpapa.com

INTRODUCCI?N

En recuerdo del Gris,
aquel perro (?)
oportuno
y magn?fico.



Debo aclarar a los lectores a los que haya sorprendido la dedicatoria con la que se abre este libro, que el Gris no es ning?n animalito de compa??a. El Gris es aquel perrazo imponente que surg?a en defensa de san Juan Bosco cuando se encontraba en apuros, y al que el Santo comparaba, por su aspecto terrible, con un lobo enfurecido.

El Gris ten?a m?s de un metro de altura y una peculiaridad sorprendente: se presentaba en los momentos m?s oportunos -por ejemplo, con ocasi?n de un atentado- y desaparec?a luego como por encanto. ?Qui?n era el misterioso Gris? Cuando se lo preguntaban, Don Bosco elud?a, riendo, la respuesta.

Ghe?n, al referirse a la naturaleza de este misterioso animal al que alud?a san Juan Bosco en sus Memorias del Oratorio, dec?a que "la Providencia puede servirse de un perro. Un ?ngel tiene posibilidad de hacer surgir su forma. Lo menos que se puede decir es que este animal supo rastrear la santidad y ponerse decididamente a su favor".

Durante estos ?ltimos a?os he a?orado en algunas ocasiones la presencia poderosa del Gris. Se han prodigado los ataques contra algunas figuras de la iglesia y pocas voces han acudido en su defensa; y con frecuencia los afectados han sufrido la indefensi?n en la que el infamante suele sumir a su agredido.

No es f?cil responder a la calumnia. ?Qu? actitud tomar? El que opta por no defenderse corre el riesgo de reconocer con su silencio la calumnia; y ya se sabe, "el que calla, otorga". Y el que se defiende, da p?bulo a nuevas calumnias y esc?ndalos period?sticos, que son los efectos -con frecuencia comerciales- que precisamente busca el agresor.

Los ataques que han sufrido algunas personalidades de la Iglesia contempor?nea no son, desde el punto de vista hist?rico, excesivamente novedosos. Muchas de las acusaciones que escucho ahora contra cardenales, obispos y fundadores, me evocan viejas lecturas escolares.

Con acusaciones semejantes aguijonearon sus contempor?neos a dos grandes santos, San Jos? de Calasanz y San Juan Bosco, fundadores de los dos colegios en los que estudi? -un colegio de escolapios primero, y de salesianos despu?s-, y de los que guardo tantos gratos recuerdos, al igual que de la Universidad de Navarra, donde conoc? a san Josemar?a, canonizado en el 2002.

Con el paso de los a?os he ido leyendo la vida de muchos hombres y mujeres santos, y he tenido oportunidad de tratar a algunas personalidades contempor?neas de la Iglesia que posiblemente veamos en el futuro en los altares. He observado que pr?cticamente todos, de un modo u otro -desde san P?o de Pietrelcina a la Beata Teresa de Calcuta- han tenido que morder la fruta amarga de la incomprensi?n o del esc?ndalo.

Esto me ha llevado a acometer la tarea de analizar y comparar las diversas contradicciones que han sufrido algunos santos a lo largo de la historia.

Afortunadamente, aquellas antiguas hagiograf?as que nos presentaban a los santos envueltos en un haz de luz, avanzando pac?ficamente hacia la beatitud entre la admiraci?ny el aplauso de los contempor?neos, reposan desde hace mucho tiempo entre las telara?as de las bibliotecas. Bien merecido tienen su letargo: son tan falsas desde el punto de vista hist?rico como desvirtuadoras del concepto mismo de santidad.


Sin leyendas doradas

Ya no es tiempo de las leyendas doradas: es necesario recordar que los hombres y mujeres santos de todas las ?pocas no caminaron jam?s como ?ngeles alados sobre nubes de purpurina: fueronlabrando su santidad d?a tras d?a, paso a paso, a fuerza de dificultades y tropiezos.

Cayeron y se levantaron una y otra vez, entre los barrancos y el fango; se lastimaron -porque eran hombres- con las piedras de las miserias humanas y de sus propios defectos y limitaciones; y soportaron por amor a Dios, hasta llegar al hero?smo, la polvareda que formaron a su alrededor, con sus insultos y calumnias, algunos de sus contempor?neos.

Es posible que, tras la lectura de estas p?ginas, alg?n lector se plantee la posible veracidad de determinadas acusaciones contra los hombres y mujeres santos. Es comprensible: la calumnia juega astutamente con esa tendencia humana a conceder, al menos, un punto de raz?n al ofensor, -siguiendo el conocido dicho popular: "cuando el r?o suena...".

Pero a veces suena el r?o y s?lo lleva piedras: murmuraci?n, despecho, trapisonda y, con frecuencia, intereses inconfesables. Los cat?licos conocen el rigor y la prudencia con la que act?a la autoridad de la Iglesia a la hora de llevar a sus fieles a los altares. Porque, por muy grande que sea la devoci?n popular hacia una determinada persona, por muy extendida que est? la fama de sus virtudes, antes de reconocer su santidad p?blicamente -es decir, antes de proponer a esa persona como objeto de culto y de intercesi?n-, la Iglesia procede a una minucios?sima investigaci?n sobre su vida -un proceso, un juicio en toda regla- donde, entre otras cuestiones, se analizan, una tras otra, con gran rigor, todas las imputaciones, acusaciones, denuncias, etc?tera, que sus enemigos le hicieron en vida.


San Jos? de Calasanz

La Causa de Canonizaci?n de san Jos? de Calasanz es un ejemplo entre muchos. Como la sombra de la calumnia es tristemente alargada, muchas de las falsedades que se dijeron contra el Santo en vida le persiguieron tras su muerte y la Iglesia tuvo que ir aclar?ndolas, una tras otra, a lo largo de un proceso que dur? un siglo.

Con raz?n afirma Giner, que ha analizado detenidamente todas las peripecias del complicado proceso del santo aragon?s, que "el camino que lleva a la verdadera santidad es estrech?simo y las biograf?as de los santos nos lo prueban sobradamente. Pero no es menos dif?cil, estrecho y complicad?simo el sendero marcado por la Iglesia para conducir a los santos, en una especie de peregrinaje p?stumo, hasta los altares, en donde reciban leg?timamente el culto p?blico hacia ellos destinado".

Pido disculpas a a los que pueda molestar este desescombro hist?rico. ?Bastante tuvieron que soportar en vida estos hombres y mujeres de Dios -podr?an argumentar- como para airear de nuevo toda esa podredumbre!El conjunto de acusaciones y calumnias contra los santos compone, con el paso de los siglos, una buena carretada de inmundicias. ?Para qu? sacar a la luz de nuevo este conjunto maloliente de falsedades, insultos y chismorreos?

No ha sido mi prop?sito exhumar viejas calumnias, cuya falsedad en la mayor?a de los casos ha sido puesta en evidencia desde hace siglos; sino mostrar la actitud heroica de los santos frente a esas contradicciones, y recordar -ante algunos sucesos de la vida cotidiana- que no hay nada nuevo bajo el sol.

Adem?s, por muy graves que hayan sido esas acusaciones, no han logrado empa?ar las figuras excelsas de los hombres y mujeres de Dios: al contrario; bajo toda esa miseria arrojada sobre sus rostros, su imagen se nos muestra a?n m?s noble y m?s digna, m?s amable y atractiva, y resplandece en ellos, como se ha afirmado recientemente, "a?n m?s el hero?smo que comporta la identificaci?n con Cristo a la que llegan. La basura que algunos hombres de su tiempo les arrojaron fue el abono para llegar a la plenitud de su vida cristiana; y, parad?jicamente, hace de los santos un irresistible polo de atracci?n hacia Cristo para muchos hombres y mujeres de todos los tiempos"


Una provocaci?n al conformismo

Ya recordaba san Alfonso Mar?a de Ligorio que "quien quiera ser glorificado con los santos del Cielo necesita, como ellos, padecer en la tierra, pues ninguno de ellos fue querido y bien tratado por el mundo, sino que todos fueron perseguidos y despreciados, verific?ndose lo del propio Ap?stol: ?Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jes?s ser?n perseguidos?

"Los santos -recordaba el Siervo de Dios Pablo VI el 3 de octubre de 1976 en la homil?a de Canonizaci?n de santa Beatriz de Silva- representan siempre una provocaci?n al conformismo de nuestras costumbres, que con frecuencia juzgamos prudentes sencillamente porque son c?modas. El radicalismo de su testimonio viene a ser una sacudida para nuestra pereza y una invitaci?n a descubrir ciertos valores olvidados".

Espero que al lector le suceda lo mismo que a m? al redactar estas p?ginas, y que al contemplar la actitud de estos hombres y mujeres de Dios ante la persecuci?n y la calumnia, crezca su veneraci?n hacia ellos. ?se ha sido mi ?nico deseo.


I. A LO LARGO DE LA HISTORIA


?Crucif?calo!

Uno de los pasajes m?s desconcertantes del Evangelio es el que recoge el plebiscito popular sobre Jes?s. El Evangelista Mateo nos pone en antecedentes:

"Los pr?ncipes de los sacerdotes y todo el Sanedr?n buscaban un falso testimonio contra Jes?s para darle muerte; pero no lo encontraron a pesar de los muchos falsos testigos presentados. Por ?ltimo se presentaron dos que declararon: ?ste dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo en tres d?as" (Mt, 26,59-61).

Hasta aqu? todo resulta comprensible: se entiende que dos calumniadores a sueldo declaren falsamente ante un tribunal; se entiende que por despecho o por ambici?n, haya jueces corruptos: son realidades que se han dado -y que se seguir?n dando- a lo largo de la historia.

Lo que cuesta entender es la ira que provoca Jes?s en unas gentes que ten?an tantas razones para estarle agradecidas, y su inesperada simpat?a hacia un criminal como Barrab?s.

Ese furor desconcert? tambi?n al procurador romano, aunque "sab?a -apunta el Evangelio- que le hab?an entregado por envidia".No hubo, entre todo el gent?o, ni una vacilaci?n, ni una voz discordante.

"?A qui?n de los dos quer?is que os suelte? Ellos dijeron: A Barrab?s. Pilato les dijo: ?Y qu? har? con Jes?s, el llamado Cristo? Todos contestaron: ?Sea crucificado! Les pregunt?: ?Pues qu? ha hecho? Pero ellos gritaban m?s fuerte: ?Sea crucificado!" (Mt, 27,21-23. 3 Ibid 27, 20)

La escena -por mucho que el Evangelista explique que "los pr?ncipes de los sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud para que pidiese a Barrab?s e hiciese morir a Jes?s" resulta incongruente. Esas multitudes se hab?an beneficiado de los milagros de Jes?s; muchos de aquellos hombres le hab?an seguido, a?os atr?s, por los campos de Judea; y posiblemente ellos, o sus mujeres, o sus hijos, hab?an alfombrado el suelo a su paso, pocos d?as antes, durante su entrada triunfal en Jerusal?n.

Los estudios acerca de la mentalidad de aquella sociedad no logran explicar de un modo definitivo esa tr?gica incoherencia de actitudes, ese ?crucif?calo! irracional y furioso. Porque no hubo ni tan siquiera uno que alzara su voz para defenderle.

Esa ira casi irracional -que se da en culturas y mentalidades muy diversas- traspasa la frontera de la l?gica humana: se adentra en el misterio del mal, en ese mysterium iniquitatis que rode? la vida terrena de Jes?s, yla vida de los santos en muy diversas latitudes de la tierra.

Las acusaciones que se han ido escuchando a lo largo de la historia de la Iglesia contra los hombres y mujeres de Dios, son un eco lejano de ese grito y sus consecuencias han sido las mismas: la crucifixi?n, f?sica o moral, de los seguidores de Cristo.

Jes?s lo anunci? claramente: "Si el mundo os odia, sabed que antes de vosotros me ha odiado a m?" y sus palabras se han ido cumpliendo, siglo tras siglo. Al igual que la de Jes?s, la presencia de los santos ha sido un signo inquietante y muchas veces inc?modo para sus contempor?neos. Las mujeres y los hombres de Dios han experimentado, de un modo u otro, la soledad, la incomprensi?n o la infamia; la persecuci?n, la calumnia o el desprecio; la Cruz, en definitiva.

"?stos son los que de generaci?n en generaci?n han seguido a Cristo -recordaba Juan Pablo II en la ceremonia de Beatificaci?n de Josemar?a Escriv? y Josefina Bakhita-: a trav?s de muchas tribulaciones han entrado en el reino de Dios".


Los primeros cristianos

Los seguidores de Jes?s han ido recorriendo ese camino doloroso desde el primer siglo de la historia del Cristianismo. "Ya puede el cristiano vivir como todo el mundo -afirma Hamman en su libro La vida cotidiana de los primeros cristianos-, frecuentar las termas y las bas?licas, ejercer los mismos oficios que los dem?s, que siempre har? las cosas con ciertos matices, incluso a veces actuar? con reservas. Su fe es tachada de fanatismo, su irradiaci?n es proselitismo, su rectitud es reproche".

Al principio era s?lo un rumor, una murmuraci?n en voz baja. "Circulan los cotilleos m?s inveros?miles -recuerda Hamman-, las acusaciones est?n calcadas de la imagen de la sociedad que las hace, es una proyecci?n sobre los cristianos de los propios vicios"?.

Del cotilleo se pas? a la denuncia p?blica; y de ?sta, a las persecuciones encarnizadas.

Las primeras persecuciones anticristianas fueron una desproporcionada explosi?n de odio, que a?n hoy d?a resulta dif?cil de explicar satisfactoriamente, en todos sus extremos, desde el punto de vista hist?rico.

Comenzaron muy pronto, en la segunda mitad del siglo I, pero no todas tuvieron el mismo signo. En el siglo II se persigui? a los cristianos como personas privadas y s?lo en la primera mitad del siglo I el objetivo fue ya la Iglesia como instituci?n.

Al principio fue una persecuci?n irregular y poco organizada, que se convirti? en pocos a?os en una represi?n sangrienta y ferozmente sistem?tica que se cobr? millares de vidas. Aunque no poseamos cifras globales, las Actas de los M?rtires revelan documentadamente el hero?smo de los primeros confesores de la fe y la refinada brutalidad de las torturas a las que fueron sometidos.

"En las provincias asi?ticas de Capadocia y el Ponto -escribe Jedin, al relatar la persecuci?n de Diocleciano-, los cristianos perseguidos fueron entregados a verdugos de tan refinada inventiva que arrancarles un ojo o paralizarles la pierna izquierda con hierro candente era por ellos presentado, sarc?sticamente como trato humanitario, y compet?an entre s? en la invenci?n de nuevas brutalidades.

?Al comprobarse que los habitantes de una peque?a ciudad frigia eran cristianos en su totalidad, se le peg? fuego con todos sus moradores. Eusebio introdujo en su descripci?n el relato del Obispo m?rtir Fileas de Tumis sobre el refinamiento de las torturas empleadas en Egipto, que explotaban todas las posibilidades de la t?cnica del tiempo".

Las torturas que se describen en las Actas de los M?rtires rozan lo inveros?mil. ?C?mo es posible semejante crueldad? La duda se disipa,apunta Jedin, que conoci? los horrores de las guerras contempor?neas, al recordar "acontecimientos recientes de un pasado recent?simo".


Felices ser?is cuando...

La actitud de los cristianos ante las persecuciones sorprend?a profundamente a los paganos de los primeros siglos. Aquellos hombres de fe, lejos de considerarlas un mal, las recib?an como la bienaventuranza predicha en el Evangelio: "Felices ser?is cuando os insulten y os persigan, y digan toda clase de calumnias contra vosotros por mi causa" .

En la actualidad, esa actitud -que nace de esa paradoja cristiana que encuentra la felicidad en la Cruz y la paz en la persecuci?n-, sigue sorprendiendo tambi?n a los que se reconocen miembros de una sociedad post-cristiana,que se autoproclama pluralista y tolerante, pero en la que no falta, con frecuencia, la animadversi?n y la represi?n m?s o menos solapada contra la Iglesia y lo religioso.

Desde los primeros cristianos hasta nuestros d?as la Iglesia no ha dejado nunca de padecer persecuciones de un modo u otro, de propios y ajenos. Baste recordar -por limitarnos a los ?ltimos siglos- el calvario de la Iglesia en los pa?ses asi?ticos de misi?n, los episodios sangrientos de la Revoluci?n francesa, o los ataques que ha padecido la Compa??a de Jes?s a lo largo de su historia.

"Las contradicciones que ha habido y hay -escrib?a San Ignacio de Loyola a Pedro Camps- no son cosa nueva para nosotros; antes, por la experiencia que tenemos de otras partes, tanto esperamos se servir? m?s a Cristo nuestro Se?or en esta ciudad, cuantos m?s estorbos pone el que procura siempre impedir su servicio".

"No es nuestro prop?sito -se lee en un manifiesto de unos padres de familia mexicanos en defensa de la Compa??a de Jes?s fechado en 1855- debatir ahora la cuesti?n que desde hace siglos se agita en el mundo sobre el instituto de la Compa??a de Jes?s. La existencia de esa cuesti?n por tan largo espacio de tiempo, el calor con que se ha seguido, la calidad de las personas que en ella han tomado parte, prueba sin duda que en el instituto hay algo verdaderamente grande y que sale del orden com?n; y desde que esa observaci?n se hace, deja de parecer extra?o que los jesuitas hayan tenido notables y se?alados adversarios; porque ?qu? instituci?n de elevado car?cter hubo jam?s en la tierra que no fuese blanco de duras contradicciones?".

El pasado siglo xx fue especialmente pr?digo en persecuciones contra la Iglesia: los nombres de san Maximiliano Kolbe o santa Teresa Benedicta (Edith Stein) -muertos en campos de concentraci?n- est?n ligados para siempre con la persecuci?n nazi; y las figuras del Cardenal Primado de Hungr?a Jozsef Mindszenty, o la del Primado de Polonia Stefan Wyszynski -ahora en proceso de Beatificaci?n-, evocan todos los padecimientos de la Iglesia tras el tel?n de acero.

Una de las m?s virulentas persecuciones europeas fue la que sufri? la Iglesia Cat?lica en toda Espa?a desde el mes de mayo de 1931 hasta el 31 de marzo de 1939.

"Durante los cinco meses de gobierno del Frente Popular -escribe C?rcel Orti en La persecuci?n religiosa en Espa?a durante la Segunda Rep?blica (1931-1939)- varios centenares de iglesias fueron incendiadas, saqueadas o afectadas por diversos asaltos; algunas quedaron incautadas por las autoridades civiles y registradas ilegalmente por los Ayuntamientos. Varias decenas de sacerdotes fueron amenazados y obligados a salir de sus respectivas parroquias, otros fueron expulsados de forma violenta; varias casas rectorales fueron incendiadas y saqueadas y otras pasaron a manos de las autoridades locales; la misma suerte corrieron algunos centros cat?licos y numerosas comunidades religiosas; en algunos pueblos de diversas provincias no dejaron celebrar el culto o lo limitaron, prohibiendo el toque de las campanas, la procesi?n con el vi?tico y otras manifestaciones religiosas; tambi?n fueron profanados algunos cementerios"


El rumor

Esta persecuci?n comenz? utilizando un antiguo medio denigratorio: el rumor. Se difundieron por todo el pa?s las especies anticlericales m?s absurdas, como que unas religiosas salesianas hab?an distribuido en Madrid caramelos envenenados (sic) a sus alumnos, que eran hijos de obreros; se asegur? adem?s que uno de esos ni?os agonizaba en el Colegio de La Paloma en medio de atroces sufrimientos...

Era s?lo una excusa para lanzar al populacho contra esas religiosas, herirlas gravemente, e incendiar el colegio, como sucedi? m?s tarde.

Fue tristemente t?pica: se expuls? a los jesuitas, se aboli? la ense?anza religiosa y se lleg?, como recuerda Mondrone en su biograf?a sobre san Pedro Poveda, a provocar situaciones rid?culas que recordaban escenas de siglos anteriores: "alg?n maestro exigi? el saludo: `no hay Dios?, al que hab?a que responder: `ni nunca lo ha habido?".

Las v?ctimas eclesi?sticas fueron 6.832, desde el d?a 18 de julio de 1936, en el que comenz? el conflicto, hasta el final de la guerra. De este total, 4.184 pertenec?an al clero secular, incluidos doce Obispos, un Administrador Apost?lico y varios seminaristas; 2.365 eran religiosos y 283 religiosas.

A estas cifras hay que a?adir las de los millares de laicos, hombres y mujeres, que murieron por el puro hecho de declararse cat?licos.


Una dificultad a?adida

La historiograf?a contempor?nea empieza a disponer de estudios rigurosos sobre gran parte de las persecuciones que ha sufrido la Iglesia. Sin embargo en ocasiones los historiadores se encuentran con una dificultad que proviene, curiosamente, de la propia voluntad de los afectados.

Las exigencias de la caridad han llevado a muchos santos a padecer en silencio las ofensas y los ultrajes, y es frecuente -por ejemplo, en el caso de los Fundadores-, que hayan prohibido a sus seguidores consignar siquiera el nombre de los que los difamaron.

Eso explica que en muchas hagiograf?as no se consigne el nombre de los perseguidores hasta que no ha transcurrido un tiempo prudencial. Sin embargo, a pesar del esfuerzo de los santos por borrar la memoria de las ofensas, en un ejercicio heroico de la caridad y el perd?n, en la mayor?a de los casos los historiadores est?n logrando desvelar, no sin dificultades, como sucede en el caso de san Juan Bautista de la Salle, la identidad de los ofensores.

Saturnino Gallego, en su libro Vida y pensamiento de San Juan Bautista de la Salle, investiga la identidad del perseguidor del Santo. Blain, el bi?grafo de san Juan Bautista, evita citar su nombre, utilizando datos confusos o ambiguos, porque afirma que obraba de buena fe, y era"de piedad s?lida y probada".

San Juan de ?vila constituye un ejemplo entre muchos. Cuando se encontraba en la prisi?n de la Inquisici?n de Sevilla, a consecuencia de unas denuncias falsas, le insist?a al Padre P?rraga, uno de sus inquisidores, que tachase los testigos que hab?an depuesto en su contra. Estaba "muy confiado en Dios y en su inocencia, y que ?ste le salvar?a" y no quer?a que la historia conociese aquel pecado que hab?an cometido contra ?l.

Mar?a Milena Toffoli testifica en su Introducci?n a la Autobiograf?ade la Madre Sacramento, la dificultad de los bi?grafos contempor?neos de la Santa: "el hecho de que vivieran todav?a muchas personas que intervienen en la historia, le obliga a callar sobre sucesos delicados y graves relacionados con las mismas".

"Pero despu?s de m?s de cien a?os -escribe Toffoli-, cuando ya los hechos han pasado a formar parte del acervo de la historia, es preciso descorrer el velo para que la figura de la mujer, de Fundadora y de Santa, cual es Mar?a Micaela del Sant?simo Sacramento adquiera su verdadera dimensi?n en el plano humano, sociopedag?gico y espiritual".

Publicado por mario.web @ 21:07
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