Lunes, 23 de mayo de 2011

Autor: Tom?s Melendo Granados


Si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ?vale la pena casarse!


Casarse ?es obligarse?

M?s de una vez he o?do explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especial?simo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osad?a de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del s? se aman tanto, con tal locura e intensidad... que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.

Siendo verdad cuanto antecede, no lo es menos algo que con frecuencia ni tansiquiera se nombra... A saber: que el s? matrimonial es capaz de originar la obligaci?n gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simult?neamente hace posible esa entrega incondicionada.


Y -eso- ?no es una locura?

La reflexi?n sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y m?s todav?a la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me ha llevado a advertir que la pretensi?n de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompa?ada de un robustecimiento de la rec?proca capacidad de amar, resultar?a, en el fondo, una sublime ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atenci?n de quienes me escuchan, y sobre todoporque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitaci?n con el mandamiento m?ximo y m?ximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus disc?pulos en la ?ltima Cena.

Y a?ado, con todo el respeto posible, que semejante pretensi?n ser?a una aut?ntica chifladura si el Se?or, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano... o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

?C?mo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los dem?s como el mism?simo Dios los ama: -Como Yo os he amado-?

Pues algo an?logo, no id?ntico, sucede en el momento de la boda, tambi?n la que se sit?a en el ?mbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el s? de manera libre y voluntaria, los nuevos c?nyuges nosolo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que pod?an ofrecerse antes de esa donaci?n total. Por el contrario, sin ese -hacerse aptos-, la pretensi?n de obligarse resultar?a casi absurda.


Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con m?s o menos agresividad, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda.


(Es m?s, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistar te?ricas m?s relevantes de los ?ltimos tiempos respecto al matrimonio).
Pero inmediatamente a?ado que, para poder amarse con un amor aut?ntico y del calibre que exige la vida encom?n para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello... y que semejante capacitaci?n es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.
Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropol?gico, no son ni -los papeles ni la bendici?n del cura-.


(Personalmente, considero una inaceptable usurpaci?n y, por eso, me niego en rotundo a que me case ning?n funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo -y mi mujer- y justo y solo porque quiero y quiere ella; ning?n otro est? capacitado para hacerlo por m?; solo el libre consentimiento de los c?nyuges realiza esa uni?n, con todos los efectos antropol?gicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante -el amor- sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acci?n de libre entrega por la que los c?nyuges se danel uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosof?a, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un h?bito bueno o virtud.


Virtud... ?qu? aburrimiento!

No quiero insistir en que el h?bito tiene mucha menos relaci?n con la repetici?n de actos -que a menudo conduce a la rutina o incluso a la man?a- que con la potenciaci?n o habilitaci?n de la facultad o facultades que vigoriza.

Es decir, el h?bito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuesti?n resulta muy f?cil de ver en las habilidades de tipo intelectual, t?cnico o art?stico (llamadas en filosof?a h?bitosdiano?ticos): solo quien ha aprendido durante a?os a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos h?bitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro pr?ximo de equivocarse... a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido m?s estricto, que son las de orden ?tico. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso no solo se desprende f?cilmente de aquello -?el tiempo, en primer lugar!- con lo que puede hacer m?s feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, para m?s INRI, disfruta como un enano al realizarlo.

De ah? que la vida ?ticamente bien vivida no sea una especie decarrera de obst?culos tediosa y sin norte, un ?m?s dif?cil todav?a? carente de t?rmino, sino -justo gracias a las virtudes- una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.


La g?nesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han se?alado tradicionalmente entre h?bitos diano?ticos (t?cnicas, artes, etc.) y ?ticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto -ah? se encuadra, por ejemplo, la tan clara como dif?cil de comprobar adquisici?n del "uso de raz?n"-, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetici?n de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve correcci?n a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor (o pierde el miedo)como resultado de una ?nica acci?n, m?s o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina despu?s de meses de dudarlo o saltar en paraca?das por vez primera... y experimentar la emoci?n que inclina -ya sin miedo- a volver y volver a saltar.

Y me parece que el acto ?nico de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad... imposible sin esa donaci?n absoluta.

Cosa no dif?cil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar... hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios ten?an antes de laboda.


No se trata de una cuesti?n psicol?gica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque tambi?n pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente m?s serio: de un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosof?a denominamos el primum cognitum: aquel h?bito que permite -en un momento dif?cil de precisar, pero sin duda existente-, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para m?, y no solo, como los animales y los ni?os de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacci?n o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un h?bito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formaci?n (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es leg?timo referirse a un h?bito muy concretode la voluntad -lo denominar?a, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris-, que hace posible amar de una forma in?dita y muy ennoblecida...: conyugalmente.
Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera -justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas- es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha ofrendado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en veh?culo eficaz (de la culminaci?n) de la entrega de la propia persona... cosa imposible antes de casarse.


Habilitarse... m?s o menos

Me explico con un poco m?s de detalle. A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que habremos de dar -?si nos pillan!-por lo que hemos hecho mal o -nos encargamos nosotros de dejarlo claro- por lo bueno que hay en nuestra vida.

De nuevo es una visi?ncorrecta, pero muy pobre. Ante cualquier acci?n que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haci?ndonos m?s capaces de obrar de nuevo, mejor y con m?s facilidad, en el mismo sentido... bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladr?n; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los dem?s, una persona magn?nima; quien se entrena siete horas en el gimnasio -si no perece en el intento- un aut?ntico cachas, etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en funci?n de nuestras actuaciones.

Pong?monos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace m?s capaces de realizar f?cilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.

Quien presta sus apuntes a un compa?ero, se hace un poco m?s generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante m?s; quien, sin que se note, est? constantemente pendiente -aunque a ?l le cueste sangre- de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hac?rselo pesar... ?es un t?o grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo -t?a grande-, no por pusil?nime, sino porque ellas se llaman a s? mismas "t?o": viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!


Una puntualizaci?n importante

Pero todos estos ejemplos cuadrar?an mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.

Hay otros casos que se sit?an m?s cerca del que estamos considerando (aun sabiendo que un ejemplo es solo eso:algo que -si est? bien escogido- ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella).

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampol?n, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estar? en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la t?cnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco m?s la analog?a, a la firme decisi?n que lleva, despu?s de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en ca?da libre desde un avi?n, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una l?nea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesi?n de alto riesgo en beneficio de los dem?s (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso deltemor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez m?s perfecto de las actividades... que ahora ya son posibles.


La gran aventura

Y casi en el t?rmino de esa l?nea ascendente se sit?a el s? de la boda.

Como apuntaba, var?n y mujer son seres-para-el-amor; y la culminaci?n y mayor expresi?n de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida, ?c?mo no va a responder nuestra persona -?a ese solo acto!- incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?

?Ah? se encuentra la raz?nantropol?gica m?s de fondo de la necesidad de casarse! El motivo m?s entusiasmante para decir un s? que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevar? hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

?Que eso suena demasiado ut?pico? ?Qu? lastima!, porque entonces no se comprende lo que es una aventura. Lo propio de ella es que:


quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena;


no tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ?d?nde queda la gracia de la aventura?;


una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos, tambi?n los imprevistos, sofoquen la ilusi?n inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado;


la mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cadapaso, renueven las energ?as -?y las agallas!- para seguir adelante.

Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, s? ser? ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (?qu? cursilada!, pero como no lo ha le?do mi mujer...).

No lo ser?, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero tr?mite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; m?s todav?a, con ese acto-omisi?n nos vamos incapacitando paulatinamente para amar de la forma correcta.

Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ?vale la pena casarse!


DirectorAcad?mico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

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Publicado por mario.web @ 10:37
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