Martes, 24 de mayo de 2011

Autor: Jutta Burggraf

La decisi?n sobre si vale la pena vivir o no... es la m?s urgente de todas las cuestiones

1.- Introducci?n
2.- Preguntar por el sentido
3.- ?Qui?n es Dios?
4.- ?A qu? est? llamado el hombre?
5.- Un nuevo estilo de vida
6.- Reflexi?n Final


Introducci?n
Hace tan s?lo unas d?cadas, Albert Camus pod?a sintetizar la postura existencial de su generaci?n con una simple afirmaci?n:

?No hay m?s que un problema filos?fico verdaderamente serio: el suicidio. La decisi?n sobre si vale la pena vivir o no... es la m?s urgente de todas las cuestiones.?

En nuestro mundo de continuas distracciones, este problema radical ya no es planteable. Si alguien lanzara una tesis semejante, encontrar?a probablemente unas respuestas similares a las siguientes: ?no basta dejarse llevar por las situaciones que van y vienen, y vivir simplemente - de un desayuno a otro, de un telediario al pr?ximo, de un fin de semana al siguiente? El d?a a d?a es ya suficientemente complicado, el estr?s es cr?nico y nuestras fuerzas son limitadas.


2.- Preguntar por el sentido

Seg?n un estilo de vida ampliamente difundido se trata, consciente o inconscientemente, de evitar ?llegar hasta el final?, impedir que nuestros pensamientos alcancen esa peligrosa dimensi?n que pondr?a en tela de juicio nuestra comodidad. En otras palabras, estamos en la tierra para disfrutar al m?ximo. Pero, por otra parte, nos resulta evidente que estamos muy lejos de lograrlo. Tarde o temprano llegar?n el aburrimiento, la enfermedad, sufriremos el fracaso o el rechazo. Las frustraciones est?n programadas. ?El drama consiste en que nunca podemos emborracharnos suficientemente,? confiesa Andr? Gide en su diario. Es digno de considerar que justamente aquellos que buscan el placer inmediato, no raras veces muestran la incapacidad de alegrarse, llevan en s? el hast?o de la propia vida.

Otros piensan que han nacido para trabajar, para contribuir con sus talentos pr?cticos, art?sticos, intelectuales o sociales al bienestar de su familia y al progreso del mundo; o para conseguir simplemente estimaci?n, aplauso y ?xito. Nuestras sociedades de competitividad se centran, de hecho, en el desarrollo y el progreso, y nos invitan a considerar la vida como una carrera que hay que ganar.
Pero al final llegamos al mismo dilema. ?Qu? pasa cuando nos confirman la invalidez laboral, cuando nos convertimos en una carga para los dem?s? Entonces se acaban el trabajo y el aplauso, no la vida; y nos movemos en el vac?o.
Podemos descubrir, al menos en ciertas situaciones l?mites, que no conviene reprimir la pregunta por el sentido ?ltimo de la propia existencia. Tal actitud no puede engendrar m?s que resignaci?n o amargura, a no ser que alguien consiga vivir de un modo extremadamente superficial. ?Por qu? levantarme cada ma?ana, si alg?n d?a se acaba todo? ?Por qu? construir una casa y fundar una familia, si en doscientos a?os ya no existen ni la casa ni mi familia? ?Debo basarme en una verdad indiscutible; s?lo entonces puedo llegar a ser feliz,? afirma el mismo Nietzsche.

Si el ?ltimo sentido de la vida no se encuentra m?s all? de nosotros, en la eternidad, no puede satisfacernos plenamente: todos nuestros esfuerzos ser?an en el fondo absurdos. Un fil?sofo conocido lo expresa con sencillez: ?S?lo si creo en Dios, estoy plenamente seguro de que mi vida de hecho tiene sentido.?

a) Respuestas desde la fe

La fe cristiana responde de un modo rotundo y solemne a nuestras preguntas m?s profundas: ?Como la creaci?n procede totalmente de Dios, existe tambi?n... totalmente para ?l, para su gloria y para su honra. El primer sentido de la creaci?n es la gloria de Dios.? El mundo entero es una alabanza del Creador: ?El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos.?
Podemos encontrar esta afirmaci?n tambi?n en otras religiones. ?No has visto que se prosternan ante Dios todos los que est?n en los cielos y todos los que se encuentran en la tierra, y el sol, y la luna, y las estrellas, y las monta?as, y los ?rboles, y los animales? - pregunta el Cor?n-. ?No has visto que todo lo que existe en los cielos y en la tierra celebra las alabanzas de Dios, y tambi?n los p?jaros al extender sus alas? Cada uno conoce su oraci?n y su alabanza.? Y Tagore exclama. ??C?mo cantas, Se?or, en los p?jaros, c?mo alumbra tu aurora el latido de nuestros corazones, c?mo todo es un rumor que canta tu grandeza!?

De todas las criaturas visibles, s?lo el hombre es capaz de darse cuenta de lo que Dios ha hecho por ?l: ?T? has formado mis entra?as, me has plasmado en el vientre de mi madre... No se te ocultaban mis huesos cuando en secreto iba yo siendo hecho, cuando era formado en lo profundo de la tierra.? Este descubrimiento puede moverle a unirse al coro de la naturaleza y responder con agradecimiento y alabanza a la generosidad del Creador.

Pero cabe tambi?n otra posibilidad: cerrar los ojos a los dones recibidos. A este respecto, P?guy hace decir a Dios: ?Yo brillo de tal manera en mi creaci?n, en el sol, en la luna, en las estrellas..., en la faz de la tierra y en la faz de las aguas..., en la luz y en las tinieblas, en el pan y en el vino, en el coraz?n del hombre que es lo m?s profundo que hay en el mundo..., yo brillo de tal manera en la creaci?n que para no verme ser?a necesario que estas pobres personas fueran ciegas.? Ratzinger es todav?a m?s expl?cito: ?El hombre puede ver la verdad de Dios en el fondo de su ser creatural... S?lo se deja de ver cuando no se la quiere ver, es decir, porque no se la quiere ver... El que la l?mpara de se?ales no centellee, es consecuencia de haber apartado voluntariamente la mirada de lo que no queremos ver.?

Distanciarse de Dios lleva a una vida humanamente empobrecida. Guardini advierte que podemos enfermar espiritualmente, cuando nos enga?amos a nosotros mismos en el tratamiento de la verdad. Pero tambi?n podemos sanar: cuando nos abrimos a la grandeza de Dios, actuamos en armon?a con nuestra naturaleza espiritual y establecemos una correcta relaci?n con la verdad. Entonces ?crecemos? interiormente; la mirada se aclara, el esp?ritu se renueva, el coraz?n se purifica y se dilata. Estaremos en condiciones para llenar nuestra vida de contenido.

Cuando miramos a Dios, recibimos de ?l el porqu? de la existencia. Entonces comprendemos que tambi?n nosotros estamos llamados a alabarle, no s?lo ontol?gicamente como el resto de la creaci?n visible, sino consciente y libremente: somos capaces de expresarle la admiraci?n y el asombro por todo lo que ?l es y por todo lo que ?l ha hecho por nosotros. ?Dios y Se?or nuestro, ?qu? admirable es tu nombre en toda la tierra! Has exaltado tu majestad sobre los cielos.?
Dar gloria a Dios es reconocer su bondad y contarla a los dem?s. ?Tambi?n nosotros, llenos de alegr?a..., aclamamos tu nombre cantando.?

b) Primeras clarificaciones

Estos planteamientos, por hermosos que sean, no parecen ser, a primera vista, un programa real de actuaci?n para el hombre moderno, sino m?s bien una mera teor?a, elaborada en otros tiempos y para otro tipo de personas, sin conexi?n alguna con nuestra vida cotidiana. En efecto, cuando nos detenemos a considerarlos en serio, surgen interrogantes de envergadura.

?Ego?smo divino?

?Para qu? quiere Dios mi alabanza? ?Qu? obtiene con que yo le diga que es grande y maravilloso? ?No aparece Dios aqu? como un ser ego?sta y narcisista que nos ha creado ?nicamente para demostrar su propia gloria, tal como le present? Kant en el siglo XVIII?
Es evidente que un Dios infinito no necesita nada de sus criaturas. El silencio del hombre no puede oscurecer en absoluto su gloria que, en realidad, no es otra cosa que ?l mismo, en cuanto que su ser es luz, belleza, esplendor y, sobre todo, amor. La palabra hebrea kabod (?gloria?) es el peso de Dios que se derrama y comunica. Es la bondad inmensa que se manifiesta en el rostro de Cristo. Nosotros damos gloria a Dios cuando participamos de esta bondad. As? es como entendemos que Dios nos ha creado para su gloria: nos ha creado para que entremos en su vida de amor, para que seamos sumamente felices.
Dios no quiere demostrar su gloria, sino mostr?rnosla para hacernos part?cipes de ella. Ha encaminado la creaci?n libremente y por amor hacia nuestra felicidad. ?sta, que tanto deseamos, nunca la alcanzaremos de modo pleno, si la buscamos en la posesi?n o en el placer, sino precisamente a trav?s de una relaci?n amorosa con nuestro Creador.
Cuando Dios ?bendice? al hombre, le colma de sus dones. Cuando el hombre ?bendice? a Dios, le reconoce digno de adoraci?n, dice bien de ?l. De esta forma, la bendici?n descendente de Dios hacia nosotros produce una bendici?n ascendente de nosotros hacia Dios. Nuestra alabanza es eco y respuesta al amor divino; conduce a un encuentro de amistad entre Dios y nosotros.
El sentido de la vida consiste en este encuentro, en la comunicaci?n y la amistad con Dios, que se expresan ?mediante la fiesta y la celebraci?n, el agradecimiento y la bendici?n.?

?Alabar en la tribulaci?n?

?Pero c?mo es posible alabar a Dios en el mundo que nos rodea? ?Qu? le podemos decir de bueno, cuando lo que contemplamos es casi todo malo? ?C?mo darle gracias en medio del sufrimiento y del dolor?

Efectivamente, la alabanza no se funda en una actitud ingenua. No nos lleva a cerrar los ojos ante enfermedades, injusticias, conflictos y guerras. Tampoco nos hace comprender todo lo que pasa en nuestra vida. Pero s? conduce a mirar las situaciones desde otra perspectiva. Su secreto consiste en comprender que el mal tiene su origen en nosotros, no en el Creador, y que -a pesar de ello- no hay ninguna situaci?n, por adversa y penosa que sea, que no est? envuelta por el amor de Dios.
Seg?n la fe cristiana, ?Jes?s es el Se?or?. Es ?l quien gu?a la historia y la vida de cada hombre hacia un bien que muchas veces nos trasciende. Quien est? convencido de esa verdad, ya no quiere vivir con la queja a flor de labio, ni con la amargura en el coraz?n, como si Dios no supiera llevar bien los asuntos de su vida. Descubre el gozo de vivir como hijo en la casa de su Padre, y adquiere fuerzas para colaborar en la superaci?n de los problemas que se le presenten. En otras palabras, la alabanza es el estilo de vida de los que creen.
Entonces, ?qui?n es Dios en realidad? ?Y a qu? llama al hombre en concreto?


3.- ?Qui?n es Dios?

Dios se nos ha manifestado en la plenitud de los tiempos como Padre, Hijo y Esp?ritu Santo. La Trinidad es, de alguna manera, la ?vida interior?, la misma ?intimidad? divina; es un misterio de comuni?n profunda, un misterio de donaci?n mutua y constante. Nos hace vislumbrar -aunque s?lo de lejos- lo que quiere decir que ?Dios es Amor.?
Que Dios, desde la eternidad, es en s? vida y amor significa su bienaventuranza plena y es, para nosotros, en medio del dolor y de la muerte, el fundamento de nuestra esperanza: la realidad m?s profunda de nuestro mundo y la ra?z de nuestra existencia es el amor divino, un derroche de vida y de felicidad.

a) El amor de Dios seg?n el Antiguo Testamento

Yahveh aparece majestuoso y lleno de poder en el Antiguo Testamento. Es el Creador y el Rey, grande por encima de toda medida. Lo asombroso es que este Dios tan inmenso y fascinante se preocupa de lo que es min?sculo y parece insignificante. Declara al hombre su gran amor: ?No temas, que yo... te he llamado por tu nombre. T? eres m?o. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los r?os, no te anegar?n... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero.?
No es s?lo en los acontecimientos importantes, sino tambi?n en la vida diaria donde el pueblo elegido descubre la presencia de Yahveh, su amor y su ternura, su perd?n y su fidelidad. Dios est? cerca de los hombres, se hace accesible a ellos; les sale al encuentro, les salva y protege, los gu?a y les colma de innumerables bienes. ??Puede acaso una mujer olvidarse del hijo que cr?a, no tener compasi?n del hijo de sus entra?as? Pues aunque ella lo olvidara, yo no me olvidar?a de ti. Mira, en la palma de mis manos te tengo tatuado.?
Mientras Israel se aparta con frecuencia del camino recto, Dios se muestra clemente y fiel. Acoge al pueblo en su debilidad y le perdona su culpa.
?Vacilar?n los montes, las colinas se conmover?n, pero mi bondad hacia ti no desaparecer?,... dice Yahveh, el que de ti se compadece.?
El hombre no suscita ni merece la misericordia divina. El amor de Yahveh es anterior a su existencia, y es lo ?nico seguro que existe. ?M?s grande que los cielos es tu amor, m?s alta que las nubes es tu fidelidad.?

b) La ?humildad? de Dios seg?n el Nuevo Testamento

Dios nos manifiesta en el Nuevo Testamento que su entrega a los hombres no tiene l?mites. Est? dispuesto a compartir nuestras necesidades y nuestros sufrimientos. Por eso oculta la gloria de su divinidad y se hace presente en Jesucristo. Toma libremente el camino descendente para sanarnos en lo m?s hondo de nuestro ser y atraernos al coraz?n de su amor trinitario.

Dios de los peque?os

Isa?as hab?a anunciado ya la ternura del Mes?as:

?No gritar?, no clamar?, no vocear? por las calles. La ca?a cascada no la quebrar?, ni apagar? la mecha que se extingue.?
Su misi?n consistir? en ?llevar la Buena Nueva a los pobres, curar los corazones oprimidos, anunciar la libertad a los cautivos y la liberaci?n a los presos.?

Jesucristo ofrece a todos los hombres el don de una nueva vida, que consiste esencialmente en una nueva amistad con Dios. No excluye a nadie, por pobre y peque?o que sea. Se muestra cercano a los afligidos y abatidos, a los enfermos e ignorantes, a los marginados y condenados: ?Venid a m? todos los que est?is fatigados y sobrecargados, y yo os dar? descanso.? Los d?biles y despreciados de toda clase descubren en Jes?s una felicidad inesperada. Se ha acabado el tiempo de la soledad, de la verg?enza y de la humillaci?n. Sienten c?mo son acogidos, c?mo se les devuelve una dignidad en la que ya no cre?an.
Jes?s se hace amigo de los ni?os y de los pobres, e incluso se identifica con ellos.

El ni?o simboliza a todos los que no pueden desenvolverse solos, el pobre representa a los que tienen ?hambre y sed?, los que est?n encarcelados o en una tierra extranjera. ?Cu?nto hicisteis a uno de estos hermanos m?os m?s peque?os, a m? me lo hicisteis.? Es un misterio sobrecogedor que el mismo Dios -la grandeza, la belleza y el poder absoluto- se oculte en el m?s peque?o, en el m?s d?bil, en el que sufre m?s.
Los hombres solemos admirar a una persona importante y grande, pero tambi?n la tememos. Ordinariamente es m?s f?cil amar a alguien que es d?bil y que nos necesita. Quiz? sea esta una de las razones por las que Jesucristo se hace peque?o y vulnerable: quiere entrar en comuni?n con nosotros. Nos ense?a as? que la l?gica del amor es distinta de la de la raz?n o del poder: amar es ponerse al alcance del otro.

Dios del perd?n

En su paso por la tierra, Jesucristo perdona los pecados a los que se arrepienten de ellos; al mismo tiempo nos revela la alegr?a de Dios al perdonar; nos muestra a un Dios que se ?conmueve? ante nuestro destino. La par?bola de la oveja extraviada, por ejemplo, nos da a conocer la felicidad del pastor que recupera su peque?o animal; no dice nada sobre el ?estado an?mico? de la oveja: cuando el pastor la encuentra, se la coloca, rebosante de alegr?a, sobre los hombros.

En la narraci?n de la mujer pobre que ha perdido una moneda, Jes?s nos lleva de nuevo m?s all? de la escena cotidiana. El desvalimiento y la angustia de esta pobre mujer son una imagen de otro dolor, en este caso infinito: el ?dolor? del mismo Dios en su b?squeda del hombre perdido. A trav?s de la protagonista de la par?bola, Jes?s nos habla de Dios que est? removiendo cielo y tierra para encontrar lo que est? perdido. Y la alegr?a de la mujer al encontrar su moneda es la felicidad de Dios por haber encontrado al hombre desviado.
La historia del hijo pr?digo expresa el mismo hecho con la m?xima claridad. Cuando el padre ve a su hijo volver a ?l -descamisado, delgado y mugriento-, corre a abrazarle, sin juzgarle, sin hacerle reproches, sin ni siquiera decirle ?te perdono?. El padre s?lo tiene un deseo: recuperar a su hijo, vivir en comuni?n con ?l. Este deseo es m?s fuerte que las heridas que el joven le ha provocado.

As? ama Dios a los hombres. Baja del cielo para liberarles de su culpa y su miseria. No es nuestro amor la causa y la medida del perd?n divino. Es el amor misericordioso y absolutamente gratuito de Dios el que, por el contrario, tiende a provocar nuestro amor contrito y agradecido.

Dios-siervo

Cuando Jesucristo comienza su ministerio p?blico, Juan el Bautista declara que no es digno de ponerse de rodillas ante ?l para desatarle la correa de sus sandalias. M?s tarde, una mujer pecadora lava con sus l?grimas los pies del Mes?as, y Mar?a de Betania los unge con un valioso perfume. Estos gestos, por peque?os que sean, parecen adecuados en el trato con un Dios que se ha hecho hombre, ya que expresan mucho respeto y un gran amor.
Sin embargo, poco antes de la pasi?n vemos a Jes?s arrodillado ante los ap?stoles lavando sus pies. En lugar de servir al maestro, es ahora el maestro quien sirve a sus disc?pulos. De esta manera les da a entender que el Reino prometido ya ha llegado -el Reino en el que el mismo Se?or ?se ce?ir?, los har? ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servir?.?
Estamos de nuevo en esta l?gica de amor de un Dios que desciende, y desciende a lo m?s bajo. Un Dios que se humilla. Nos encontramos ante un Dios que se hace peque?o y pobre, que ocupa el ?ltimo puesto, el puesto del ni?o o del esclavo. En la cultura judaica de aquel tiempo, era normalmente el esclavo el que lavaba los pies a su se?or. ?Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.?
Jes?s nos ha prestado el m?ximo servicio con su muerte en la cruz. All? escuchamos la ?ltima palabra del amor, si es que puede tenerla el amor. Que Dios se haya revelado definitivamente en un crucificado es algo que contradice todas las expectativas humanas. Es ?esc?ndalo para los jud?os, locura para los gentiles.? Dios pobre, se pone de rodillas como un simple criado, se deja atacar e injuriar, ya crucificado. Es un esc?ndalo. Es nuestro mundo al rev?s. Y es un mensaje de amor.
Jes?s revela a un Dios que se oculta en la peque?ez, desciende a la debilidad completa y se deja vencer. Su descenso se inicia cuando toma la naturaleza humana, se manifiesta claramente en el lavatorio de los pies y culmina en la pasi?n y la muerte. ?Hemos visto su gloria,? exclama San Juan, refiri?ndose principalmente a la gloria de la cruz. La ?gloria de Dios? es el amor.
Un Dios que se pone de rodillas y sirve a los hombres ?hasta el fin? es, realmente, muy diferente a ese Dios legislador, severo, pronto a condenar -e incluso ?ego?sta?-, tal como algunos le han visto a trav?s de los siglos.


4.- ?A qu? est? llamado el hombre

En una ocasi?n, Jesucristo muestra un denario a la gente diciendo: ?Dad al emperador lo que es del emperador, y a Dios lo que es de Dios.? La moneda que lleva acu?ada la imagen de Augusto, pertenece al C?sar, pero el hombre, que es imagen de Dios, pertenece a Dios. Hay en cada persona una parte que no es de la competencia de las autoridades humanas, una dimensi?n de trascendencia de la que ning?n poder humano puede disponer. En cuanto imagen divina, el hombre est? directamente vinculado a Dios, que le invita a entrar en su Reino.
El Reino de Dios no es una estructura social o pol?tica. Es Dios mismo, y la vida con ?l nos es presentada como un banquete copioso, es decir, una comunidad en alegr?a. ?Yo dispongo un Reino para vosotros, para que com?is y beb?is en mi mesa en mi Reino.? All? hay comuni?n, hay amistad y donaci?n mutua. Y se nos manifiesta de nuevo que lo m?s importante no son el saber ni el poder, sino el amor que mueve a poner todo saber y poder al servicio de los dem?s.
Como Dios es un profundo misterio de comuni?n, el hombre -su imagen- est? llamado a realizarse en la comuni?n. En otras palabras, tiene que hacerse cada vez m?s capaz para el amor, la entrega y la amistad, tiene que preocuparse cada vez m?s por la suerte de los dem?s y compartir con ellos los altibajos de la vida. Eso no es algo casual, decorativo y, al fin y al cabo, superfluo para la persona, sino que es absolutamente imprescindible para el despliegue de los dones que ha recibido de su Creador, y para su propia felicidad.
El hombre est? llamado a transparentar la gloria, la bondad y el amor de Dios en el mundo que le rodea. Tiene, efectivamente, una tarea muy grande por cumplir. Pero no se encuentra solo ante ella. Porque Jesucristo no s?lo le desvela el ?ltimo sentido de su existencia; al mismo tiempo le invita a recorrer con ?l el camino que conduce hacia su plena realizaci?n.

a)Acoger la propia debilidad

Se ha dicho a veces con San Agust?n que Dios est? m?s cerca de m? que yo de m? mismo. Es tambi?n m?s leal conmigo que yo conmigo mismo. En ocasiones, no somos leales con nosotros mismos, no somos aut?nticos o verdaderos. No queremos vernos como realmente somos. En nuestra cultura aprendemos pronto a ser ?fuertes? y a ?defendernos? en la selva de la vida. La vulnerabilidad es peligrosa y por tanto prohibida. Tendemos a esconder sutilmente nuestras sombras y nuestros miedos, nuestras necesidades y debilidades. Algunos consiguen con este comportamiento un determinado reconocimiento social, pero pagan por ello un gran precio: niegan su propia humanidad, y renuncian a una vida en libertad.

Un ?rico? -en el sentido m?s amplio de la palabra- se siente satisfecho de s? mismo, y no reconoce su necesidad de amor, su necesidad del otro. El fariseo del Evangelio, por ejemplo, se siente tan perfecto que todos deben saberlo. Es un hombre que hace de la salvaci?n un negocio de compraventa: tantas obras realizadas, tanto capital acumulado, tanto derecho a la salvaci?n. Sus relaciones con Dios son de haber y debe, de ganancias y de deudas. Considera la observancia de la ley como un fin en s?. No sabe alabar, porque no mira a Dios, sino hacia sus propias obras. Y no comprende que es m?s importante tener un coraz?n misericordioso que observar escrupulosamente un reglamento.

Jes?s sabe que la tentaci?n de los hombres ser? siempre la de imitar a los ?reyes de las naciones?. El peligro estriba en dejarse seducir por lo que es grande, por el poder y las riquezas, por la adquisici?n de ?xito y de admiraci?n, de placeres y privilegios. Pero si buscamos estas cosas de un modo compulsivo, no s?lo nos apartamos de Dios -creando nuevos dioses-, sino que tambi?n nos alejamos de nosotros mismos, porque deformamos nuestra naturaleza y rechazamos ser aquellos que Dios ha querido desde siempre.

Si una persona se esconde detr?s de una muralla gruesa y cierra su apertura a la trascendencia, no est? ni en contacto consigo mismo, ni tampoco le ser? posible abrirse a un mundo superior. Para lograrlo, es indispensable ?desarmarse?, aceptar que soy vulnerable, reconocer los propios bloqueos, fisuras y deficiencias y renunciar, finalmente, a las seguridades humanas. La ayuda de Dios no nos faltar? en esa empresa. Dios quiere mostrar su fuerza justamente en la flaqueza del hombre; por eso suele escoger lo que es d?bil e insignificante ante los ojos del mundo.

Jes?s toca ese misterio en la par?bola del banquete nupcial que un rey ofrece para su hijo. Los que gozan de reputaci?n en la sociedad, gente sin duda virtuosa y religiosa, rechazan su invitaci?n. Tienen otras cosas que hacer; est?n demasiado ocupadas. Los pobres, en cambio, los lisiados y tullidos est?n disponibles; vienen y llenan la sala. Aqu? vemos de nuevo que se ha invertido el orden de cosas. Los peque?os son los que se acercan m?s a Dios. Los excluidos son los elegidos.

Un viejo proverbio dice: ?El ?xito no es un nombre divino.? Jes?s, de rodillas ante sus disc?pulos, manifiesta que para entrar en su Reino hace falta humildad y tener el coraz?n de un ni?o. ?Es posible crecer hacia una nueva libertad si no somos conscientes de nuestra falta de libertad? ?Podemos desear ver, si no nos damos cuenta de que somos ciegos? El mismo Dios invita a cada uno de nosotros, rico o pobre, a recorrer este camino de descenso; nos llama a todos a la sencillez. Quien no salga de la suficiencia y acepte la propia indigencia, ?quien no reciba el Reino de Dios como un ni?o, no entrar? en ?l.?

La verdadera alabanza de Dios pasa por el camino de la infancia, de la pobreza interior, del desprendimiento. Pasa por un camino que nos libera de tantas ataduras superfluas.

b)Abrir el coraz?n a la gracia

Es famoso el ?lamento? de Dios que recoge el libro del profeta Isa?as: ?Este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios..., y su culto a m? es precepto humano y rutina. Dios no nos pide s?lo obras exteriores; en primer lugar quiere entrar en nuestro coraz?n.
El coraz?n era, para los israelitas, el centro ?ntimo de la persona, all? donde se traman los planes y proyectos y donde se decide la vida entera del hombre. Es el fondo mismo de nuestro ser, ese lugar profundo y misterioso donde siempre podemos ser m?s verdaderos y m?s capaces de amar, m?s fieles y llenos de vida. All? se esconde el ?ltimo secreto de nuestra libertad interior: podemos acoger o rechazar el amor que Dios nos ofrece.
Para vencer el mal, hace falta ?convertirnos?, abrirnos desde lo m?s hondo a la gracia divina. ?sta cambia la misma ra?z de nuestro ser y -en la medida en que no ponemos obst?culos- nos modela y poda hasta transformarnos, poco a poco, en quienes Dios ha querido al crearnos. La obra de la gracia es, ordinariamente, muy discreta y nada espectacular. Jes?s presenta su Reino como una realidad oculta en el coraz?n humano, como un acontecimiento que ocurre en medio de nuestras experiencias m?s normales y cotidianas.
La conversi?n forma el comienzo de una nueva vida en Cristo. Nos abre los ojos ante los muchos dones que nos han sido otorgados. Con esta nueva mirada es sencillamente imposible considerar a Dios como un tirano ?ego?sta? que infunde temor; se descubre, al contrario, que es Amor infinito, Amor generoso y eterno.

El hijo pr?digo de la par?bola de Jesucristo conoc?a muy poco el coraz?n de su padre. Pero cuando vuelve a casa, despu?s de haber malbaratado su herencia, y ve que este se?or ya mayor corre hacia su encuentro, entonces se da cuenta de lo que ?l significa verdaderamente para su padre, y lo que nunca ha dejado de ser para ?l, ni siquiera en su degradaci?n m?s profunda. En este momento aprende a decir ?padre? de una manera absolutamente nueva, con la alegr?a de un hijo que se sabe amado: comprende, por fin, que hay alguien en el mundo que le quiere de verdad, que sigue cada uno de sus pasos y le espera siempre; hay alguien que conf?a en ?l, pase lo que pase, alguien para quien ?l es muy importante. Esto es, probablemente, lo esencial de la conversi?n evang?lica: aprender a llamar ?Padre? a Dios, descubrir la inmensidad de su amor misericordioso.

Nuestro coraz?n de piedra, lleno de miedos y de bloqueos, debe ser transformado en un coraz?n de carne, vulnerable, compasivo, abierto a los dem?s. En la medida en que la gracia divina opera este milagro, podemos alabar a Dios ?con todo el coraz?n?, es decir, con todas nuestras capacidades, con la inteligencia, la voluntad y el rico mundo de los sentimientos, con la memoria y la imaginaci?n, y hasta con los pensamientos y deseos m?s ocultos.

c)Perdonar al enemigo

Jesucristo llama a sus disc?pulos a una actitud enteramente nueva. Es tambi?n nueva su invitaci?n a perdonar setenta veces siete, a hacer el bien a los que nos odian, a ser mansos y no violentos. Lo esencial del mensaje cristiano es el amor a los enemigos. Es algo tan extra?o, hablando tan s?lo desde el punto de vista terreno, como la identificaci?n de Dios con los pobres y marginados.

El ?enemigo? del que habla el Evangelio no s?lo existe en la guerra. Est? muy cerca de nosotros. Es aquel que ha pasado de largo ante nuestras necesidades, que nos ha hecho alg?n da?o o que amenaza nuestra libertad. Es aquel de quien huimos y con el que no nos queremos comunicar.
A lo largo de la vida, todos recibimos heridas que nos van marcando. Podemos esconderlas y sepultarlas en lo m?s profundo de nuestro ser, detr?s de barreras que levantamos para protegernos. Pero tal actitud no lleva ni a la realizaci?n, ni a la felicidad. El odio es como una gangrena que nos carcome. La venganza y el rencor envenenan la vida. Hacen que las heridas se infecten en nuestro interior, creando una especie de malestar y de insatisfacci?n generales.

S?lo en el perd?n brota nueva vida. La palabra griega para perdonar, aph?emi, significa liberar, desatar; es saldar la deuda o el castigo. Estamos invitados a liberarnos de las heridas del pasado, que a menudo dominan nuestras actuaciones y nos separan de los dem?s. En esta tarea, los ?enemigos? son nuestros mejores maestros, porque su presencia es un reto que nos impulsa a ahondar, y nos dan as? la oportunidad de conocernos y de mejorar.

En 1977, Miguel ?ngel Estrella, un conocido pianista argentino, era secuestrado en Uruguay, torturado, desaparecido durante dos meses y luego encarcelado. Despu?s de su liberaci?n cont?: ?Durante las sesiones de tortura, rezaba el Padrenuestro. Me era muy dif?cil decir con convicci?n la pen?ltima frase ?perdona nuestras ofensas, como nosotros tambi?n perdonamos a los que nos ofenden.? A veces, me saltaba esa frase, porque sent?a que no pod?a decirla honestamente, hasta tal punto me hac?a da?o la violencia f?sica. No estaba en condiciones de perdonar a aquella gente. Sin embargo, en la ?ltima sesi?n de tortura, cuando me amenazaron con cortarme las manos, les dije que no ten?a ganas de morir, que me quedaban todav?a muchas cosas que hacer en la vida..., pero que estaba dispuesto a perdonarles, si me cortaban las manos y si me mataban, y que ten?an que saber que de todas formas estaban equivocados.?

Perdonar la indiferencia, las humillaciones o la envidia, es un signo de sabidur?a y de eficacia en la vida. El pianista contin?a su relato: ?Los militares me dec?an: ?No eres un buen cristiano; si no, ser?as rico, tendr?as mucho poder, no vivir?as austeramente... Vamos a destruir en ti toda capacidad de tocar y de sonre?r, y no volver?s a ser el hombre que eras.?... Jam?s vi la cara de aquella gente. Llevaba una capucha de algodones en los ojos y estaba atado de pies y manos, pero detr?s de mi capucha, me acuerdo de que sonre?a, porque me dec?a: ??Qui?nes se han cre?do que son? ?Piensan que van a ser m?s fuertes que el amor?? Y estaba seguro de que, de alguna forma, el amor ser?a m?s fuerte que el odio... Sent?a la presencia de Dios a trav?s de la gente. Ellos me dec?an. ?Est?s solo.? Pero yo escuchaba una voz que me dec?a: ?Eres miles. No est?s solo.??

Para vivir la vida, hace falta mucha alegr?a. No conviene desgastar el ?nimo, despertar el odio. El pianista record? que durante las sesiones de tortura rezaba: ?Se?or, si me ayudas a salir de aqu?, quiero hacer con la m?sica algo en contra de la intolerancia, el racismo, el salvajismo de la tortura.? Entonces escuch? interiormente una voz que le dec?a: ??Por qu? hacerlo contra? Hazlo por.? As? naci? la idea de una M?sica para la Esperanza.?

Tambi?n Mart?n Luther King nos ha dado un gran ejemplo. Cuando fue matado en su lucha no violenta contra el racismo y las injusticias, se volvi? con el rostro ensangrentado hacia el que le arroj? una piedra, y le dijo: ?God bless you? (Dios te bendiga).
El perd?n comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los dem?s desde sus heridas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y est? dispuesta a escucharles con un coraz?n abierto. A veces hace falta comprender que en los que nos han hecho da?o hay bloqueos que les impiden admitir su culpabilidad. Perdonar es tener la firme convicci?n de que en cada persona, detr?s de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformaci?n y de evoluci?n de los dem?s. Ning?n hombre est? totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.
Con el perd?n se inicia un proceso que nos conduce a aceptar e incluso amar a los que nos han herido. ?sta es la ?ltima etapa de la liberaci?n interior.

d) Confiar en Dios

Seg?n nos cuenta el Evangelio, Jesucristo pide al joven rico que se deshaga de sus bienes. Su actitud, sin embargo, tiene poco que ver con la de un maestro espiritual que da este consejo a su disc?pulo, con el objeto de facilitarle el acceso a la libertad de esp?ritu. La exigencia de Jes?s tiene otro sentido. Lo que espera de aquel joven es, en realidad, la confianza incondicional en su Persona. Le pide que lo deje todo para seguirle a ?l, para unirse a ?l.

El Se?or no promete a sus disc?pulos una vida c?moda y f?cil. Les anuncia, por el contrario, que tendr?n que aguantar hambre y sed, calor y fr?o, incompresiones y persecuciones. Les llama hacia la cruz. ?Pero es posible alabar a Dios en medio de una vida llena de adversidades?
Una mirada al Antiguo Testamento nos da la respuesta. Israel llor?, se estremeci? y se rebel? ante Dios. El libro de los Salmos es el mejor exponente de todas sus quejas y amarguras. Sin embargo, el t?tulo hebreo de este libro puede sorprender no poco: es Tehillim, que significa ?oraciones de alabanza?. Es decir, todo lo que est? escrito en ?l, incluidos los gritos de dolor, son -en ?ltima instancia- un himno de alabanza a Dios. M?s all? de sus lamentos, Israel crey? en la bondad de Yahveh.
Tampoco hoy nos es posible comprender el dolor. Pero a la luz de la pasi?n, muerte y resurrecci?n de Cristo podemos aceptarlo en la seguridad de que tiene un sentido escondido a nuestra mirada. Dios nos invita a poner nuestra vida en sus manos. Hace suyas todas nuestras preocupaciones. Y nos ense?a que las quejas y murmuraciones no son m?s que actos de rebeld?a contra ?l; son como acusarle de administrar mal los negocios de nuestra vida. ?Un cierto tono de queja se encuentra en contradicci?n con la esencia del amor. El amante acepta gustoso el sacrificio y no echa en cara al amado lo que ?l le pide. Desde el fondo de su ser, dice alegremente que s? a ese dolor, saluda la cruz que le une con Cristo?.

La fe no nos permite hacernos insensibles o cerrar los ojos ante el misterio del mal. Nos ayuda, en cambio, a descubrir el rostro de Cristo en todas las situaciones. Este rostro, lleno de amor, tiene las huellas de la pasi?n. Dios llama a sus amigos a la cruz. La afirmaci?n cristiana del mundo, por tanto, no tiene nada que ver con un optimismo barato. Puede realizarse con l?grimas. La felicidad que nos produce la vida con Cristo, ?es verdadera y grande, pero se funda en el dolor?.

Tambi?n los momentos oscuros pueden ser una fuente de alabanza: el dolor, la congoja, los apuros econ?micos, la sonrisa que nos han negado, la palabra que no hemos recibido, la injusticia que hemos sufrido, la derrota. La alabanza no puede estar a expensas de los gustos o disgustos, de las ganas o desganas. Brota de lo ?ntimo del coraz?n y no depende del vaiv?n de las emociones. San Francisco de As?s compuso su famoso Himno al sol para honrar a Dios estando enfermo en San Damiano: ?Omnipotente, alt?simo, bondadoso Se?or, tuyas son la alabanza, la gloria y el honor; tan s?lo t? eres digno de toda bendici?n, y nunca es digno el hombre de hacer de ti menci?n...?
Estamos llamados a alabar a Dios tambi?n en las circunstancias dif?ciles de nuestra vida y mostrarle nuestra confianza precisamente en ellas. ?Aunque pequemos somos tuyos, pues reconocemos tu poder. Pero no pecaremos porque sabemos que te pertenecemos.?

El poder transformador de la gracia divina act?a a veces con mayor fuerza all? donde Dios parece estar m?s escondido: en la experiencia del sufrimiento, de la humillaci?n, en el fracaso y abandono, y en la muerte. Una escritora influyente afirma que no s?lo el claro d?a, sino tambi?n la noche oscura tiene sus milagros. ?Hay ciertas flores que s?lo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que s?lo se viven cuando nos encontramos en el m?s completo abandono, casi al borde de la desesperaci?n.?
En todas las circunstancias gozosas o dolorosas puede brotar la alabanza que, en el fondo, no es otra cosa que un compromiso de amor con Dios.


5.-Un nuevo estilo de vida

Dar gloria a Dios no es simplemente una forma de hablar, sino una forma de vivir. Dios nos llama a un estilo de vida completamente nuevo: nos invita a entrar en su Reino, no s?lo despu?s de la muerte, sino aqu? y ahora. Para quien ha comprendido esto, la uni?n con Cristo llega a ser m?s importante que cualquier otra cosa. Una peque?a an?cdota lo ilustra de un modo gr?fico: en una ocasi?n, preguntaron a un p?rroco por uno de sus feligreses: ??Qui?n es el se?or que acaba de salir de la iglesia?? Y el p?rroco contest?: ?Es uno de mis ancianos que vive en comuni?n con Dios y que, adem?s, hace zapatos.?
Vivir con Dios es una experiencia liberadora; es como si una persona hubiera atravesado el Mar Rojo, haciendo el paso de la esclavitud a la libertad. Tiene ahora una nueva conciencia de s? misma, siente un gran alivio y un amor que corresponde a los deseos m?s profundos de su coraz?n. El hombre no se contenta con soluciones pasajeras. No quiere vivir cien a?os, sino para siempre. No quiere ser un poco feliz, sino plenamente. El ?nico camino para lograrlo es la comuni?n con Cristo: ??C?mo es, Se?or, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios m?o, busco la vida feliz.?
Una persona libre, por fin, sabe liberar tambi?n a los dem?s. Despierta la vida de los que le han sido confiados, y ayuda a cada uno a crecer seg?n su propio ritmo.

a)Servir a los hombres

No es verdad que la fe en la vida eterna haga insignificante la vida terrena. Por el contrario, s?lo si la medida de nuestra vida es la eternidad, tambi?n esta vida sobre la tierra es grande y su valor inmenso.
Si Jesucristo lava los pies a sus disc?pulos, ?stos ser?n entonces llamados a ser peque?os, a ir en ayuda a los dem?s, pero no prestar?n esta ayuda desde arriba, sino desde abajo. ??Comprend?is lo que he hecho con vosotros?... para que tambi?n vosotros hag?is como yo he hecho con vosotros.? Es la ?nica vez que el Hijo de Dios se pone de ejemplo. Desea que sus seguidores vivan constantemente en una actitud interior de servicio; que cada uno lave los pies a los otros, tambi?n a las personas que le hayan hecho alg?n da?o. No somos nosotros los que hemos de juzgar o condenar. Cada persona es importante y sagrada, sean cuales fuesen sus deficiencias y errores, su fragilidad y su vida pasada.

Amar no consiste simplemente en hacer cosas para alguien, sino en confiar en la vida que hay en ?l. Consiste en comprender al otro con sus reacciones m?s o menos oportunas, sus miedos y sus esperanzas. Es hacerle descubrir que es ?nico y es digno de atenci?n, es ayudarle a aceptar su propio valor, su propia belleza, la luz oculta en ?l, el sentido de su existencia. Y consiste en manifestar al otro la alegr?a de estar a su lado.
Si una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante, se siente segura en presencia del otro; desaparecen las m?scaras y las barreras tras las que se ha escondido. Ya no hace falta ni demostrar ni retener nada; ya no hace falta protegerse. Cuando alguien adquiere la libertad de ser ?l mismo, se vuelve acogedor y amable. Surge en ?l una vida nueva que le hace madurar y crecer. Entonces tambi?n ?l puede abrirse a Dios y entender que hemos sido creados para participar en su gloria. La alabanza que brota de su coraz?n es ?salud que se puede escuchar?.

b) Alabar a Dios

Aquellos cuyos ojos han sido abiertos por la gracia, encuentran en su vida miles de motivos y de ocasiones para alabar y glorificar a Dios. Chesterton afirma que siempre ten?a la ?convicci?n casi m?stica? de que se encuentra un milagro en el fondo de todo lo que existe. Cada cosa tiene un sello divino, y quien lo descubre, es feliz y da gracias al Creador. ?A Yahveh mientras viva cantar?, mientras exista entonar? salmos a mi Dios.? Toda la existencia puede convertirse en una canci?n de alabanza para el Se?or. Estamos invitados a vivir cantando.
Dar gloria a Dios es nuestra vocaci?n en la tierra y, en cuanto tal, nos compromete por entero. ?Sed vosotros mismos el canto que vais a cantar,? exhorta San Agust?n. Cuando alabamos a Dios, se unifican todas nuestras capacidades y se nos devuelven la armon?a y el equilibrio rotos por el pecado. Descubrimos el amor divino en el fondo de nuestro ser. ?Cada respiraci?n, cada latido del coraz?n, cada s?stole y cada di?stole, cada leucocito, cada gl?bulo rojo es un gesto de amor de Dios, un beneficio que de ?l hemos recibido.?

La alabanza no es algo que sucede s?lo en el coraz?n, en la pura interioridad del hombre, sino que se manifiesta hacia fuera. El que ha recibido una gracia, sale al encuentro de los dem?s para contarles lo que ha pasado en su vida. ?Anunciar? tu nombre a mis hermanos, te alabar? en medio de la asamblea.?
En los textos b?blicos, la alabanza se resume con frecuencia en una sola palabra: aleluya, que significa sencillamente ?alabad al Se?or?. El que pronuncia el aleluya, invita a los otros a la alabanza. ?Alabad al Se?or todas las naciones.? Nadie puede quedar al margen de la gloria divina. En el Antiguo Testamento son asociados a la alabanza, adem?s, todos los instrumentos musicales conocidos en la vida del pueblo elegido: c?taras, arpas, tambores, c?mbalos, t?mpanos, trompetas, flautas y platillos.

Dios merece una alabanza infinita, porque infinitas son su bondad y su gracia. Pero el hombre es limitado. Compensa su fragilidad convocando a toda la creaci?n para formar con ?l un coro que celebre la grandeza de Dios. Asocia a su clamor los r?os, montes y valles, la estepa y el desierto y todos los animales del cielo y de la tierra. ?Criaturas todas, alabad al Se?or.?
Todo est? hecho para la gloria de Dios. ?El universo entero est? ordenado hacia un T?.? Puede considerarse como un hermoso poema al que el hombre pone m?sica y ritmo convirtiendo de este modo el mundo entero en un clamor de gloria para celebrar la grandeza de su Creador.


6)Reflexi?n final

Estamos llamados a vivir en ?ntima comuni?n con Dios y con los dem?s hombres, y a convertir as? toda nuestra existencia en una alabanza al Creador. De este modo podemos anticipar la realidad del Reino de Dios. En otras palabras, nuestra vida tiene la seriedad de un ?ensayo general? de lo que haremos por toda la eternidad: transparentar el amor, la bondad y la misericordia divinas.

No se trata de una relaci?n externa entre la tierra y el cielo, tal como un ni?o puede entender las ense?anzas religiosas: si cumples la voluntad de Dios en este mundo, recibir?s un premio en el otro. Hay m?s bien una conexi?n interna y necesaria entre nuestra actuaci?n aqu? y all?. Si una persona no llegara a ser ?alabanza de su gloria? , ser?a un cuerpo extra?o en el cielo.

Conviene estar preparados para la
?representaci?n final? cuando se realice plenamente el plan creador de Dios. Lo que vamos a hacer despu?s de nuestra vida no deber?a cogernos por sorpresa. Por eso es tan importante darnos cuenta de que los acontecimientos que vivimos constituyen el lugar de cita con Dios en cada momento. Dar gloria al Se?or en la tierra es descubrir y comunicar, aqu? y ahora, la felicidad del cielo: ?alabamos tu nombre por siempre, ahora y en la eternidad.?


Publicado por mario.web @ 10:10
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