Martes, 24 de mayo de 2011

Ante los problemas morales, conforme a la recta raz?n y a la revelaci?n divina.
Autor: Antonio Orozco-Delcl?s | Fuente:


Es claro que no hay quien hable en serio de ??tica? sin que reconozca, como principio m?s primario de la ley moral, la necesidad de hacer siempre el bien y evitar el mal en toda su amplitud.

Sin embargo, debido a la limitaci?n humana no s?lo es preciso a veces renunciar a ciertos valores deseables para realizar otros m?s altos, sino tambi?n arriesgarse a poner una buena acci?n de la que seguramente se seguir?n efectos malos. No pocas veces se plantean problemas morales como los siguientes: ?es bueno vender una escopeta de caza que acaso se use para matar personas? ?o f?rmacos que pueden curar, pero tambi?n da?ar? ?se puede arriesgar la propia vida o la ajena para realizar un bien muy importante? ?es moralmente licito el aborto en caso de que sea inevitable al curar una enfermedad grave de la madre?

Se trata de preguntas que plantean ciertos casos que son l?mite, extremos, an?malos, pero no infrecuentes. En la pr?ctica, hay quienes aprovechan para fines injustos el bien que otros hacen. De otra parte hay acciones de doble o m?ltiple efecto: de ellas se derivan bienes, pero tambi?n males. La persona con sentido ?tico se pregunta entonces si es l?cito hacer ese bien importante del que pueden seguirse males, incluso en el sentido m?s estricto del t?rmino, es decir, pecados.

Estos, son casos que han de iluminarse con los principios que ha sostenido siempre la ?tica cat?lica, conforme a la recta raz?n y a la revelaci?n divina. Son los siguientes:


I. SIEMPRE DEBE QUERERSE EL BIEN, NUNCA EL MAL

El mal es siempre una inadmisible ofensa a Dios y, al mismo tiempo, un da?o para la persona que lo realiza. Por tanto, en modo alguno debe estar el mal en nuestra intenci?n. Si en algunos casos debemos tolerar alg?n efecto malo de nuestras acciones buenas, habr? de ser con la condici?n de que el efecto malo no sea intentado, sino s?lo permitido, despu?s de agotar todos los recursos, si los hay, para evitar la acci?n de doble efecto. El efecto malo habr? de lamentarse de veras, sin hipocres?as, como tributo que se padece y sufre al hacer el bien necesario.

II. JAMAS SE PUEDE HACER UN MAL PARA CONSEGUIR UN BIEN

El fin bueno no justifica medios malos. Si se negara este principio universalmente reconocido, podr?an justificarse en la pr?ctica todas las aberraciones morales, todas las injusticias todos los cr?menes. Hasta Hitler y Stalin quiz? invocar?an nobles ideales, fines magn?ficos que justificar?an sus genocidios .

Arist?teles dec?a que el bien nace de causas enteramente buenas; en cambio, para que proceda el mal basta que una sola causa sea mala (Bonum consurgit ex integra causa, malum autem ex quoqumque). Para que un guiso sea bueno, digestivo, es menester que sean buenos todos sus ingredientes. Y es claro que los medios se suman como ingredientes o causas a la unidad que constituye el acto humano.

El fin no s?lo no justifica los medios injustos, sino que ?l mismo se adultera al derivarse de ellos.

As?, por ejemplo, si se pretendiera defender el bien de ?la humanidad? eliminando vidas humanas inocentes, se estar?a revelando que lo pretendido no era realmente el bien de ?la humanidad?, sino de un sector de ella, privilegiado y discriminante por injustas razones. Evidentemente, hacer el mal ?para conseguir el bien? encierra una absurda contradicci?n ?tica en el seno del mismo acto humano.

No hace mucho tiempo que un considerable n?mero de personas murieron en nuestro pa?s a causa de un mal ingrediente de buenos alimentos: el aceite de colza adulterado. Si despu?s de esa experiencia, alguien afirmase: ?a m? lo que me importa es el huevo frito; ?qu? m?s da si el aceite contiene t?xico o no!?, con raz?n lo tendr?amos por loco o necio.

Si otro dijese: ?lo que ahora me interesa a mi es gozar, no me importa c?mo; ver? ese programa de televisi?n: no me importa que est? intoxicado o no, manipulado, orientado a socavar el orden moral objetivo; no me interesa considerar si ofendo a Dios o al diablo?; no habr?amos de tenerlo por menos loco que el anterior, por diferentes que fueran las especies de locura.

No debemos hacer el mal para que venga el bien, dec?a precisamente San Pablo (1). Ser?a como poner una enorme bomba en los cimientos del orden moral. Podr?amos llegar con coherencia a lo que humor?sticamente suger?a Chesterton: como las cabezas no se adaptan a la clase de sombreros de moda, deben cortarse las cabezas de la gente, como medio indispensable para hacer frente al d?ficit o p?rdidas causadas por el llamado Problema del Sombrero.

III. SE DEBE VALORAR CADA ACTO EN SU SINGULARIDAD

El hombre es responsable de cada uno de los actos que realiza libremente. Cada uno tiene su valor moral propio, aunque se halle en conexi?n con un conjunto de actos de diverso valor. Por tanto, no se puede apelar al llamado ?principio de totalidad? para justificar actos sustancialmente malos.

Pablo Vl, fund?ndose--como ?l mismo hace notar--?en la doctrina de la Iglesia, de la cual es el Sucesor de Pedro, con sus Hermanos en el Episcopado, depositario e int?rprete? (2), sal?a al paso de este error, aplicado a la vida conyugal, en su Enc?clica Humanae vitae, tantas veces remachada por Juan Pablo II: ?Tampoco se pueden invocar como razones v?lidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituir?an un todo con los actos fecundos anteriores o que seguir?an despu?s, y que, por tanto, compartir?an la ?nica e id?ntica bondad moral. En verdad, si es l?cito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien m?s grande, no es l?cito, ni aun por razones grav?simas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intr?nsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de la vida conyugal fecunda? (3).

Los t?rminos son inequ?vocos: aunque pueda haber dificultades superlativas, nunca hay razones suficientes para hacer, con un acto positivo de voluntad, lo que es sustancialmente malo. Se puede a veces tolerar el mal que sucede sin querer, pero nunca hacer voluntariamente el mal, ni siquiera para que se siguiera un bien colosal, ni para evitar una cat?strofe c?smica.

IV. A VECES PUEDE TOLERARSE EL EFECTO MALO QUE ACASO SE SIGA DE UNA ACCION BUENA

Siguiendo, como ejemplo, el caso contemplado en el apartado anterior: ?La Iglesia, en cambio, no considera de ning?n modo il?cito el uso de medios terap?uticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreaci?n, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido? (4). Las palabras est?n muy medidas y no debe perderse ninguna. Se trata de una acci?n que tiene:

--un fin bueno: la salud del organismo;

--la intenci?n buena: curar, no impedir la concepci?n;

--el medio empleado, bueno: su efecto inmediato es curativo, aunque tiene un efecto secundario--que sucede a modo de accidente--malo y no deseado: impedir la procreaci?n.

Con estas condiciones y razones proporcionalmente graves, es l?cito permitir o tolerar la esterilizaci?n.

Caso sustancialmente diverso es el de los anticonceptivos--de cualquier especie que sean--que no tienen efectos curativos de enfermedad alguna, sino el mero impedimento de la fecundidad de un acto intr?nsecamente ordenado a ella. Aqu? tenemos:

--el fin malo: la alteraci?n voluntaria del orden natural, creado por Dios para el bien integral de la persona humana.

--la intenci?n, mala (aunque pueda coexistir con otras intenciones buenas): la consecuci?n del mal fin, cegar artificiosamente las fuentes de la vida.

--el efecto inmediato es malo: no cura enfermedad alguna el organismo, s?lo impide la consecuencia natural del uso del matrimonio.

Por eso, insiste Juan Pablo II, ?la contracepci?n debe juzgarse, objetivamente, tan profundamente il?cita que jam?s puede, por raz?n alguna, ser justificada. Pensar o decir lo contrario equivale a defender que en la vida humana se pueden producir situaciones en las cuales es l?cito no reconocer a Dios como Dios? (5). Seria absurdo decir a estas alturas que la doctrina de la Iglesia sobre el tema a?n no est? definida. Las dificultades que plantea una obligada continencia no deben temerse: ??Todo es posible para el que cree!? (6). Dios no deja de prestar su omnipotencia a quien la necesita y la solicita con humildad.

En resumen: s?lo pueden tolerarse las malas consecuencias que se derivan de un acto cuando ?ste produce de por s?, de modo necesario e inmediato, un efecto bueno; y en virtud de particulares circunstancias que se dan contra la voluntad del que obra.

Otro ejemplo: el tabernero puede vender vino a una persona que suele emborracharse, porque el efecto que se sigue de tal acto es l?cito y honesto. Que el cliente se emborrache no depende del tabernero, ni va unido necesariamente a la venta del vino. No obstante, si el tabernero, sin grave inc?modo, puede negarse a vender en ese caso concreto, debe hacerlo. Porque es preciso tener en cuenta otro principio a la hora de resolver el problema de la licitud en la tolerancia de accidentales pero previsibles efectos malos:

V. HA DE HABER CAUSA PROPORCIONALMENTE GRAVE

Ha de haber, como es l?gico, una causa proporcionalmente grave a la entidad del da?o y a la probabilidad con que puede seguirse de la acci?n buena. Hace falta una raz?n positiva que compense con el bien que se pretende realizar, la gravedad de los males que le puedan suceder. Esta raz?n positiva y compensadora del efecto malo, deber? juzgarla en cada caso --despu?s de solicitar consejo oportuno, si es menester-- la persona agente, teniendo siempre en cuenta que tal raz?n ?debe ser tanto m?s importante cuanto m?s graves sean las consecuencias previstas, cuanto m?s pr?xima y estrecha es la conexi?n causal entre el acto y las malas consecuencias? (7).

Vl. AGOTAR LOS MEDIOS PARA EVITAR EL MAL

No debe olvidarse que el mal, aunque est? fuera de la intenci?n del que realiza esas acciones de doble efecto (s?lo es voluntario indirecto), siempre es ?malo?, y aunque se produzca sin culpa del agente, es materia de pecado, como en el caso del tabernero; y cabe el riesgo de que ?ste se insensibilice ante el pecado del que se emborracha con sus vinos, y llegue a convertirse en c?mplice culpable.

EN RESUMEN:

Un acto que produce indirectamente efectos malos, s?lo puede ser l?cito cuando re?ne los siguientes requisitos:

1) Que el acto en s? sea bueno o al menos indiferente.

2) Que el efecto inmediato, directo, de la acci?n sea el bueno. Nunca el efecto bueno puede ser causado por el malo.

3) Que el fin de quien obra sea honesto.

4) Que las circunstancias sean proporcionalmente graves.

UN CASO PARTICULAR: EL ABORTO INDIRECTO

Evidentemente, la provocaci?n voluntaria y directa del aborto es siempre un asesinato, un pecado grav?simo. Jam?s se podr? justificar moralmente, por bueno que fuese el fin: ser?a justificar por el fin un medio intr?nsecamente malo.

El llamado ?aborto terap?utico?, perpetrado con el fin de interrumpir un embarazo que se considera peligroso para la vida de la madre, es siempre un homicidio directo: la intervenci?n m?dica tiene un efecto ?nico inmediato (y hay una finalidad ?nica directa de la voluntad eficaz de ese acto), que es eliminar una vida inocente y con pleno derecho a vivir. Cierto que se considera lamentable tal homicidio, porque sobre todo se intenta salvar a la madre. Pero la acci?n primera no hace m?s que matar directamente a un inocente, y tal cosa es absolutamente mala. No ser?a l?cito ni para salvar a la entera humanidad. Muchas manzanas valen m?s que una sola manzana. Pero la persona no es una cosa; y si se comprende lo que es una persona y su dignidad--creada a imagen y semejanza de Dios--se comprender? que muchas personas no valen m?s que una sola. La vida humana s?lo es de Dios, y s?lo Dios es Se?or de la vida y de la muerte.

Caso totalmente distinto es el del tratamiento m?dico o intervenci?n quir?rgica para remediar un mal cierto y grave de una mujer embarazada, previendo que con tal intervenci?n se provocar?a ocasionalmente un aborto. No se trata de curar a la madre por medio de la muerte del ni?o, sino de realizar una acci?n en s? misma buena, por ejemplo, extirpar un tumor maligno, que accidentalmente puede causar la muerte del ni?o. Es lo que se llama ?aborto indirecto?, que es l?cito (8):

--si la vida de la madre urge a la intervenci?n;

--si no existe otro procedimiento eficaz que no arriesgue la vida del feto;

--si no se puede esperar a que el feto sea viable .

Veamos que los casos de aborto indirecto y aborto directo son radicalmente distintos en el orden moral:

En el 1?: el efecto inmediato es la vida (de la madre).

En el 2?: el efecto inmediato es la muerte (del ni?o).

En el 1?: la intervenci?n excluye la muerte del ni?o.

En el 2?: la intenci?n incluye (como medio) la muerte del ni?o.

En el 1?: el medio es bueno: el f?rmaco o intervenci?n quir?rgica que son curativos.

En el 2?: el medio es malo: eliminar al ni?o, matar.

En el 1.?: el efecto bueno no es consecuencia del malo.

En el 2.?: el efecto bueno es consecuencia del malo.

El 1.? se puede realizar si hay circunstancias proporcionalmente graves;

el 2.? nunca (?Qui?n procura el aborto --dice el c?non 1398 del nuevo C?digo de Derecho Can?nico-- si ?ste se produce, incurre en excomuni?n latae sententiae).

VENTA DE OBJETOS DESTINADOS A REALIZAR ACCIONES MORALMENTE MALAS

Es claro que ?nunca es l?cito vender cosas que, por su misma naturaleza, no tienen m?s que un uso malo? (9), como la venta de veneno que s?lo sirve para matar al hombre.

Vender, ceder la propiedad de un objeto a cambio de un precio, es una acci?n moralmente l?cita en s?. Pero la moralidad resulta afectada --como ya vimos (10)-- por las circunstancias, entre las que se cuenta el qu?; en nuestro caso: qu? es lo que se vende, cu?l es su cualidad, inseparable y determinante de la venta.

El Magisterio de la Iglesia confirma este criterio general aplicado a los farmac?uticos: ?A veces, ten?is que oponeros a la importunidad, a la presi?n y a las peticiones de clientes que llegan a vosotros con el fin de haceros c?mplices de sus intenciones criminales. Pero vosotros sab?is que cuando un producto, por su naturaleza y por la intenci?n del cliente, est? indudablemente destinado a una finalidad criminal, no pod?is, bajo ning?n pretexto o presi?n, acceder a tomar parte en esos atentados contra la vida, contra la integridad de los individuos o contra la propagaci?n de la salud corporal o mental de la humanidad? (11).

De modo que nunca es l?cito vender una cosa que el hombre no puede usar sin pecar: f?rmacos o dispositivos destinados ?nicamente al aborto o a impedir la generaci?n; vestidos manifiestamente provocativos; libros, revistas, peri?dicos, pel?culas, etc.

De otra parte, es de advertir que la responsabilidad moral en la acci?n de vender se debe considerar de modo diverso seg?n que quien venda sea propietario de la cosa en venta o, por el contrario, un intermediario o un simple empleado a sueldo fijo, etc. Del empleado, por ejemplo, puede decirse que, en sentido estricto, no vende, porque la cosa vendida no es suya ni es para ?l su precio. Coopera con el vendedor; por eso su caso hay que contemplarlo a la luz de los principios del voluntario indirecto aplicados a la cooperaci?n al mal. Es lo que haremos en el pr?ximo art?culo de esta serie de ?Apuntes de Etica?.

(I) Cfr. Rom 3, 8; (2) PABLO Vl, Humanae vitae, n. 31 (3) Ibid., n. 14; los subrayados son nuestros, (4) Ibidem, n. 15 (5) JUAN PABLO II, Discurso, 17-lX-1983; (6) Mc 9, 23; (7) MAUSBACH-ERMERKE, Teolog?a Moral cal?lica, t. 1, Pamplona 1971, p. 379; (8) Cfr. M. ZALBA, Voluntario directo e indirecto, Gran Enciclopedia Rialp, t. 23, p. 6887; (9) PRUMER, Manuale Theologiae Moralis, 1, n. 623; cfr. V ERMEERSCH, Theologiae Moralis principia, responsa, consilia, 11, n. 137; LANZA-PALAZZINI, Theologia Moralis, ll, ll. 177, 2; NOLDIN, Summa Theologiae Moralis, 11, n. 126, a; (10) DOCUMENTACION DOCTRlNAL, n? 44: (11) PIO Xll, Alocuci?n. 2-lX-1950; cfr. Alocucion, Il-IX-1954.


Publicado por mario.web @ 9:46
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