Martes, 24 de mayo de 2011



En la biograf?a de mi vida - en la biograf?a de mi coraz?n, si puedo decirlo as? - la ciudad de Frisinga tiene un papel muy especial. En ella recib? la formaci?n que desde entonces caracteriza mi vida. As?, de alg?n modo, esta ciudad est? siempre presente en m? y yo en ella. Y el hecho de que - como usted, se?or Alcalde, ha observado - yo haya incluido en mi escudo al moro y al oso de Frisinga muestra al mundo entero cu?nto le pertenezco a ella. El hecho, adem?s, de que a partir de ahora yo sea ciudadano de Frisinga, tambi?n desde el punto de vista jur?dico, es la coronaci?n de ello y me alegra profundamente.

En esta ocasi?n aflora en m? un entero horizonte de im?genes y de recuerdos. Usted ha se?alado ya algunos de ellos, querido se?or Alcalde. Quisiera retomar algunos detalles. Ante todo est? el 3 de enero de 1946. Tras una larga espera, finalmente hab?a llegado el momento en el que el seminario de Frisinga pod?a abrir la puerta a cuantos volv?an. En efecto, hab?a a?n un hospital militar para ex prisioneros de guerra, pero ahora pod?amos comenzar. Ese momento representaba un cambio en la vida: estar en el camino al que nos sent?amos llamados. En la ?ptica de hoy, hab?amos vivido de modo ?anticuado? y privado de comodidades: est?bamos en dormitorios, en salas de estudio, etc. pero ?ramos felices, no s?lo porque finalmente hab?amos escapado a las miserias y a las amenazas de la guerra y del dominio nazi, sino tambi?n porque ?ramos libres y sobre todo porque est?bamos en el camino al que nos sent?amos llamados. Sab?amos que Cristo era m?s fuerte que la tiran?a, que el de la ideolog?a nazi y que sus mecanismos de opresi?n. Sab?amos que a Cristo pertenecen el tiempo y el futuro, y sab?amos que ?l nos hab?a llamado y que nos necesitaba, que hab?a necesidad de nosotros. Sab?amos que la gente de aquellos tiempos cambiados nos esperaba, esperaba sacerdotes que llegaran con un nuevo empuje de fe para construir la casa viva de Dios. En esta ocasi?n debo elevar tambi?n un peque?o himno de alabanza al viejo ateneo, del que form? parte, primero como estudiante y luego como profesor. Hab?a expertos muy serios, algunos incluso de fama internacional, pero lo m?s importante - a mi entender - es que ellos no eran s?lo expertos, sino tambi?n maestros, personas que no ofrec?an s?lo las primicias de su especializaci?n, sino personas a las que interesaba dar a los estudiantes lo esencial, el pan sano que necesitaban para recibir la fe desde dentro. Y era importante el hecho de que nosotros - si ahora puedo decir nosotros - no nos sent?amos expertos individualmente, sino parte de un conjunto; que cada uno de nosotros trabajaba en el conjunto de la teolog?a; que desde nuestra obra deb?a hacerse visible la l?gica de la fe como unidad, y, de esta forma, crecer la capacidad de dar raz?n de nuestra fe, como dice san Pedro (1 Pe 3, 15), de transmitirla en un tiempo nuevo, dentro de los nuevos desaf?os.

La segunda imagen que quisiera retomar es el d?a de la ordenaci?n sacerdotal. La catedral siempre fue el centro de nuestra vida, como tambi?n en el seminario ?ramos una familia y fue el padre H?ck quien hizo de nosotros una verdadera familia. La catedral era el centro y lo ha seguido siendo para toda la vida en el d?a inolvidable de la ordenaci?n sacerdotal. Son tres los momentos que se me quedaron particularmente grabados. Ante todo, el estar tumbados por tierra durante las letan?as de los santos. Estando postrados en tierra, uno se hace consciente una vez m?s de la propia pobreza y se pregunta: ?de verdad soy capaz de ello? Y al mismo tiempo resuenan los nombres de todos los santos de la historia y la imploraci?n de los fieles: ?Esc?chanos, ay?dales?. Crece as? la conciencia: s?, soy d?bil e inadecuado, pero no estoy solo, hay otros conmigo, la entera comunidad de los santos est? conmigo, ellos me acompa?an y por tanto puedo recorrer este camino y ser compa?ero y gu?a para los dem?s. El segundo, la imposici?n de las manos por parte del anciano, venerable cardenal Faulhaber - que me impuso a m?, a todos nosotros, las manos de un modo profundo e intenso - y la conciencia de que es el Se?or el que pone sus manos sobre m? y me dice: me perteneces a m?, no te perteneces simplemente a ti mismo, te quiero, est?s a mi servicio; pero tambi?n la conciencia de que esta imposici?n de las manos es una gracia, que no crea s?lo obligaciones, sino que es sobre todo un don, que ?l est? conmigo y que su amor me protege y me acompa?a. Adem?s estaba a?n el rito antiguo, en el que el poder de redimir los pecados se confer?a en un momento aparte, que iniciaba cuando el obispo dec?a, con las palabras del Se?or: ?Ya no os llamo siervos, sino amigos?. Y sab?a - sab?amos - que esto no es s?lo una cita de Juan 15, sino una palabra actual que el Se?or me est? dirigiendo ahora. ?l me acepta como amigo; estoy en esta relaci?n de amistad; ?l me ha dado su confianza, y en esta amistad puedo trabajar y hacer otros amigos de Cristo.

Tomado del discurso pronunciado el 16 de enero de 2010, al serle otorgada la ciudadan?a honoraria de Frisinga.


Publicado por mario.web @ 9:11
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