Lunes, 23 de mayo de 2011

Vivimos en medio de una sucesi?n de decisiones que conforman nuestro modo de ser
Autor: Alfonso Aguil? Pastrana | Fuente: Fluvium.org
Julien Green describe con maestr?a ese proceso personal, ?ntimo, por el que todas las personas escuchamos en nuestro interior una llamada a la responsabilidad, a ser mejores, y que unas veces escuchamos y otras no. Hay una p?gina de su diario que lo expresa muy bien: "Tal d?a de tu infancia, mientras jugabas solo en el cuarto de tu madre y el sol brillaba sobre tus manos, vino hacia ti cierto pensamiento, ataviado como un mensajero del rey, y t? lo acogiste con alegr?a, pero m?s tarde lo rechazaste. Y aquel pensamiento te hubiera guardado, sostenido. Cuando caminabas bajo los pl?tanos de tal avenida, y tu primo te dijo tales palabras, comprendiste enseguida que aquellas palabras te llegaban de parte de Dios, pero luego las olvidaste, porque contradec?an en ti el gusto del placer. Y tal carta, que rompiste y tiraste a la papelera, te habr?a disipado aquellas dudas, pero t? no quer?as cambiar...".

Algunas de esas ocasiones tienen una trascendencia especial. Son segundos que parecen decidir nuestro destino. Y no son algo accidental o inopinado, sino el fruto de una larga serie de actos sutilmente ligados entre s?. Son instantes que parecen impuestos por un misterioso impulso, sin ning?n debate interior, pero esa aparente ausencia de deliberaci?n no implica falta de libertad. Nuestros actos interiores, esos mil peque?os detalles que registramos en nuestro interior casi sin darnos cuenta, todas las numerosas y min?sculas negativas que dejamos pasar cada d?a, tejen poco a poco, a nivel consciente o subconsciente, un entramado interior. Y un d?a, quiz? con ocasi?n de un suceso m?nimo, incluso indiferente en s? mismo, surge en nosotros una idea o una convicci?n que parece nacer ya formada de nuestra mente, como Atenea surgi? de la frente de Zeus. Parecen actos o pensamientos espont?neos, pero, en realidad, expresan el resultado de una batalla que se ven?a librando desde tiempo atr?s en un nivel muy personal, en peque?os h?bitos ocultos, en pensamientos velados, en complicidades interiores. Y llega un momento en que nuestra conciencia est? parcialmente enajenada, enredada en esas mallas que se han ido tejiendo con el tiempo y que impiden la expresi?n de nuestra libertad verdadera.

De manera semejante, nuestras buenas acciones, nuestras aspiraciones al bien, hasta nuestros m?s insignificantes actos de generosidad, tejen a su vez otra red profunda, que tambi?n aflora un d?a en decisiones personales importantes. Igual que el h?bito de los muchos "noes" trae un "no" a la hora de la verdad, el h?bito de responder que s? a los embajadores de la verdad es lo que endereza nuestra vida. Julien Green cuenta en su diario otro peque?o ejemplo. "La primera vez que pens? en la muerte como un acontecimiento al que yo no escapar?a, ten?a unos veinte a?os. Fue en el jard?n de mi t?o, en Virginia. Evidentemente, sab?a que ten?a que morir, pero, como dice Bossuet, no lo cre?a. Aquel d?a entrev? lo que pod?a significar el hecho de morir. Supuso una especie de revelaci?n interior, y aquel pensamiento tan sencillo -t? tambi?n morir?s- puedo afirmar que me cambi? por dentro."

Vivimos en medio de una sucesi?n de decisiones que conforman nuestro modo de ser. Y no siempre es f?cil acertar. Ser?a simplista pensar que, cuando cerramos nuestro coraz?n a la llamada del bien, viene de inmediato un sentimiento de angustia. Es m?s, puede haber incluso un inicial alivio interior, un sentimiento de liberaci?n, de mayor posesi?n de uno mismo, como de un peso que uno se ha quitado de encima, de una responsabilidad que ha dejado de pesar sobre nosotros. El rechazo del bien no siempre va acompa?ado de remordimiento, pues el hombre que se desliza por la pendiente del mal vive en una especie de magia que le fascina. El mal puede resultar atractivo y el bien, mientras no lo gustamos, puede parecer insulso e irreal. S?lo a la larga, el mal descubre la saciedad que oculta, y luego no siempre resulta f?cil salir de ?l. Por eso es preciso guardar nuestro propio coraz?n, velar por la sensibilidad de sus puertas, pues, de lo contrario, pronto nos encontraremos pose?dos por ideas y sentimientos que hipotecan nuestra vida.


Publicado por mario.web @ 21:15
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