Lunes, 23 de mayo de 2011

Donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del ?xito pastoral m?s grande
Autor: Card. Joachim Meisner, arzobispo de Colonia | Fuente: www.temas.cl
Ciertamente no tratar? de brindar una nueva exposici?n sobre la teolog?a de la penitencia y de la misi?n. Pero quisiera dejarme guiar por el Evangelio hacia la conversi?n, para luego ser enviados por el Esp?ritu Santo a llevar a los hombres la buena noticia de Cristo, dijo a los sacerdotes que peregrinaron a Roma con motivo del fin del A?o Sacerdotal.

En este camino, quisiera ahora recorrer 15 puntos de reflexi?n.

1. Debemos convertirnos nuevamente en una ?Iglesia en camino a los hombres? (Geh-hin-Kirche), como le gustaba decir a mi predecesor, el entonces Arzobispo de Colonia, el cardenal Joseph H?ffner. Esto, sin embargo, no puede ocurrir por un mandato. A esto nos debe mover el Esp?ritu Santo.

Una de las p?rdidas m?s tr?gicas que nuestra Iglesia ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX es la p?rdida del Esp?ritu Santo en el sacramento de la Reconciliaci?n. Para nosotros, los sacerdotes, esto ha causado una tremenda p?rdida de perfil interior. Cuando los fieles cristianos me preguntan: ??C?mo podemos ayudar a nuestros sacerdotes??, entonces siempre respondo: ??Id a confesaros con ellos!?. All? donde el sacerdote ya no es confesor, se convierte en un trabajador social religioso. Le falta, de hecho, la experiencia del ?xito pastoral m?s grande, es decir, cuando puede colaborar para que un pecador, tambi?n gracias a su ayuda, deje el confesionario siendo nuevamente una persona santificada. En el confesionario, el sacerdote puede echar una mirada al coraz?n de muchas personas y de esto le surgen impulsos, est?mulos e inspiraciones para el propio seguimiento de Cristo.

2. A las puertas de Damasco, un peque?o hombre enfermo, san Pablo, es tirado al suelo y queda ciego. En la segunda Carta a los Corintios, ?l mismo nos habla de la impresi?n que sus adversarios ten?an de su persona: era f?sicamente insignificante y de ret?rica d?bil (cfr. 2 Cor 10,10). A las ciudades del Asia Menor y de Europa, sin embargo, a trav?s de este peque?o hombre enfermo, ser? anunciado, en los a?os venideros, el Evangelio. Las maravillas de Dios no ocurren nunca bajo los ?reflectores? de la historia mundial. Estas se realizan siempre a un lado; precisamente, a las puertas de la ciudad como tambi?n en el secreto del confesionario. Esto debe ser para todos nosotros un gran consuelo, para nosotros que tenemos grandes responsabilidades pero, al mismo tiempo, somos conscientes de nuestras, a menudo limitadas, posibilidades. Forma parte de la estrategia de Dios: obtener, mediante peque?as causas, efectos de grandes dimensiones. Pablo, derrotado a las puertas de Damasco, se convierte en el conquistador de las ciudades del Asia Menor y de Europa. Su misi?n es la de reunir a los llamados en la Iglesia, dentro de la ?Ecclesia? de Dios. A?n si -vista desde fuera- es s?lo una peque?a y oprimida minor?a, es impulsada desde dentro, y Pablo la compara al cuerpo de Cristo, m?s a?n, la identifica con el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Esta posibilidad de ?recibir de las manos del Se?or?, en nuestra experiencia humana, se llama ?conversi?n?. La Iglesia es la ?Ecclesia semper reformanda? y, en ella, tanto el sacerdote como el obispo son un ?semper reformandus? que, como Pablo en Damasco, deben ser tirados a tierra desde el caballo siempre de nuevo para caer en los brazos de Dios misericordioso, que luego nos env?a al mundo.

3. Por eso no es suficiente que en nuestro trabajo pastoral queramos aportar correcciones s?lo a las estructuras de nuestra Iglesia para poder mostrarla m?s atractiva. ?No basta! Tenemos necesidad de un cambio del coraz?n, de mi coraz?n. S?lo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo, no un ingeniero de estructuras eclesi?sticas. El sacerdote, a trav?s de su ser en el estilo de vida de Jes?s, est? de tal modo habitado por ?l que el mismo Jes?s, en el sacerdote, se hace perceptible para los otros. En Juan 14, 23, leemos: ?El que me ama ser? fiel a mi palabra, y mi Padre lo amar?; iremos a ?l y habitaremos en ?l?. ?Esto no es s?lo una bella imagen! Si el coraz?n del sacerdote ama a Dios y vive en la gracia, Dios uno y trino viene personalmente a habitar en el coraz?n del sacerdote. Ciertamente, Dios es omnipresente. Dios habita en todos lados. El mundo es como una gran iglesia de Dios, pero el coraz?n del sacerdote es como un tabern?culo en la iglesia. All?, Dios habita de un modo misterioso y particular.

4. El mayor obst?culo para permitir que Cristo sea percibido por los otros a trav?s nuestro es el pecado. Este impide la presencia del Se?or en nuestra existencia y, por eso, para nosotros no hay nada m?s necesario que la conversi?n, tambi?n en orden a la misi?n. Se trata, por decirlo sint?ticamente, del sacramento de la Penitencia. Un sacerdote que no se encuentra, con frecuencia, tanto de un lado como del otro de la rejilla del confesionario, sufre da?os permanentes en su alma y en su misi?n. Aqu? vemos ciertamente una de las principales causas de la m?ltiple crisis en la que el sacerdocio ha estado en los ?ltimos cincuenta a?os. La gracia especialmente particular del sacerdocio es aquella por la que el sacerdote puede sentirse ?en su casa? en ambos lados de la rejilla del confesionario: como penitente y como ministro del perd?n. Cuando el sacerdote se aleja del confesionario, entra en una grave crisis de identidad. El sacramento de la Penitencia es el lugar privilegiado para la profundizaci?n de la identidad del sacerdote, el cual est? llamado a hacer que ?l mismo y los creyentes se acerquen a la plenitud de Cristo.

En la oraci?n sacerdotal, Jes?s habla a los suyos y a nuestro Padre celestial de esta identidad: ?No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Cons?gralos en la verdad: tu palabra es verdad? (Jn. 17,15-17). En el sacramento de la Penitencia, se trata de la verdad en nosotros. ?C?mo es posible que no nos guste enfrentar la verdad?

5. Ahora debemos preguntarnos: ?no hemos experimentado todav?a la alegr?a de reconocer un error, admitirlo y pedir perd?n a quien hemos ofendido? ?Me levantar? e ir? a la casa de mi padre y le dir?: ?Padre, pequ? contra el Cielo y contra ti? (Lc 15,18). ?No conocemos la alegr?a de ver, entonces, c?mo el Otro abre los brazos como el padre del hijo pr?digo: ?su padre lo vio y se conmovi? profundamente, corri? a su encuentro, lo abraz? y lo bes? (Lc 15,20)? ?No podemos imaginar, entonces, la alegr?a del padre, que nos ha vuelto a encontrar: ?Y comenz? la fiesta? (Lc 15,24)? Si sabemos que esta fiesta es celebrada en el Cielo cada vez que nos convertimos, ?por qu?, entonces, no nos convertimos m?s frecuentemente? ?Por qu? - y aqu? hablo de un modo muy humano - somos tan mezquinos con Dios y con los santos del Cielo al punto de dejarlos tan raramente celebrar una fiesta por el hecho de que nos hemos dejado abrazar por el coraz?n del Se?or, del Padre?

6. A menudo no amamos este perd?n expl?cito. Y, sin embargo, Dios nunca se muestra tanto como Dios como cuando perdona. ?Dios es amor! ??l es el donarse en persona! ?l da la gracia del perd?n. Pero el amor m?s fuerte es aquel amor que supera el obst?culo principal al amor, es decir, el pecado. La gracia m?s grande es el ser perdonados (die Begnadigung), y el don m?s precioso es el darse (die Vergabung), es el perd?n. Si no hubiese pecadores, que tuvieran m?s necesidad del perd?n que del pan cotidiano, no podr?amos conocer la profundidad del Coraz?n divino. El Se?or lo subraya de modo expl?cito: ?Les aseguro que, de la misma manera, habr? m?s alegr?a en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse? (Lc. 15,7). ?C?mo es posible - pregunt?monos una vez m?s - que un sacramento, que evoca tan gran alegr?a en el Cielo, suscita tanta antipat?a sobre la tierra? Esto se debe a nuestra soberbia, a la constante tendencia de nuestro coraz?n a atrincherarse, a satisfacerse a s? mismo, a aislarse, a cerrarse sobre s?. En realidad, ?qu? preferimos?: ?ser pecadores, a los que Dios perdona, o aparentar estar sin pecado, viviendo en la ilusi?n de presumirnos justos, dejando de lado la manifestaci?n del amor de Dios? ?Basta realmente con estar satisfechos de nosotros mismos? ?Pero qu? somos sin Dios? S?lo la humildad de un ni?o, como la han vivido los santos, nos deja soportar con alegr?a la diferencia entre nuestra indignidad y la magnificencia de Dios.

7. El fin de la confesi?n no es que nosotros, olvidando los pecados, no pensemos m?s en Dios. La confesi?n nos permite el acceso a una vida donde no se puede pensar en nada m?s que en Dios. Dios nos dice en el interior: ?La ?nica raz?n por la que has pecado es porque no puedes creer que yo te amo lo suficiente, que est?s realmente en mi coraz?n, que encuentras en m? la ternura de la que tienes necesidad, que me alegro por el m?nimo gesto que me ofreces, como testimonio de tu consentimiento, para perdonarte todo aquello que me traes en la confesi?n?. Sabiendo de tal perd?n, de tal amor, entonces seremos inundados de alegr?a y de gratitud. De este modo, perderemos progresivamente el deseo del pecado, y el sacramento de la Reconciliaci?n se convertir? en una cita fija de la alegr?a en nuestra vida. Ir a confesarse significa hacer un poco m?s cordial el amor a Dios, sentir, decir y experimentar eficazmente, una vez m?s - porque la confesi?n no es est?mulo s?lo desde el exterior -, que Dios nos ama; confesarse significa recomenzar a creer - y, al mismo tiempo, a descubrir - que hasta ahora nunca hemos confiado de modo suficientemente profundo y que, por eso, debemos pedir perd?n. Frente a Jes?s, nos sentimos pecadores, nos descubrimos pecadores, que hemos dejado de lado las expectativas del Se?or. Confesarse significa dejarse elevar por el Se?or a su nivel divino.

8. El hijo pr?digo abandona la casa paterna porque se ha vuelto incr?dulo. Ya no tiene confianza en el amor del Padre, que lo satisface, y exige su parte de herencia para resolver por s? s?lo todo lo que a ?l concierne. Cuando se decide a volver y pedir perd?n, su coraz?n est? a?n muerto. Cree que ya no ser? amado, que ya no ser? considerado hijo. Vuelve s?lo para no morir de hambre. ?Esto es lo que llamamos contrici?n imperfecta! Pero hac?a tiempo que el padre lo esperaba. Hac?a tiempo que no ten?a pensamiento que le diera m?s alegr?a que el de creer que el hijo podr?a volver un d?a a casa. Tan pronto lo ve, corre al encuentro, lo abraza, no le da tiempo ni siquiera para terminar su confesi?n, y llama a los sirvientes para hacerlo vestir, alimentar y curar. Dado que se le muestra un amor tan grande, el hijo, en ese momento, comienza tambi?n a sentirlo nuevamente, dej?ndose colmar. Un arrepentimiento inesperado le sobreviene. Esta es la contrici?n perfecta. S?lo cuando el padre lo abraza, ?l mide toda su ingratitud, su insolencia y su injusticia. S?lo entonces retorna verdaderamente, se vuelve a convertir en hijo, abierto y confidente con el padre, reencuentra la vida: ?Es justo que haya fiesta y alegr?a, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado? (Lc. 15,32), dice el padre, al respecto, al hijo que hab?a permanecido en la casa.

9. El hijo mayor, ?el justo?, ha vivido un cambio similar - as?, al menos, quisi?ramos esperar que contin?e la par?bola. El caso de este hijo es, sin embargo, mucho m?s dif?cil. ?No se puede decir que Dios ama a los pecadores m?s que a los justos! Una madre ama a su ni?o enfermo, al que dirige sus cuidados particulares, no m?s que a los ni?os sanos, a los que deja jugar solos, a los que expresa su amor - no ciertamente menor - pero de modo diverso. Mientras las personas rechazan reconocer y confesar los propios pecados, mientras siguen siendo pecadores orgullosos, Dios prefiere a los humildes pecadores.

Tiene paciencia con todos. El Padre tiene paciencia tambi?n con el hijo que se ha quedado en la casa. Le ruega y le habla con bondad: ?Hijo m?o, t? est?s siempre conmigo, y todo lo m?o es tuyo? (Lc. 15,31). El perd?n de la insensibilidad del hijo mayor no es expresado aqu? pero est? impl?cito. ?Qu? grande debe ser la verg?enza del hijo mayor frente a tal clemencia! Hab?a previsto todo pero no ciertamente esta humilde ternura del padre. De repente, se encuentra desarmado, confundido, copart?cipe de la alegr?a com?n. Y se pregunta c?mo pudo pensar en quedarse a un lado, c?mo pudo, aunque por un solo instante, preferir ser infeliz solo mientras todos los otros se amaban y se perdonaban mutuamente. Afortunadamente, el padre est? all? y lo trata a tiempo. Afortunadamente, ?el padre no es como ?l! Afortunadamente, el padre es mucho mejor que todos los otros juntos. S?lo Dios puede perdonar los pecados. S?lo ?l puede realizar este gesto de gracia, de alegr?a y de abundancia de amor. Por eso, el sacramento de la Penitencia es la fuente de permanente renovaci?n y de revitalizaci?n de nuestra existencia sacerdotal.

10. Por eso, para m?, la madurez espiritual de un candidato al sacerdocio, para recibir la ordenaci?n sacerdotal, se hace evidente en el hecho de que reciba regularmente -al menos, en la frecuencia de una vez al mes- el sacramento de la Reconciliaci?n. De hecho, es en el sacramento de la Penitencia donde encuentro al Padre misericordioso con los dones m?s preciosos que ha de dar, y esto es el donarse (Vergabung), el perd?n y la gracia. Pero cuando alguno, a causa de su falta de frecuencia de confesi?n, dice al Padre: ??Ten para ti tus preciosos dones! Yo no tengo necesidad de ti y de tus dones?, entonces deja de ser hijo porque se excluye de la paternidad de Dios, porque ya no quiere recibir sus preciosos dones. Y si ya no es m?s hijo del Padre celestial, entonces no puede convertirse en sacerdote, porque el sacerdote, a trav?s del bautismo, es antes que nada hijo del Padre y, luego mediante la ordenaci?n sacerdotal, es con Cristo, hijo con el Hijo. S?lo entonces podr? ser realmente hermano de los hombres.

11. El paso de la conversi?n a la misi?n puede mostrarse, en primer lugar, en el hecho de que yo paso de un lado al otro de la rejilla del confesionario, de la parte del penitente a la parte del confesor. La p?rdida del sacramento de la Reconciliaci?n es la ra?z de muchos males en la vida de la Iglesia y en la vida del sacerdote. Y la as? llamada crisis del sacramento de la Penitencia no se debe s?lo a que la gente no vaya m?s a confesarse sino a que nosotros, sacerdotes, ya no estamos presentes en el confesionario. Un confesionario en que el est? presente un sacerdote, en una iglesia vac?a, es el s?mbolo m?s conmovedor de la paciencia de Dios que espera. As? es Dios. ?l nos espera toda la vida. En mis treinta y cinco a?os de ministerio episcopal conozco ejemplos conmovedores de sacerdotes presentes cotidianamente en el confesionario, sin que viniera un penitente; hasta que, un d?a, el primer o la primera penitente, despu?s de meses o a?os de espera, se hizo finalmente presente. De este modo, por as? decir, se ha desbloqueado la situaci?n. Desde ese momento, el confesionario empez? a ser muy frecuentado. Aqu? el sacerdote est? llamado a poner de su parte todos los trabajos exteriores de planificaci?n de la pastoral de grupo para sumergirse en las necesidades personales de cada uno. Y aqu? debe, sobre todo, escuchar m?s que hablar. Una herida purulenta en el cuerpo s?lo puede sanar si puede sangrar hasta el final. El coraz?n herido del hombre puede sanar s?lo si puede sangrar hasta el final, si puede desahogar todo. Y se puede desahogar s?lo si hay alguien que escucha, en la absoluta discreci?n del sacramento de la Reconciliaci?n. Para el confesor es importante, primero que nada, no hablar sino escuchar. ?Cu?ntos impulsos interiores experimenta y recibe el sacerdote, precisamente en la administraci?n del sacramento de la confesi?n, que le sirven para su seguimiento de Cristo! Aqu? puede sentir y constatar cu?nto m?s avanzados que ?l, en el seguimiento de Cristo, est?n los simples fieles cat?licos, hombres, mujeres y ni?os.

12. Si nos falta en gran parte este ?mbito esencial del servicio sacerdotal, entonces caemos f?cilmente en una mentalidad funcionalista o en el nivel de una mera t?cnica pastoral. Nuestro estar a ambos lados de la rejilla del confesionario nos lleva, a trav?s de nuestro testimonio, a permitir que Cristo se haga perceptible para el pueblo. Para decirlo claramente, con un ejemplo negativo: quien entra en contacto con el material radioactivo, tambi?n ?l se vuelve radioactivo. Si luego se pone en contacto con otro, entonces tambi?n -?ste quedar? igualmente infectado por la radioactividad. Pero ahora volvamos al ejemplo positivo: aquellos que entran en contacto con Cristo, se vuelven ?Cristo-activos?. Y si, entonces, el sacerdote, siendo ?Cristo-activo?, se pone en contacto con otras personas, ?stas ciertamente ser?n ?infectadas? por su ?Cristo-actividad?. ?sta es la misi?n, as? como fue concebida y estuvo presente desde el comienzo del cristianismo. La gente se reun?a en torno a la persona de Jes?s para tocarlo, aunque s?lo fuera el borde de su manto. Y quedaban sanados incluso cuando esto ocurr?a mientras ?l estaba de espaldas: ?porque sal?a de ?l una fuerza que sanaba a todos? (Lc. 6,19).

13. Con nosotros, en cambio, con frecuencia las personas huyen, ya no buscan nuestra cercan?a para entrar en contacto con nosotros. Por el contrario, como dije, se nos escapan. Para evitar que esto suceda, debemos plantearnos la pregunta: ?con qui?n entran en contacto cuando se ponen en contacto conmigo? ?Con Jesucristo, en su infinito amor por la humanidad, o bien con alguna privada opini?n teol?gica o alguna queja sobre la situaci?n de la Iglesia y del mundo? A trav?s de nosotros, ?entran en contacto con Jesucristo? Si este es el caso, entonces las personas tendr?n vida. Hablar?n entre ellas de tal sacerdote. Se expresar?n sobre ?l con t?rminos similares: ?Con ?l s? se puede hablar. Me entiende. Realmente puede ayudar?. Estoy profundamente convencido de que la gente tiene una profunda nostalgia de tales sacerdotes, en los cuales pueden encontrar aut?nticamente a Cristo, que los hace libres de todos los lazos y los vincula a su Persona.

14. Para poder perdonar realmente, tenemos necesidad de mucho amor. El ?nico perd?n que podemos conceder realmente es el que hemos recibido de Dios. S?lo si experimentamos al Padre misericordioso, podemos hacernos hermanos misericordiosos para los otros. Aquel que no perdona, no ama. Aquel que perdona poco, ama poco. Quien perdona mucho, ama mucho. Cuando dejamos el confesionario, que es el punto de partida de nuestra misi?n, tanto de un lado como del otro de la rejilla, entonces se quisiera abrazar a todos, para pedirles perd?n y esto ocurre especialmente despu?s de habernos confesado. Yo mismo he experimentado de forma tan gratificante el amor de Dios que perdona, como para poder solamente pedir con urgencia: ??Acoge tambi?n t? su perd?n! Toma una parte del m?o, que ahora he recibido en sobreabundancia. ?Y perd?name que te lo ofrezca tan mal!?. Con la confesi?n se vuelve dentro del mismo movimiento del amor de Dios y del amor fraterno, en la uni?n con Dios y con la Iglesia, del cual nos hab?a excluido el pecado. Si Dios nos ha ense?ado a amar de un modo nuevo, podemos y debemos amar a todos los hombres. Si no fuese as?, ser?a un signo de que no nos hemos confesado bien y que, por lo tanto, deber?amos confesarnos de nuevo.

Probablemente, el m?s grande sacerdote confesor de nuestra Iglesia es el Santo Cura de Ars. Gracias a ?l tenemos el A?o Sacerdotal y, por lo tanto, nuestro actual encuentro como sacerdotes y obispos con el Santo Padre aqu? en Roma. Con este santo p?rroco he reflexionado sobre el misterio de la santa confesi?n ya que su ministerio cotidiano de la reconciliaci?n, en el confesionario de Ars, ha hecho que se convirtiera en un gran misionero para el mundo. Se ha dicho que, como sacerdote confesor, ha vencido espiritualmente a la Revoluci?n francesa. Lo que me ha inspirado este di?logo espiritual con Juan Mar?a Vianney, lo he dicho aqu?. Sin embargo, me ha recordado tambi?n algo muy importante.

15. ?Amamos a todos, perdonamos a todos! ?Hay que prestar atenci?n, sin embargo, a no olvidar a una persona! Existe un ser, de hecho, que nos desilusiona y nos pesa, un ser con el que estamos constantemente insatisfechos. Y somos nosotros mismos. Con frecuencia tenemos bastante de nosotros. Estamos hartos de nuestra mediocridad y cansados de nuestra misma monoton?a. Vivimos en un estado de ?nimo fr?o e incluso con una incre?ble indiferencia hacia este pr?jimo m?s pr?ximo que Dios nos ha confiado para que le hagamos tocar el perd?n divino. Y este pr?jimo m?s pr?ximo somos nosotros mismos. Est? dicho, de hecho, que debemos amar a nuestro pr?jimo como a nosotros mismos (cfr. Lv. 19,18). Por lo tanto, debemos amarnos tambi?n a nosotros mismos as? como tratamos de amar a nuestro pr?jimo. Entonces debemos pedir a Dios que nos ense?e que debemos perdonarnos: la rabia de nuestro orgullo, las desilusiones de nuestra ambici?n. Pidamos que la bondad, la ternura, la paciencia y la confianza indecible con la que ?l nos perdona, nos conquiste hasta el punto de que nos liberemos del cansancio de nosotros mismos, que nos acompa?a por todas partes, y con frecuencia incluso nos causa verg?enza. No somos capaces de reconocer el amor de Dios por nosotros sin modificar tambi?n la opini?n que tenemos de nosotros mismos, sin reconocer a Dios mismo el derecho de amarnos. El perd?n de Dios nos reconcilia con ?l, con nosotros, con nuestros hermanos y hermanas, y con todo el mundo. Nos hace aut?nticos misioneros.

?Lo cre?is, queridos hermanos? ?Probadlo, hoy mismo!


Publicado por mario.web @ 22:02
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios