Martes, 24 de mayo de 2011

La XLVIII Jornada Mundial de Oraci?n por las Vocaciones que se celebrar? el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: ?Proponer las vocaciones en la Iglesia local?
Autor: S.S, Benedicto XVI | Fuente: Vatican.va

MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI
PARA LA XLVIII JORNADA MUNDIAL
DE ORACI?N POR LAS VOCACIONES


15 DE MAYO DE 2011 - IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: ?Proponer las vocaciones en la Iglesia local?




Queridos hermanos y hermanas

La XLVIII Jornada Mundial de Oraci?n por las Vocaciones que se celebrar? el 15 de mayo de 2011, cuarto Domingo de Pascua, nos invita a reflexionar sobre el tema: ?Proponer las vocaciones en la Iglesia local?. Hace setenta a?os, el Venerable P?o XII instituy? la Obra Pontificia para las Vocaciones Sacerdotales. A continuaci?n, animadas por sacerdotes y laicos, obras semejantes fueron fundadas por Obispos en muchas di?cesis como respuesta a la invitaci?n del Buen Pastor, quien, ?al ver a las gentes se compadec?a de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor?, y dijo: ?La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Se?or de la mies que mande trabajadores a su mies? (Mt 9, 36-38).

El arte de promover y de cuidar las vocaciones encuentra un luminoso punto de referencia en las p?ginas del Evangelio en las que Jes?s llama a sus disc?pulos a seguirle y los educa con amor y esmero. El modo en el que Jes?s llam? a sus m?s estrechos colaboradores para anunciar el Reino de Dios ha de ser objeto particular de nuestra atenci?n (cf. Lc 10,9). En primer lugar, aparece claramente que el primer acto ha sido la oraci?n por ellos: antes de llamarlos, Jes?s pas? la noche a solas, en oraci?n y en la escucha de la voluntad del Padre (cf. Lc 6, 12), en una elevaci?n interior por encima de las cosas ordinarias. La vocaci?n de los disc?pulos nace precisamente en el coloquio ?ntimo de Jes?s con el Padre. Las vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada son primordialmente fruto de un constante contacto con el Dios vivo y de una insistente oraci?n que se eleva al ?Se?or de la mies? tanto en las comunidades parroquiales, como en las familias cristianas y en los cen?culos vocacionales.

El Se?or, al comienzo de su vida p?blica, llam? a algunos pescadores, entregados al trabajo a orillas del lago de Galilea: ?Ven?os conmigo y os har? pescadores de hombres? (Mt 4, 19). Les mostr? su misi?n mesi?nica con numerosos ?signos? que indicaban su amor a los hombres y el don de la misericordia del Padre; los educ? con la palabra y con la vida, para que estuviesen dispuestos a ser los continuadores de su obra de salvaci?n; finalmente, ?sabiendo que hab?a llegado la hora de pasar de este mundo al Padre? (Jn 13,1), les confi? el memorial de su muerte y resurrecci?n y, antes de ser elevado al cielo, los envi? a todo el mundo con el mandato: ?Id y haced disc?pulos de todos los pueblos? (Mt 28,19).

La propuesta que Jes?s hace a quienes dice ??S?gueme!? es ardua y exultante: los invita a entrar en su amistad, a escuchar de cerca su Palabra y a vivir con ?l; les ense?a la entrega total a Dios y a la difusi?n de su Reino seg?n la ley del Evangelio: ?Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto? (Jn 12,24); los invita a salir de la propria voluntad cerrada en s? misma, de su idea de autorrealizaci?n, para sumergirse en otra voluntad, la de Dios, y dejarse guiar por ella; les hace vivir una fraternidad, que nace de esta disponibilidad total a Dios (cf. Mt 12, 49-50), y que llega a ser el rasgo distintivo de la comunidad de Jes?s: ?La se?al por la que conocer?n que sois disc?pulos m?os, ser? que os am?is unos a otros? (Jn 13, 35).

Tambi?n hoy, el seguimiento de Cristo es arduo; significa aprender a tener la mirada de Jes?s, a conocerlo ?ntimamente, a escucharlo en la Palabra y a encontrarlo en los sacramentos; quiere decir aprender a conformar la propia voluntad con la suya. Se trata de una verdadera y propia escuela de formaci?n para cuantos se preparan para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada, bajo la gu?a de las autoridades eclesi?sticas competentes. El Se?or no deja de llamar, en todas las edades de la vida, para compartir su misi?n y servir a la Iglesia en el ministerio ordenado y en la vida consagrada, y la Iglesia ?est? llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo. Ella es responsable del nacimiento y de la maduraci?n de las vocaciones sacerdotales? (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 41). Especialmente en nuestro tiempo en el que la voz del Se?or parece ahogada por ?otras voces? y la propuesta de seguirlo, entregando la propia vida, puede parecer demasiado dif?cil, toda comunidad cristiana, todo fiel, deber?a de asumir conscientemente el compromiso de promover las vocaciones. Es importante alentar y sostener a los que muestran claros indicios de la llamada a la vida sacerdotal y a la consagraci?n religiosa, para que sientan el calor de toda la comunidad al decir ?s?? a Dios y a la Iglesia. Yo mismo los aliento, como he hecho con aquellos que se decidieron ya a entrar en el Seminario, a quienes escrib?: ?Hab?is hecho bien. Porque los hombres, tambi?n en la ?poca del dominio tecnol?gico del mundo y de la globalizaci?n, seguir?n teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos re?ne en la Iglesia universal, para aprender con ?l y por medio de ?l la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera? (Carta a los Seminaristas, 18 octubre 2010).

Conviene que cada Iglesia local se haga cada vez m?s sensible y atenta a la pastoral vocacional, educando en los diversos niveles: familiar, parroquial y asociativo, principalmente a los muchachos, a las muchachas y a los j?venes -como hizo Jes?s con los disc?pulos- para que madure en ellos una genuina y afectuosa amistad con el Se?or, cultivada en la oraci?n personal y lit?rgica; para que aprendan la escucha atenta y fruct?fera de la Palabra de Dios, mediante una creciente familiaridad con las Sagradas Escrituras; para que comprendan que adentrarse en la voluntad de Dios no aniquila y no destruye a la persona, sino que permite descubrir y seguir la verdad m?s profunda sobre s? mismos; para que vivan la gratuidad y la fraternidad en las relaciones con los otros, porque s?lo abri?ndose al amor de Dios es como se encuentra la verdadera alegr?a y la plena realizaci?n de las propias aspiraciones. ?Proponer las vocaciones en la Iglesia local?, significa tener la valent?a de indicar, a trav?s de una pastoral vocacional atenta y adecuada, este camino arduo del seguimiento de Cristo, que, al estar colmado de sentido, es capaz de implicar toda la vida.

Me dirijo particularmente a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado. Para dar continuidad y difusi?n a vuestra misi?n de salvaci?n en Cristo, es importante incrementar cuanto sea posible ?las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo inter?s especial en las vocaciones misioneras? (Decr. Christus Dominus, 15). El Se?or necesita vuestra colaboraci?n para que sus llamadas puedan llegar a los corazones de quienes ha escogido. Tened cuidado en la elecci?n de los agentes pastorales para el Centro Diocesano de Vocaciones, instrumento precioso de promoci?n y organizaci?n de la pastoral vocacional y de la oraci?n que la sostiene y que garantiza su eficacia. Adem?s, quisiera recordaros, queridos Hermanos Obispos, la solicitud de la Iglesia universal por una equilibrada distribuci?n de los sacerdotes en el mundo. Vuestra disponibilidad hacia las di?cesis con escasez de vocaciones es una bendici?n de Dios para vuestras comunidades y para los fieles es testimonio de un servicio sacerdotal que se abre generosamente a las necesidades de toda la Iglesia.

El Concilio Vaticano II ha recordado expl?citamente que ?el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo, ante todo, con una vida totalmente cristiana? (Decr. Optatam totius, 2). Por tanto, deseo dirigir un fraterno y especial saludo y aliento, a cuantos colaboran de diversas maneras en las parroquias con los sacerdotes. En particular, me dirijo a quienes pueden ofrecer su propia contribuci?n a la pastoral de las vocaciones: sacerdotes, familias, catequistas, animadores. A los sacerdotes les recomiendo que sean capaces de dar testimonio de comuni?n con el Obispo y con los dem?s hermanos, para garantizar el humus vital a los nuevos brotes de vocaciones sacerdotales. Que las familias est?n ?animadas de esp?ritu de fe, de caridad y de piedad? (ibid), capaces de ayudar a los hijos e hijas a acoger con generosidad la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada. Los catequistas y los animadores de las asociaciones cat?licas y de los movimientos eclesiales, convencidos de su misi?n educativa, procuren ?cultivar a los adolescentes que se les han confiado, de forma que ?stos puedan sentir y seguir con buen ?nimo la vocaci?n divina? (ibid).

Queridos hermanos y hermanas, vuestro esfuerzo en la promoci?n y cuidado de las vocaciones adquiere plenitud de sentido y de eficacia pastoral cuando se realiza en la unidad de la Iglesia y va dirigido al servicio de la comuni?n. Por eso, cada momento de la vida de la comunidad eclesial -catequesis, encuentros de formaci?n, oraci?n lit?rgica, peregrinaciones a los santuarios- es una preciosa oportunidad para suscitar en el Pueblo de Dios, particularmente entre los m?s peque?os y en los j?venes, el sentido de pertenencia a la Iglesia y la responsabilidad de la respuesta a la llamada al sacerdocio y a la vida consagrada, llevada a cabo con elecci?n libre y consciente.

La capacidad de cultivar las vocaciones es un signo caracter?stico de la vitalidad de una Iglesia local. Invocamos con confianza e insistencia la ayuda de la Virgen Mar?a, para que, con el ejemplo de su acogida al plan divino de la salvaci?n y con su eficaz intercesi?n, se pueda difundir en el interior de cada comunidad la disponibilidad a decir ?s?? al Se?or, que llama siempre a nuevos trabajadores para su mies. Con este deseo, imparto a todos de coraz?n mi Bendici?n Apost?lica.

Vaticano, 15 noviembre 2010



BENEDICTO PP. XVI


Publicado por mario.web @ 9:55
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